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domingo, 10 de abril de 2011

Te volveré a ver

Te volveré a ver. Este año regresaré a tu barrio, el de mis tardes de conservatorio, y seguirás allí. Este año será distinto, como lo fue el pasado, y el anterior, y el otro. Este año llegaré sin haber vivido el hermoso instante de la Víspera, sin haber visto los preparativos, ese nervio que le entra a Sevilla cuando ve que el día se acerca y se le dibuja una sonrisa en la cara sin querer.

Este año iré a buscarte, aunque no hayan querido que mi música acompañe tus andares porque estamos demasiado preocupados con nuestros problemas terrenales como para dedicarnos a músicas menores. Este año te encontraré en nuevas esquinas, en las que trazan tu nuevo recorrido, el que te lleva a callejear aún más y regodearte en ese barrio que sabe bien que eres el kilómetro cero de San Lorenzo.

Este año te buscaré donde nunca te busqué y te encontraré, en la sorpresa de un balcón, en el reflejo de un escaparate que quiere ser espejo en el que te mires. Este año será diferente, y será tan cotidiano, que tendré que regresar al eterno olor del azahar, al sol abrasador, a la muchedumbre incansable que te espera en cada acera, y no me importará.

Este año llego más en el descuento todavía, cuando no hay ya espera, sino que toda la ciudad estará en fiesta. Llegará el tren y la ciudad ya se habrá vuelto barroca de nuevo, en sus calles el ruido del tráfico habrá dejado su lugar a la corneta y el tambor, a la banda de música con su paso lento y acompasado, al conjunto de capilla sobrio y casi silencioso.


Este año llegará el martes y tus puertas se abrirán de par en par, y cuando San Lorenzo calle será cuando tú salgas. Como si desde el martes santo de 2010 solo hubiesen pasado horas. Y entonces sabré que he vuelto, y se me olvidarán los neones y los titulares, porque aqui todo eso se lo lleva el viento.

Este año me encontraré contigo para volver a constatar que, como dice el acervo popular, sigues siendo la Gracia de Sevilla bajo palio. Y eso no cambia nunca. El momento ha llegado. La cuenta atrás me despierta un cosquilleo en el estómago y me sale esa sonrisa nerviosa que me hace recordar que, a pesar de todo, sigo siendo sevillano. No hay mucho más que decir. Este año, cuando vea tu templo de malla y oro enfilar la Plaza de San Lorenzo, sabré que todo vuelve a empezar. No el uno de enero, sino el martes santo. Y cuando se cierre tu puerta, volveré a contar los días al revés, sabiendo que solo quedan 364. Espérame en el barrio en el que aprendí a ser músico. Allí forjé mis sueños, y allí aprendí a arriesgar y a amar mi tierra. Espérame en tus calles, donde tu Dulce Nombre no se borra, sino que está en los labios del viento, y se hace marcha cada primavera.

lunes, 4 de abril de 2011

Alegato por la música española

Dicen que los españoles, sobre todo la generación en la que me inserto, no sabemos valorar el peso de nuestro legado. No me refiero al amor a las cruzadas y a la nostalgia del Imperio que tienen los grupos de ultraderecha, ni al deseo de que vuelva Franco que tienen algunos enfermos... me refiero a nuestro legado cultural, ese que nos hizo brillar en algún momento y que obligó a la orgullosa Europa a bajar su imperial cabeza para mirar a España, esa gran desconocida.

Hoy me he acercado a la Fnac para ver qué hay de nuevo y, principalmente, para que me dé el sol un poco. Allí me he topado con dos compositores en forma de CD que me han obligado a comprar su música: Cristóbal de Morales y Tomás Luis de Victoria.

Empecemos por Victoria. Heredero del magistral y espléndido sevillano Francisco Guerrero y del también hispalense Juan Vázquez, el abulense Tomás Luis de Victoria fue el músico más brillante de Europa. En su época lo llamaron "príncipe de los músicos" y era un quebradero de cabeza para el padre de la música de la Contrarreforma, Pierluigi da Palestrina. Palestrina difícilmente podía competir con las partituras de Victoria -a pesar de su magnífica Misa del Papa Marcello-, y el español llegó hasta la capilla del Vaticano como maestro absoluto. El mejor músico de la historia de la música española y un olvidado ahora que se cumple el Cuarto centenario de su muerte.

Cristóbal de Morales no se le quedaba atrás. Durante 10 años he estudiado música en el conservatorio de Sevilla que lleva su nombre y, sin embargo, nunca me he esforzado por saber a santo de qué le habían puesto a esa institución ese nombre. Resulta que, ahora que pretendo hacerme un hueco entre los culturetas de la Clásica, me pongo a leer sobre la Historia de la Música y lo descubro. Cristóbal de Morales nació en el cambio de siglo, en 1500. España vivía bajo el influjo de un Renacimiento que iba a cambiar el mundo y la cultura, y Cristóbal de Morales se empapó de él. Llegó a ser director de la Capilla papal en Roma, y es la cabeza de la Escuela Sevillana, la más prolífica y rica de la historia de la Música de España. En una etapa en la que Madrid aún era un pueblo grande de La Mancha, Sevilla era la puerta abierta al Nuevo Mundo, llamada Nueva Roma. De su puerto salió la primera imprenta que llegó a América, hoy potencia editorial.

De Morales volvió de Roma a una Sevilla bulliciosa y marítima a pesar de no tener mar, y demostró ser "luz de España en la música", como lo llamó el teórico Juan Bermudo. Exquisito, con fama en toda Europa, Cristóbal de Morales hoy tiene un callejón peatonal en Sevilla, desconocido y oculto, del que nadie se acuerda. El otro gran maestro de la Escuela sevillana, Francisco Guerrero, ha dado su nombre al conservatorio de Nervión, pero tampoco ha llegado más allá de eso. Es impresionante que tengamos músicos de fama internacional, de la Edad de Oro de la música española, para bautizar todos los conservatorios de la ciudad (Manuel del Castillo, otro gran olvidado, esta vez del siglo XX, da nombre al Superior), que hayamos tenido una Escuela sevillana que deslumbró en Europa, y sus obras no se programen nunca ni aparezcan apenas en los libros de texto.

Lo dicho, estaba en la Fnac de Callao cuando he visto la Misa para la fiesta de San Isidoro de Sevilla de Morales y me la he comprado. Isidoro de Sevilla, arzobispo de la capital hispalense, fue, aunque casi nadie lo sepa, el que escribió la primera enciclopedia de la Historia, las Etimologías. Al leer el libreto del disco, leo que es música dedicada a la festividad del santo sevillano en el día que la Iglesia fijó para recordarlo: el 4 de abril. Hoy es 4 de abril, y es la primera vez que escuchó y sé valorar a Cristóbal de Morales. Hay casualidades en la vida que sirven para descubrir cosas que no sabías, pero creo que esta es la casualidad de las casualidades.

No sabemos nada ni tenemos interés en saber algo, o al menos esa es la conclusión a la que llego hoy. Miramos tanto más allá de nuestras fronteras, que no sabemos que años antes de que nacieran los grandes maestros de la Música Clásica universal, nosotros ya teníamos nuestros propios Bach, Mozart y Beethoven. Mientras Salzburgo, Bonn y Mannheim celebran a sus ilustres compositores, a nosotros parece que no nos importe nada. Somos tan necios -yo incluído-...

lunes, 28 de marzo de 2011

Orgullo


No suelo utilizar la palabra "orgullo" a la ligera, me parece pesada, cargada de significado y tremendamente poderosa. Es una palabra compleja que implica una vinculación estrecha con la gente a la que se dedica. Pero hoy puedo decir que tengo orgullo, orgullo de mi gente, esa que ha venido hasta Madrid para hacer realidad un proyecto de locos.

