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sábado, 8 de octubre de 2011

¿Señales del futuro?

Esta noche he visto la apocalíptica (y más mala que un dolor) Señales del futuro. La película de Nicholas Cage adolece de lo que todas las películas faltas de imaginación: nos importa más ver cómo se va a la mierda Nueva York que hacer una posible reflexión. Aquí no hay cambio climático ni eras glaciares, aquí es la muerte por la muerte, no hay nada que hacer si al sol le da por lanzar una llamarada en dirección a la Tierra. Da igual que nos hayamos puesto finos a contaminar y el Protocolo de Kioto. Como si hemos vivido en la sostenibilidad más plena: si al sol le da un siroco, exterminio que te crió.

Pero lo que más me ha llamado la atención -aunque he de admitir que me parece terrible e innecesario el accidente del metro de Nueva York en la estación de Lafayette; tan innecesaria como ver desmoronarse la Basílica de San Pedro con el Papa en el balcón y la plaza abarrotada en 2012- es la música. La primera vez que la ví, no le presté atención, pero después de un año intensivo refugiándome en la música clásica para no perder los papeles, he reconocido esa música que suena mientras vemos la aniquilación de la raza humana.

Es curioso ver la devastación más dolorosa y letal que pueda sufrir el ser humano con una música de fondo tan inapropiada (What the fuck!). Solo tiene una explicación: que en medio de la devastación hayan elegido el segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven como lo más hermoso que haya podido crear el hombre. Mientras vemos el Empire State arder como si fuera de papel en un segundo (cuéntenlo, no dura más) y a los típicos tontos neoyorquinos que salen en todas las películas saquear una de las bibliotecas más importantes del mundo (ya lo vimos en El día de mañana), escuchamos el arte hecho música, una pieza de unos nueve minutos que roza la perfección pocas veces alcanzada

Entre marcianos hechos de luz, piedras negras y un papel escrito por una niña que atina más que Nostradamus, encuentro esta pieza como lo más salvable de esta película. Si el sol nos va a quemar como un soplete y vamos a acabar hechos cenizas antes de tiempo, yo no quiero saberlo. Lo que no me importaría es que lo último que escuchase fuera este movimiento de Beethoven. Si hay que morir en una barbacoa a gran escala, que la música sea buena por lo menos.

lunes, 7 de febrero de 2011

Please, don't stop the music

Eterna, inmutable, siempre moderna, embriagadora, sensacional, emotiva y esplendorosa. Por eso mismo, porque es lo mejor que tengo en mi vida, porque me saca del charco cuando estoy de fango hasta el cuello, porque me acompaña cada noche al dormir, porque la Música revoluciona mis constantes vitales y me saca las lágrimas, aquí van mis recomendaciones:

1. Liebestod (muerte de amor de Isolda) de Tristán e Isolda, de Wagner.

2. Grand Finale de la Obertura 1812, de Tschaikovsky.

3. Stabat Mater, de Pergolesi.

4. Evocación de la suite Iberia, de Albéniz.

5. Romeo y Julieta, de Nino Rota.

6. Finale de El Pájaro de fuego, de Stravinsky.

7. Obertura de La Urraca Ladrona, de Rossinni.

8. Sempre Libera de la ópera La Traviata de Verdi.

9. Adaggietto de la Quinta Sinfonía de Mahler.

10. Segundo movimiento de la 7ª Sinfonía de Beethoven.

11. Marcha al suplicio, de la Sinfonía Fantástica de Berlioz.

12. Sueño de Amor (Liebestraum) de Liszt.

13. La Source, de Hasselmanns.

14. Fratres, de Arvo Pärt.

15. Primer movimiento de la Sinfonía Júpiter de Mozart.

16. Dies Irae del Réquiem de Verdi.

17. Concierto para piano nº2 de Rachmaninov.

18. Kyrie Eleison del Réquiem de Mozart.

19. Finlandia de Sibelius.

20. Preludio de Lohengrin de Wagner.

21. Plazoleta de Sevilla en la noche del jueves santo de la ópera Margot de Turina.

22. Te Deum de Tosca, de Puccini.

23. Adagio de Samuel Barber.

24. Farandole de La Arlesiana de Bizet.

25. Sarabande de Haendel.


Esta es solo la primera parte, faltan muchísimas, la historia de la Música es tan antigua y floreciente como el mundo.

domingo, 22 de agosto de 2010

Quién fuera británico...

