Casi 5 horas entre partido y entrega de premios, una final ajustada, decidida en un trepidante quinto set (a pesar de lo emocionante que había sido el cuarto). Una mañana (una noche allí en Melbourne) en la que las antípodas se rindieron al deporte de la raqueta en el primer Gran Slam de la temporada.
Todo fuerza, gritos, emoción y adrenalina. Llega la entrega de premios, y Federer, que ya sabía su derrota ante Nadal, se aproxima a recoger su bandeja de plata de manos de Rod Laver, la leyenda que da nombre al pabellón en el que se disputa el torneo. Se acerca al micrófono entre aplausos y se dispone a hablar... pero no puede. Tiene el corazón encogido y por los altavoces sólo se oye una respiración angustiosa. El suizo reprime las lágrimas mientras dice quedamente que Rafa se merecía ganar. Una lágrima traicionera le resbala por la mejilla ante los ojos del planeta, y se dice a sí mismo "that's killing me". A continuación se retrae, y sin que nadie lo espere, empieza a sollozar mientras se aleja del micrófono. Nadal de fondo aprieta los labios y mira al cielo. Sabe que si Federer llora, él llorará también.

El tenista español ha roto su sueño de igualar el récord de 14 grandes torneos de Pete Sampras. La presión de ser el mejor del mundo ha estado coartando a Federer durante toda la final, y ahora rompe a llorar. Rafa pasa ante él para recoger el premio, y le da una palmadita en el estómago: tiene la cara desencajada.
Nadal se acerca al micro ya con la copa argentada en las manos y agradece el premio, mientras no deja de mirar a su compañero, a su amigo Roger. Y sus palabras lo dicen todo: "Lo siento mucho. Pero no te preocupes, no se acaba aquí. Superarás el récord de Sampras, porque eres el mejor tenista de la Historia". El Rod Laver Arena se viene abajo, y a mí, sentado en mi sofá, después de tanta emoción contenida, se me escapa un suspiro. Acabo de descifrar la grandeza del deporte.

Nadal vuelve a su sitio, con la copa, y abraza a Federer con ternura. Apoya su cabeza contra la del suizo, y el número 2 del mundo sonríe. Tantas finales enfrentándose, y la humanidad y el cariño están por encima de todo. Los torneos, las medallas, los títulos, no valen de nada si detrás no hay momentos como estos. Quizá estoy descubriendo más de lo que esperaba al enfrentarme a mi bestia negra.
Los tenistas saben que en la final de ayer daba igual quien ganara. Son tan grandes los que se enfrentaron en Australia, que el resultado no importaba tanto como el camino recorrido. Ahora a esperar la siguiente ronda de la Davis, y luego Roland Garros. Me parece que la bestia me está ganando la partida...