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jueves, 3 de enero de 2013

La historia de un nuevo comienzo

Aquella mañana del 30 de diciembre Marta y yo nos levantamos temprano. Cargados con kilos de ropa y con mucho sueño, en parte fruto de los nervios del viaje, llegamos a la estación de Plaza de Armas con tiempo de sobra. Volvía a Granada prácticamente dos semanas después, qué locura... El autobús nos deparó dos niños delante jugando con sus Nintendo DS con el volumen a tope todo el camino, lo que hizo imposible la siesta, pero nos mantuvo hablando todo el camino. Sobre lo que dejábamos atrás y lo que esperábamos encontrar.

Tres horas después llegábamos a aquella estación fría de Granada -"qué avanzadas que están las obras del tranvía, oye"- y nadie vino a recibirnos. Empezábamos bien. Hasta que llegó Anita con su coche recién estrenado y sus estreses fruto de ese miedo al volante que tengo yo de siempre. Era la primera vez que pasaba la cena de Nochevieja fuera de casa, y un poco de vértigo sí que daba. Al rato llegó Jose, que ha dejado de ser el pequeño de los Quesada para ser simplemente él, mi anfitrión, mi amigo. Llegó cojeando. Seguíamos mal. Cargadas las maletas, a Anita se le caló dos veces el coche por el camino. Más contratiempos. Nos habíamos repartido por las casas de los granaínos como una pequeña plaga que asiste a una convención imaginaria: Rafa con Quique y Jesús, Ana en casa de Lucho, Marta con Ana y yo en casa de Jose. Sin contar los que vendrían a su propio piso dos calles más arriba de nuestra casa: 'El niño' y sus amigos. Despliegue absoluto para unos días que prometían mucho, a pesar de los malos augurios de los primeros momentos.

A partir de ahí todo fue magia, como suele serlo últimamente. La subida a San Miguel Alto y la foto contemplando las vistas -que te digan "muchas gracias" y contestar tú "thank you" tras hacer la foto-, el orgullo de hermano de Jose que tiene colgado en su cuarto el proyecto de Emi para el templo universitario, el cartel y la foto que me daban la bienvenida sobre su escritorio. ¡Y qué momentos, madre mía! Caminar con Pablo del brazo porque las calles mojadas de Granada y mis zapatos con suela de material convertían las calles en una pista de patinaje, Ana y Marta cambiándose una y otra vez de vestido antes de la cena y viniendo a preguntar -como es ya tradición casi-, el desayuno en esa casa que con permiso de Jose voy a nombrar como "nuestra casa", subir el Albaicín con Quique demostrándome que puede ser un guía excepcional, el lomo con orejones que se transformó en petróleo fusionado con alquitrán tras diez minutos de olla exprés y achicharrarme la mano con el aceite... Las risas cocinando que convirtieron en un éxito la cena de Nochevieja desde las seis de la tarde -convivir contigo estos días ha sido como compartir las vivencias de 20 espinos-, la comida en casa de Ana -prodigiosa tortilla al horno- y descubrir que no tenemos ni idea de vinos, la mujer del Covirán que nos vendió seis kilos de uvas diciendo que eso era para cuatro personas, el calendario sexy de la rubia en 2005 y llamar Enrique a su padre...

Y las miradas, siempre tan importantes, las miradas que lo dicen todo, las estampas que parecen hechas para reflejar la ternura. Los cuatro viendo la tele abrazaditos el día 1 por la noche, como si fuera lo que hacemos cada noche, como si aquello no fuera excepcional -y estar tan cómodos aunque nos costara coger la postura-. Y una frase de Jose, de esas que parece que a él le salen mejor que a nadie, que vaya piquito tiene el niño, cuando decíamos que no estábamos cenando en familia y el respondió: "Yo estoy cenando con mi familia". Empezar a echarnos de menos antes de habernos ido, Ricardo y ese brindis por la noche en el que se abrió como un libro para demostrarnos que el que guarda silencio no significa que no tenga nada que decir. El brindis posterior a las uvas -Ana atragantándose en la décima uva y haciéndonos reír a carcajadas- en el que acabamos derramando una lágrima más de uno. Las risas en la mesa de la gran cena intentando no desvelar la historia de la carne con chapapote hasta que las niñas se la hubieran comido.

El café en Las niñas y esa pareja entrañable que son Ana y Lucho a los que quiero a morir -"Qué risas, ¿no?"-. Comer de sobras el día uno y olvidarnos de lo malo, porque este 2013 tiene que ser infinitamente mejor que ese 2012 que se marcha y que nos deja dudas, inquietudes, paranoias, incertidumbres laborales, viajes de ida y vuelta, regresos a casa, desamores... Pero que también nos deja reencuentros, viajes de locura, música, muchos abrazos que ahora han pasado a ser besos, nuevas caras que nos hacen sonreír, lazos forjados a contracorriente, confesiones y momentos de confianza y muchos recuerdos. 2013 nos abre la puerta de un año en el que tenemos que ser felices, porque nos lo merecemos. Un año comenzado en Granada, en familia, con todo lo bueno y lo malo que pueda traer consigo. La nostalgia maldita ya está aquí, y más después de haber visto que Jose me ha mandado con cariño en mi mochila el cartel con el que me dio la bienvenida el primer día.

Puede que no haya cenado en mi casa de Sevilla en Nochevieja, ni haya estado sentado a la mesa con mi familia de sangre. Pero tengo claro que comencé el 2013 cenando en familia, y que luego seguí bebiendo en familia, y riendo en familia en "nuestra casa", la que Jose ha compartido conmigo estos días, y en la que me he sentido uno más -ya me sé hasta donde están las cosas en la cocina-. Cada comida en casa, cada agobio entre pucheros, cada plato fregado, cada rato en torno al brasero, han sido momentos en familia. Han sido días para asumir que esto no tiene nada que ver con nada que hayamos vivido antes a nivel espinero.

Por eso cuando nos hemos montado en el autobús, o quizá antes, cuando ha comenzado el rosario de despedidas desde San Juan de Dios al andén, hemos sentido mucho agradecimiento pero también rabia. Rabia por el hecho de que no vivamos más cerquita, rabia por no poder bajar la calle y encontrarnos, rabia familiar, supongo. Montarte en el autobús y saber que no puedes garantizar no soltar una lágrima si miras a los que se quedan en el andén...

Creo que Sevilla ha hecho un esfuerzo para ir a Granada, eso no lo niego, a compartir la apertura de un nuevo año que va a ser increíble. Pero hay que dar gracias y una y otra vez, hasta que duela, porque da igual que no pasemos nuestro mejor momento, da igual que a veces nos sintamos solos, que nos agobie la vida, que no creamos en nosotros, que pensemos que este año va a ser igual que el anterior... Dan igual las frases de los sobres de azúcar que nos dan ganas de suicidarnos o esos dos minutos de tensión en San Juan de Dios en los que apareció la violencia, dan igual los momentos de bajón que nos llevan al lado oscuro, dan igual las quemaduras en la mano, los cortes en el dedo y las lesiones en el pie; porque todo eso no es nada comparado con esta experiencia maravillosa que sin duda es fruto del que está allí arriba. Y creo que aquí también vale aquello de "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". No nos separemos, que lo que tenemos entre Granada y Sevilla me hace demasiado feliz como para perderlo.

Y en el bus de vuelta, entre lágrima reprimida y lágrima reprimida, he querido despedirme de la única forma que sé: la cursi pero sincera, la mía. "Nos llevaron al Espino diciéndonos que haríamos amigos que durarían una semana y nosotros decidimos traernos una familia". Ahí queda, hermanos, muchas gracias y os quiero más de lo que lo que soy capaz de expresar. ¡Hasta pronto!

lunes, 29 de octubre de 2012

Granada tags


Muchas veces, cuando vuelvo de un viaje, y más si es tan intenso como este último, con pocos momentos para coger aire y pensar, se me vienen a la cabeza ideas en forma de tags de blog. Como temas o frases que dicen más solo dando pinceladas que exponiéndolos, como si estuviera mejor así. Ideas que pasan por mi mente, y que prefieren quedarse solo como un bombardeo doloroso y festivo de aspectos concretos. Esta es la nube de tags de este viaje.

El café antes de salir bebido en dos buches. La historia del triángulo y el paso hacia la caja china. El sol reflejándose sobre la nieve en la sierra. Los postigos de madera en las ventanas del santuario. El Paseo de los Tristes bajo el agobiante cielo espeso de nubes. El qué dirán. Los diez cigarrillos buscados en la puerta de la taberna y el porqué de la grandeza de la música de Mozart. Los gin tonics de media tarde. El pacto de no-agresión y la tregua firmada con un apretón de manos. La llovizna al bajarse del coche.

La sonrisa de los voluntarios al rememorar lo que han cambiado sus vidas. El móvil rugiendo de tanto tuitear. El #EncuentroVoluntarios. "¿Dónde coño duerme Marta?". Las medias noches preparadas a las siete de la mañana para que estuvieran tiernas. El hombre de la tarta que nos deja a Quique y a mí con las ganas. Las lágrimas en la capilla. La botella con un mensaje dentro.

La luna reflejada en los cristales del santuario al rozar la medianoche. El abrazo. La inseguridad y las siete horas de sueño que nos mantuvieron vivos todo el fin de semana. La escalera de madrugada que guarda el secreto. Bailar salsa. Los mensajes que no vinieron en una botella. Las risas en las presentaciones. La paellera que no cabía por la puerta y la cola para disfrutar de la barbacoa. La presidenta y la otra presidenta.

Las dos tartas heladas y el número 23. Ver cómo el más echao palante se pone colorao cuando le cantan el 'Cumpleaños Feliz'. El pasado y el presente. El pregonero joven de la Semana Santa y el paseo con Fidel y Loreto hasta Plaza Nueva. El compromiso y el vértigo de ver que no hay marcha atrás. "Enamorado de la moda juvenil". El encargo del obituario que llega durante la cena. La mala cara al despertar.