Hoy estoy orgulloso, y por eso hoy cuando he llegado al periódico lo he hecho con una sonrisa y algunos dicen que me han visto hasta moreno. Otros pensaban que me había ido a Sevilla, por aquello de que siempre que voy a mi tierra vuelvo con otra cara. Pero no, es Sevilla la que ha venido a mi, cargada de esperanza.

La anterior entrada la escribí antes de que cualquiera de mis amigos pisara siquiera esta tierra, pero ya sabía que todo saldría bien, que todo sería un éxito. El éxito se debe principalmente a que ha sido el mejor concierto que hemos dado nunca, a que salimos al escenario sin acordarnos de vergüenzas ni de miedos. Salimos confiando en nuestras sobradas posibilidades y en nuestro buen hacer. Pocos se atreven a hacer lo que hemos hecho nosotros, lanzarnos ante un público que no conocemos siendo menos que amateurs. Amateurs en interpretación, en los circuitos de los grandes conciertos, en el concepto "gira" de por sí, pero auténticos maestros de la improvisación, del pensar en un segundo y actuar al siguiente. Expertos en lo único que no se puede ser experto, porque cada vez es distinto.

Expertos en sonreir, en superar los problemas, en olvidar los malos ratos, en salir adelante. Expertos en ser nosotros mismos, tan distintos, cada uno de su padre y de su madre, unos que no abren la boca y otros que no paran de hablar, unos actores, otros técnicos y otros músicos; unos de ciencias y otros de letras... y todos enamorados completamente de lo que hacen, porque la vida es vivirla y nada más.

La música es vida en sí misma, y quien no lo sepa es que no la ha probado de verdad. Y esto que hacemos nosotros es dar un grito en forma de acorde, de construcción polifónica y agitar los corazones para que se sientan despiertos. Creer en Sevilla28 es creer en la vida misma, y formar parte de ella es un privilegio que nos hace afortunados.

Como dice Jose, esto es un milagro. Que hayamos coincidido todos en una misma época, en un mismo lugar, y que hayamos llegado no solo a conocernos, sino que nos hayamos hecho amigos y que nos hayamos aventurado a hacer posible este prodigio, es casi una maniobra estratégica del destino. Hacemos cosas grandes, pero haremos cosas enormes, porque aunque nos bajemos del escenario, no nos quitamos el disfraz ni la careta, porque nunca nos la pusimos para subirnos a las tablas. Somos los mismos: nosotros en estado puro. Nada más.

Gracias a los que nos han traido hasta aquí, a los que nos impulsaron, a nuestro grupo de 'grupies' que ya son fans de lo que hacemos, a los que nos abren las puertas de su casa para que hagamos realidad una vez más este sueño. No veo el momento de volver a veros, sea en el escenario, en la 'navecita industrial', en el bar o en cualquier esquina de Sevilla o de Madrid. Sois un pequeño trocito de cielo que no solo puedo tocar, sino abrazar y besar. Sois mis vacaciones y mi respiro. Sois aire fresco en mis pulmones, y por eso os necesito para sentirme vivo.

viernes, 25 de marzo de 2011

Érase una vez...

Érase una vez una ciudad. Enorme, colosal, llena de edificios imponentes y avenidas grandilocuentes repletas de gentes venidas de todas las partes del planeta. Su voz era la del neón y los cláxons, y entre la turba no era difícil perderse si se perdía un momento la orientación.

Un día llegaron a esa ciudad unos extraños. Llegaron con el carro cargado de sueños, de instrumentos musicales, de un prototipo de un coche que decían que podía viajar en el tiempo y desorientados. Allí, en la ciudad perdida, residía un pobre escribano que perdía la vista de tanto leer y escribir, cronista de la Villa de Madrid, que cobraba cuatro duros y no tenía hora de salida en el trabajo. Y aún cuando la tenía, se llevaba siempre trabajo a casa.

Los forasteros llegaron para alegrar sus días, pues tenían pensado tocar en un pequeño teatro de la ciudad, para salvar a unos pobres príncipes de tez oscura que malviven sin agua siquiera más allá de Gibraltar. El escribano no lo dudó, y preparó la casa, abrió las ventanas, aspiró hondo el aire contaminado de la ciudad, recogió sus libros, apagó el teléfono y se dispuso a recibirlos. Eran forasteros para todos menos para él. Un cruel terrateniente llamado Crisis había hecho al escribano partir de su ciudad natal en busca de una nueva vida y una oportunidad.

Los caballeros y las guerreras traían extrañas armas de las que la gente se burlaba. Con aquello no creían que pudieran ganar ni un primer asalto. Espadas de madera con las que tocaban el violonchelo, enormes armatostes con forma de arco a los que llamaban arpas, un aparato enorme que parecía una escalinata formado por peldaños blancos y negros, una cerbatana a la que llamaban oboe y las guitarras que las gentes de los pueblos del sur tan bien conocen. ¿Cómo iban a ganar algo con eso?

Se encerraron en un sótano, a las afueras de la ciudad y conjuraron a las musas para comenzar a trazar la estrategia. Estrategias de corcheas, señales de ataque con la cabeza, papeles con cinco líneas horizontales con un extraño código cifrado escrito sobre ellas, como un mensaje secreto. Forasteros y escribano dieron aquella noche un concierto para el recuerdo. No hubo víctimas, ni daños colaterales, ni heridos de gravedad, ni instalaciones dañadas, ni casas ardiendo ni tanques. Ejecutaron su plan, aquel que había sido truncado por cosas del destino, y ganaron la batalla. La batalla al tiempo, a la injusticia y al egoísmo de un mundo que solo hace las cosas si sabe a ciencia cierta que sacará un beneficio demostrable.

Tras la lucha feroz cargada de sonidos que embelesaron al enemigo, los forasteros volvieron a dejar al escribano solo en la ciudad de los neones. Cogieron de nuevo sus artilugios y partieron camino del sur, en espera de que el escribano pudiera ir a visitarlos algún día. El escribano siguió ganándose la vida como pudo, trabajando mucho y durmiendo poco.

De repente un sudor frío en la frente hizo despertarse al escribano, dormido sobre sus papeles en la mesa. ¿Había sido todo un sueño? Parecía tan real... Miró por la ventana: los neones seguían encendidos, estaba cayendo la noche. Miró su correspondencia, y allí encontró un aviso: unos forasteros venían en un carro cargados de artilugios sorprendentes desde el sur, y ya estaban subiendo la Plaza de España. Entonces supo que había sido una premonición, y se puso el abrigo para salirles al encuentro. Los únicos que pueden hacer que se cumplan nuestros sueños somos nosotros mismos.

martes, 30 de noviembre de 2010

La felicidad se condensa en una hora

Qué fácil puede ser todo, y qué difícil lo vemos la mayor parte de las veces. No hay obstáculos insalvables, sino falta de motivación. Si el preámbulo vino en forma de arreglo de partituras, el primer acto ha sido de señales de entrada con la cabeza, de medir los seis por ocho con el brazo y de cierre de calderones con dedos que describen pequeños círculos en el aire.

De nuevo he vuelto. De nuevo por la música. De nuevo atendiendo a la llamada de Sevilla28. Mis amigos. Mi esperanza. Mi inyección de optimismo para regresar a un Madrid cada vez más gris y frío.

No es solo la música. Son las barbaridades, las canciones que salen sin pensar, las conversaciones de desahogo y aquellas que nunca tuvieron lugar, las miradas de aprobación y cuando resoplas porque ya estamos al límite pero hay que seguir adelante.