Desde que estoy en el master, y más desde que estoy en Cultura, hay un tema que me atormenta. La música clásica es la que menos simpatías despierta de entre todas las artes que pueblan nuestras páginas. A nadie le coge de sorpresa si le digo que siento miedo por esta maravillosa parte del mundo que es la música clásica, que tengo miedo a que todas las demás, la cultura posmoderna, pasen por encima de ella y la aniquilen.

Los hábitos de consumo que nos trajo la segunda mitad del siglo XX nos están haciendo analfabetos musicales. No podemos dar de lado a más de 30 siglos de superación del ser humano a través de la música, no podemos dar de lado a la cultura con mayúsculas. Los británicos lo vieron venir mucho antes que nosotros, como siempre, y ya que tienen la mejor televisión pública del mundo, decidieron crear el mayor festival de música clásica del planeta. Los Proms son el ejemplo de que la cultura del pasado es tan actual como la de ahora mismo.

La BBC programa cada año dos meses de conciertos entre música orquestal, camerística, solistas, folk y músicas del mundo. Y el Royal Albert Hall se convierte en un coliseo vivo, en el que la gente habla y comparte, canta y llora, cierra los ojos, agita banderas... una verdadera fiesta para los sentidos. La última noche de los Proms toda Londres se paraliza: el Royal Albert Hall está a reventar, no cabe un alfiler, y las pantallas gigantes se reparten por toda la ciudad mientras la gente abarrota los parques y plazas para disfrutar de su cita anual con la música que nunca dejará de sonar.

Además, cada año la comisión de los Proms elige a una cantidad que suele rozar la decena de compositores y músicos en potencia para que estrenen con la BBC Symphony Orchestra sus propias obras ante miles de personas. La música se baja de su pedestal y se pone a los pies de su pueblo.

En la última noche de los Proms, se demuestra que la música está tan viva que parece mentira que no salga a las calles cada día. Los himnos del Imperio británico se fusionan con las piezas orquestales de siempre en un festín concebido para toda una nación (he aquí la prueba: se pueden hacer conciertos para 4 aspiradoras y orquesta, y un espectáculo delicioso).



En un mundo ocupado por música comercial hecha deprisa para contentar a unos oídos y un cerebro que prefieren no pensar, en los Proms todo invita a que agilices tus estímulos y formes parte de la fiesta. Cada año distinto, pero cada año brillante. Hay veces que me encantaría sentirme un británico más en el Royal Albert Hall. God save Britannia, a ver si con esta alabanza se nos pega algo...

viernes, 24 de octubre de 2008

Nuevo blog!

Siento mi tardanza... desde el Día del Pilar tengo abandonada esta mesa del rincón del café, pero esta vez ha sido por una buena causa.

Para mi asignatura de Producción tengo que elaborar un blog temático e informativo. Resulta que he estado trabajando en él, y me está dando bastante trabajo hacer que arranque. Es sobre Sevilla y la música y tooodo lo que la ciudad puede ofertar día a día para demostrar que se ha ganado justamente la calificación de Ciudad de la Música por la Unesco. A lo mejor no es tan entretenido como éste, pero para mis compañeros del Conservatorio Superior Manuel Castillo de Sevilla, o para todo aquel aficionado a la música en la ciudad, es una herramienta que pretendo que se convierta en útil, y sobre todo en didáctica.

