Es el año del Titanic y de su orquesta. Esa que se mantuvo hasta el último segundo del hundimiento tocando el himno Nearer my God to Thee. Y últimamente siento que cada reportaje, cada línea que escribo, cada compositor del que me enamoro en cada historia, es una de esas notas que suenan en la noche helada del Atlántico.
Quizá para mi más de dos años ya son suficientes. Quizá los icebergs que no paran de embestir al buque me estén dando el aviso para que suelte el violín y me monte en el bote que me lleva a una nueva vida de la que no sé nada. Pero todo viene aderezado con ese "quizá" que me hace dudar de todo.
¿Es volver a Sevilla un paso atrás? ¿Compensa una vida en la que me voy a dormir cada noche pensando que todo puede acabarse en cualquier momento? ¿Compensa escribir sobre lo más hermoso que has conocido nunca si llega un momento en el que ya no disfrutas con ello? Este barco me está poniendo a prueba. Aquí o allí estaré bajo el mismo cielo, pero quizá la tierra no me trate igual, puede que necesite cambiar de calles o volver a las mismas que ya conocí. Puede que más que nunca de este mes de mayo dependa mi vida entera.
En estos años (Dios mío, años ya...) en Madrid me he convertido en una persona más fuerte, más decidida, mejor profesional... pero por el camino me he dejado la alegría, el buen humor, demasiadas cosas hermosas y hasta el pelo. El carácter se me ha agriado hasta convertirme en alguien que me repugna a mí mismo: nunca había pedido tantas veces perdón, nunca había hecho tanto daño, nunca había dejado de lado tantas cosas que consideraba importantes... Madrid me ha convertido en alguien distinto, pero no estoy seguro de que me haya convertido en alguien mejor. Profesionalmente, probablemente sí, personalmente, lo dudo.
Recuerdo una conversación en una playa de Portugal con un amigo de pelo rizado y gorro de paja que me hizo reflexionar sobre qué quería de mi vida. Si quería consagrarme a mi trabajo y que fuera en sí mi vida, o trabajar para que me diera de comer y tener una vida fuera, formar una familia y ser feliz con las cosas sencillas. También recuerdo la charla con una compañera periodista que me dijo que huyera antes de que se hundiera el barco, que retornara a la música yo que podía, y que me hace soñar con un proyecto con un joven violonchelista con el que sé que podría hacer algo grande. Aún no sé qué quiero, pero me temo que es el momento de dar el siguiente paso hacia esa decisión. Quizá dejar de fumar, volver a escribir relatos, colaborar desde Sevilla, volver a adquirir destreza en las manos para poder tocar las obras del Superior al arpa, hacer un curso, montar en bici todos los días... quién sabe, soñar es gratis.
Y volver a escuchar todas aquellas conversaciones que me quejaba porque decía que me las contaban una y otra vez aunque ni siquiera las estaba escuchando. Y escucharlas de verdad. Y sorprenderme y recordarlas para poder aprender de ella. Y vivir, sin angustias por el futuro, sin el dolor de la supervivencia. Solo vivir.
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lunes, 30 de abril de 2012
domingo, 21 de noviembre de 2010
Mike

Mike se quedó mirando como embobado al espejo del parasol. Una vez dejado atrás el tanatorio y el olor a desinfección y pulcritud, su mente se hallaba ahora en la cálida visión de un solo gesto. El gesto que le movía las entrañas, que le hacía entrecerrar los ojos y esbozar una sonrisa ladeada, como la que sale cuando aún te dura el efecto de la anestesia del dentista. Un gesto recogido en un instante, pero que en su memoria podía seguir viviendo durante horas: esa mirada tímida, aún con la cabeza agachada, la boca entreabierta exhalando un suspiro que tararea una canción, y el mechón de pelo cayendo, suave, sobre la frente.
Mike volvió en sí cuando el parasol volvió a levantarse para quedar pegado al techo del vehículo. Desde su asiento, justo detrás del copiloto, buscó ahora otro reflejo donde poder mirarla. Y lo encontró en un difuminado retrato de ella en el retrovisor. Volvía la sonrisa ladeada. Volvia la revolución en las entrañas.
Una mano desde el lado del conductor llegó a la pierna de ella, y en el reflejo vio como volvía su mirada inocente a aquel que ni la quería ni nunca había hecho el más mínimo esfuerzo por darle lo que se merecía. Mientras ella sonreía enamorada al que la llevaba por el camino de la amargura, el otro reclamaba su atención, solo por saber que no hay más visión para ella que él. Solo para sentir que es suya.
Mike deseó haber sido más astuto, más libre, más pícaro, más valiente y más sincero. Deseó haber tenido el valor para decirle a ella que si un día pasaba sin verla, le faltaba el aire; que en su vida no había visión más hermosa que buscarla en los reflejos de los cristales; deseó que él no hubiese existido nunca. Sonaba 'Born to run' de Springsteen en la radio, y pensó que no había nacido para correr, sino para detenerse a contemplar la belleza del mundo. Que no quería huir, que no quería seguir yendo en el asiento de atrás viendo pasar la vida. Viéndola pasar a ella.
Mike se estremeció y cogió aire. Cuánto la quería... Volvió a las ventanas reposadas de árboles cuajados de hojas amarillentas, arcenes con baches y vallas metálicas que cierran el paso a todo vehículo a las fincas colindantes. De repente, sintió que había una extraña sensación en el ambiente, y volvió al espejo del parasol. Y allí estaba.
Ella, con los ojos entrecerrados, la respiración agitada y la sonrisa ladeada post-dentista, lo miraba desde el otro lado del espejo. Al verle, retiró rápidamente la mirada y cerró el parasol. No habían nacido para correr, pero si tenían que hacerlo, que fuese juntos y en un coche de tan solo dos plazas. Mike pensó en lo que haría él, y fue directo al retrovisor lateral. Allí estaba ella de nuevo, ensimismada, con ese precioso mechón sobre la frente. Y Mike supo que lo que tenía que ser, sería.
- ¿Paramos a tomar café? - preguntó el conductor. Nadie contestó. A nadie le importaba. Mike solo sabía que lo que reflejaba aquel espejo era todo lo que amaba. Y ella, que las letras que contiene un "Te quiero" pueden estar grabadas a fuego en el silencio de una mirada.
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