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lunes, 30 de abril de 2012

Saltar al último bote...

Es el año del Titanic y de su orquesta. Esa que se mantuvo hasta el último segundo del hundimiento tocando el himno Nearer my God to Thee. Y últimamente siento que cada reportaje, cada línea que escribo, cada compositor del que me enamoro en cada historia, es una de esas notas que suenan en la noche helada del Atlántico.

Quizá para mi más de dos años ya son suficientes. Quizá los icebergs que no paran de embestir al buque me estén dando el aviso para que suelte el violín y me monte en el bote que me lleva a una nueva vida de la que no sé nada. Pero todo viene aderezado con ese "quizá" que me hace dudar de todo.

¿Es volver a Sevilla un paso atrás? ¿Compensa una vida en la que me voy a dormir cada noche pensando que todo puede acabarse en cualquier momento? ¿Compensa escribir sobre lo más hermoso que has conocido nunca si llega un momento en el que ya no disfrutas con ello? Este barco me está poniendo a prueba. Aquí o allí estaré bajo el mismo cielo, pero quizá la tierra no me trate igual, puede que necesite cambiar de calles o volver a las mismas que ya conocí. Puede que más que nunca de este mes de mayo dependa mi vida entera.

En estos años (Dios mío, años ya...) en Madrid me he convertido en una persona más fuerte, más decidida, mejor profesional... pero por el camino me he dejado la alegría, el buen humor, demasiadas cosas hermosas y hasta el pelo. El carácter se me ha agriado hasta convertirme en alguien que me repugna a mí mismo: nunca había pedido tantas veces perdón, nunca había hecho tanto daño, nunca había dejado de lado tantas cosas que consideraba importantes... Madrid me ha convertido en alguien distinto, pero no estoy seguro de que me haya convertido en alguien mejor. Profesionalmente, probablemente sí, personalmente, lo dudo.

Recuerdo una conversación en una playa de Portugal con un amigo de pelo rizado y gorro de paja que me hizo reflexionar sobre qué quería de mi vida. Si quería consagrarme a mi trabajo y que fuera en sí mi vida, o trabajar para que me diera de comer y tener una vida fuera, formar una familia y ser feliz con las cosas sencillas. También recuerdo la charla con una compañera periodista que me dijo que huyera antes de que se hundiera el barco, que retornara a la música yo que podía, y que me hace soñar con un proyecto con un joven violonchelista con el que sé que podría hacer algo grande. Aún no sé qué quiero, pero me temo que es el momento de dar el siguiente paso hacia esa decisión. Quizá dejar de fumar, volver a escribir relatos, colaborar desde Sevilla, volver a adquirir destreza en las manos para poder tocar las obras del Superior al arpa, hacer un curso, montar en bici todos los días... quién sabe, soñar es gratis.

Y volver a escuchar todas aquellas conversaciones que me quejaba porque decía que me las contaban una y otra vez aunque ni siquiera las estaba escuchando. Y escucharlas de verdad. Y sorprenderme y recordarlas para poder aprender de ella. Y vivir, sin angustias por el futuro, sin el dolor de la supervivencia. Solo vivir.

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Qué queda de lo que fuímos?

Pasaron los años -cuántos ya, Dios mío- y nos volvimos a encontrar, en una estación neutral. De ninguno de los dos era aquel cielo, aunque uno de nosotros quería verlo como futuro y otro como pasado. El sol de Madrid nos premiaba y el viento frío nos castigaba en aquella terraza, y las gafas de sol sirvieron de metáfora para un encuentro en el que pasamos por las banalidades una a una, por los comentarios sin más trasfondo que el de nuestras tazas de café. Y con aquel cielo y en aquella ciudad extraña, comenzó un reencuentro.

Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.

No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.

La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.

Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.

No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...

lunes, 2 de enero de 2012

Año nuevo, dilemas nuevos

Acabó el año, acabó El País, las jornadas maratonianas, los devaneos en la redacción y Madrid. Se acabó lo que ha sido mi vida durante dos años y me he quedado como vacío por dentro.

Sí, empieza una nueva etapa, vuelve a comenzar la caída de la arena en el reloj, en un reloj nuevo que no se parece a ninguno que haya tenido hasta ahora. Y en ese nuevo reloj empieza a caerme la arena encima y a cubrirme los pies. El cristal me ofrece dos salidas: una tiene vistas a la Gran Vía y por el asfalto se desplazan implacables mares de automóviles que pueden llevarme por delante en cualquier momento, y la otra da a los Jardines de Murillo, y es una calle desierta en la que se alza majestuoso un convento barroco en cuya puerta pone que quien entra no siempre sale.


Otra vez: Sevilla y Madrid, Madrid y Sevilla. La vocación y la vida tranquila, la seguridad y la incertidumbre, la metrópoli y la ciudad apacible, el sol y la nieve, el hogar y el exilio. De nuevo se enfrentan y cada una me tira de un brazo reclamándome. Dos semanas para tomar uandecisión que, una vez más, volverá a marcar lo que será de mí el día de mañana. Una me reclama con un concierto de puertas abiertas, con orquestas de todo el mundo resonando solo para mi, con teatros colosales y gloria. La otra con la paz, la garantía de no hipotecar mi vida, la posibilidad de vivir más allá del trabajo y el sol del sur.

Pero soy un estúpido vocacional, y creo que el riesgo es ahora la única carta que puedo jugar con 25 años. Algún día llegará esa vida tranquila, esa paz interior, pero no sé si es el momento. Soy masoquista, pero adoro esa vida de esclavo contándole a los demás por qué deben ir a un auditorio a escuchar la música más hermosa que han visto los siglos. Dos semanas para decidir, para escoger antes de que me ahogue la arena de un reloj que me oprime la cabeza y el corazón. Dos semanas. Dos ciudades. Dos posibles vidas. Pongo en marcha la máquina.

martes, 6 de diciembre de 2011

12 meses, 12 estampas

Llega el final. No querría, pero llega. Y por el camino me dejo 12 meses de via crucis y de gloria, de momentos vibrantes y tensión. Estos son mis recuerdos, que en enero echaré de menos.

Enero: la ilusión

Ahí empezó todo. Nueva sección, nuevos compañeros, nuevo estatus. Empezaba una nueva etapa para demostrar lo que soy. En ese mes me dediqué a ubicarme, a enontrar mi lugar, a acostumbrarme a las reuniones de los lunes, a hablar con los jefes y a tomar la iniciativa. Y a descubrir que Madrid era más grande de lo que parecía.

Febrero: los primeros triunfos

Conseguía llevar hasta el final mis primeros reportajes, a acostumbrarme a la calle, a vivir en una sección en la que no hay hora de comienzo ni de fin. A acostumbrarme a no tener vida. El periodismo era mi vida y mi religión, y a partir de ahí articulaba mis escasas horas de sueño y aprendí que comer era un privilegio si podía realizarlo en un lugar que no fuera la mesa de trabajo.