La dirección es:
sevilladlibitum.blogspot.com
Si os podéis pasar os lo agradeceré, aunque sea por curiosidad.
Gracias bloggers, y espero que lo próximo que escriba no sea publicidad!

miércoles, 18 de junio de 2008

Música para soñar (III)

Corpus Christi en Sevilla, de la Suite Iberia de Isaac Albéniz




Da miedo hasta hablar cuando suena Albéniz. Probablemente uno de los compositores que más respeto me dan de la música universal. El aclamado como el maestro pianista del siglo XX, conocía su instrumento a la perfección e hizo de él un sueño. Con la Suite Iberia, Europa se rindió a sus pies sin condición, y en el círculo en el que se movía en París, hasta Debussy reconoció su portentoso talento.

Es sin duda uno de los padres de la música española junto con maestros indiscutibles como Turina, Falla, Granados o Sarasate. Es el compositor para piano que más revolucionó un instrumento que se creía ya agotado, y que no se podría hacer nada nuevo con él. La prodigiosa técnica que hace falta para interpretar sus obras, le hace el heredero directo de Liszt, al que por cierto visitó en un viaje de juventud. Y es en el campo de la técnica en el que entra en juego esta obra...

Maravillosa pieza, la tercera de la Suite Iberia, y una absoluta delicia para los oídos. Cuando Albéniz se la dio por primera vez a una pianista para que la tocase, la pianista le puso cara de asco y le miró por encima del hombro. "Esto es imposible de tocar con sólo dos manos, tendrás que modificarlo". Pero Albéniz no lo hizo, y la pianista tocó el Corpus Christi después de meses de arduos ensayos. Ahí empieza la leyenda de una pieza que quiso ser Sevilla, pero sin castañuelas ni guitarras, sino sólo ese suave silencio de la mañana cuando el Corpus cruza el centro de nuestra ciudad.

La pieza empieza tímida. casi en susurro, y nos asombra con... la canción popular de La Tarara!. Los registros cambian, pero la sencilla melodía permanece, viajando entre tonalidades y arreglos, entre cromatismos y tempos que vuelan. Cuando pasa el minuto, vualan las campanillas de la custosia para regresar a la melodía maravillosa con un bajo que es glorioso, como el canto sacro al paso de la custodia. Complicación hasta límites tan hermosos de rubato, que acarician el cielo.

Se acalla la música, va hacia los graves, y empieza una melodía nueva, tremendamente hermosa, que transcurre por el minuto 3 como una nana, una saeta quizá al paso de una custodia de plata en el amanecer más hermoso, que sólo puede verse a los pies de la Giralda. Modulaciones y arranques por fandangos en los inicios del cuarto minuto. Y vuelve la Tarara! Pero ahora enloquecida, con puentes de escalas cromáticas que desembocan en una fuga de la melodía popular con unas octavas que centellean en los graves.

Y el minuto 5 nos sorprende con una ráfaga de viento, que vuela el romero que alfombra el adoquinado de la Plaza Virgen de los Reyes al paso del cortejo. Y hora la melodía de la Tarara, primero alegre y pícara, y luego apasionada, hasta que se vuelve hasta dramática, con esos cambios de ritmo tan andaluces. Y rompen los tresillos la monotonía apocalíptica de los sostenidos, hasta conducir a la Tarara a un baile al compás de peteneras. Increíble la ejecución del pianista, apasionado desenlace en rubato y silencio...

El silencio gregoriano del paso de Jesús Sacramentado. Una melodía casi ancestral y de aire sagrado llena la calle. El silencio de las gentes ante el templo de plata de Arfe lo rompen de vez en cuando las campanillas que penden de la Custodia. Final de campanas de La Giralda en la lejanía, como si la estampa se fuera a vestirse de blanco y negro a esperar a que llegue la primavera que viene.