La desconfianza. Las conversaciones que sustituyen a las siestas por muy cansados que estemos. La vista hermosa de las cubiertas del santuario que hasta duele. Instagram. La canción en francés en el coche de vuelta. La rueda que vuelve a poner el contador a cero y que provoca que el ciclo vuelva a empezar. La conversación inesperada en el baño que pasa de una frase a 20 minutos. AS y esa nueva visión de la vida.

Compartir y sentirte parte del proyecto. La gente que pasados cinco años en silencio se convierten en una buena compañía de nuevo. La terraza de Los Jerónimos y los vellos de punta por el frío. La luz de tus ojos y tu voz que hipnotiza cuando susurras. Kaliche para todos. Cantar con la garganta destrozada. La foto-lluvia en el photocall de Galería. El sueño y la extenuación. Comprender que no hay que criticar tanto a la luz del mundo, sino empezar a meterle combustible a tu candil para empezar a dar luz tú también. Decir 'Nosotros' en lugar de 'Yo'. Cuestionar la altura de la catedral. Las estampas del Gran Poder que fueron de viaje conmigo y no volvieron.

La confianza como pilar fundamental para sentirte vivo y útil. Ser menos tajante. El frío. Los ronquidos y dormir con 'los vocales' en el cuarto. El cuaderno del Espino con mi nombre con la cubierta llena de mierda de tanto llevarlo de un lado a otro. El jardín chill-out. El americano borracho que nos suspira en la cara al pasar. La sede del Granada Hoy cerrada. La llamada a la puerta a las seis de la mañana. La melancolía del regreso. La mirada como herramienta certera de lectura del alma. Cuidar del niño.. y de la niña. Estrella de Galicia en la tierra de la dulce Alhambra. La amistad. La incomprensión. El hombro listo para ser usado. La llave y las correcciones de Shakespeare.

Granada. El reencuentro. La fachada y los cimientos. La tormenta. Las gracias al cielo por haber puesto a ciertas personas en mi camino. La paz y la inquietud. La vida. Y el último abrazo preguntando cuándo será la próxima visita. El abrazo colectivo. Y la esperanza.

lunes, 8 de octubre de 2012

Cerrar la herida de San Lorenzo

Fueron apenas unos minutos. Quizá ni siquiera llegaran a ser cinco, un simple acercamiento, bajo la concha de mármol rosado de la parte posterior del camarín, esa que se repite en la capilla trasera de San Lorenzo, como un palio árabe y marino. Subiendo las escaleras más por obligación que por deseo, cada peldaño me conducía a una estampa que mi mente había borrado para atesorar otros momentos, quizás menos importantes.

Como un forastero en algo que es tan mío como de cualquier otro sevillano -sevillano universal, de esos que sienten Sevilla sin importar cuál ser el lugar de nacimiento que aparezca en su DNI-, me dispuse sobre la pared marmórea del camarín y observé. Y me pregunté por qué esas caras, por qué ese fuego en los ojos de aquellos que me acompañaban, por qué lo que para mí siempre había sido un tema secundario era para otros una Meca, un lugar al que acudir llueva o truene en la plaza de San Lorenzo.

Y me vi a mí mismo pensando qué significaba aquella escultura de madera, aquel retrato de Dios venerado por los siglos de los siglos. Y me vi de pequeño, subiendo al camarín más con miedo que con devoción, porque aquel hombre de madera con la cara oscura y una corona de espinas excesiva me daba más que respeto. Y me vi en los besamanos previos a la Semana Santa, con mi padre cogiéndome en brazos para alcanzar a aquellas manos torturadas por el tiempo y el humo de las velas.

Y sentí que algo me había perdido en todos estos años en los que no he visitado San Lorenzo -años en los que veía a mi familia sentir verdadera devoción mientras yo hacía caso omiso, y me iba separando poco a poco de aquella pasión familiar-, y me pregunté si sería capaz de sentir lo que sentía aquel Quique que me había puesto como única necesidad de venir a Sevilla "ir a ver al Señor". Y entonces hice una foto, y se la envié a mi padre, ese que sé que siempre ha tenido una espinita clavada por el hecho de que no me pase por la basílica. No para resarcirme con él, que ya me ha aguantado bastante con mis idas y venidas en San Lorenzo, sino porque quería mandársela. Y la respuesta de mi padre fue sencilla: "Él no te lo tiene en cuenta. Ha escogido un buen amigo para que regreses a él".Y se me escapó una lagrimilla irremediablemente, y miré la espalda de aquel hombre de madera que tenía ante mí. Y luego a Quique, y me dije a mí mismo que a veces la respuesta para un problema está en la persona que menos lo esperas, y que hace unos meses no habría ni tan siquiera adivinado que volvería por él a pisar el suelo de la basílica.

¿Quién sabe lo que ha de venir y para qué se cruzan las personas en tu camino? Creo que acabo de cerrar una de las cuestiones abiertas desde hace años, que la herida se cerró cuando Quique fue la excusa perfecta para volver a ver a Dios cara a cara. Y creo que sentí cierta envidia de aquella mirada fija, de aquel rostro que cambió completamente cuando miró al Gran Poder desde el lateral del camarín. Sentí envidia y me pregunté por qué yo no iba a verlo con lo cerca que lo tenía, cuando había gente que viajaba desde Granada un par de días con el objetivo de tenerlo más cerca solo unos minutos. Y volví a emocionarme, algo que en esta basílica nunca me había sucedido, para bien o para mal. Volví por obligación, pero creo que porque los hilos de ese plan que tienes para mí me llevaron aquella tarde de sábado hasta tu pequeña habitación al final de la escalera. Y me pediste, a través de los ojos de Quique y Jesús que me reconciliara, que volviera, que me echabas de menos, y que, como me dijo mi padre, lo pasado no me lo tenías en cuenta.

miércoles, 25 de julio de 2012

Palabra de decano

"Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero", para eso, hay que ir al Espino una última vez con el corazón preparado para querer y dejarse herir a quemarropa. Como dice esa 'Getsemaní' que en las voces de Marta y Mari Ro suena a canto de ángeles, este año me marché a Santa Gadea del Cid dispuesto a sorprenderme, con el sabor a nostalgia en los labios pero para que lo que viviera entre aquellos muros no fuera un deslumbramiento pasajero.

En la previa en PS, en el cursillo intensivo de acompañantes de Madrid, ya me di cuenta de que da igual los años que pasen porque seguimos siendo instrumentos imperfectos. Llegaba el decano de los acompañantes repleto de dudas, con sus 25 años a las espaldas y seis espinos de idas y venidas, y tomaba apuntes como si no hubiera un mañana intentando comprender el cielo y el infierno, las complejidades del perdón de los pecados, la abstracción del Espíritu Santo... Y allí estaba el equipo de mis noches repasando para el día siguiente, el de las buenas noches antes de acostarme, el equipo de acompañantes que compartiría los temores del decano día a día, el que compartiría las ojeras y las prisas, los nulos tiempos libres y las largas horas de repaso.

El decano llegó desprotegido, quizá demasiado. Se dejó la coraza en Madrid y se armó con un bolígrafo y un cuaderno ante una semana extrema. También quizá por eso a veces estaba a la defensiva y lo pagaba con los que consideraba adversarios conocidos, injustamente. Porque este corazón que "es inquieto y es frágil" no está preparado para decir adiós aunque tenga que hacerlo. Y le duele decir adiós a un pasado que le ha dado tanto, sin pedir nada a cambio, solo con los brazos abiertos para cambiarle la vida.

Y Dios mío, qué momentos le has dado al decano como regalo de despedida. Has llenado mi mochila de dulces recuerdos, de carcajadas y de lágrimas, de charlas en el camino y de canciones. Y esas son las cosas que hacen la vida, no los estreses del trabajo. Y me llevo a mis compañeros de cuarto, por esas guardias de acompañantes y custodia de llaves que nunca cerraban puertas. Y este espino tiene muchos nombres, pero para mi se llama Quique. Porque el decano se dejó llevar y permitió que entrara en su corazón un chaval de 21 años que ha convertido en necesidad. Y se sorprendió de que lo que comenzó en una Madrugá sevillana se transformó en compartir (¿qué es vivir sino compartir?) cada momento, cada segundo. Y por eso te llevo donde más fuerte siento el discurrir de mi sangre, en la muñeca derecha, en forma de pulsera que simboliza que en una semana puede estar condensada una vida entera. Y en ese cordón sencillo, desnudo, están los dos nudos: el del descubrimiento de aquella madrugá y el de la confirmación de esta semana. Y cada vez que miro esa pulsera se me vienen a la cabeza las duchas escuchando comparsas de Cádiz, las 'buenas noches' antes de caer rendidos por el abatimiento, los desayunos de pie en el último momento a base de barritas de muesli, esa charla que no pudo llegar hasta el sábado y ese abrazo que me hizo romper a llorar antes de partir, como un niño una vez más. Porque hay veces que un chico de 21 años puede devolverte la ilusión y la sonrisa después de meses de convertirte en alguien insensible y frío, y porque Quique, eres un diamante en bruto con tantas bondades en cada una de tus aristas, que el decano ha tenido que rechazar todo para deducir que aquí no venía a enseñar, sino a aprender, sobre todo de ti.