Marzo: el trato

Colaboradores, especialistas, expertos, becarios. Aprendimos los distintos escalafones, esos insalvables escalones que vertebran una redacción en una pirámide inabarcable. Comenzamos a entender cómo funcionaba todo y los reportajes de Cultura vinieron a mi como algo natural. Era el comienzo de mi intención de especializarme, de abarcar ese mundo hermoso de música con el que siempre he vivido.

Abril: la caída

Mis primeros días de libranzas, que no vacaciones, aparecieron en abril. Unos días en Semana Santa y un fin de semana de Feria me reencontraron con Sevilla y con mi gente. Abril sería el mes de los sueños y del análisis: llevaba cuatro meses en la sección y tenía la sombra alargada de nuestros predecesores en el becariado pesándome sobre los hombros. No estaba haciendo lo suficiente, y eso había que cambiarlo.

Mayo: el proyecto

Mayo comenzó con fuerza. El proyecto de la web de Política nos llevó a algunos de nuestras secciones de origen a ese nuevo contenedor que iba a ser la joya de la corona de cara a las elecciones atuonómicas y locales. Una semana antes de abrir las urnas, explotó la bomba: una juventud indignada surcaba Madrid un 15 de mayo para exigir un futuro que les había sido robado. Esa misma noche comenzó la aventura de la Puerta del Sol. Luego vino el grito mudo en la jornada de reflexión, la foto de la plaza abarrotada en la portada del New York Times, los guiños a la Primavera árabe y el modelo asambleario. La bestia había salido de su cárcel y había mostrado sus garras: la clase política temblaba desconcertada. Mientras nosotros coordinábamos la información de los indignados de toda España, mis heroicas compañeras de Local hacían guardias durante 24 horas en Sol. El infierno hecho crónica.

Junio: la imagen

Reservo dos imagenes de ese primer mes de la república independiente de la Puerta del Sol. Una es la del contagio: las distintas acampadas en toda España. La otra es la de tener la noticia ante tus ojos mostrándose de manera brutal. La constitución del Ayuntamiento de Madrid me pilló en la calle Sacramento. Un solo periodista, una sola versión. Vi las porras cargar contra una masa de gente pacífica sentada a la salida de un párking, gente mayor arrastrada por los suelos, amas de casa tiradas como sacos de patatas a las aceras para despejar la calle. La noticia desnuda, la realidad descarnada ante tus ojos, y solo yo para contarlo. Aprendí de aquel día que los nervios son un cuchillo afilado para la veracidad y que no puedes dejar que te afecte lo que ves si quieres seguir adelante.

Julio: la competencia

Llegaron los nuevos becarios de verano y comenzó a vaciarse la redacción por las vacaciones. En los ojos de esa nueva generación más joven y más ambiciosa leímos una amenaza. Ellos eran los que debían sustituirnos a final de año, serían nuestros sucesores y estaban solo dos meses para jugárselo todo a una carta. Ahí comprendimos, como nos dijo un compañero, que era el momento de dejarse vencer o de seguir adelante. Menos personal y más páginas provocaban también que el trabajo fuera despiadado y sin medida. La vida del periodista, al fin y al cabo.

Agosto: el triunfo

Y llegó el Papa, y nos pilló con la redacción medio vacía. Despliegue de vértigo para cubrir los días del Pontífice en España, y petición a título personal para cubrir el Vía Crucis y la posterior procesión. Protocolo y boato para conseguir llegar hasta la grada de prensa, orgulloso, con mi acreditación colgada. Y cuando volvía el Vía Crucis tranquilo una vez entrada la noche, algo pasó. El 15-M y los peregrinos, tras varios encontronazos anteriores, se habían sentado a hablar en la Puerta del Sol. No lo dudé: me salté los cordones policiales, y corrí hacia Sol dejando a mis amigos atrás. Allí estuve viviendo aquella asamblea, viendo como el Palio de la Virgen de Regla asomaba ya por la esquina de Alcalá. La asamblea era una marisma de entendimiento, y cuando el paso pasó es tragabolas del Cercanías, se levantó como un fantasma. Aquella noche escribí desde Sol hasta las 2 de la mañana. Solo yo lo conté: las visitas en la web subieron como la espuma.

Septiembre: el paréntesis

Las mejores vacaciones de mi vida, quizá porque eran las que más necesitaba. Tras ocho meses de becariado intenso, llegaron mis nueve días de vacaciones y las desiertas playas de Portugal se me antojaron un paraíso lejano del que no querría salir nunca. También fue el momento de pensar que comenzaba la cuenta atrás: la beca iba agotándose y no había resolución alguna. El mosntruo de la incertidumbre comenzó a devorar nuestra tranquilidad.

Octubre: la oportunidad

Con el nuevo mes llegó el lavado de cara, y comenzamos a sacar un cuadernillo nuevo de Cultura y ocio los fines de semana. Metrópoli nos hacía sombra y el Cultural también, y era necesario apostar por algo nuevo. Me encargaron una sección de Clásica para cada semana, un par de temas en los que yo me muevo como pez en el agua, mis encasillamiento soñado, lo que realmente quiero contar al mundo: por qué la música no debe morir nunca, y permanecer joven por los siglos de los siglos. Llegaron las primeras felicitaciones y el peso de la responsabilidad, los dobles turnos para llegar al viernes con los deberes hechos. Una luz esperanzadora se veía al final del túnel, pero no era momento de confiarse.

Noviembre: la agonía

Lo que me preocupaba a la mitad de este noviembre lluvioso no eran precisamente las elecciones. La web estaba totalmente dominada y el trabajo solo durante el verano me había convertido en un gestor bastante eficaz de la versión digital de Madrid. Pero faltaba algo más de un mes, y las noticias económicas nos deparaban un futuro negro. La beca era un billete de ida y vuelta a nuestras ciudades, a una vida que aún no sabíamos cómo sería. Era el mes de las preguntas, de los cuchicheos en los pasillos, de compartir currículums... Era el momento de la agonía.

Diciembre: no va más

Es la última apuesta, con el riesgo del Blackjack y la inexactitud de la ruleta. El todo o la nada más absoluta. El tiempo apremia y estamos más pendientes de una llamada que de hacer todo eso que no nos dió tiempo a hacer y que ahora queremos terminar para engrosar el portafolio lo más posible. Es el mes de la cuenta atrás más cruel, del suspiro cuando compras el último abono transporte, del sueño que se rompe, de la vida que se nos escapa entre los dedos. Es el momento de la espera y de la acción al mismo tiempo: solo el destino sabe qué será de nosotros cuando den las campanadas y el 2012 entre entre deseos pedidos a las estrellas. Diciembre es el cierre de una etapa, y probablemente la apertura de otra que aún no sabemos en qué consiste...

sábado, 15 de octubre de 2011

15 de octubre: la fecha del planeta

Sigue en directo la jornada de protestas del 15 de octubre en todo el mundo a través del canal de Eskup de El País. Actualización al segundo. Yo no podré estar vigilándolo, porque estaré contandooslo desde la columna de la marcha de Madrid que sale a las 12 de la mañana de Leganés, y con los que haré las seis horas de travesía. A las 18.00 nos vemos en Cibeles, y a las 20.00, de Sol al mundo.

domingo, 9 de octubre de 2011

Recuerdos en las estanterías

Limpiar el polvo es lo que tiene. Te pones a quitar libros, a tirar papeles, a reordenar teléfonos y a quitar fotos de las estanterías y te pones nostálgico. Entre foto y foto (que tengo muchas), voy limpiando en silencio cada una de las imágenes y devolviéndolas a su lugar, y mientras las mantengo en la mano se me vienen a la cabeza aquellas personas que quise traerme cuando venía camino de Madrid. Este es el álbum de recuerdos, mi bastión para soportar más de un año y nueve meses de exilio.