Nunca pensé que Marty McFly pudiera seguir dándome alegrías más allá de la pantalla de televisión. Estos días han sido de liarnos en telas para simular ser caballeros medievales, de intentar recrear una Nueva York grandilocuente en apenas unos metros, días de maquillaje para que no brille la cara con los focos, de laca, secador y talco para envejecer una melena rubia, de cazadoras vaqueras cortas y chalecos rojos sin mangas, de marionetas de fieltro. Días de crear y de vivir, días de soñar y de cumplir. Días de ensayos para una sola hora de euforia y semanas de nostalgia.

Voy en el tren. Sevilla hace media hora que se quedó atrás. He dejado mis recuerdos junto a una columna en la estación de Santa Justa. Los recogeré el 21 cuando vuelva. Ahora, si pienso en los buenos ratos que estoy dejando atrás, no podré seguir centrado en esta última racha, en esta cuenta atrás.

Marty McFly ha creado en mi una dependencia, me ha devuelto al Delorian y a la locura de Doc. Esa locura que nos hace creer que se puede jugar con el tiempo. Hemos vuelto a desafiar al reloj: hemos hecho en una semana el trabajo de meses. Las manecillas han jugado a nuestro favor y hemos olvidado los años y los kilómetros que nos separan para dejarnos la piel en un escenario que es escalera recta hacia la gloria que provoca el trabajo bien hecho.

Anuncian la llegada a Córdoba de mi tren. Echando la vista atrás, lo vivido parece un sueño. La niebla y la lluvia hacen más lastimera, más triste, mi partida. ¿Qué nos queda sino la ilusión por la próxima vez que nos reunamos, Sevilla28? ¿Y qué si estas son las cosas que hacen que nuestra vida tenga sentido? ¿Y qué si nuestro único beneficio es el placer de volver a tocar juntos? Entiendo que haya gente que pueda no comprenderlo, pero para mi es obvio.

No mirar la meta. Disfrutar del camino, de las risas, de las palabras susurradas, de las miradas, del guiño de un ojo, de pasarle las páginas a una amiga, de peinar a otro, de comer pizza en el suelo, e incluso de los gritos y las frustraciones. No hay una señal más clara de que estamos vivos y de que queremos seguir estándolo. Mi hermano mediano, ese con el que no comparto ni el moreno de la piel, ni la altura, ni el carácter, ni tantas otras cosas, cumple un año tomando mi relevo en un coro que siempre fue suyo. A él le debe Sevilla28 el lema de su razón de ser: "Puede que yo no viva de la música, pero os aseguro que la música me da la vida".

No me canso de daros las gracias. Pase lo que pase (Come what may), no olvidéis que os quiero, y que siempre podremos regresar al pasado para rememorar una y otra vez las alegrías de cada 27 de noviembre. La felicidad suena a oboe, a arpa, a piano y guitarra eléctrica, a bombo y violín, a guitarra española y chelo. Y se viste de bata blanca, de troglodita, de bufón, viaja en Delorian y recorre todas las épocas posibles. La felicidad se condensa en una hora. Y yo la he vivido junto a vosotros.

domingo, 31 de octubre de 2010

Compartir es vivir


¿Qué hacen un abogado gafapasta, el batería de una banda de heavy metal, un mostoleño fanático del Barça y un señorito andaluz que toca el arpa, en un colegio mayor revolucionario de Ciudad Universitaria?

Podría ser el comienzo de una película disparatada de Woody Allen, pero es una realidad que transcurrió el pasado viernes. Es de esas cosas gafapasta que piensas que nunca podrás hacer, pero esta vez lo he conseguido sin ni siquiera proponérmelo. Los cuatro nos encontramos en un concierto de jazz en el mítico Johnny, el colegio mayor de la movida madrileña al que ya nadie conoce como San Juan Evangelista.

Dave Holland sobre el escenario. El contrabajista de Miles Davis, acompañado de su quinteto, desplegaba las artes que le han hecho una figura indiscutible de la historia del jazz. Tras el concierto, vino el momento mágico. Mientras llovía, nosotros nos dedicábamos junto a la cafetería del colegio mayor a comentar el concierto: el batería explicó la destreza de los músicos, yo los patrones de improvisación en el jazz, el gafapasta comparó el estilo de Holland con el de otras figuras míticas y el mostoleño explicó las últimas actuaciones del contrabajista y su última incursión en el flamenco junto al Habichuela.

En un momento, nos encontramos cuatro vertientes musicales: lo mío es lo clásico, lo de Móstoles el jazz, el batería lleva bien el heavy y el gafapasta el rock y el pop más transgresor. Hablando de música, bebiendo los unos de los otros, aprendiendo nuevos campos de la Cultura. Intercambiamos grupos, piezas, acudimos juntos a conciertos de todo tipo. ¿Por qué conformarse con una especialidad musical, pudiendo tenerlas todas cada uno de nosotros? Compartir es vivir. Nunca lo he tenido tan claro.

lunes, 25 de octubre de 2010

Una canción para tiempos actuales




Tiempo de reír, tiempo de llorar
Tiempo de triunfar y de fracasar
Tiempo de quererte y que te quieran
De quedarte dentro o de venirte fuera.

Tiempo de subir a las alturas
Tiempo de buscar en la basura
Tiempo de morir, tiempo de matar
Tiempo de agarrar tiempo de solar.

De volver atrás, convertirse en sal
De apretar los dientes, de mirar atrás
De volverse fuerte, de gritar al mar
De vaciar las manos, de ganarse el pan.

Tiempo de morder, tiempo de soltar
Tiempo de plantar, tiempo de arrasar
Tiempo de aguantar, tiempo de explotar
Tiempo de guardar, tiempo de tirar.

Tiempo de arrancar, tiempo de plantar
Tiempo de rasgar, tiempo de curar
Tiempo de rezar y de blasfemar
Tiempo de gritar, tiempo de callar.

Tiempo de comer, tiempo de ayunar
Tiempo de partir y de regresar
Tiempo de abrasar y de congelar
Tiempo de engañar y decir verdad.

De mirar al suelo, tiempo de escuchar
De tocar el cielo, tiempo de opinar
Tiempo de ser niño, y de ser mayor
Tiempo para ti, tiempo de los dos.

De tocar el cielo al decir te quiero
De ser nieto, hijo, padre o abuelo
De vivir borracho, de volverse abstemio
De soltar amarras o de echar el freno.

Tiempo para mí y para los demás
Y si soy ladrón pude ser legal
Tiempo de saltar tiempo de parar
Tiempo de cantar tiempo de buscar.

Tiempo, tiempo, tiempo
mucho tiempo más
Cada cual sabrá en que tiempo está
Tiempo de actuar tiempo de observar
En el tiempo está toda la verdad.

180 Grados

lunes, 11 de octubre de 2010

Osuna Express: una noche en palacio

No hay noche más hermosa que la de Osuna bajo la lluvia de otoño. Creía que lo había visto todo hasta que he conocido la noche cerrada y silenciosa en una calle empinada de adoquines en pleno centro de Osuna. La ciudad es extraña como Venecia: serena, misteriosa, sutilmente despoblada y rotundamente atractiva.

El palacio en el que íbamos a alojarnos se presentaba enorme, relativamente vacío, de techos altos, señorial y muy acogedor. La pelirroja empuja con toda su fuerza (no la suficiente) la puerta de madera con cerradura clásica. No se abre. Tras varios intentos, se da cuenta de que falta una vuelta de la llave. Empuja y entramos. La casa es fascinante, y desde el primer momento sé que aquel escaso día que pasaré allí será algo para recordar.


Durante las siguientes horas se alternan las canciones a capella, las charlas en la cocina, las bromas, la planificación del concierto de Sevilla28, el guitarreo flamenco y los cigarritos en la puerta de la casa ante una calle desierta por la que corre un río ligero improvisado por la copiosa lluvia. El piano de pared, la encimera de la cocina, las tres camas unidas, la azotea cubierta de nubes blancas y la escalera encalada con el azulejo de San Rafael, son testigos de una noche de Sevilla28. El año pasado en Alcalá nuestra primera conviviencia, y este año, cuando creía que no habría nada especial, me sorprendéis con una convi sorpresa, una reunión de amigos improvisada y que ha salido a la perfección.