Y de ese mismo cuarto me llevo la sonrisa más sincera, la del pequeño de los Quesada. La única caja de dientes capaz de iluminar una habitación sin decir una palabra, y la única que encuentra las palabras perfectas para culminar un abrazo. Y que te hace sentirte reconfortado, porque sabes que lo que sale de su boca es imposible decirlo de otra manera. Son las palabras perfectas para el momento perfecto, y salen del corazón. Y que por muy periodista que seas, y mucho léxico que uses, aquí eso no vale. Y te quedas sin palabras, y solo te queda sentir el abrazo en silencio y esbozar un gracias casi susurrando porque te da miedo estropear el momento. Y el decano tiene que recordar en ese momento a su hermana mayor, y admite que cuando vió a Emi pasar por el cobertizo, diez años después, supo que ya podía cerrar el círculo. Que ya podía retirarse tranquilo, y dejar paso a su hermano, ese que ya comenzó a volar solo hace tiempo. Ay Emi, qué herencia tan hermosa hemos dejado los Quesada y los Pérez para el futuro de los espinos. Qué relevo tan perfecto. El decano deja paso a su hermano y se reconcilia al mismo tiempo con sus niños, aquellos a los que iba a coordinar hace ahora casi tres años, pero que su partida a Madrid no le permitió casi ni conocerlos.

Y tengo que hablar de mis niños, que ni son míos ni son niños. Ese Lucho que se ha superado a sí mismo una vez más, por encima de todas las dificultades, porque es valiente y es valioso, como un torrente de agua clara y fresca. Esa Mari Ro que ya no es la niña que dejé hace cinco años en aquel grupo Varsovia, y que me da igual que no hable mucho, porque en una frase suya hay más luz que en cientos de libros y porque sus ojos dicen lo que las palabras casi no aciertan ni a adivinar (y qué herencia deja ella también, dos hermanos entusiastas que son dos joyas). Esa Marta: todo genio, como un volcán que siempre está a punto de explotar cargado de madurez y encanto, la vecina que siempre está cerca aunque viva a 500 kilómetros, porque las amistades no entienden de muros ni portales. Y tengo que hablar de Jose, porque siempre hay que hablar de él, y el decano se postra ante su paciencia. Y porque es él y no otro, quizá por eso ha habido más discusiones que abrazos (hasta que la música lo arreglaba todo, como un viento redentor cargado de paz). Pero no te engañes: que sigues siendo la luz del mundo. Y el camino es más fácil si está tu candil para enseñarme dónde están las trampas y dónde los oasis para descansar y tomar aliento. Porque eres más luz de lo que piensas, y porque eres desprendido hasta tu propio perjuicio. Y das pero siempre tomas mucho menos de lo que dejaste. Y porque eres generoso, y porque das luz, los abrazos contigo son más largos y las despedidas más amargas.

Y aunque podría nombrar uno a uno a cada uno de los que han hecho de este espino una valiosa experiencia (Rafa, Jorge, Víctor, Tomás, Javi, Tere, Marta Cuesta, Cris, Manuela, Íñigo, Lora, Jesús, Robina, Pablo...), hay dos nombres especiales: Ana y Miguel. La primera, el redescubrimiento, la claridad en la tormenta. El decano se ha aferrado a tus sonrisas y no piensa soltarse, se ha dejado contagiar por tus locuras y ha decidido retomar el rumbo. En ti me he apoyado para vencer al cansancio y a las dudas. Y el segundo, la reconciliación. Porque has sido el faro y el timón, mi redentorista, el que me daba los abrazos cuando lo necesitaba y me dejaba avanzar aunque me empeñara en poner "No hay pan pa tanto chorizo" en la Sábana Santa. Me dijiste que ves en mi mucho de tí, muchas cosas que te recuerdan a ti mismo: creo que también veo en ti mucho de lo que quiero ser y un modelo en el que mirarme.

Este es un resumen que es solo un grano de arena en la playa de este espino. Se me olvidan muchos nombres, momentos, gestos, palabras y revelaciones. Pero el decano es tan imperfecto que ni siquiera es capaz de escribir este texto sin dejarse cientos de cosas por el camino. Y el decano se deja llevar por la emoción, y le sale lo que le sale: Un 'gracias' de tamaño colosal en el que lo que solo es una palabra se convierte en una parrafada infernal. Esta es mi despedida, mi 'hasta luego' sincero y emocionado, con las lágrimas saltadas por la felicidad. Me llevo de vosotros una fuerza para afrontar cualquier reto, la ilusión para vencer a los malos vientos, la dulzura de vuestras palabras y la sinceridad de vuestras sonrisas. El decano se retira con buen sabor de boca, y os cede el testigo tras un espino perfecto. Sed felices, porque os lo habéis ganado. Yo he sabido lo que es la felicidad en esta semana gracias a vosotros. A cuidarse, y no miento si digo que os quiero de verdad.

Palabra de decano.

lunes, 30 de abril de 2012

Saltar al último bote...

Es el año del Titanic y de su orquesta. Esa que se mantuvo hasta el último segundo del hundimiento tocando el himno Nearer my God to Thee. Y últimamente siento que cada reportaje, cada línea que escribo, cada compositor del que me enamoro en cada historia, es una de esas notas que suenan en la noche helada del Atlántico.

Quizá para mi más de dos años ya son suficientes. Quizá los icebergs que no paran de embestir al buque me estén dando el aviso para que suelte el violín y me monte en el bote que me lleva a una nueva vida de la que no sé nada. Pero todo viene aderezado con ese "quizá" que me hace dudar de todo.

¿Es volver a Sevilla un paso atrás? ¿Compensa una vida en la que me voy a dormir cada noche pensando que todo puede acabarse en cualquier momento? ¿Compensa escribir sobre lo más hermoso que has conocido nunca si llega un momento en el que ya no disfrutas con ello? Este barco me está poniendo a prueba. Aquí o allí estaré bajo el mismo cielo, pero quizá la tierra no me trate igual, puede que necesite cambiar de calles o volver a las mismas que ya conocí. Puede que más que nunca de este mes de mayo dependa mi vida entera.

En estos años (Dios mío, años ya...) en Madrid me he convertido en una persona más fuerte, más decidida, mejor profesional... pero por el camino me he dejado la alegría, el buen humor, demasiadas cosas hermosas y hasta el pelo. El carácter se me ha agriado hasta convertirme en alguien que me repugna a mí mismo: nunca había pedido tantas veces perdón, nunca había hecho tanto daño, nunca había dejado de lado tantas cosas que consideraba importantes... Madrid me ha convertido en alguien distinto, pero no estoy seguro de que me haya convertido en alguien mejor. Profesionalmente, probablemente sí, personalmente, lo dudo.

Recuerdo una conversación en una playa de Portugal con un amigo de pelo rizado y gorro de paja que me hizo reflexionar sobre qué quería de mi vida. Si quería consagrarme a mi trabajo y que fuera en sí mi vida, o trabajar para que me diera de comer y tener una vida fuera, formar una familia y ser feliz con las cosas sencillas. También recuerdo la charla con una compañera periodista que me dijo que huyera antes de que se hundiera el barco, que retornara a la música yo que podía, y que me hace soñar con un proyecto con un joven violonchelista con el que sé que podría hacer algo grande. Aún no sé qué quiero, pero me temo que es el momento de dar el siguiente paso hacia esa decisión. Quizá dejar de fumar, volver a escribir relatos, colaborar desde Sevilla, volver a adquirir destreza en las manos para poder tocar las obras del Superior al arpa, hacer un curso, montar en bici todos los días... quién sabe, soñar es gratis.

Y volver a escuchar todas aquellas conversaciones que me quejaba porque decía que me las contaban una y otra vez aunque ni siquiera las estaba escuchando. Y escucharlas de verdad. Y sorprenderme y recordarlas para poder aprender de ella. Y vivir, sin angustias por el futuro, sin el dolor de la supervivencia. Solo vivir.

viernes, 30 de marzo de 2012

¡Que nos vamos de gira!





Si el año pasado Sevilla28 trajo hasta Madrid su recorrido a través de la historia, este año le toca a Granada acoger nuestra tercera función. ¿Tercera? Sí, porque una semana antes estaremos repitiendo esta Vuelta al mundo en 80 días en la Parroquia del Santísimo Redentor por los 50 años del edificio. 

El Santuario del Perpetuo Socorro de Granada acogerá nuestra ilusión, nuestras ganas, nuestras mejores intenciones (decir que acogerá nuestro arte me parece un tanto exagerado) para hacerle pasar a los granaínos una buena tarde por una buena causa. Acercaros sin dudarlo, porque la ocasión lo merece, y llegamos amparados por la ONGD Asociación para la Solidaridad. No es porque lo hagamos nosotros, pero este coro/orquesta cada año se supera a sí mismo.


Puedes seguir las novedades en nuestro Twitter y estas son las fechas: 

Concierto de Sevilla: 13 de abril a las 21.00. Parroquía del Santísimo Redentor. Calle Espinosa y Cárcel, 53.

Concierto de Granada: 21 de abril a las 21.00. Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Calle San Jerónimo, 35.


Twitter: @Sevilla28

Tuenti: http://www.tuenti.com/#m=Profile&func=index&user_id=67007793

Web: http://www.sevilla28.com/

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Qué queda de lo que fuímos?

Pasaron los años -cuántos ya, Dios mío- y nos volvimos a encontrar, en una estación neutral. De ninguno de los dos era aquel cielo, aunque uno de nosotros quería verlo como futuro y otro como pasado. El sol de Madrid nos premiaba y el viento frío nos castigaba en aquella terraza, y las gafas de sol sirvieron de metáfora para un encuentro en el que pasamos por las banalidades una a una, por los comentarios sin más trasfondo que el de nuestras tazas de café. Y con aquel cielo y en aquella ciudad extraña, comenzó un reencuentro.

Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.

No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.

La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.

Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.

No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...

lunes, 2 de enero de 2012

Año nuevo, dilemas nuevos

Acabó el año, acabó El País, las jornadas maratonianas, los devaneos en la redacción y Madrid. Se acabó lo que ha sido mi vida durante dos años y me he quedado como vacío por dentro.