Feria. Bien está en sepia esta foto. Colocada en la entrada, sobre el mueble en el que dejo las llaves, está esta imagen. Es lo último que veo antes de salir de casa y lo primero que me encuentro al entrar. Es la última gran feria en la que estuvimos todos juntos. Desde entonces, cada uno ha ido tirando por un camino distinto y las reuniones de este tipo han quedado para las cenas de Navidad como algo excepcional. Por eso el sepia está bien: es un recuerdo, una batallita que contar, lo que no quita que desee con todas mis fuerzas que se repita este momento. Sí que los echo de menos, aunque ellos no lo sepan.

Periodistas. Ingenuos nosotros... estudiamos Periodismo por vocación pensando que no había nada más hermoso que trabajar en lo que te gusta y vivimos felices sin pensar en lo que vendría después. Periodistas porque así lo dice nuestro título y porque así lo sentimos de corazón, esta foto preside la segunda balda de la estantería. Es el recuerdo de un verano soleado, de una casa llena de vida, de un grifo de cerveza que no daba más de sí y de muchas, muchas risas. Compartísteis conmigo algo irrepetible, y por eso ver vuestra foto, es apostar siempre por la luz cuando el día a día solo me arroja tinieblas.

Espino. En lo alto de la estantería, junto a mis enormes catálogos de fotografía y las tazas de café, está esta foto que es una de mis favoritas. La foto no tiene nada: tres haciendo el gamba con un sombrero de paja. No tendría por qué tener más, si las dos personas que me acompañan no fueran quien son. Empezamos de manera tormentosa, discutiendo en un grupo y sin confiar en los otros, y hemos terminado montando enormes proyectos y yéndonos de viaje juntos. Sois mis hermanos medianos porque os lo habéis ganado, y por eso me encanta pensar en todo lo que hemos recorrido y lo que hemos logrado.

Caminos. Esta foto me da que pensar. Es la señal de las vueltas que da la vida, a veces para bien (Isa y Andriu con mis omnipresentes: da igual que no los veas en un mes, porque siempre están presentes) y a veces para mal. Es una pena que algunas cosas hayan acabado tan mal, y de hecho me siento idiota por no haber heho nada por arreglarlo en casi dos años. Es hora de volver, al menos de intentarlo, y volver a rememorar batallitas. Aquellas con las que tantos nos reíamos y de las que no me arrepiento.

Música. Son la música en mí. Juntos somos más, mucho más, somos un proyecto común y una mirada de esperanza al futuro. Somos una cerveza entre risas en el bar de siempre y una quedada irrevocable los domingos por la tarde. Somos Sevilla28 y no tenemos límites para ser ambiciosos. Es bonito que, a pesar de las tempestades, siempre volvamos a la calma sin dudarlo. Estais sobre la mesa del comedor, junto al ordenador -de vez en cuando, pongo nuestras canciones para creer que os oigo muy cerca-, frente a mí siempre. No puedo dejar de teneros presentes.

Sueños. Isabelita, te tengo colocada en una estantería estrecha y alargada, en la que guardo mis discos de música clásica y de jazz, para asegurarme que acudo a tí a menudo. Quizá no es esta nuestra mejor foto, ni merece ser enmarcda, pero lo que es seguro es que en esta foto solo somos nosotros. Tú y yo con esa ilusión que a veces ya no sabemos dónde la hemos dejado, con la poca vergüenza de disfrazarnos de cualquier cosa simplemente porque sí. Es una foto en la que decimos que aún tenemos muchos sueños que cumplir y muchos cafés que tomar, porque un encuentro es siempre un motivo para sonreír. Hubo un tiempo en que fuimos compañeros de batalla: es hora de que volvamos a serlo.



Esta es una muestra de mi álbum de fotos, de los recuerdos que me traje a Madrid para agarrarme a ellos como a un clavo ardiendo cuando haga falta. En cada foto, un recuerdo; en cada estantería, un momento. Quién sabe qué fotos serán las siguientes.

domingo, 28 de agosto de 2011

Te has quedado conmigo

Corría el año 2005. Yo acababa de terminar primero de carrera y el Espino era un momento en el que me preguntaba cómo podía ser un periodista bueno para la comunidad -los médicos y los profesores lo tenían claro, pero para mí era un dilema...-. El grupo, hecho al azar, había sido un conjunto de personas que, probablemente, no seguirían hablando una vez que volviésemos a nuestras comunidades de origen. Hablábamos en el grupo, pero luego no compartíamos apenas nada una vez que salíamos del grupo. Nada que esperar.

Sin embargo, algo cambió aquel año. Montamos en el autobús de vuelta y, cosas de la vida, un asiento libre a la mitad del vehículo me llamó. Silencio al principio hasta que, tras una semana de indiferencia, al fin Andrés y yo hablamos. Hablamos de la Carlos III, de vivir en Madrid, y a mi me entró esa fiebre por la ciudad que ahora me acoge. Tú me hiciste venir a Madrid, para bien o para mal, y gracias a ti no tuve miedo a arriesgarme y pude estar donde estoy hoy.

Parece paradójico que en aquel Espino también estuviera Sergio, el chico mayor que se metía conmigo, y también Emi, la chica entonces tímida e insegura que nunca más fue. Y de su historia no hace falta hablar porque es la mía propia. Curiosamente aquel espino bajo el lema "¿Te estás quedando conmigo?" podría no haber sido nada más, un espino más del que despertar al llegar a Sevilla, cuando se rompiese la burbuja. Pero aquella semana lo desencadenó todo.

Cuatro años después nos volvimos a encontrar, una mañana de noviembre. Yo venía a hacer unas pruebas para un master al que era prácticamente una odisea acceder. Venía a no perder nada y con la ilusión de poder ganarlo todo. Aquel primer día de pruebas fue Andriu el que me llevó en coche hasta el campus de la Autónoma. El segundo día, Sergio fue mi piloto para la segunda tanda de pruebas. La mañana de la tercera prueba, Emi me mandó un mensaje deseándome suerte y dando por hecho que lo iba a hacer bien. De nuevo los tres.