Cada vez cantáis mejor, me gusta que estéis tan concienciados de que esto es importante, que no haga falta que nadie ponga orden. Me gusta que te lo tomes tan en serio que te enfades, me gusta que nos traigas lo que cantas con tu coro joven de Andalucía y que nos lo enseñes con toda la pasión que la música te provoca, me gusta que des ideas descabelladas que luego resulten geniales, y me gusta que quieras entrar en este círculo de locos, de músicos locos que se lo pasan demasiado bien trabajando juntos como para rendirse.

No sabéis cuánto os echo de menos y cómo os agradezco esta noche de fantasmas y risas en el palacio de los Aguilar en Osuna. No ocupáis mi tiempo, sino que me proporcionáis nuevos recuerdos, nuevos motivos para volver, para querer volver. Madrid es una paradoja en sí misma que acoge al forastero como a uno más, pero no hace que se sienta acogido. Hay demasiado tráfico para oír los pájaros y la lluvia caer por los adoquines de una calle empinada.

Esta tarde, después de los abrazos rápidos antes de subir al coche, la descoordinación con nombre propio me ha golpeado con la puerta del coche en el labio. Tras los perdones pertinentes y con la nostalgia aún en el cuerpo, una vez en marcha, me he tocado el sitio golpeado y he sentido un ligero dolor. Temiendo que se me hinchara y que tuviese que dar explicaciones por el moratón a mis fuentes en Madrid al citarme con ellas, he vuelto al mundo real y he desplegado el espejo del copiloto, ese que los fabricantes colocan en el quitasol por si una mujer coqueta se monta en tu coche. El sol ha dado en el espejo y luego me ha mostrado una revelación (sabéis que me hablan mucho los objetos). En la imagen del cristal, una Osuna difusa vestida de blanco se dibuja sobre un cielo azul, en el asiento de atrás Mari Ro canta tranquila una canción de Pereza mientras el escaso sol le da en la cara, y en mi cara despejada y feliz no hay señal de hinchazón, mi labio está como siempre.

Todo sigue igual, si no mejor, después de este fin de semana de señorito andaluz en Osuna. Un palacio, un grupo de amigos enamorados de la música y una ilusión inagotable. Otro reencuentro lleno de alegrías, de sonidos y de nuevas incorporaciones. Osuna me ha abierto los ojos: el coro se ha hecho grande, grande de verdad, una institución madura, con responsabilidad, pero sin renunciar a esa pasión por la Música del primer día. Lo que hacemos es grande, amigos.

Gracias por seguir dejándome participar en este genial proyecto a pesar de la distancia. La música no es lo único que nos mantiene unidos: el cariño y la admiración que os tengo son más que suficientes para que cuando Sevilla28 me llame, compre un billete para Sevilla, me ponga las alas verdes y espere a que Jose dé la entrada. A partir de ese momento, comienza la magia.

sábado, 17 de abril de 2010

¿Si grito se para el mundo?

Vuelve a mi tablón un vídeo al que curiosamente había recurrido hace poco. Parece que a veces si que hay cierta empatía, las redes de sensaciones y nostalgias, de recuerdos encontrados, se tejen entre unos pocos. Coincidir en los mismos días aludiendo a las mismas imágenes, los mismos sonidos, los mismos momentos, no puede explicarse de ninguna forma. Sólo que hay conexiones que no vemos y que, evidentemente, tampoco comprendemos.



Una de las cosas que dejé a medias en Sevilla fue el sueño de formar parte de un grupo. Con mi carrera musical reducida a las dos horas de cada domingo y a la música que siempre llevo encima, porque si no, ni respiro, la cripta volvía a convertirse en ocasiones que pueden contarse con los dedos de una mano en un garito imaginado. Con las ventanas abiertas, la luz de la mañana y las caras de dormidos, allá que nos plantábamos para intentar sacar algo decente de los instrumentos que todos tocábamos porque nos daba la gana y no porque ningún diploma dijera que éramos magníficos concertistas.

Y previo a mí, a mi efímera incorporación (este Madrid lo ha cambiado todo), se graba el vídeo del que os hablo. No hay ostentación, no hay un buen equipo de sonido ni una sala acondicionada para este tipo de música. Un trastero lleno de suciedad y trastos acumulados, luz artificial y un cantante tímido de espaldas y un guitarrista descarado de frente. No hace falta más.

Después de esta semana, no creas que no me entran ganas de dar ese grito al oído, si con ello consigo que este bucle en el que vivo se detenga. Necesito hacer cada cosa nueva, que el mundo y la rutina no se me echen encima, no caer en el doloroso momento de no saber si es lunes o jueves porque todos los días me voy a la cama con el mismo dolor de espalda y la misma angustia en la cabeza de todas las cosas que tengo que hacer y aún no he hecho.

Cuando me puede la vida, pues me aguanto. No ha venido uno desde tan lejos para quejarse, pero necesito saber que cada día tiene un sentido, un reto, una ilusión. Y lo estoy escuchando ahora, entre el sonido de las teclas. Te escucho cantar en esa cripta sin mirar a la cámara, y sin tú pretenderlo eres como una voz de la conciencia, diciéndome que cuando me embargue la tristeza, que dé un grito. Cierto es que llevo lunas sin dormir como debería, y que hoy no he salido porque no tenía ganas de salir, porque tenía demasiadas cosas que hacer, que ya entrego trabajos hasta los sábados y los domingos. En cada gesto, busco que algo me dé la vida, una sonrisa, algo que me haga disfrutar de la vida entre tanta hora ocupada y tanta locura en la cabeza. Quizá me hace falta el grito, un grito en mi oído, que me recuerde por qué estoy aquí y cómo prometí reaccionar a los guantazos que me diera este master.

Hay días que necesito este vídeo, aunque sea para pensar en los ensayos que ya no serán y recordar las cosas que deben hacer distinto cada día: el código que me salve (no en vano nos llamábamos Lemon Code, nada sucede por casualidad, y menos en este blog), que haga diferente cada momento para que no me convierta en una máquina que se levante pensando en cuántas horas faltan para volver a dormir.

domingo, 4 de abril de 2010

El escritor y el músico

Domingo de Ramos, Marzo 2010


- Por favor, déjeme pasar, tengo que ver a mi hermano.

La súplica venía de unos ojos angustiados, de una cara pálida por la falta de luz solar, de estar sentado frente a un ordenador en una ciudad en la que no para de llover desde hace meses. El escritor avanzó entre la gente, jadeante por el calor que le daba la chaqueta expuesta al sol del domingo. La corbata le oprimía el gaznate desde hacía unos minutos, desde que el sol de Justicia había traspasado el edificio de ladrillo y le daba de pleno.

La Cuesta del Rosario era un calvario sediento de pasos de nazareno, una empinada calzada repleta de gente, agolpada a las riberas de la calle. El escritor no iba a ver a su hermano, o quizá sí. Puede que no fuera su hermano carnal, pero a veces no se trata de ser hermano sino de ejercer como tal. La gente murmuraba a su espalda y se quejaba mientras el paso de caoba, bravío en cuesta arriba, impetuoso, se le venía encima. A su alrededor sólo incienso y voces de niños cantores que difícilmente sobresalían entre la multitud.