Sí, empieza una nueva etapa, vuelve a comenzar la caída de la arena en el reloj, en un reloj nuevo que no se parece a ninguno que haya tenido hasta ahora. Y en ese nuevo reloj empieza a caerme la arena encima y a cubrirme los pies. El cristal me ofrece dos salidas: una tiene vistas a la Gran Vía y por el asfalto se desplazan implacables mares de automóviles que pueden llevarme por delante en cualquier momento, y la otra da a los Jardines de Murillo, y es una calle desierta en la que se alza majestuoso un convento barroco en cuya puerta pone que quien entra no siempre sale.


Otra vez: Sevilla y Madrid, Madrid y Sevilla. La vocación y la vida tranquila, la seguridad y la incertidumbre, la metrópoli y la ciudad apacible, el sol y la nieve, el hogar y el exilio. De nuevo se enfrentan y cada una me tira de un brazo reclamándome. Dos semanas para tomar uandecisión que, una vez más, volverá a marcar lo que será de mí el día de mañana. Una me reclama con un concierto de puertas abiertas, con orquestas de todo el mundo resonando solo para mi, con teatros colosales y gloria. La otra con la paz, la garantía de no hipotecar mi vida, la posibilidad de vivir más allá del trabajo y el sol del sur.

Pero soy un estúpido vocacional, y creo que el riesgo es ahora la única carta que puedo jugar con 25 años. Algún día llegará esa vida tranquila, esa paz interior, pero no sé si es el momento. Soy masoquista, pero adoro esa vida de esclavo contándole a los demás por qué deben ir a un auditorio a escuchar la música más hermosa que han visto los siglos. Dos semanas para decidir, para escoger antes de que me ahogue la arena de un reloj que me oprime la cabeza y el corazón. Dos semanas. Dos ciudades. Dos posibles vidas. Pongo en marcha la máquina.

miércoles, 30 de noviembre de 2011

La quinta noche de la magia


Cinco años: el tiempo en el que se hace una carrera (o en el que se hacía una carrera cuando no había llegado la incomprensible Bolonia). Cinco años y sigo sintiendo esa revolución por dentro segundos antes de salir a escena. A esa escena figurada, marcada por el enorme altar inamovible y por la escalinata de piedra que nos separa de una nave inmensa que este año conseguimos llenar de alientos y risas.

Cinco años de conciertos, cuatro años de ilusiones, tres años de la gloriosa fundación de Sevilla 28, dos años de ambición sin límites en forma de teatro musical y un año de masiva afluencia y de récord absoluto. Cuando comenzamos con todo esto nunca imaginamos que llegaríamos a montar algo como 'La vuelta al mundo en 80 días'. Es más que un sueño hecho realidad, es el triunfo de la emoción por encima de todo. Guiones que se escriben a 500 kilómetros de distancia, ensayos que cuadran con las agendas de 40 personas, vestuarios que salen de las agujas de madres convencidas de que esto es algo grande, decorados que son auténticas obras de arte, danzas que cuadran al milímetro en un escenario atípico y con escaleras... Es una locura que vive en nosotros y que ojalá no muera nunca.

Un concierto el de este año para reestrechar los lazos que se dañaron hace tan solo dos meses en una pelea absurda pero necesaria. En una de esas peleas que sirven para que el abrazo sea más sentido cuando acabe todo y no una sencilla e incómoda formalidad. Un concierto en el que fueron, menos de 80 días fueron para prepararlo todo, en un intento casi heroico por darle su hueco a todos aquellos que lo reclamaron. Porque a pesar de revisitar el orfanato en el que nos encerramos cuando no queremos saber nada de nadie, al final hay que proclamar a los cuatro vientos que hay que volver a mirar lo que tenemos delante y afrontarlo con alegría, y por eso nuestra conciencia nos dice:"Vois sur ton chemin". Que si gritamos "Help!" en este coro siempre hay alguien que tenga un hombro listo para consolarte, porque al fin y al cabo todos Vivimos por ella, por la música que nos lo ha dado todo y sin la que el mundo sería un infierno. Y que una vez en noviembre, cada año, nos reunimos, pero eso no significa que no estemos presentes durante el resto del año, porque a este grupo de personas se las lleva en el corazón. No nos hace falta ir a Arabia para poder sentir algo nuevo, porque hay alguien que lo hace todo nuevo por nosotros cada día y solo tenemos que seguir el dictado de nuestro espíritu para tener las fuerzas necesarias para volver al escenario un año más. Y mientras tanto, nos empaparemos de este buen ambiente que nunca falta sea en las frías mañanas de invierno o en las Summer nights que suenan a tintineo de copas y botellines entre risas. Da igual que sea una complicada partitura a cuatro voces de una profana 'New York, New York' o de una espiritual 'Oh happy day!', al final seguimos siendo los reyes, sin corona, esos que gobiernan pero no les interesa la riqueza ni el poder, solo el trabajo bien hecho. Y si algo sale mal, un Hakuna Matata puede arreglarlo todo antes de que nos demos cuenta porque, por encima de todo, somos optimistas.

Ahora que en Madrid todo acaba, que llega el frío invierno y que los Reyes me traerán este año un saco de incertidumbre atado por el lazo de la crisis, me alegro de haber compartido este momento con vosotros. No sé si habrá un próximo aunque, a pesar de las dudas, siempre lo ha habido. Quizá esa música por la que vivimos vuelva a ser mi vida a partir de enero, cuando todo lo que ahora es mi día a día se derrumbe y vuelva con las cajas de libros a cuestas, la arpita que hace un año que no suena en la consagración, la maleta llena de cd's de música clásica, el montón de mis periódicos y revistas y todas vuestras fotos. Y entonces, Dios proveerá y yo me encargaré de que provea. Gracias por este quinto éxito, por esta quinta locura que nos sale bien. Un abrazo virtual y unas gracias inmensas desde Madrid.

martes, 25 de octubre de 2011

Mayores


Sí, señores, que los años no pasan en balde. Nos hacemos mayores y cada vez tenemos un apego mayor a determinadas cosas que antes nos parecían un rollo. Los libros se convierten en una mejor alternativa para una noche tranquila que la televisión o el cine.

Antes nos levantábamos un viernes a las siete para ir al colegio y, tras un largo día con academia de inglés y múltiples actividades, aún salíamos por la noche a hacer botellón hasta ver amanecer. Ahora, si pasamos un día comiendo fuera y nos tiramos la tarde en la calle, a las diez solo queremos cenar en casita estufa de por medio y dormir plácidamente si aguantamos a ver una peli en el sofá sin quedarnos fritos.

Los años nos separan: tus amigos del cole se encasillan en sus novias, en planes de pareja en los que, irremediablemente, te sientes fuera de lugar. Y cuando no, parece imposible poner de acuerdo a nuestras agendas para encontrar un hueco. Los kilómetros nos separan gracias a los masters, los trabajos y las Erasmus en países de los que no conocemos apenas el idioma. Segunda vez que me pasa que, cuando yo bajo a Sevilla, a quien yo quiero ver ha subido a Madrid...

Por eso quizá los reencuentros, esos momentos en los que se alinean los planetas por un motivo o por otro, son un motivo de celebración. Volver al barrio, ese en el que la casa más lejana de uno de nosotros está a diez minutos, ese que puedes cruzar andando sin pensar en el coche, volver a la vida de quedar dentro de cinco minutos y no planificar tu vida con días de antelación.

Los reencuentros, fortuitos o forzados, son siempre un motivo para tirar hacia adelante y reír recordando batallitas. No nos engañemos, es lo que más nos gusta: recordar ese tiempo pasado que, a nosotros por lo menos y en ese momento, nos parece mejor. Me gustan los reencuentros porque son un desahogo en esta 'vida de mayores' que llevamos. Reencuentros con etapas ya cerradas que vuelven a reabrirse tres años después de sinsabores a golpe de marcha nupcial. Reencuentros con la música y con la algarabía de disfrazarnos durante una hora para ponernos la máscara de lo que somos y no de los que debemos ser. Reencuentros de calles de ciudad mediana y no gran metrópoli, en la que cada esquina esconde un saludo y cada calle un "¿cómo te va?".

El reencuentro físico, carnal, del beso, del abrazo, el que pasa de redes sociales y de fríos chats que dan lugar a confusión y a paranoias injustificadas. Señores, volvamos a encontrarnos, en la barra del bar o en la iglesia, en el mercado, en las tiendas y en las terrazas. Volvamos a los parques, al autobús y al lento tranvía en lugar del metro, a las calles peatonales en lugar de las avenidas atestadas de coches, volvamos a las plazas (ay 15-M, cuanto daño has hecho a los utópicos...) y a escuchar el sonido de los pájaros en los jardines. Volvamos a la vida sencilla, a la de no ponerse reloj y volver a casa solo cuando nos apetezca, a la de hacer planes sobre la marcha. Volvamos a la casa de campo tranquila con la nevera llena de carne para la barbacoa, a la playa desierta y a hacer castillos en la arena, a redescubrir la ciudad paso a paso como si el tiempo se hubiese detenido solo para nosotros... Volvamos a la esencia.

Llevo tanto tiempo pensando que me hago mayor que me he olvidado de que aún tengo la vida agarrada por los brazos mirándome a los ojos. La vida es el momento insignificante y no entiende de galas ni protocolos. Vivir es solo vivir sin pensar en lo mayor que te haces. Lo importante no son los años que tienes, sino los días que recuerdas y que el día de mañana te harán contar batallitas de nuevo, en el próximo reencuentro, en el próximo cruce, cuando menos lo esperes.

domingo, 9 de octubre de 2011

Recuerdos en las estanterías

Limpiar el polvo es lo que tiene. Te pones a quitar libros, a tirar papeles, a reordenar teléfonos y a quitar fotos de las estanterías y te pones nostálgico. Entre foto y foto (que tengo muchas), voy limpiando en silencio cada una de las imágenes y devolviéndolas a su lugar, y mientras las mantengo en la mano se me vienen a la cabeza aquellas personas que quise traerme cuando venía camino de Madrid. Este es el álbum de recuerdos, mi bastión para soportar más de un año y nueve meses de exilio.