Volví a Sevilla con la ilusión, simplemente, de haberos visto. Y seguí mirando masters dando por hecho que había intentado algo imposible. Llegó diciembre y entré en el master. Ahí se cumplió mi amenaza de hacer de Madrid mi casa, el sueño que me había metido en la cabeza un amigo en un autobús cuatro años antes. Y, por fin, me vine a Madrid un 13 de enero de 2010 para cumplir una promesa hecha a mi mismo.

En todo este proceso, hasta esta semana de agosto de 2011, solo coincide una cosa: vosotros. Yo ya no tengo demasiado que ver con aquel chaval que no quería arriesgar de 2005, y vosotros tampoco con aquellos que conocí, y pienso que ahora tengo la respuesta para aquella pregunta que no supe responder aquel año, porque pensé que no sabía o que era mejor no contestarla.

La respuesta es sí. Te has quedado conmigo. Porque me importaba que te quedaras, porque en el fondo tú tampoco te fuiste nunca, ni yo quería que te fueras. Te has quedado, Andriu; te has quedado, Sergio; te has quedado, Emi. Lo demás, se ha ido con el viento.

Pero esta última semana he podido revivir aquel Espino, haya sido un viernes, un martes o un sábado; en una procesión, en un bar de pinchos o en el teatro; mientras trabajaba, de descanso o después de la jornada laboral. Aquella semana en la que pensé que tenía ir a Madrid, porque allí me esperaba algo grande. Aquella semana en la que creí que podía ser un buen periodista siempre que me agarrara a vosotros como a un clavo ardiendo. En 2009 me dísteis la razón. Y ahora, en 2011, yo os doy las gracias.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Volver, al fin volver


No sé si será por estos días. Casi seguro que sí. Quizá por las conversaciones con un escocés ateo que hay en mi sección pero con el que da gusto hablar, quizá por ambas cosas, pero he vuelto. Al fin he echado de menos esa cruz del Espino que acumula polvo en una de mis estanterías en Sevilla.

Porque después de la vorágine papal viene la esperanza. Y esa esperanza me ha llegado como un bofetón cuando me he dado cuenta de lo que significa 'comunidad'. Ese grupo de gente, ese estilo de vida, ese hombro que sabes que siempre estará cercano para llorar cuando lo necesites. Y se me han venido a la mente en estos días de invasión peregrina de Madrid tantos momentos, que he recobrado la esperanza. Aquella tarde en la que Pulido me llevó de la mano hasta el voladizo del santuario de Granada porque yo tenía vértigo, aquellas noches de pizza con el coro dando los últimos retoques al concierto, aquellas mañanas de desayunos en Ramón y Cajal con las 5 personas, catequistas y amigos, que durante aquellos años fueron como mi familia; aquel paseo en aquella Pascua en el que me di cuenta que aquel que yo creía un golfillo y poco más iba a ser alguien importante en mi vida...

La comunidad es lo más hermoso que me ha dado llevar la cruz al cuello y es lo que me ha hecho volver, al fin volver, al redil que no debí abandonar nunca. Quizá haya sido por despecho viendo que todo lo que tenía alrededor esta semana papal estaba en mi contra, quizá me haya atrevido al fin a rebelarme y a decir que todo en lo que he creído merece la pena. Esta Jornada Mundial de la Juventud es mi Jornada Personal de la Esperanza, y en ella me he dejado las horas de sueño y las luchas internas para entregarme por completo a aquellos recuerdos. ¡Por qué los dejaría atrás sin miramientos!

Echo de menos mi cruz y echo de menos esa comunidad que arropa, que nos recuerda que somos más humanos de lo que muchas veces dejamos ver, y que, cuando se produce el reencuentro, todo merece la pena. Estos días me han hecho darme cuenta de que os necesito, y que hay esperanza para mí y para la cruz que acumula polvo en Sevilla, porque esto es un nuevo comienzo.

Ya sé que de buenas intenciones están llenos los nuevos comienzos, pero espero que esto no se quede aquí. He recordado lo que soy y he barajado si merece la pena recuperar lo que deje atrás. Y sí que lo merece. Merece la pena mantener el contacto, aunque nos veamos poco, merece la pena preguntar de vez en cuando al cielo si el de arriba sigue ahí y si aún hay un hueco para mí entre los bancos de sus iglesias, merece la pena volver a intentarlo. La vida es demasiado corta para vivirla sin esperanza, y por eso esto es un regreso a por mis libros, a por la gente que dejé atrás, un intento para ver si puedo salvar algo de los escombros de este incendio que lleva quemando mi pasado durante un año y medio. Los recuerdos me indicarán el camino de vuelta y entonces, solo entonces, sabré si aún puedo volver al punto de partida y volver a engancharme a este tren. El tren de lo que nunca he dejado de creer, y que ahora brama con fuerza en el andén esperando a que suba a sus vagones de alegría peregrina.

Ya os contaré cómo me va, por el momento, el domingo me introduje casi de incógnito en la catedral castrense y me dejé llevar por su silencio. Allí me encontré cómodo, como alguien que vuelve a dormir después de mucho tiempo en su cama de siempre. Y supe que había vuelto.

domingo, 24 de julio de 2011

Palabras robadas al tiempo

Llegan dos autobuses y empiezan a bajar chicos vestidos de rojo, caras familiares. Solo tenemos tres horas mermadas por un viaje interrumpido y una agenda infranqueable. Solo quedan minutos entre vaguedades y torpezas que nos hacen perder tiempo. Estas son conversaciones fragmentadas, frases rotas, desgajadas, robadas al tiempo y ganadas para la memoria.


En la puerta

Marta ha tenido esta vez más complicaciones que de costumbre. El cargo de acompañante no es cualquier cosa y siempre supone un reto que te hace pensar si valdrás o no para esto. Es un salto de madurez.

- Invítame a un cigarro, anda.

Ha vuelto la Marta de siempre, pero con algo distinto. Sabe que ha pasado la prueba y eso siempre da un subidón. Sin más compañía que el chunda chunda de los coches que paran en el semáforo, comienza la puesta al día y la calle de Aluche se transforma, por el tiempo que tarda en consumirse un cigarro, en la esquina de La Espumosa de Sevilla.


En el atrio


Prometió que nunca más volvería, pero volvió. Quizá para romper para siempre la maldición de este viaje de la segunda semana de julio, para olvidar los momentos de incomprensión y los jarros de agua fría.

- ¿Cuando vienes a Sevilla?- pregunta mientras nos abrazamos en una bienvenida demasiado postergada.

- Como mínimo no bajaré hasta septiembre. A ver si puedo bajarme algún finde de agosto, pero no sé.

- Tengo ganas de que salgamos todos- confiesa entre nostálgica e inocente.