El escritor esquivó las embestidas de los inciensarios que volaban fugaces entre sus pies, y se colocó en el margen izquierdo de la cofradía. El sol le calentaba su pálido cuello mientras intentaba sobrepasar a los capataces y al fiscal del paso. Sabía que tenía que llegar hasta él, aunque no tenía obligación de hacerlo. Al fin lo alcanzó, pero ni tan siquiera se atrevió a tocarlo. Como un miembro más del cortejo, se olvidó de que estaba rodeado de público de costero a costero, y se escondió detrás de quien buscaba. Su amplia espalda lo cobijaba, y ya sólo lo enmarcaban la madera del paso y la espalda de él.

Un Domingo de Ramos más, terminaba la víspera, y el escritor se encontraba de nuevo en esa ciudad convertida en decorado de otro tiempo, buscando una razón que le diera sentido a todo aquello. Cada año llegaba a las calles de Sevilla con la sensación de que no era más que un festejo en el que la ciudad se ponía una máscara, y que él, como parte de la ciudad, se ponía también la suya y se calzaba la cruz al hombro para subir a golpe de corneta a llamar a las puertas de un Cielo que muchas veces dudaba si existía. Y allí estaba él, en medio de la multitud, entre nubes de incienso y no de algodón, con ángeles de caoba y no de la materia de las almas, y rodeado de candelabros de guardabrisa y candelería, y no iluminado por la luz celestial.

La muchedumbre se agolpaba a sus lados, pero él no oía nada. Sin que el músico se diese cuenta (a eso se dedicaba el joven al que perseguía), él caminaba como un penitente, cabeza agachada y paso lento, pegado a su espalda como una sombra. La procesión seguía y sentía como el paso que amenazaba con arrollarlo, le quitaba poco a poco el aire que le quedaba. El músico seguía caminando sin parar de tocar, ignorando la presencia que lo custodiaba.

Al llegar al punto más alto de la cuesta, la música cesó, y el escritor sintió que tenía el beneplácito del orquestador de aquel prodigioso montaje para interrumpir el curso de la cofradía. No sin antes suspirar, probablemente de alivio, el escritor apretó el brazo izquierdo del músico. Éste volvió la cabeza y pudo leer en su cara una mueca de alivio. Le explicó cómo tenía el labio de dolorido después de toda la tarde tocando, y le agradeció haberse pasado. El escritor rebuscó en el bolsillo húmedo de su chaqueta y sacó una botella de agua, de la que bebieron los componentes del grupo, aliviados. Cuando la botella se acabó, el escritor no dudó en darle la suya propia para que pudieran beber por el camino que aún les quedaba por recorrer. La cofradía comenzaba a andar de nuevo, y tras apretar su brazo por segunda vez, le dijo adiós con la mirada mientras el músico seguía avanzando por la Cuesta del Rosario, perdiéndose entre el incienso y el gentío.

Al marcharse, el escritor se apartó a un lado, y alzó la mirada hacia el sol. Y allí estaba. El momento que otros años ni siquiera había aparecido, o se había materializado en la luz interior de un palio macareno o en una chicotá trianera llevada hasta sus últimas consecuencias, estaba ahí en pleno Domingo de Ramos. El escritor vió como si no lo hubiera visto nunca, a ese cristo deprimido, cabizbajo como él, silencioso y humilde en su propio cortejo de despilfarro y excesos, al estilo de la Antigua Roma. Sintió en su interior la necesidad de soltar una lágrima, que quedó reprimida en el aliento de un suspiro que sólo él notó. El paso, pequeño y modesto, surcó el adoquinado hasta la cima de la cuesta, y se perdió en el horizonte dejándolo totalmente roto el primer día de la Gloria. En aquella sencilla relación creada de hermandad, desprovista de título y de papeleta de sitio, entre el escritor y el músico, en aquella visión de un cristo al que nunca había mirado con interés, estaba el motivo para vivir una semana de Pasión más.

El músico no sabía lo que transcurriría a partir de ese domingo, ni los momentos que vendrían ante los más variados paisajes, porque ni siquiera el escritor podía intuírlos. Como había oído decir a un cirial vocacional que conocía, por muchas dudas que surjan durante el año, "nunca sabremos si es Dios el que baja a Sevilla cada primavera o es el pueblo el que sube al Cielo". El escritor siempre hallaba el motivo, la manera de ver de una manera distinta el rito más antiguo que han visto las calles sevillanas, y siempre era hermoso.

Se quedó allí, paralizado, dejó de ver y sólo escuchaba a lo lejos la música de aquél que se había llevado su botella de agua en el bolsillo de la chaqueta. Y sintió que Sevilla lo encandilaba de nuevo, como cada año, en cada esquina, y que le pedía que regresara, aunque fuera una semana, a cumplir con el rito. El escenario se esfumaría, las calles cambiarían y las lluvias se llevarían la cera y el incienso, pero la primavera volvería, y entonces el escritor buscaría otra razón, y la encontraría. Y quizá fuera en ese mismo sitio, persiguiendo al músico. Pero sólo lo sabría cuando pasara un año: quedaba abierto el eterno momento de la Víspera.

sábado, 13 de diciembre de 2008

El eterno sonido del cine

Nació en 1932. La era de entreguerras le permitió tomar aire tranquilamente antes de que el fascismo asolara Europa y EEUU, siempre atenta a la jugada europea, pensara en "echar una manita" al mal llamado Viejo Continente.

Nadie le dijo que sería uno de los compositores más célebres de Hollywood cuando sólo soñaba con sencillas melodías que él creía inútiles. John Williams, el músico, el gran músico de cine que vistió los silencios de majestuosidad, es el hombre al que dedico esta entrada.


Empezó estudiando música (¿qué si no?) en el conservatorio de su barrio, y llegó a dominar cuatro instrumentos: trombón, clarinete, trompeta y piano. ¿Recuerdan la archiconocida fanfarria de la 20th Century Fox? Pues en ese bosque de metales estaba él. Con su trombón nuevecito, Williams ligaba desde ese momento su vida a la maravillosa labor del compositor de bandas sonoras de cine.

Al principio todos estaban escépticos. Qué osado querer poner música a tantos filmes, más de 100, y no retirarse nunca (a pesar de que advirtió que lo haría tras La lista de Schindler). Sin embargo, el tiempo lo fue colocando en el lugar que merecía, y le concedió 5 Oscar de nada más y nada menos que 45 nominaciones. Y luego los Globos de Oro (ganó 4 de las 20 veces que fue propuesto).

Seis décadas componiendo al servicio del cine que ha construido nuestros recuerdos. Un nombre íntimamente ligado al cine de aventuras que nos hizo soñar: Tiburón, El coloso en llamas, Star Wars (todas), Superman, Harry Potter, Indiana Jones, E.T., Jurassic Park... y un sinfín de composiciones que han quedado para los anales de la Historia. También maestro de lo sobrenatural (Encuentros en la Tercera Fase, Drácula, La Guerra de los Mundos) y de los dramas más duros, con una unión especial a aquellos en los que Spielberg retrata la historia judía: la sublime y ya citada, La lista de Schindler, y un drama desgarrador, Munich.


Su talismán: la Orquesta Sinfónica de Londres, con la que grabó, entre otras, las bandas sonoras de Star Wars, y con cuya grabación vendió más de 4 millones de copias en 1977. A partir de ese momento las universidades americanas se lo rifaban. 14 de ellas le concedieron títulos honoríficos, entre ellas la de Boston y el Conservatorio de Nueva Inglaterra.

Además, escribió la música por encargo para 4 Olimpiadas (Los Ángeles 84, Seúl 88, Atlanta 96 -el centenario de los JJOO modernos- y Salt Lake City 02).

Sin duda, si hubiese podido volver a nacer, él sería una de las personas que escogería ser sin dudarlo. Sólo un genio puede crear semejantes piezas para gloria del cine. El mejor de los compositores fílmicos americanos sin duda. Aqui abajo os dejo un poco de toda esa maravillosa obra.