Sin duda una pieza larga, pero tan hermosa, que hace estremecerse hasta al más ateo. Si la gente piensa que España no ha sido grande en la música, que baje a la Tierra y escuche maravillas como esta. Y os invito a escuchar otras piezas de la misma Suite Iberia, como El Puerto, Triana, El Albaicín, Evocación o Almería. Prodigiosas todas y cada una de ellas. Como habréis visto, soy un amante de la música nacionalista española, mucho mejor de lo que muchos creen. Para que después digan que no merece la pena defender lo nuestro. Sibelius y Grieg son auténticos héroes en sus naciones respectivas, Finlandia y Noruega, ayudaron a levantar el espíritu de un pueblo en épocas difíciles; y nosotros llamamos a nuestros héroes "folclóricos". Bendita ignorancia...

martes, 6 de mayo de 2008

MÚSICA PARA SOÑAR (II)

Júpiter, de la suite de Los Planetas op.32 de Gustav Holst


Probablemente mi obra favorita. Definía Holst este movimiento cuarto de la suite de Los Planetas, como "Júpiter, el portador de la alegría". pero creo que es mucho más que eso. El padre de los dioses antiguos depara al oyente una amalgama de colores distintos, de ritmos que llegan al corazón desde los albores del siglo XX. Un siglo confuso y tremendamente cruel, en el que Holst, el misterioso y mágico transcriptor de aquella música de las esferas de la que hablaba San Agustín y antes que él, Pitágoras; daba a la vieja Europa un canto de esperanza, una explosión de fervor.

Júpiter, como parte de una impresionante e irrepetible suite de siete piezas, es la obra maestra del compositor inglés. La obra abre con un batir de alas que hacen de manera impresionante los violines. Mientras, de vez en cuando los metales hacen sonar los clarines de la victoria, las trompetas de la gloria de los tiempos. En el minuto 1 nos transporta a un paisaje floral, casi juguetón, de repeticiones con distintos timbres...hasta que llega a a una parte preciosa en el segundo 45 que nos lleva a una serie de repeticiones que asemejan a los caballos de las tropas del Dios acercándose victoriosos a la ciudad. Rompe entonces en cornetas que dan lugar a una parte sombría que evoca susurros. Es el momento crucial.

La segunda parte de la obra se abre entonces entre una cuerda apasionada, que apura al máximo el arco, casi insostenible, profundo y emotivo como un canto de esperanza. hay luz después de la matanza del hombre contra el hombre, y Holst lo sabe evocar aquí magistralmente. Es imposible no emocionarse si cierras los ojos a partir del minuto 3. Un tema brutalmente hermoso, desgarrador, nos lleva a un estado de fe, de salvación, redención a través del arte: lo único que nos hace verdaderos hombres. Un canto eterno que empieza calmado, como una canción de cuna de una madre que arrulla a su bebé, que va subiendo hasta convertirse en una gloriosa declaración de belleza. Metales y timbales para darle suntuosidad a una melodía perfecta, que hace un ritardando y se queda en el aire esperando...

Vuelve en el minuto 5 el batir de alas, tímido, para luego romper en atronador clamor de trompetas que llevan al Olimpo. Y vuelve la música lenta, que acelera poco a poco como rueda de molino. la repiten las flautas y las maderas, y luego quedamente los trombones. Y entonces llega maravilloso el xilófono, con su sonido de cristal, al que le sigue una pandereta jolgoriosa que nos lleva a las fiestas campestres, y una trompeta que indica que la gloria está cerca. Irrumpen impresionantes los vientos como en un vendaval que se lo lleva todo suavemente, y de repente...nos vemos sumergidos en sonidos de tic-tac de relojes y campanarios, que nos llevan entre tambores de fiesta a un final atronador, que termina en un amanecer de trompetas tremendamente excitante.

Una obra tan completa, que da miedo que la haya podido componer el hombre. Una impresionante declaración de esperanza y un canto tremendo a la vida. Gracias Holst por una maravilla como esta.


jueves, 1 de mayo de 2008

MÚSICA PARA SOÑAR (I)

La muerte de amor de Isolda,de la ópera Tristán e Isolda de R.Wagner




Es curioso que la entrada que inauguró este blog hablara de Wagner, y que hoy vuelva a él para empezar una sección que llevo soñando mucho tiempo.