Feria. Bien está en sepia esta foto. Colocada en la entrada, sobre el mueble en el que dejo las llaves, está esta imagen. Es lo último que veo antes de salir de casa y lo primero que me encuentro al entrar. Es la última gran feria en la que estuvimos todos juntos. Desde entonces, cada uno ha ido tirando por un camino distinto y las reuniones de este tipo han quedado para las cenas de Navidad como algo excepcional. Por eso el sepia está bien: es un recuerdo, una batallita que contar, lo que no quita que desee con todas mis fuerzas que se repita este momento. Sí que los echo de menos, aunque ellos no lo sepan.

Periodistas. Ingenuos nosotros... estudiamos Periodismo por vocación pensando que no había nada más hermoso que trabajar en lo que te gusta y vivimos felices sin pensar en lo que vendría después. Periodistas porque así lo dice nuestro título y porque así lo sentimos de corazón, esta foto preside la segunda balda de la estantería. Es el recuerdo de un verano soleado, de una casa llena de vida, de un grifo de cerveza que no daba más de sí y de muchas, muchas risas. Compartísteis conmigo algo irrepetible, y por eso ver vuestra foto, es apostar siempre por la luz cuando el día a día solo me arroja tinieblas.

Espino. En lo alto de la estantería, junto a mis enormes catálogos de fotografía y las tazas de café, está esta foto que es una de mis favoritas. La foto no tiene nada: tres haciendo el gamba con un sombrero de paja. No tendría por qué tener más, si las dos personas que me acompañan no fueran quien son. Empezamos de manera tormentosa, discutiendo en un grupo y sin confiar en los otros, y hemos terminado montando enormes proyectos y yéndonos de viaje juntos. Sois mis hermanos medianos porque os lo habéis ganado, y por eso me encanta pensar en todo lo que hemos recorrido y lo que hemos logrado.

Caminos. Esta foto me da que pensar. Es la señal de las vueltas que da la vida, a veces para bien (Isa y Andriu con mis omnipresentes: da igual que no los veas en un mes, porque siempre están presentes) y a veces para mal. Es una pena que algunas cosas hayan acabado tan mal, y de hecho me siento idiota por no haber heho nada por arreglarlo en casi dos años. Es hora de volver, al menos de intentarlo, y volver a rememorar batallitas. Aquellas con las que tantos nos reíamos y de las que no me arrepiento.

Música. Son la música en mí. Juntos somos más, mucho más, somos un proyecto común y una mirada de esperanza al futuro. Somos una cerveza entre risas en el bar de siempre y una quedada irrevocable los domingos por la tarde. Somos Sevilla28 y no tenemos límites para ser ambiciosos. Es bonito que, a pesar de las tempestades, siempre volvamos a la calma sin dudarlo. Estais sobre la mesa del comedor, junto al ordenador -de vez en cuando, pongo nuestras canciones para creer que os oigo muy cerca-, frente a mí siempre. No puedo dejar de teneros presentes.

Sueños. Isabelita, te tengo colocada en una estantería estrecha y alargada, en la que guardo mis discos de música clásica y de jazz, para asegurarme que acudo a tí a menudo. Quizá no es esta nuestra mejor foto, ni merece ser enmarcda, pero lo que es seguro es que en esta foto solo somos nosotros. Tú y yo con esa ilusión que a veces ya no sabemos dónde la hemos dejado, con la poca vergüenza de disfrazarnos de cualquier cosa simplemente porque sí. Es una foto en la que decimos que aún tenemos muchos sueños que cumplir y muchos cafés que tomar, porque un encuentro es siempre un motivo para sonreír. Hubo un tiempo en que fuimos compañeros de batalla: es hora de que volvamos a serlo.



Esta es una muestra de mi álbum de fotos, de los recuerdos que me traje a Madrid para agarrarme a ellos como a un clavo ardiendo cuando haga falta. En cada foto, un recuerdo; en cada estantería, un momento. Quién sabe qué fotos serán las siguientes.

domingo, 25 de septiembre de 2011

Las piedras de Praia da Luz

Podría haber titulado esta entrada 'Obrigado' y haber dejado que el espíritu eufórico de mi recién terminado viaje a Portugal me llevara en volandas hasta una crónica más entusiasta que reflexiva. Sin embargo, he preferido tomar la metáfora de las piedras de Praia da Luz, donde hemos estado durante seis días, para arrancar esta entrada.

En la zona más alejada de la turística (y fatídicamente recordada por la desaparición de Madeleine McCann) Praia da Luz, virando hacia el oeste en dirección a Lagos, nos encontramos una zona rocosa a la orilla del mar. En el paseo vimos primero cómo varias piedras redondeadas se apilaban formando una especie de pirámide. Creyendo que sería algo anecdótico, seguimos adelante, con la sorpresa de que sobre cada roca grande había decenas de castilletes iguales elaborados con cantos rodados. Inmóviles, desafiando a los fuertes vientos marinos, las pirámides se erguían orgullosas ante el océano.

Esas pirámides son el reflejo de este viaje. Un viaje improvisado llevado a cabo con ninguna pretensión y con muchas esperanzas. Y, como las piedras en equilibrio, los miembros participantes en este viaje son piedras que siempre han estado en la misma playa, a la espera de que alguien las reuna, y que por los devenires de la vida han acabado apiladas, unidas, formando un solo pilar que desafía a lo que haya de venir mañana. No digo que seamos un pilar indestructible sino que, como en Sevilla28, somos un grupo de personas que han tenido la suerte de coincidir en un mismo lugar y en un mismo tiempo. Cosas del destino, supongo.

Nunca imaginé que nos veríamos viviendo bajo el mismo techo durante una semana, y sin embargo, a eso hemos llegado. No niego que echaré de menos vuestras risas, que Ana se acerque con una sonrisa y te de un beso antes de irse a dormir, la continua vitalidad del Canina y ese ingenio que solo "en el barrio" podría encontrarse ("no me había yo terminado las uvas y ya iba mi colega bajando la escalera con los petardos tirándolos a las puertas de las casas: pa, pa, pa, pa..."), las discusiones y las charlas con Jose (Yoooosiiiiiii) en la que probamos a ver cuál de los dos puede ser más cabezón a la hora de defender lo que cuenta, la ilusión desbordante y apasionante de Lucho plasmada en un momento en el que te susurra desde abajo de la escalera si quieres escuchar la armonía que acaba de ocurrírsele para una canción, cuando Tere cambia de tono porque lo que te cuenta ya es algo más serio que una simple bordería gaditana (salada como el mar, ingeniosa como un pueblo que a base de palos ha aprendido a reírse de sí mismo), las charlitas cortas con tu hermano cuando ya estás rendido en la cama y a punto de cerrar los ojos (tanto los cerramos que perdiste el autobús y ninguno de los cuatro escuchamos la alarma).

Apilamos las piedras de nuestras agendas de exámenes, distintas ciudades y vacaciones y construímos una torre en un dúplex de la parte alta de Vila da Luz. Y confiamos en que el tiempo y el mar no nos llevase por delante, a pesar de que estuvimos a punto de perder el equilibrio (yo más que nadie en variados boquetes en la arena, calles empedradas y escaleras) y en que ningún animal despistado (llámese perro de la playa, llámese la desidia y nuestras ocupaciones que nos alejen) viniese a llevarse por delante nuestro osado equilibrio de una semana de lucimiento y meses de trabajo.

Como en la tarde en los acantilados de Lagos, como piedras que viajan juntas y confían plenamente en que el tiempo respete su formación, miramos al mar, a ese infinito océano hermoso y dorado por uno de los atardeceres más evocadores que he visto nunca. Y en ese océano enterramos nuestros mosqueos de última hora, nuestro humor negro y nuestras bromas que no siempre sientan bien, nuestras diferencias de edad y los distintos momentos por los que estamos pasando, enterramos nuestros demonios y sacamos a flote nuestra paciencia, nuestra esperanza, nuestro cariño y los buenos momentos. El océano nos da la luz para seguir, el aliento para olvidarnos del móvil y pensar solo en esa casa del Algarve, nuestra casa. La de la sombrilla voladora, la de aprender a liar tabaco, la del círculo de la muerte, la de hablar en portugués porque, ante todo, somos rrraudos y rrrepetitivos; la de los desayunos de una barra de pan entera en la cocina con la cara de otro, la de las barbacoas en la terraza con cinco obreros mirándote desde el andamio, la de las noches de tranquileo bebiéndose sus cubatas con los colegas...

Como las piedras, nunca nos imaginamos que alguna vez nos reuniríamos en septiembre en una playa solitaria de Portugal y que seríamos capaz de hacer de la normalidad y la naturalidad nuestras armas para aguantar la semana. He de admitir que esta semana de vacaciones ha sido la mejor de mi vida. No estoy exagerando ni me he pasado, aunque tiendo a la exageración y a recordar las cosas como yo quiero que hayan sido (¡ay, que la realidad no te estropee un buen reportaje!). Estas vacaciones han sido las mejores porque creo que este año ha sido cuando más las he necesitado, y porque me lo jugaba todo a una carta: un viaje y una sola semana para triunfar y desconectar o para fracasar y perder mi única semana libre del año. Y me lo habéis servido en bandeja de plata y he disfrutado del sabor de la victoria (que sabe a Sagres, a carne a la plancha y a agua de mar).