Gracias John Williams.


lunes, 3 de noviembre de 2008

Algo está cambiando

Será mi paso por el Diario, o será que ahora estoy más informado que antes, pero lo cierto es que Sevilla me está sorprendiendo con la oferta cultural. Vale que no tenemos la oferta cultural de Barcelona, pero es que, señores, no somos Barcelona.

Hace unos meses era yo el primero (y además de manera muy repelente) que despotricaba contra lo que hacía el Ayuntamiento (yo creía que nada) por convertir Sevilla en una ciudad de altura (y no por poner la noria y el Metropol Parasol precisamente, por cierto, proyectos que apoyo).

Sin embargo, será que ahora sí estoy al día de la cultura y por ello estoy que desde julio no puedo cerrar la boca de la sorpresa. Entre el blog de Sevilla Ad libitum y mi consulta diaria a las programaciones de los centros artísticos de la ciudad, no me pierdo una, y lo que me sorprende es cómo hay tanta cosa en Sevilla y yo me la estoy perdiendo.

El Maestranza raro es el día que tiene el teatro libre: conciertos de cámara, ballet, ópera, ciclos, zarzuela, sinfónica, recitales, conferencias, charlas, ruedas de prensa...la sala del Arenal es un hervidero que además, desde que cuenta con la presencia de Halffter, programa una exquisita selección que está elevando tanto a la Sinfónica como al Teatro a un nivel con el que ni siquiera soñábamos (valga de prueba el éxito de De los cañones a las estrellas de Messiaen el pasado jueves). Al Maestranza se le suma el Central, un centro de referencia para todo aquel que quiera estar a la última en cuanto a escena (ciclo de jazz, flamenco, música contemporánea, y por supuesto, teatro); el Teatro Álvarez Quintero, dedicado a la música y en el que Cajasol ha configurado una temporada bien estructurada; el Palacete de Juventudes Musicales en el Parque de María Luisa, que apuesta por conciertos solísticos de jóvenes promesas de la ciudad, la Casa de la Provincia, con los lunes dedicados a los músicos (preferentemente de la Academia de la Fundación Barenboim-Said)...

El teatro no se queda atrás, y además del Festival de Artes Escénicas (Fest) que se celebra en primavera, y de las numerosas salas que apuestan por el teatro independiante como La Imperdible, este año contamos con el recién reabierto Teatro Duque y el nuevo centro de investigación teatral de TNT Atalaya, uno de lo seguros referentes futuros de la escena española. Además por supuesto, de la programación siempre interesante a la par que clásica del Teatro Lope de Vega y de las Atarazanas.

En cuanto al arte... pues qué decir.El Ayuntamiento ha tomado por hermosa costumbre inaugurar las obras terminadas con exposiciones escultóricas a pie de calle. Los sueños de Colón de Gabarrón y las cabezas mitológicas de Igor Mitoraj se pasean por la Plaza Nueva, Dalí se expone triunfante en un Salvador no menos glorioso y las Meninas inauguraron una Alameda remozada y novedosa. Además, hoy hemos podido saber que pronto estarán aquí las esculturas de Rodin que ya decoraron la Calle Larios de Málaga. Y como hito pictórico, las prodigiosas pinturas de la Hispanic Society de Sorolla que albergó el Bellas Artes y que registró un récord de visitas. Todo esto por no hablar de la tercera edición de la Biacs, una cita internacional con el arte contemporáneo que en sólo 6 años se ha transformado en un punto de referencia en el calendario, al igual que la ya concluida Bienal de Flamenco.

La arquitectura no se queda atrás, y proyectos como La piel sensible, la radical transformación de la Avenida de la Constitución y la Plaza Nueva, o la recuperación integral del río como la gran calle de Sevilla, son sueños que, poco a poco, se hacen realidad. Y encma este año hasta tendremos Circo del Sol en invierno.

Con esto no quiero quiero hacer apología de nuestro alcalde, ni lanzar flores a los funcionarios municipales a su paso. Pero hay que agradecer que esta Sevilla se esté adaptando a los tiempos, y que haya eventos más allá de la Puerta del Príncipe de la Maestranza y de los graderíos del Ruiz de Lopera (para mi se sigue llamando Benito Villamarín) y del Sánchez Pizjuán.

miércoles, 29 de octubre de 2008

Del salón en el ángulo oscuro


Resulta extraño. A pesar de que hace meses que mi pobre arpa (Salvatore, como la llama el Osama) se consume y acumula polvo y más polvo a apenas 2 metros de este ordenador en el que paso mis horas muertas, no había reparado en cómo se iba muriendo poco a poco (Los instrumentos se van muriendo poco a poco si nadie los toca, como una mágica confabulación de la naturaleza, que se ensaña con lo que no son ya más que juguetes rotos...).

"Del salón en el ángulo oscuro", como decía la octava rima de Bécquer. En ese mismo sitio en el que había estado desde hace 12 años, el arpa suspiraba, condenada a una etapa de "periodismo enfervorecido" por mi parte. Echada a un lado a la fuerza por mi decisión de dedicarme a la carrera en exclusiva en este quinto año, y eliminada de mi rutina.

Pero ayer sucedió algo. Una compañera mía, magistral arpista de la Sinfónica del Palau de las Arts de Valencia (ese rocambolesco edificio de la Ciudad de las Artes y las Ciencias, lo que yo llamo Calatravaland), me pidió que le alquilara para un concierto en Sevilla a mi Salvatore. En un principio ni lo pensé: por supuesto que sí. Ayer venía a recogerla mientras yo estaba en la facultad, por lo que yo la había dejado preparada para el viaje (empaquetada en sus 3 fundas acolchadas).

Al volver de la Universidad, yo ya sabía que no estaría allí. Pero al entrar en la sala, algo me faltó. A pesar de todo, la sorpresa fue igual que si no lo supiera. Faltaban en el cubo lleno de aristas de la habitación las lineas sensuales del arpa. Esas que ya formaban parte del bodegón, y de una de las imágenes que pueblan mi memoria.

Me dió un escalofrío no encontrarla allí, y recordé aquello que dicen de que "uno no se da cuenta de lo que quiere algo hasta que lo pierde". Eché de menos su presencia, y podéis pensar que estoy loco por añorar así a un objeto, pero son demasiados años.

De vez en cuando miro atrás y espero hallarla en su rincón, en ese ángulo oscuro, esperando "esa mano de nieve que sepa arrancarla". Y pienso si realmente merece morir poco a poco en ese silencio. Esta noche vuelve del viaje, y ya quiero verla de nuevo en su sitio. Quizá deba darle otra oportunidad, y montar la Tocata y fuga de Joaquín Turina, un proyecto que dejé a medias.

Esta noche cuando vuelva lo meditaré seriamente, al fin y al cabo, ¿Qué artista no echa de menos el cálido aplauso del público cuando termina sudando de interpretar el último movimiento de una sonata?. En ese aspecto si soy soberbio (dicen que es un pecado capital y todo, fíjate tú), me encanta el aplauso que corrobora que lo he hecho bien. De todas formas, a mi parecer, más mezquino es aquel que no reconoce el buen trabajo del otro, quien no es capaz de ver la virtud y premiar el trabajo y el esfuerzo, que es sin duda la base del éxito.

Ya veremos como avanza este nuevo propósito que sumo a la lista de no pocos puntos de "proyectos para este nuevo curso". Voy a tener que dejar de dormir...

viernes, 24 de octubre de 2008

Nuevo blog!

Siento mi tardanza... desde el Día del Pilar tengo abandonada esta mesa del rincón del café, pero esta vez ha sido por una buena causa.