Es LA voz, la voz que mi memoria retiene como bastión de la etapa gloriosa del coro que no quiero que acabe nunca. Este año hay demasiadas bajas en este Espino, y eso te hace sentirte mayor. El abrazo se acaba, aunque me resisto un poco y ella me sigue un poco el rollo por un segundo, luego quedan las sonrisas y la pregunta de si el próximo encuentro estará cerca o no. El periodismo no entiende de amigos ni de familia, solo quiere exprimirte hasta que te consagres a él en cuerpo y alma.


En la escalera

Juan no sabía que yo estaría allí, ni yo sabía que él bajaría del autobús. La sorpresa es mutua y no puedo evitar un grito de sorpresa.

- ¡Has venido!- digo en una afirmación tan obvia que resulta estúpida. Pero es que cuando los sentimientos toman las riendas de tu conciencia, la cabeza deja de funcionar.

- ¿Qué dise, cabesa?- contesta como siempre, como solo él contesta, con ese descaro maravilloso (sigues siendo Maravilla, por los siglos de los siglos), mientras me fijo en su pelo y él en mi barba, demasiado largos ambos. La conversación sigue pendiente, quizá la próxima vez. Es fantástico tener una razón, sea cual sea, para volver a verlo. Sea donde sea y con el motivo que sea, se producirá, porque aunque pasen los meses, al final se alinean los planetas. Y entonces llega esa conversación hasta que amanece o en una cafetería a primera hora de la mañana. Y vuelve a girar la rueda de esta relación cíclica, en la que siempre fijamos un próximo abrazo que no tiene fecha.


En el pasillo

- Oye, a ver si encuentro un momento, que te quiero presentar a Marta- me dice mi hermano mientras avanza entre la multitud abriéndose paso con la funda de su guitarra.

- Eso, que tengo que darle la bienvenida a la familia- contesto en una broma que no es tan broma.

Es emocionante ese momento en el que tu hermano pequeño te presenta a su novia, esa a la que solo conoces por fotos, pero de la que has oído hablar mil veces. La busca con la mirada y la encuentra tres filas por delante de nosotros. También es emocionante poder verlo a él, aunque solo sea unos minutos, en esta ciudad que dice acoger a todo el mundo pero a la que no pertenece nadie. Ciudad de paso, cruce de caminos. Dice que volverá en agosto. Habrá que verlo. Yo ya voy mirando fechas. La casa a veces se hace enorme, aunque solo tenga 40 metros cuadrados...


En la acera

El autobús se despide y te preguntas si podrías cometer una locura, meterte en él y volar a Sevilla, regresar a esa casa que no pisas desde hace tres meses. Pero la puerta se cierra y, una vez más, te quedas en la acera, mirando como un idiota, con la lagrimilla puñetera asomando por el ojo derecho, queriendo salir. Desde las ventanas, se despiden de ti los recuerdos y solo te quedan esas conversaciones robadas al tiempo. La gente se va retirando y vuelven, poco a poco, a sus vidas. Yo no puedo. Mi vida, la que me ha hecho lo que soy y la que me hace sonreír, se ha ido en el autobús que acaba de partir.

martes, 14 de junio de 2011

Herederos del hoy y el ahora


Después de una semana con carga policial y desalojo en el Ayuntamiento de Madrid, vivir con los indignados en la puerta del Sol el día del desmontaje del campamento y manifestación sorpresa con sus correspondientes cortes de tráfico un domingo por la noche, por fin estoy de libranza.

Han sido unos días de reencontrarme con el Movimiento 15M y de ver cómo dejaban como una patena la Puerta del Sol (comportamiento ejemplar, todo hay que decirlo, la plaza está reluciente), y se te queda un extraño sabor de boca y la pregunta de qué vamos a hacer para el periódico ahora que todo esto ha pasado.

Hay años que están repletos de noticias, y éste lo está siendo. Desde las elecciones con su campaña previa a este movimiento ciudadano que nos ha dejado portadas y más portadas de todos los rinconces de España, pasando por la crisis y la polémica del diccionario biográfico de la Academia de Historia. Además, se nos han ido Elisabeth Taylor, Ernesto Sábato y Jorge Semprún, se nos ha casado el próximo heredero británico y hemos vivido las revueltas árabes y la captura de Bin Laden. A esto hay que sumar las noticias que vendrán, como la visita del Papa a Madrid. Un año perfecto para hacer una beca, pero tremendamente agotador.

Las noticias son inesperadas y aparecen en segundos. Te implicas y las vives como si tú estuvieras dentro de ellas, porque la mayoría de las veces lo estás, entre la gente, camuflado, con el cuaderno y la grabadora en las manos, sudando a chorros y quemándote la piel con el sol. Tirado en la calle, sentado en el suelo sucio de las plazas y encaramado a las farolas y poyetes para poder ver mejor lo que luego tendrás que contar. Cuando tengas que ser los ojos de cientos de personas que no pudieron estar allí.

Y ese es el peso de nuestra responsabilidad, esa tremenda responsabilidad de que lo que la gente lea será, a veces, la única versión que tengan de un hecho concreto. Llegas a casa, llegan los días de descanso y el cuerpo se relaja, pero la mente sigue dando vueltas. Pensando en lo que contarás mañana, en lo que te hará salir a la carrera de la redacción, en lo que no puedes planear porque solo el destino y el tiempo lo saben. La cabeza sigue dándole vueltas, porque en esta carrera no se trabaja, se vive cada día como periodista y cuando llegas a casa, sabes que el teléfono puede sonar en cualquier momento para decirte que dentro de cinco minutos tienes que estar en la otra punta de la ciudad.

Ser periodista es eso: ser. Nunca te quitas la chaqueta ni dejas el bolígrafo en casa, porque no se puede luchar contra el azar. El horario es una utopía que solo algunos días puede llegar a cumplirse con un poco de suerte y una alineación de planetas. Compañeros periodistas, sabíamos a lo que veníamos, y quizá por eso lo nuestro tiene más delito.

Hay días desesperanzadores de temas que se caen del planillo, de reportajes que no salen, de jornadas maratonianas de 16 horas, de comentarios de los lectores que directamente te insultan, de cartas al director de gente que cree que cada página se hace en cinco minutos, y de amenazas de denuncia que te ponen a mil el corazón. Hay días que piensas en tirar la toalla y te preguntas si todo esto merece la pena. Pero entonces solo nos queda la vocación y pensamos que no seríamos felices haciendo otra cosa que no fuera esta. Ser periodista es ser, y serlo a pesar de las tempestades, de tener que correr ante la policía y saltarnos carteles de "No pasar", de meternos en edificios en ruinas y adentrarnos en los barrios peligrosos. Un sabio decía que el periodista es aquel que corre hacia el lugar de donde la gente huye. Somos unos inconscientes, pero no nos sale ser de otra manera. Por eso cuando el momento de la desilusión llega, solo nos queda agarrar con fuerza la libreta, la agenda, la grabadora y el móvil y salir corriendo a las calles. Somos hijos de la inexactitud y el imprevisto, herederos del hoy y el ahora. No sabemos vivir sin ello. Y tampoco queremos.

jueves, 26 de mayo de 2011

La cuenta atrás de Sol


La película El bosque, de Night Shyamalan, nos enseñó una dura lección: por mucho que intentes crear una sociedad paralela al margen de esta, al final las maldades del mundo del siglo XXI aparecen, porque es el hombre el que forma la sociedad, y la bondad y la maldad están en su interior y no en el entorno que nos rodea.