'Obrigado' era la palabra para esta entrada, pero han ganado las piedras y el afán de hacer algo profundo. Al final, me he puesto nostálgico y emotivo como siempre. Pero es que merece la pena emocionarse cuando se os tiene cerca, igual que es inevitable echaros de menos cuando se os tiene lejos. Las piedras se quedaron en Praia da Luz y vendrán durante meses distintos paseantes que las verán como algo curioso. Nosotros pasaremos el otoño refugiados en nuestras rutinas y en nuestras decisiones (curso nuevo, propósitos nuevos), y cuando llegue el septiembre que viene elegiremos un nuevo reto y recorremos el camino de vuelta que siempre pasa por la incertidumbre.

Este año todo comenzó con un estado kamikaze de Tuenti en el que pedía un viaje con quién sea y a dónde fuera, el año que viene habrá que seguir nuevas pistas. Lo que sé es que este año habéis sido vosotros y he sentido que en el Algarve estaba mi casa. Gracias por abrirme las puertas, por invitarme a sentarme, por recibirme con una mirada profunda y una sonrisa sincera, y por dejarme que me quede. Porque me abrísteis una puerta y entré con miedo hasta que me invitásteis a sentarme, y desde entonces, quise volver siempre a aquel sillón en el que me siento tan cómodo, en el que me siento como en casa.

domingo, 28 de agosto de 2011

Te has quedado conmigo

Corría el año 2005. Yo acababa de terminar primero de carrera y el Espino era un momento en el que me preguntaba cómo podía ser un periodista bueno para la comunidad -los médicos y los profesores lo tenían claro, pero para mí era un dilema...-. El grupo, hecho al azar, había sido un conjunto de personas que, probablemente, no seguirían hablando una vez que volviésemos a nuestras comunidades de origen. Hablábamos en el grupo, pero luego no compartíamos apenas nada una vez que salíamos del grupo. Nada que esperar.

Sin embargo, algo cambió aquel año. Montamos en el autobús de vuelta y, cosas de la vida, un asiento libre a la mitad del vehículo me llamó. Silencio al principio hasta que, tras una semana de indiferencia, al fin Andrés y yo hablamos. Hablamos de la Carlos III, de vivir en Madrid, y a mi me entró esa fiebre por la ciudad que ahora me acoge. Tú me hiciste venir a Madrid, para bien o para mal, y gracias a ti no tuve miedo a arriesgarme y pude estar donde estoy hoy.

Parece paradójico que en aquel Espino también estuviera Sergio, el chico mayor que se metía conmigo, y también Emi, la chica entonces tímida e insegura que nunca más fue. Y de su historia no hace falta hablar porque es la mía propia. Curiosamente aquel espino bajo el lema "¿Te estás quedando conmigo?" podría no haber sido nada más, un espino más del que despertar al llegar a Sevilla, cuando se rompiese la burbuja. Pero aquella semana lo desencadenó todo.

Cuatro años después nos volvimos a encontrar, una mañana de noviembre. Yo venía a hacer unas pruebas para un master al que era prácticamente una odisea acceder. Venía a no perder nada y con la ilusión de poder ganarlo todo. Aquel primer día de pruebas fue Andriu el que me llevó en coche hasta el campus de la Autónoma. El segundo día, Sergio fue mi piloto para la segunda tanda de pruebas. La mañana de la tercera prueba, Emi me mandó un mensaje deseándome suerte y dando por hecho que lo iba a hacer bien. De nuevo los tres.

Volví a Sevilla con la ilusión, simplemente, de haberos visto. Y seguí mirando masters dando por hecho que había intentado algo imposible. Llegó diciembre y entré en el master. Ahí se cumplió mi amenaza de hacer de Madrid mi casa, el sueño que me había metido en la cabeza un amigo en un autobús cuatro años antes. Y, por fin, me vine a Madrid un 13 de enero de 2010 para cumplir una promesa hecha a mi mismo.

En todo este proceso, hasta esta semana de agosto de 2011, solo coincide una cosa: vosotros. Yo ya no tengo demasiado que ver con aquel chaval que no quería arriesgar de 2005, y vosotros tampoco con aquellos que conocí, y pienso que ahora tengo la respuesta para aquella pregunta que no supe responder aquel año, porque pensé que no sabía o que era mejor no contestarla.

La respuesta es sí. Te has quedado conmigo. Porque me importaba que te quedaras, porque en el fondo tú tampoco te fuiste nunca, ni yo quería que te fueras. Te has quedado, Andriu; te has quedado, Sergio; te has quedado, Emi. Lo demás, se ha ido con el viento.

Pero esta última semana he podido revivir aquel Espino, haya sido un viernes, un martes o un sábado; en una procesión, en un bar de pinchos o en el teatro; mientras trabajaba, de descanso o después de la jornada laboral. Aquella semana en la que pensé que tenía ir a Madrid, porque allí me esperaba algo grande. Aquella semana en la que creí que podía ser un buen periodista siempre que me agarrara a vosotros como a un clavo ardiendo. En 2009 me dísteis la razón. Y ahora, en 2011, yo os doy las gracias.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Volver, al fin volver


No sé si será por estos días. Casi seguro que sí. Quizá por las conversaciones con un escocés ateo que hay en mi sección pero con el que da gusto hablar, quizá por ambas cosas, pero he vuelto. Al fin he echado de menos esa cruz del Espino que acumula polvo en una de mis estanterías en Sevilla.

Porque después de la vorágine papal viene la esperanza. Y esa esperanza me ha llegado como un bofetón cuando me he dado cuenta de lo que significa 'comunidad'. Ese grupo de gente, ese estilo de vida, ese hombro que sabes que siempre estará cercano para llorar cuando lo necesites. Y se me han venido a la mente en estos días de invasión peregrina de Madrid tantos momentos, que he recobrado la esperanza. Aquella tarde en la que Pulido me llevó de la mano hasta el voladizo del santuario de Granada porque yo tenía vértigo, aquellas noches de pizza con el coro dando los últimos retoques al concierto, aquellas mañanas de desayunos en Ramón y Cajal con las 5 personas, catequistas y amigos, que durante aquellos años fueron como mi familia; aquel paseo en aquella Pascua en el que me di cuenta que aquel que yo creía un golfillo y poco más iba a ser alguien importante en mi vida...

La comunidad es lo más hermoso que me ha dado llevar la cruz al cuello y es lo que me ha hecho volver, al fin volver, al redil que no debí abandonar nunca. Quizá haya sido por despecho viendo que todo lo que tenía alrededor esta semana papal estaba en mi contra, quizá me haya atrevido al fin a rebelarme y a decir que todo en lo que he creído merece la pena. Esta Jornada Mundial de la Juventud es mi Jornada Personal de la Esperanza, y en ella me he dejado las horas de sueño y las luchas internas para entregarme por completo a aquellos recuerdos. ¡Por qué los dejaría atrás sin miramientos!

Echo de menos mi cruz y echo de menos esa comunidad que arropa, que nos recuerda que somos más humanos de lo que muchas veces dejamos ver, y que, cuando se produce el reencuentro, todo merece la pena. Estos días me han hecho darme cuenta de que os necesito, y que hay esperanza para mí y para la cruz que acumula polvo en Sevilla, porque esto es un nuevo comienzo.

Ya sé que de buenas intenciones están llenos los nuevos comienzos, pero espero que esto no se quede aquí. He recordado lo que soy y he barajado si merece la pena recuperar lo que deje atrás. Y sí que lo merece. Merece la pena mantener el contacto, aunque nos veamos poco, merece la pena preguntar de vez en cuando al cielo si el de arriba sigue ahí y si aún hay un hueco para mí entre los bancos de sus iglesias, merece la pena volver a intentarlo. La vida es demasiado corta para vivirla sin esperanza, y por eso esto es un regreso a por mis libros, a por la gente que dejé atrás, un intento para ver si puedo salvar algo de los escombros de este incendio que lleva quemando mi pasado durante un año y medio. Los recuerdos me indicarán el camino de vuelta y entonces, solo entonces, sabré si aún puedo volver al punto de partida y volver a engancharme a este tren. El tren de lo que nunca he dejado de creer, y que ahora brama con fuerza en el andén esperando a que suba a sus vagones de alegría peregrina.

Ya os contaré cómo me va, por el momento, el domingo me introduje casi de incógnito en la catedral castrense y me dejé llevar por su silencio. Allí me encontré cómodo, como alguien que vuelve a dormir después de mucho tiempo en su cama de siempre. Y supe que había vuelto.

domingo, 24 de julio de 2011

Palabras robadas al tiempo

Llegan dos autobuses y empiezan a bajar chicos vestidos de rojo, caras familiares. Solo tenemos tres horas mermadas por un viaje interrumpido y una agenda infranqueable. Solo quedan minutos entre vaguedades y torpezas que nos hacen perder tiempo. Estas son conversaciones fragmentadas, frases rotas, desgajadas, robadas al tiempo y ganadas para la memoria.


En la puerta

Marta ha tenido esta vez más complicaciones que de costumbre. El cargo de acompañante no es cualquier cosa y siempre supone un reto que te hace pensar si valdrás o no para esto. Es un salto de madurez.

- Invítame a un cigarro, anda.

Ha vuelto la Marta de siempre, pero con algo distinto. Sabe que ha pasado la prueba y eso siempre da un subidón. Sin más compañía que el chunda chunda de los coches que paran en el semáforo, comienza la puesta al día y la calle de Aluche se transforma, por el tiempo que tarda en consumirse un cigarro, en la esquina de La Espumosa de Sevilla.


En el atrio


Prometió que nunca más volvería, pero volvió. Quizá para romper para siempre la maldición de este viaje de la segunda semana de julio, para olvidar los momentos de incomprensión y los jarros de agua fría.

- ¿Cuando vienes a Sevilla?- pregunta mientras nos abrazamos en una bienvenida demasiado postergada.

- Como mínimo no bajaré hasta septiembre. A ver si puedo bajarme algún finde de agosto, pero no sé.

- Tengo ganas de que salgamos todos- confiesa entre nostálgica e inocente.