Para mi asignatura de Producción tengo que elaborar un blog temático e informativo. Resulta que he estado trabajando en él, y me está dando bastante trabajo hacer que arranque. Es sobre Sevilla y la música y tooodo lo que la ciudad puede ofertar día a día para demostrar que se ha ganado justamente la calificación de Ciudad de la Música por la Unesco. A lo mejor no es tan entretenido como éste, pero para mis compañeros del Conservatorio Superior Manuel Castillo de Sevilla, o para todo aquel aficionado a la música en la ciudad, es una herramienta que pretendo que se convierta en útil, y sobre todo en didáctica.

La dirección es:
sevilladlibitum.blogspot.com
Si os podéis pasar os lo agradeceré, aunque sea por curiosidad.
Gracias bloggers, y espero que lo próximo que escriba no sea publicidad!

sábado, 16 de agosto de 2008

Cuando se acaba la inventiva

Últimamente pienso mucho en la creatividad. Será porque estar tantas horas con Isa me están sirviendo para ver la vida más como un publicista, o porque mi escasez de inspiración me ha hecho buscar novedad en cada objeto que observo.

A veces me planteo si las horas que se invierten en hacer cualquier tarea artística se hacen con responsabilidad, con verdadera vocación. Me da la sensación, y llamadme pesimista si queréis, de que a la gente ya no les merece la pena esforzarse. El mundo nos pone tan fácil la posibilidad de tener una vida mediocre, que se ha convertido en la aspiración de muchos que se hallan perdidos.

A mi siempre me ha dolido la palabra mediocre. Significa conformista, significa yermo, vacío, vulgar. Significa "aquí me quedé porque si me arriesgaba, podía salir mal y hacerme daño". A la gente ya no le interesa darse la bofetada contra el suelo, darlo todo por un sueño, empeñarse al máximo para dar un trabajo sobresaliente.

Las ideas escasean en esta era de la globalización que nos convence de los grotesco de nuestras tradiciones y costumbres para insertarnos a la chita callando en una espiral de mediocridad feliz. Porque no hay duda de que si eres como los demás, no tendrás más problemas que ellos, y ya se sabe que "mal de muchos, consuelo de tontos", y eso te conduce a una felicidad que aniquila tus aspiraciones de juventud para entrar en el cajón de sastre de los hipotecados que tienen una mujer y dos hijos, un perrito y un monovolúmen con DVD portátil sin el que podrías vivir perfectamente.

Y por aquello de que mi fiebre londinense está aún haciendo mella en mí, hoy me encontraba sumergido en el YouTube en busca de canciones de Los Beatles. Y precisamente en la búsqueda de esos temas de los padres indiscutibles del pop, me topo con la canción 'Help!', una de mis favoritas. Pero hoy la escucho distinta, y en vez de hacer otras cosas mientras la oigo distraído, miro el vídeo.

Al principio me parece lo más cutre que haya visto nunca. Pero después no puedo dejar de mirarlo. Me relajo, y me contagio de un buen rollo brutal. Blanco y negro para cuatro chavales de Liverpool sentados sobre un tablón de madera en un plató vacío.
Un John Lennon lleno de vida, fornido, no como en sus últimos años, en primera fila con la naturalidad de los que no tienen nada y van a por todas. Ingenuo y simpático Paul McCartney, sonríe a cámara, y cuando empieza a nevar hasta se saca un papelito que se le ha metido en la boca en pleno videoclip, además de haberse llevado todo el tiempo botando sobre el tablón pasándoselo en grande, y que levanta las cejas en los agudos del principio porque casi no llega. George Harrison, como siempre sin molestar, mira de reojo al cámara tras el hombro de Paul, más feo que picio el pobre, y canta de manera descarada al objetivo cada vez que le enfocan, con esos aires de rockero aprendido que lleva en la sangre. Y por último un fascinante personaje, el batería Ringo Starr, que sin batería y sin cantar, lleva colocada una sombrillita que mantiene durante todo el videoclip, mientras mira enterrado en su pelo cortado a la taza hacia el frente como el que espera que la filmación termine lo antes posible.

La espontaneidad por la espontaneidad. La demostración más grande de que sin nada, sólo con una fe en tus canciones impresionante, puede llegarse más lejos de lo que puedas imaginar. Un vídeo tierno a la par que atrevido, de creer que eso basta para promocionar una canción. Quien les daría hoy trabajo en la era del márketing. Seguro que hoy día en su videoclip salvarían el mundo montados en una nave en forma de tortilla o algo de eso, mientras bailarinas en bikini muestran el culo a cámara en las estrofas.

Y recuerdo en este momento qué habría sido estar en uno de sus conciertos, en aquella cueva de Liverpool donde empezaron. Y maldigo el día en el que otro puñado de gente sin inventiva congió esta espléndida y pegadiza canción para convertirlo en 'Santo' que cantar en misa. Y se me hincha la vena del cuello de rabia cuando oigo a aquellos que creen que toooodo puede servir para cantarlo en misa, y que todas las canciones del mundo pueden hablar de Dios si se les cambia esta letra por allí o esta frase por allá. Y me indigno de ver que seguimos desperdiciando nuestro tiempo ultrajando, que es mucho más fácil que crear de cero, y dejamos a nuestros hijos un legado vacío de ideas.

Si Paul McCartney escuchara con las pocas ganas que cantan su 'Help!' en los coros jóvenes de España, se echaría a llorar. Cantarle a Dios con Los Beatles, asesinando de camino la canción, es como regalar un regalo. Faltas el respeto a quién te lo regaló y a quien ahora se lo regalas, porque a ambos les demuestras que no te importan. Mucha tela.

Desgraciadamente, la especie humana es vaga por naturaleza. Seguiremos chupando del bote todo el tiempo que podamos, hasta que ya no queden temas que versionar o libros que reinterpretar. Llegara un momento en que los arreglistas sustituirán a los músicos y los traductores a los escritores. Y entonces ya no nos quedará nada nuevo que decir. Y permaneceremos en silencio, a esperar a que el tiempo nos consuma.

Por ahora, yo sigo disfrutando de este video, sin guitarritas de ritmos salesianos ni voces apagadas de monjitas ursulinas. Y os lo regalo para que volváis a una época en la que la ilusión era lo que vendía.


sábado, 19 de julio de 2008

Defensa de un músico llamado Pablo

Sí, lo reconozco: veo Operación Triunfo. En otros países lo conocen como American Idol o Star Academy. Creo que es de los pocos "realities" que no hacen daño a nadie. Un infeliz me dijo una vez que era un programa de valores anticristianos porque el triunfo de unos se basa en el fracaso de otros. Espero que esa persona se haya dado cuenta de cómo funciona el mundo...

No lo considero ni mejor ni peor. Simplemente un programa con el que al menos me entretenía (que odie a Risto no significa que el resto del programa sea una basura...). Un programa en el que 16 concursantes aspiran a la fama musical, y en el que el público (injusto, incapacitado y a veces, borrego) es soberano.

Este año un publicista al que antes cité y que forma parte del jurado, ha emprendido su propia guerra: hacer que gane la concursante que él dice que debe ganar, una tal Virginia que por haber nacido con una voz más aguda de lo normal, va directa hacia el éxito.
Desde el primer día el Sr. Mejide, profesor de Creatividad en la Pompeu Fabra, ha mostrado su favoritismo por la pequeña "niña azul", que no tiene otro mérito que haber cantado relativamente bien en la última gala, después de 13 galas desastrosas.

A partir de esto, y teniendo en cuenta que Risto ha conseguido lo que quería, plantar a Virginia en la final, me siento en la obligación de decirle a la audiencia que no votan lo que quieren, sino que el publicista, como buen publicista por cierto, les ha hecho creer que sus actos responden a una decisión propia. Magnífica la labor, pero ingenuo el público que cree que es soberano.