Esa misma lección la leí en mis frecuentes visitas al campamento de Sol. Tras una semana, el campamento ha empezado a pecar de los defectos que todos llevamos dentro: los egos que salen a relucir, los egoísmos que cada uno esgrime para defender sus propios deseos y no los de la mayoría, el pillaje, el libertinaje... Una semana después, por el megáfono de Sol avisaban de las más diversas advertencias: rumanos que estaban cogiendo la comida de la cocina para venderla fuera de la plaza, exceso de porros y litronas entre los colchones, robos de carteras, discusiones porque eran demasiadas reclamaciones por parte de los grupos y cada vez menos concretas.

La Puerta del Sol contra la Puerta del Sol. En ella misma está la esencia y la razón de su posible triunfo o su inminente fracaso. La revolución cansa, y después de una semana el campamento está pecando de los mismos errores que lo que critican. La asamblea ya no es tan democrática y se ve a diario condenada a rechazar o aprobar cuestiones que vienen de los intereses particulares de las comisiones: de la abolición de la tauromaquia a libertad para abortar, de la proclamación de una III República a la reforma de la Ley Electoral. Si criticaban el Congreso, han configurado la asamblea de tal forma que hay más mandamases que parlamentarios. Han nombrado secretarios, encargados de las actas, moderadores, becarios, facilitadores, ayudantes, organizadores... Asimismo, han emprendido una guerra sin cuartel y sin sentido contra los medios de comunicación, y a pesar de que los hemos ensalzado como valientes y luchadores, cuelgan nuestros periódicos en una parte del campamento llamada "El rincón de la mentira". Tienen horarios para repartir incluso las mantas y deniegan a los comerciantes de la zona sus derechos a pesar de que están perdiendo dinero por todos lados. Decían que los políticos no los representaban, pero cada vez se parecen más a ellos.

La revolución, esa hermosa utopía que me hizo ilusionarme, se va desinflando. Sol el martes ya no era ni una sombra de lo que fue: ahora deben decidir si es momento de marcharse y morir de éxito o dejar que el tiempo y el acuciante calor vayan desolando el campamento y lo que un día fue una ilusión se convierta en un fracaso.

Es ahora o nunca. No dejéis que los que creímos en lo que hacíais, los que fuimos a Sol a gritar con vosotros por una democracia real, sigamos dejándonos llevar por el desencanto y volvamos a llamaros perroflautas como hacen los medios de ultraderecha. Jugad vuestras cartas, plantaos y definid lo que queréis, el tiempo corre. La revolución ya ha tomado las plazas, ahora es necesario que Sol no se convierta en el circo al que ya se parece -crearon el martes una inútil Comisión de Espiritualidad- y se disuelva para tomar una nueva forma. Tomad los barrios, las instituciones, empapaos de la voz de la calle y dejaros aconsejar por los que bien saben de cambios drásticos. Sabemos que no os casáis con nadie, pero es hora de que os emancipéis, de recuperar nuestro apoyo y de construir juntos un plan de acción. La brújula del reloj de la Puerta del Sol se ha convertido ahora en un temporizador que va marcha atrás. Es el momento de volver a nuestras vidas y trabajar duro por convertir el 15M en más que una anécdota en los libros de Historia. El poder está en nuestras manos: tengamos cuidado de que no nos corrompa.

sábado, 21 de mayo de 2011

Perdida y encontrada


Hoy he mirado a los ojos a la esperanza. Hoy no he reconocido a una Puerta del Sol que nunca había visto tan viva, tan rebosante de magia. Hoy he visto a esa a la que llamaban generación perdida, la que está aniquilada por la crisis y sin futuro porque no le tocará vivir el resurgimiento de la economía, más encontrada que nunca. La multitud ha hecho de los relojes de sus Ayuntamientos su brújula para encontrarse a sí mismos y levantar la voz.

A la luz del entusiasmo, la juventud indignada ha emprendido su propia revolución, una revolución en forma de acampada en cada rincón de España. 28.000 en Madrid, 8.000 en Barcelona, 5.000 en Valencia, 4.000 en Sevilla... En 5 días la Revolución Española ha hecho de las plazas su fortín, ha reclamado lo que es suyo y ha dicho "basta". Basta a la extorsión de los bancos, a la corrupción, a tener grietas en las manos de hojear los periódicos en busca de trabajo... La Revolución Española, esa que ha roto fronteras y ha clamado ante las embajadas de medio mundo, la que ha pedido auxilio ante las próximas elecciones. La que ha demostrado que un 40% de paro es asfixiar a una juventud creativa que ha sacado lo mejor de sus mentes y sus plumas para convertir las plazas en un bastión de libertad.

Esta noche he estado en Sol y he paseado en silencio por este campamento que es ya una ciudad en miniatura. El pueblo se ha volcado con ellos, porque ellos mismos son la voz de un pueblo hastiado de promesas. Los organizadores barren sin cesar, recogen la basura, organizan charlas, calman a los exaltados y reclaman que esto "no es un botellón". Los "indignados" han hecho que la Puerta del Sol sea portada del Washington Post, que nos llamen los rebeldes españoles, que digan que esto es la herencia de la egipcia Plaza Tahrir. La plaza de Sol se ha convertido en la plaza SOLución.

Las ciudades la han secundado como una obligación con la ciudadanía. Han sacado el espejo a relucir y han hecho a imagen y semejanza sus campamentos en las plazas de España. Valencia ha invadido los bancos de la plaza del Ayuntamiento y la ha rebautizado como Plaza del 15 de Mayo. Ese 15 de Mayo en el que comenzó todo, en el que nos creímos valientes y nos lanzamos a la calle, ese 15 de mayo que ni una Ley Electoral ha conseguido abatir, ni el Supremo, ni el Constitucional, ni los furgones amenazantes de la Policía, ni el Ministerio del Interior. España es un clamor, y grita a los pueblos de Europa que se levanten. Hace 203 años que Sol fue la llama que prendió Europa para que luchara contra la invasión napoleónica. Han hecho falta más de dos siglos para que España despertase de su letargo, ese sueño en el que siempre ha dormido, porque estaba demasiado cansada de luchar.

Salid a las plazas. Levantaos y reclamad que este mundo no es el que podemos legarle a nuestros hijos, que no es el mundo con el que soñamos. Nuestros sueños no caben en vuestras urnas. Llenad la plaza de Cataluña, la plaza de la Escandalera, la Puerta del Sol, la plaza del Ayuntamiento, la del Pilar, la del Obradoiro, el Bulevard de Donosti, la plaza de Arriaga, la del Zocodover, la del Carmen... mañana puede que ninguna se llame así, todas piden a gritos libertad, unidad, justicia, democracia...