Es LA voz, la voz que mi memoria retiene como bastión de la etapa gloriosa del coro que no quiero que acabe nunca. Este año hay demasiadas bajas en este Espino, y eso te hace sentirte mayor. El abrazo se acaba, aunque me resisto un poco y ella me sigue un poco el rollo por un segundo, luego quedan las sonrisas y la pregunta de si el próximo encuentro estará cerca o no. El periodismo no entiende de amigos ni de familia, solo quiere exprimirte hasta que te consagres a él en cuerpo y alma.


En la escalera

Juan no sabía que yo estaría allí, ni yo sabía que él bajaría del autobús. La sorpresa es mutua y no puedo evitar un grito de sorpresa.

- ¡Has venido!- digo en una afirmación tan obvia que resulta estúpida. Pero es que cuando los sentimientos toman las riendas de tu conciencia, la cabeza deja de funcionar.

- ¿Qué dise, cabesa?- contesta como siempre, como solo él contesta, con ese descaro maravilloso (sigues siendo Maravilla, por los siglos de los siglos), mientras me fijo en su pelo y él en mi barba, demasiado largos ambos. La conversación sigue pendiente, quizá la próxima vez. Es fantástico tener una razón, sea cual sea, para volver a verlo. Sea donde sea y con el motivo que sea, se producirá, porque aunque pasen los meses, al final se alinean los planetas. Y entonces llega esa conversación hasta que amanece o en una cafetería a primera hora de la mañana. Y vuelve a girar la rueda de esta relación cíclica, en la que siempre fijamos un próximo abrazo que no tiene fecha.


En el pasillo

- Oye, a ver si encuentro un momento, que te quiero presentar a Marta- me dice mi hermano mientras avanza entre la multitud abriéndose paso con la funda de su guitarra.

- Eso, que tengo que darle la bienvenida a la familia- contesto en una broma que no es tan broma.

Es emocionante ese momento en el que tu hermano pequeño te presenta a su novia, esa a la que solo conoces por fotos, pero de la que has oído hablar mil veces. La busca con la mirada y la encuentra tres filas por delante de nosotros. También es emocionante poder verlo a él, aunque solo sea unos minutos, en esta ciudad que dice acoger a todo el mundo pero a la que no pertenece nadie. Ciudad de paso, cruce de caminos. Dice que volverá en agosto. Habrá que verlo. Yo ya voy mirando fechas. La casa a veces se hace enorme, aunque solo tenga 40 metros cuadrados...


En la acera

El autobús se despide y te preguntas si podrías cometer una locura, meterte en él y volar a Sevilla, regresar a esa casa que no pisas desde hace tres meses. Pero la puerta se cierra y, una vez más, te quedas en la acera, mirando como un idiota, con la lagrimilla puñetera asomando por el ojo derecho, queriendo salir. Desde las ventanas, se despiden de ti los recuerdos y solo te quedan esas conversaciones robadas al tiempo. La gente se va retirando y vuelven, poco a poco, a sus vidas. Yo no puedo. Mi vida, la que me ha hecho lo que soy y la que me hace sonreír, se ha ido en el autobús que acaba de partir.

sábado, 21 de mayo de 2011

Perdida y encontrada


Hoy he mirado a los ojos a la esperanza. Hoy no he reconocido a una Puerta del Sol que nunca había visto tan viva, tan rebosante de magia. Hoy he visto a esa a la que llamaban generación perdida, la que está aniquilada por la crisis y sin futuro porque no le tocará vivir el resurgimiento de la economía, más encontrada que nunca. La multitud ha hecho de los relojes de sus Ayuntamientos su brújula para encontrarse a sí mismos y levantar la voz.

A la luz del entusiasmo, la juventud indignada ha emprendido su propia revolución, una revolución en forma de acampada en cada rincón de España. 28.000 en Madrid, 8.000 en Barcelona, 5.000 en Valencia, 4.000 en Sevilla... En 5 días la Revolución Española ha hecho de las plazas su fortín, ha reclamado lo que es suyo y ha dicho "basta". Basta a la extorsión de los bancos, a la corrupción, a tener grietas en las manos de hojear los periódicos en busca de trabajo... La Revolución Española, esa que ha roto fronteras y ha clamado ante las embajadas de medio mundo, la que ha pedido auxilio ante las próximas elecciones. La que ha demostrado que un 40% de paro es asfixiar a una juventud creativa que ha sacado lo mejor de sus mentes y sus plumas para convertir las plazas en un bastión de libertad.

Esta noche he estado en Sol y he paseado en silencio por este campamento que es ya una ciudad en miniatura. El pueblo se ha volcado con ellos, porque ellos mismos son la voz de un pueblo hastiado de promesas. Los organizadores barren sin cesar, recogen la basura, organizan charlas, calman a los exaltados y reclaman que esto "no es un botellón". Los "indignados" han hecho que la Puerta del Sol sea portada del Washington Post, que nos llamen los rebeldes españoles, que digan que esto es la herencia de la egipcia Plaza Tahrir. La plaza de Sol se ha convertido en la plaza SOLución.

Las ciudades la han secundado como una obligación con la ciudadanía. Han sacado el espejo a relucir y han hecho a imagen y semejanza sus campamentos en las plazas de España. Valencia ha invadido los bancos de la plaza del Ayuntamiento y la ha rebautizado como Plaza del 15 de Mayo. Ese 15 de Mayo en el que comenzó todo, en el que nos creímos valientes y nos lanzamos a la calle, ese 15 de mayo que ni una Ley Electoral ha conseguido abatir, ni el Supremo, ni el Constitucional, ni los furgones amenazantes de la Policía, ni el Ministerio del Interior. España es un clamor, y grita a los pueblos de Europa que se levanten. Hace 203 años que Sol fue la llama que prendió Europa para que luchara contra la invasión napoleónica. Han hecho falta más de dos siglos para que España despertase de su letargo, ese sueño en el que siempre ha dormido, porque estaba demasiado cansada de luchar.

Salid a las plazas. Levantaos y reclamad que este mundo no es el que podemos legarle a nuestros hijos, que no es el mundo con el que soñamos. Nuestros sueños no caben en vuestras urnas. Llenad la plaza de Cataluña, la plaza de la Escandalera, la Puerta del Sol, la plaza del Ayuntamiento, la del Pilar, la del Obradoiro, el Bulevard de Donosti, la plaza de Arriaga, la del Zocodover, la del Carmen... mañana puede que ninguna se llame así, todas piden a gritos libertad, unidad, justicia, democracia...

Salid a las plazas en esta hermosa revolución pacífica. Estamos haciendo Historia, porque es nuestra historia personal la que está por descubrir. Mirad a las brújulas de los relojes de vuestros Ayuntamientos y gritad que no estáis perdidos, que os habéis encontrado, y que esta generación, la del espíritu de Sol, no vive en la luna.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Desubicado


Se me hace raro esto de amanecer en Madrid y, a media tarde, despertar de la siesta en Sevilla. Pero las fiestas de primavera es lo que tienen: si quieres llegar a disfrutarlas, es necesario sacrificar horas de sueño, descanso, trabajar más de la cuenta y evitar contar las horas para coger el tren.

Se echan de menos, y más cuando vuelves a esa redacción sin ventanas en la que la luz del sol es una utopía. Esta vez veré a Sevilla vestida de volantes, con las orejas llenas de farolillos y con una banda sonora de bullicio y sevillana a todo trapo saliendo a través de las cortinas de lona de rayas bicolores. Sevilla ha transformado en una semana la agonía del crucificado en la gloria festiva del baile, ha cambiado la torrija espesa y empalagosa por el pepito de lomo pasado por la plancha con ajito y aceite de oliva. Sevilla se ha quitado la mantilla negra para engarzarse la peineta colorida y la flor.

Sevilla es bipolar, como yo. Y quizá por eso allí me siento cómodo, aunque tenga que cambiar en horas el chip de mi cabeza para no verme desbordado por las fiestas que transforman la ciudad. En Semana Santa llegué a la fiesta tan a bocajarro que me encontré desubicado, pero intentaré superar el trance esta vez con más dignidad. Vuelvo a Sevilla, a ver Triana en el mes de abril. Sí, en abril, porque mientras haya Feria, abril no se resigna a marcharse y ceder a mayo la gloria que siempre le ha correspondido: la de la alegría del albero, el caballo, la risa y el farolillo.

martes, 26 de abril de 2011

Las fotos que no hice

Este año me he armado con la cámara de fotos para vivir de una manera distinta la Semana Santa. Por aquella necesidad de cambiar que supongo que tenemos los periodistas, acostumbrados a hacer cada día una cosa distinta e impredecible. Pero como estoy acostumbrado a ver la parte que no existe, la que nadie ha visto antes, ni siquiera yo mismo; pues me he puesto a hacer recuento de las fotos que no he hecho. Cosas de la vida.

No he fotografiado la interminable hilera de nazarenos negros de Los Estudiantes, que tuvieron estación de penitencia lluviosa por el interior del Rectorado de la Universidad. Ni el dulce blanco de La Bofetá bajando Cardenal Espínola.

Tampoco le tiré fotos a ese músico del oboe de uniforme cuya cabeza sobresale por encima de la multitud en una banda, esa de la que nunca debió irse, esa que le llama en el silencio a golpe de tambor y de trío de marcha de palio. A ese que se resiste a devolver la carpeta porque realmente nunca ha querido devolverla, porque aunque se fue de la banda, la banda no se fue de él.

Tampoco hice fotos de las jornadas maratonianas en la cripta para que los blancos más blancos del barrio sonaran a negro de Nueva Orleans y de Harlem. No se pueden hacer fotos a un Amazing Grace cantado a cinco voces de hombre, ensayada solo dos veces porque, a estas alturas, sabemos perfectamente que podemos confiar en los otros cuatro.