Imagina que desde tu nacimiento el azar te hubiera predestinado a amar incondicionalmente a alguien, pero los hombres te han fijado, también desde tu nacimiento, tu boda con alguien que no amas. Y de repente el azar mismo quiere que te encuentres en el camino hacia la boda fijada con tu media naranja. Pero ninguno de los dos lo sabe, y a través de un hechizo, dos personas que en principio se odian acaban amándose. Es la historia de Tristán e Isolda: Tristán, que odia a Isolda porque la considera una estirada, lleva por orden de su rey a la princesa a Alemania, para que se celebren las bodas reales, pero un brebaje preparado por la dama acompañante de Isolda, hace que Tristán e Isolda queden condenados para siempre a través de un amor verdadero. Una noche de pasión el Rey los pilla, e hiere de muerte a Tristán, quien se retira a su castillo a morir...

Tristán se muere poco a poco, y sólo la llegada del barco de Isolda puede hacerlo revivir. La flauta del pastor avisa a lo lejos de que un barco hay en el horizonte. Tristán vence su propio cansancio y corre hasta la playa. Al llegar a los brazos de Isolda, cae muerto...la tragedia hace que la princesa se desmaye. Pero eso no es todo, un segundo barco llega a la costa: es el Rey. Isolda despierta junto a su amado muerto, y el Rey le comunica que es libre de vivir con el hombre que ama. Pero ya es tarde...

Ahí es donde empieza el fragmento del que vamos a hablar.

¿Habéis oído hablar alguna vez de alguien que se haya muerto de amor? Debe ser lo más hermoso que existe. Tener tanto amor en tu pecho, sentir tal éxtasis, que tu cuerpo no lo soporta, y tu alma se escapa a otro lugar infinito en el que encontrarte con la persona amada por toda la eternidad. Eso es lo que canta la princesa Isolda en ese magistral movimiento de la pieza de Wagner. El amor incondicional. Se muere de felicidad, maravillada por la hermosura de Tristán.

Wagner utiliza una progresión eterna, nunca para de subir hasta que alcanza una tesitura impresionante en la que las cuerdas de la orquesta vibran como un batir de alas de ángeles, es el éxtasis de Isolda, que siente como su alma explota dentro de ella. Isolda se transfigura, sale de sí misma y su cuerpo muerto se desvanece sobre el de Tristán. Ella canta al final: "En la masa de olas, en el torrente de sonidos, en el gran Todo del aliento del mundo, ahogarme sumergirme...perder la conciencia...¡suprema felicidad!".

La muerte más hermosa de la Historia de la Música en 7 minutos de verdadera gloria. Es de esas piezas que hacen que el corazón vaya más rápido, que se te pongan los vellos de punta. Aguantad hasta el final, porque merece la pena esperar a que Isolda ascienda a la felicidad eterna.

Si lo buscáis, está en Youtube, pero se oye regular. El nombre alemán para "muerte de amor" es Liebestod (así lo encontráis seguro...). Escucharéis primero a Isolda lamentarse por la muerte de Tristán, y luego la sentiréis acelerarse como la que ve cerca el final. El volúmen de la pieza va subiendo hasta un fortíssimo que desgarra el alma, para el cual tendréis que respirar hondo si no queréis hiperventilar...os lo aseguro. Tras tres minutos y medio de Isolda intentando asimilar la muerte de Tristán, oiréis tres sforzato de los volines seguidos, y luego empieza la progresión de la orquesta cada vez más aguda hasta culminar en el éxtasis de la princesa y su calmada muerte en la que se entrega al amado por entero.

Una pieza de cinco estrellas muchas veces olvidada. ¡Espero que la disfrutéis y que mis esfuerzos no sean en vano!.