Y a partir de esta reflexión, quiero como músico, y quizá dejándome llevar por esa soberbia que dice mi madre que tengo de creer que siempre llevo la razón, defender a otro como yo, un concursante llamado Pablo, malagueño y espléndido. Natural, fresco, con la soberbia del que sabe lo que cuesta llegar a algún sitio sin perder el estilo y los ideales por el camino, el de Fuengirola se ha colocado en la final sin haber caído en ninguna gala. Preocupado por no desafinar y por darlo todo en los 3 minutos que le dan cada martes, sin meterse en peleas, sin hartarse de llorar por los rincones de la Academia, y siempre pegado al piano, ese maravilloso instrumento en el que alcanza lo máximo de sí mismo.


Puede que muchos no seáis seguidores de OT, puede que muchos incluso odiéis el programa, y creedme que lo entiendo perfectamente, pero si alguna vez habéis luchado por algo y os han quitado vuestro sueño, votad a Pablo.

Sé que soy un músico, sé que soy periodista, sé que soy compositor y escritor ocasional, y en todas mis facetas soy fiel a lo que quiero hacer. Aprendo, corrijo, rectifico y rasgo pliegos de papel, porque aunque soy soberbio (porque lo soy cuando mi faceta de artista me lleva por el mal camino), necesito beber de lo que sucede, empaparme de lo que me rodea, probar lo novedoso. Ahora resulta que por fin alguien cualificado llega a un programa que, en su sexta edición, parecía estar más cerca de desaparecer, y ¿realmente debe ganar? Quizá no, pero sí tener una oportunidad. Ha demostrado que es un músico, con una trayectoria de trabajo, y bien sé que cuesta llegar a algún lado con esto del arte.
Como una vez le dije a mi querida Isa, el arte es lo más grandioso que puede hacer un ser humano, es lo único que puede hacernos sentir como Dios. Cuando creamos, somos realmente libres.

Para mí, Pablo representa en OT a una generación a la que los snobs no aceptan porque no son transgresores, pero el vulgo tampoco, porque no son como todo el mundo. Una generación perdida de artistas que busca un sitio que ni siquiera sabe si existe. Una generación a la que creo que pertenezco, más por intuición que por certeza, y a la que un día se pondrá en su lugar. Por eso defiendo a Pablo López, a un malagueño que formó su grupo y se pasó las noches en vela componiendo, y al que llamaban loco porque tarareaba por la calle y se perdía en los folios horas y horas sin sueño, ni hambre, ni dolor.

Porque si no defendemos lo que representa el esfuerzo y la brillantez, si no abrimos nuestras mentes a los que se levantan cada día soñando ser música, literatura, teatro o pintura, ¿qué nos queda de humanos? ¿qué hay de grandioso en el hombre si no es capaz de hacer llorar de emoción o de consolar un llanto?

Por eso, veo en Pablo algo de mí, algo de esa parte mía que se esconde, algo de todo eso que tengo por dar y que no me atrevo. Quiénes sepan algo de mí, saben que amo mis bolígrafos y mis papeles, que tarareo constantemente porque tengo música en la cabeza, y que si me siento al piano o al arpa, embobado, me transporto a otra dimensión, de la que a veces ni los gritos me sacan.

Por una generación de gente con valores y mucha ilusión, que se ha pegado muchos batacazos y que no se conforma con un NO, por esa generación brindo hoy, con la mirada puesta en una final en la que espero que gane quien se lo merece y no quien recibe cientos de llamadas de gente aburrida que acata sin rechistar las órdenes del primer "cantamañanas" que aparece en la caja tonta.

miércoles, 18 de junio de 2008

Música para soñar (III)

Corpus Christi en Sevilla, de la Suite Iberia de Isaac Albéniz




Da miedo hasta hablar cuando suena Albéniz. Probablemente uno de los compositores que más respeto me dan de la música universal. El aclamado como el maestro pianista del siglo XX, conocía su instrumento a la perfección e hizo de él un sueño. Con la Suite Iberia, Europa se rindió a sus pies sin condición, y en el círculo en el que se movía en París, hasta Debussy reconoció su portentoso talento.

Es sin duda uno de los padres de la música española junto con maestros indiscutibles como Turina, Falla, Granados o Sarasate. Es el compositor para piano que más revolucionó un instrumento que se creía ya agotado, y que no se podría hacer nada nuevo con él. La prodigiosa técnica que hace falta para interpretar sus obras, le hace el heredero directo de Liszt, al que por cierto visitó en un viaje de juventud. Y es en el campo de la técnica en el que entra en juego esta obra...

Maravillosa pieza, la tercera de la Suite Iberia, y una absoluta delicia para los oídos. Cuando Albéniz se la dio por primera vez a una pianista para que la tocase, la pianista le puso cara de asco y le miró por encima del hombro. "Esto es imposible de tocar con sólo dos manos, tendrás que modificarlo". Pero Albéniz no lo hizo, y la pianista tocó el Corpus Christi después de meses de arduos ensayos. Ahí empieza la leyenda de una pieza que quiso ser Sevilla, pero sin castañuelas ni guitarras, sino sólo ese suave silencio de la mañana cuando el Corpus cruza el centro de nuestra ciudad.

La pieza empieza tímida. casi en susurro, y nos asombra con... la canción popular de La Tarara!. Los registros cambian, pero la sencilla melodía permanece, viajando entre tonalidades y arreglos, entre cromatismos y tempos que vuelan. Cuando pasa el minuto, vualan las campanillas de la custosia para regresar a la melodía maravillosa con un bajo que es glorioso, como el canto sacro al paso de la custodia. Complicación hasta límites tan hermosos de rubato, que acarician el cielo.

Se acalla la música, va hacia los graves, y empieza una melodía nueva, tremendamente hermosa, que transcurre por el minuto 3 como una nana, una saeta quizá al paso de una custodia de plata en el amanecer más hermoso, que sólo puede verse a los pies de la Giralda. Modulaciones y arranques por fandangos en los inicios del cuarto minuto. Y vuelve la Tarara! Pero ahora enloquecida, con puentes de escalas cromáticas que desembocan en una fuga de la melodía popular con unas octavas que centellean en los graves.

Y el minuto 5 nos sorprende con una ráfaga de viento, que vuela el romero que alfombra el adoquinado de la Plaza Virgen de los Reyes al paso del cortejo. Y hora la melodía de la Tarara, primero alegre y pícara, y luego apasionada, hasta que se vuelve hasta dramática, con esos cambios de ritmo tan andaluces. Y rompen los tresillos la monotonía apocalíptica de los sostenidos, hasta conducir a la Tarara a un baile al compás de peteneras. Increíble la ejecución del pianista, apasionado desenlace en rubato y silencio...

El silencio gregoriano del paso de Jesús Sacramentado. Una melodía casi ancestral y de aire sagrado llena la calle. El silencio de las gentes ante el templo de plata de Arfe lo rompen de vez en cuando las campanillas que penden de la Custodia. Final de campanas de La Giralda en la lejanía, como si la estampa se fuera a vestirse de blanco y negro a esperar a que llegue la primavera que viene.

Sin duda una pieza larga, pero tan hermosa, que hace estremecerse hasta al más ateo. Si la gente piensa que España no ha sido grande en la música, que baje a la Tierra y escuche maravillas como esta. Y os invito a escuchar otras piezas de la misma Suite Iberia, como El Puerto, Triana, El Albaicín, Evocación o Almería. Prodigiosas todas y cada una de ellas. Como habréis visto, soy un amante de la música nacionalista española, mucho mejor de lo que muchos creen. Para que después digan que no merece la pena defender lo nuestro. Sibelius y Grieg son auténticos héroes en sus naciones respectivas, Finlandia y Noruega, ayudaron a levantar el espíritu de un pueblo en épocas difíciles; y nosotros llamamos a nuestros héroes "folclóricos". Bendita ignorancia...