Salid a las plazas en esta hermosa revolución pacífica. Estamos haciendo Historia, porque es nuestra historia personal la que está por descubrir. Mirad a las brújulas de los relojes de vuestros Ayuntamientos y gritad que no estáis perdidos, que os habéis encontrado, y que esta generación, la del espíritu de Sol, no vive en la luna.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Desubicado


Se me hace raro esto de amanecer en Madrid y, a media tarde, despertar de la siesta en Sevilla. Pero las fiestas de primavera es lo que tienen: si quieres llegar a disfrutarlas, es necesario sacrificar horas de sueño, descanso, trabajar más de la cuenta y evitar contar las horas para coger el tren.

Se echan de menos, y más cuando vuelves a esa redacción sin ventanas en la que la luz del sol es una utopía. Esta vez veré a Sevilla vestida de volantes, con las orejas llenas de farolillos y con una banda sonora de bullicio y sevillana a todo trapo saliendo a través de las cortinas de lona de rayas bicolores. Sevilla ha transformado en una semana la agonía del crucificado en la gloria festiva del baile, ha cambiado la torrija espesa y empalagosa por el pepito de lomo pasado por la plancha con ajito y aceite de oliva. Sevilla se ha quitado la mantilla negra para engarzarse la peineta colorida y la flor.

Sevilla es bipolar, como yo. Y quizá por eso allí me siento cómodo, aunque tenga que cambiar en horas el chip de mi cabeza para no verme desbordado por las fiestas que transforman la ciudad. En Semana Santa llegué a la fiesta tan a bocajarro que me encontré desubicado, pero intentaré superar el trance esta vez con más dignidad. Vuelvo a Sevilla, a ver Triana en el mes de abril. Sí, en abril, porque mientras haya Feria, abril no se resigna a marcharse y ceder a mayo la gloria que siempre le ha correspondido: la de la alegría del albero, el caballo, la risa y el farolillo.

lunes, 28 de marzo de 2011

Orgullo


No suelo utilizar la palabra "orgullo" a la ligera, me parece pesada, cargada de significado y tremendamente poderosa. Es una palabra compleja que implica una vinculación estrecha con la gente a la que se dedica. Pero hoy puedo decir que tengo orgullo, orgullo de mi gente, esa que ha venido hasta Madrid para hacer realidad un proyecto de locos.

Hoy estoy orgulloso, y por eso hoy cuando he llegado al periódico lo he hecho con una sonrisa y algunos dicen que me han visto hasta moreno. Otros pensaban que me había ido a Sevilla, por aquello de que siempre que voy a mi tierra vuelvo con otra cara. Pero no, es Sevilla la que ha venido a mi, cargada de esperanza.

La anterior entrada la escribí antes de que cualquiera de mis amigos pisara siquiera esta tierra, pero ya sabía que todo saldría bien, que todo sería un éxito. El éxito se debe principalmente a que ha sido el mejor concierto que hemos dado nunca, a que salimos al escenario sin acordarnos de vergüenzas ni de miedos. Salimos confiando en nuestras sobradas posibilidades y en nuestro buen hacer. Pocos se atreven a hacer lo que hemos hecho nosotros, lanzarnos ante un público que no conocemos siendo menos que amateurs. Amateurs en interpretación, en los circuitos de los grandes conciertos, en el concepto "gira" de por sí, pero auténticos maestros de la improvisación, del pensar en un segundo y actuar al siguiente. Expertos en lo único que no se puede ser experto, porque cada vez es distinto.

Expertos en sonreir, en superar los problemas, en olvidar los malos ratos, en salir adelante. Expertos en ser nosotros mismos, tan distintos, cada uno de su padre y de su madre, unos que no abren la boca y otros que no paran de hablar, unos actores, otros técnicos y otros músicos; unos de ciencias y otros de letras... y todos enamorados completamente de lo que hacen, porque la vida es vivirla y nada más.

La música es vida en sí misma, y quien no lo sepa es que no la ha probado de verdad. Y esto que hacemos nosotros es dar un grito en forma de acorde, de construcción polifónica y agitar los corazones para que se sientan despiertos. Creer en Sevilla28 es creer en la vida misma, y formar parte de ella es un privilegio que nos hace afortunados.

Como dice Jose, esto es un milagro. Que hayamos coincidido todos en una misma época, en un mismo lugar, y que hayamos llegado no solo a conocernos, sino que nos hayamos hecho amigos y que nos hayamos aventurado a hacer posible este prodigio, es casi una maniobra estratégica del destino. Hacemos cosas grandes, pero haremos cosas enormes, porque aunque nos bajemos del escenario, no nos quitamos el disfraz ni la careta, porque nunca nos la pusimos para subirnos a las tablas. Somos los mismos: nosotros en estado puro. Nada más.

Gracias a los que nos han traido hasta aquí, a los que nos impulsaron, a nuestro grupo de 'grupies' que ya son fans de lo que hacemos, a los que nos abren las puertas de su casa para que hagamos realidad una vez más este sueño. No veo el momento de volver a veros, sea en el escenario, en la 'navecita industrial', en el bar o en cualquier esquina de Sevilla o de Madrid. Sois un pequeño trocito de cielo que no solo puedo tocar, sino abrazar y besar. Sois mis vacaciones y mi respiro. Sois aire fresco en mis pulmones, y por eso os necesito para sentirme vivo.

viernes, 25 de marzo de 2011

Érase una vez...

Érase una vez una ciudad. Enorme, colosal, llena de edificios imponentes y avenidas grandilocuentes repletas de gentes venidas de todas las partes del planeta. Su voz era la del neón y los cláxons, y entre la turba no era difícil perderse si se perdía un momento la orientación.

Un día llegaron a esa ciudad unos extraños. Llegaron con el carro cargado de sueños, de instrumentos musicales, de un prototipo de un coche que decían que podía viajar en el tiempo y desorientados. Allí, en la ciudad perdida, residía un pobre escribano que perdía la vista de tanto leer y escribir, cronista de la Villa de Madrid, que cobraba cuatro duros y no tenía hora de salida en el trabajo. Y aún cuando la tenía, se llevaba siempre trabajo a casa.

Los forasteros llegaron para alegrar sus días, pues tenían pensado tocar en un pequeño teatro de la ciudad, para salvar a unos pobres príncipes de tez oscura que malviven sin agua siquiera más allá de Gibraltar. El escribano no lo dudó, y preparó la casa, abrió las ventanas, aspiró hondo el aire contaminado de la ciudad, recogió sus libros, apagó el teléfono y se dispuso a recibirlos. Eran forasteros para todos menos para él. Un cruel terrateniente llamado Crisis había hecho al escribano partir de su ciudad natal en busca de una nueva vida y una oportunidad.