No pude hacerle fotos a la barbacoa en la que volaban los barriles de cerveza y en la que perdí la voz, porque me había dejado las ganas y la euforia vestido de blanco horas antes.

No hice fotos en la mañana de iglesias después de una noche de chat para ver si salian o no los albores de la Madrugá, ni a los paseos con una vecina por las calles de un centro empapado en el que se buscaba el cobijo de un café a la espera de que pasase el diluvio.

Tampoco tiré ninguna instantánea en las noches al amparo de la lámpara de un bar poco iluminado ante tres ofertas de cerveza y una de tinto. Allí donde las sonrisas son el mejor consuelo para un Martes Santo nefasto.

No hubo fotos en la noche estrellada del Sábado Santo, aquella en la que miramos a los cielos preguntándonos por qué. La noche de las confidencias, de las miradas y de las felicitaciones. Otra noche más de triunfo que sigue sabiéndonos a gloria.

Hubo fotos buenas, no lo niego, pero no las hice con la Nikon. Las hice con el objetivo de la pupila, con el obturador del párpado y el disparador de la emoción. Las mejores fotos son las que se escapan al aparato, porque son demasiado hermosas para quedar retratadas en una imagen congelada. Las mejores fotografías se graban en la celulosa de la memoria, y quedan para siempre, se pueden mirar en cualquier momento y nunca provocan una saturación de la tarjeta. Fotos de voces de ensueño, de cantos de sirena que llevan a los cielos, de rachear de pies que elevan el silencio a una simple molestia, de cornetas que claman a los vientos, de palabras sinceras, de ecos de recuerdos grabados a fuego en la intrahistoria. Las mejores fotos no se guardan en un álbum. Simplemente se viven.

jueves, 21 de abril de 2011

La charla de dos ángeles en la tarde de Jueves Santo


En el blasón heráldico, hermoso y reluciente, el ángel de la derecha miraba de reojo a su hermano de la izquierda. Esperando poder colocarse sobre un corazón batiente, aguardaban colgados de una percha junto a una camisa blanca. Faltaban horas para que el nazareno llevara en el cuello la medalla plateada, hermosa, sencilla e inconfundible del Gran Poder. Bautizados con los nombres de la historia de la propia hermandad, Lorenzo y Juan, por la parroquia que fue su casa y el nombre del imaginero insigne que sacó de sus manos a Dios mismo, se debatían en el equilibrio frágil de sus pequeñas alas en la cara trasera de la medalla.

"¿A dónde crees que vamos?", preguntó Lorenzo, moreno por el sol de la plaza que cobija la basílica. "No sé, ya sabes que cuatro gotas son más que suficientes para que nos quedemos en la percha este año", le contestó Juan. Lorenzo miraba el cielo de reojo por la ventana semiabierta salpicada de goterones de lluvia, y suspiraba con el lamento del que ve venir la puerta que no se abre de San Lorenzo.

"Te sientes tan impotente cuando sabes que las nubes no atienden a razón alguna, que se ciernen sobre los cielos sin pensar que abajo se está produciendo la maravilla de cada año: una ciudad que se vuelve barroca, que se vuelve altar, en la que no se ve el suelo, en la que todo es muchedumbre en las esquinas... pero nada importa", comentaba desolado Lorenzo. Juan sabía que el que todo lo puede escuchaba la conversación desde el otro lado de la medalla, en la cara principal. Sin embargo, el silencio le dio a entender que no quería inmiscuirse en la conversación. Dios mismo siempre observa, pero gustó de hacernos libres y no pretende inmiscuirse en cada palabra que sale de nuestros labios. El Jesús moreno y atormentado de la cruz al hombro clama al cielo que no es un padre censor ni un hijo libertino, solo nos dio alas -no solo a los ángeles- para poder volar y aprender de nuestras propias caídas.

La medalla se tambaleaba con el viento que entraba por la ventana, y chocaba con los botones de la camisa en un dulce tintineo que, en pleno Jueves Santo, sonaba a bambalina. "El cielo es un mapa del mundo. De este mundo que se va a pique porque el ser humano se ha olvidado de la magia y del perdón para salir a los campos a golpe de bayoneta e insultos. Sevilla duerme en el error de que esta semana es un paréntesis de tradición y antigüedad en el año, pero no es así. Cada atardecer es el del Jueves Santo, cada noche es una madrugá en la que no duerme nadie", comentó tajante Juan sosteniendo con fuerza la banda del escudo.

"¿Te refieres a los bomberos, los policías, los panaderos que trabajan en la madrugada para que el currante pueda llevarse un mendrugo a la boca al amanecer?", preguntó Lorenzo. "Sí y no. Cada noche en Sevilla, hay médicos que operan a corazón abierto, hay madres que arropan a sus hijos, hay albergues que abren sus puertas al que se hiela a la intemperie. Cada noche es Jueves Santo, aunque solo una sale el Señor de Sevilla en cuerpo. Pero Jesús sale cada noche a la calle en alma, en el asiento del copiloto de las ambulancias, alerta en las esquinas oscuras de los callejones en las que se maquinan los horrores de nuestra condición de ser humanos, en las salas de espera de los hospitales...", le contestó Juan viendo pasar las horas como el que ve pasar las primaveras al amparo de la torre de San Lorenzo.

Lorenzo volvió a mirar por la ventana y, sin que nadie se diese cuenta, cruzó los dedos cambiando los destellos de la plata en la medalla. De fondo, en la radio, oía caer una a una las hermandades de la tarde del Jueves Santo, y deseó escapar del orgulloso trono de la plata para empujar las nubes hacia el mar, donde nadie las siente ni las padece. Con valentía, vio su hermano Juan como su gemelo idéntico del otro lado del escudo se escapaba poco a poco de la plata con la mirada iracunda puesta en el cielo encapotado.

Lorenzo ya salía al mundo real, fuera de la talla hermosa y polilobulada en la que llevaba encerrado siglos. Pero una mano cálida, fuerte y vigorosa, le tomó del brazo. "Déjame, Juan. No es justo, no es justo... Solo hay una noche para que Sevilla recupere la esperanza, y es en esta madrugá de sensaciones. Déjame partir por el bien de la ciudad", dijo Lorenzo al mismo tiempo que volvía su rostro impotente hacia el brazo que lo retenía. Pero allí no estaba su hermano Juan, sino el mismo por el que vivían en la orgullosa medalla. El Dios de Juan de Mesa lo miraba con sus ojos de plata y de fuego, y se le heló el aliento, observando al mismo padre de San Lorenzo con su mirada dulce negando suavemente con la cabeza. No supo qué decir, y Jesús abrió la boca, mientras Lorenzo y Juan contenían la respiración.

"No se haga mi voluntad, sino la de mi padre. Sevilla puede esperar en mi eterna gloria barroca el sueño de un año de noche despejada en 2012. No la abandonaré. Yo soy su propio hijo. ¿Cómo abandonaría a la madre que me vio crecer desde hace siglos, que me abrió su casa, que me engalanó con flores y me alimentó de devoción sin miramientos?", dijo el nazareno con voz pausada mientras regresaba Lorenzo a su lugar en la medalla. "Aguardemos. La noche aún no ha caído. Si la lluvia quiere que no vea este año el adoquin de mi calle y los rostros ilusionados de mis hijos, será decisión del padre y no mía. Mi cruz es la cruz de Sevilla, volved a dormir en el sueño de un año completo. Vivamos en la hermosa utopía de un mundo mejor 364 días al año, y no una sola noche. En esta noche solo salgo en cuerpo, como ha dicho Juan. El resto del año, vivo en cada alma, discreto y silencioso, pero con las manos abiertas para acoger al que está cansado y el hombro cálido para aquel que llora".

Lorenzo regresó a la medalla, mientras fuera el cielo seguía encapotado. Miró a Juan a los ojos y escuchó de fondo la marcha 'La Madrugá' en un televisor cercano mientras recogía la parte del escudo que había sostenido durante siglos. Oyeron cerca pasos, y sintieron como les llevaban en volandas hasta un pecho batiente. El nazareno cubrió con el negro ruán del capirote la medalla, y se encaminó a San Lorenzo, más desesperanzado que jubiloso. El lienzo de nubes del cielo le decía que no habría discurrir del Señor de Sevilla por las calles de la ciudad. Institivamente cruzó los dedos en forma de cruz y lanzó a los vientos una oración. Lorenzo y Juan también, pero en voz baja. Y al que todo lo puede se le dibujó una sonrisa al mismo tiempo que se abría un claro en San Lorenzo, que iluminó discreto la Basílica.

miércoles, 13 de abril de 2011

La larga espera


Sueño con el dulce repiqueteo de la bambalina al aire que golpea el varal. Sueño con la flauta que se mantiene en una nota estática, en el eterno staccato que culmina las transiciones desde el trío de las marchas de palio hacia el tema principal. Sueño con el giro mesurado de un misterio que desafía las leyes de la física en el viraje hacia un callejón de paredes encaladas. Sueño con la luna que se mira en el espejo de un techo de malla y en el terciopelo de un manto azul que es la única escalera posible para tocar el cielo con las manos.

Sueño con una ciudad enjoyada de espadañas que claman al cielo como una corona inmensa que eleva a la ciudad provinciana a reina barroca. Sueño con la marea de gente que sube unida como los prisioneros del Nabucco verdiano la Cuesta del Rosario en busca del esplendor de un palio hecho templo. Sueño con un asfalto palpitante cubierto de cera caliente y con una lluvia de pétalos en la calle Pureza. Sueño con una catedral silenciosa y con un barco de luz de candelería surcando las naves imponentes de la gloria gótica de la ciudad.

Sueño, sueño y sueño, y la semana se me hace larga queriendo que a la mañana siguiente sea ya Domingo de Ramos y el tren me lleve de vuelta a casa.