Los caballeros y las guerreras traían extrañas armas de las que la gente se burlaba. Con aquello no creían que pudieran ganar ni un primer asalto. Espadas de madera con las que tocaban el violonchelo, enormes armatostes con forma de arco a los que llamaban arpas, un aparato enorme que parecía una escalinata formado por peldaños blancos y negros, una cerbatana a la que llamaban oboe y las guitarras que las gentes de los pueblos del sur tan bien conocen. ¿Cómo iban a ganar algo con eso?

Se encerraron en un sótano, a las afueras de la ciudad y conjuraron a las musas para comenzar a trazar la estrategia. Estrategias de corcheas, señales de ataque con la cabeza, papeles con cinco líneas horizontales con un extraño código cifrado escrito sobre ellas, como un mensaje secreto. Forasteros y escribano dieron aquella noche un concierto para el recuerdo. No hubo víctimas, ni daños colaterales, ni heridos de gravedad, ni instalaciones dañadas, ni casas ardiendo ni tanques. Ejecutaron su plan, aquel que había sido truncado por cosas del destino, y ganaron la batalla. La batalla al tiempo, a la injusticia y al egoísmo de un mundo que solo hace las cosas si sabe a ciencia cierta que sacará un beneficio demostrable.

Tras la lucha feroz cargada de sonidos que embelesaron al enemigo, los forasteros volvieron a dejar al escribano solo en la ciudad de los neones. Cogieron de nuevo sus artilugios y partieron camino del sur, en espera de que el escribano pudiera ir a visitarlos algún día. El escribano siguió ganándose la vida como pudo, trabajando mucho y durmiendo poco.

De repente un sudor frío en la frente hizo despertarse al escribano, dormido sobre sus papeles en la mesa. ¿Había sido todo un sueño? Parecía tan real... Miró por la ventana: los neones seguían encendidos, estaba cayendo la noche. Miró su correspondencia, y allí encontró un aviso: unos forasteros venían en un carro cargados de artilugios sorprendentes desde el sur, y ya estaban subiendo la Plaza de España. Entonces supo que había sido una premonición, y se puso el abrigo para salirles al encuentro. Los únicos que pueden hacer que se cumplan nuestros sueños somos nosotros mismos.

miércoles, 9 de marzo de 2011

El día que encontraron a Austin

FOTO:ABC

Cuando la noticia llegó a la redacción en forma de teletipo, se nos cayó el alma a los pies. La mañana que apareciste, Austin, en la sección de Madrid se nos fue algo contigo. Solo conocíamos de tí lo que nos habían contado tus amigos, tu padre, tus profesores y el personal de la Embajada estadounidense. Solo te habíamos visto a través de las fotos que tapizaban las paredes de Madrid. Y sin embargo, por aquello de que el periodista hay veces que no puede evitar implicarse, cada día nos preguntábamos entre nosotros dónde estarías, si seguirías vivo, cuánto faltaría para encontrarte. Hasta que te encontraron.

Apareciste en la peor visión que he tenido desde que trabajo en Local. Con tu cuerpo macilento, sumergido, inmóvil y con una mano en alto, con los dedos crispados, que creo que no podré olvidar en mi vida. Esa mano que sale de la ciénaga del Manzanares es la señal del sufrimiento de esa noche, cuando caíste de espaldas al río, sin poder agarrarte a las paredes de piedra que te alejaban de la salvación.

El hallazgo de tu cuerpo sin vida nos hizo correr, gritar, ser más rápidos que la competencia, y sentirnos dolidos al mismo tiempo. Vimos el levantamiento de tu cadáver en silencio, intentando guardar el difícil respeto que se puede tener en una bulliciosa redacción. Te vimos como nunca quisimos haberte visto, pero asumimos que estábamos trabajando. Vimos cómo te elevaban desde el río, ese río en el que, a nuestro pesar, siempre intuímos que estabas.

Dimos el pésame a tus amigos y a la embajada por teléfono, hablamos con tu profesor de la Carlos III, donde estudiabas. Y al llegar a casa, cuando cerramos la puerta, y cada uno de los periodistas que habíamos seguido tu caso en estos 12 días pudimos tomar asiento en el silencio de nuestra habitación, sentimos que algo terrible había pasado. Nos echamos a dormir, exhaustos, con un dolor que no entendemos, y despertándonos a cada rato dándonos cuenta que el río se había llevado tus sueños para siempre. San Diego te espera, y seguro sabrá darte una tierra amiga en la que descansar. Nosotros nos quedamos con tu recuerdo y aquellos momentos de esperanza, en los que intentamos de todas las formas posibles encontrarte en las calles y no en la muerte segura de la madrugada.

Los periodistas tenemos corazón. Pero hay veces que tienes que morderte los labios para no aullar por el horror, las escenas dantescas y las desgracias. No creo que se me olvide tu mano, Austin. Nadie pudo tirar de ella y rescatarte.

lunes, 28 de febrero de 2011

Ser músico

En uno de mis escasos ratos libres me acerqué el otro día a las inmediaciones del Teatro Real para echar un vistazo a las tiendas, mirar libros de música y disfrutar del sol y de ese corto verano que hemos tenido. Nunca me había fijado, pero sobre el cristal de uno de los escaparates ví un texto hermoso. Me parece el descubrimiento de la vocación por la música más hermoso. Y es nada más y nada menos que el de Richard Wagner. Aquí os lo reproduzco:

"Realmente no sé a qué se me había destinado; solo recuerdo que una tarde oí ejecutar una sinfonía de Beethoven, que a continuación me dió fiebre, enfermé, y cuando recobré la salud, era músico"
Richard Wagner

martes, 22 de febrero de 2011

Madrid es una ciudad atípica

En Madrid nada es lo que te esperas. La pizzería de Fuencarral la llevan dos paquistaníes y el kebab de la Glorieta de San Bernardo -probablemente los mejores kebab de Madrid- lo lleva un grupo de jóvenes rumanos que se van turnando en el servicio. Hoy, después de un día de mierda, de esos en los que vuelves a casa en el metro desilusionado y con una tremenda sensación de vacío, curiosamente los que me han alegrado el día han sido esos rumanos que te atienden entre bromas y sonrisas en el kebab de San Bernardo.

Probablemente serían hasta más jóvenes que yo, pero te tratan con una alegría que no es propia de su trabajo mecánico de "tostar pan- cortar carne- meter carne en el pan- poner tomate- volcar queso- meter lechuga- echar salsa- liar en papel albal- cerrar bolsa". Me he reido un buen rato con un par de anécdotas de estos dos rumanos a los que he olvidado preguntar el nombre, y que nunca leerán esto. Su carácter festivo y alegre me ha recordado al de la gente de mi tierra, esos que viven entre risas aunque el agua les llegue al cuello, esos que no necesitan ir a ver una obra en francés alabada por una crítica vanguardista y optan por ponerse delante de una cerveza o coger una guitarra.

Qué extraño me siento al ver que el espíritu sencillo y sincero de mi tierra se refleja más en unos chavales que han llegado aquí jugándoselo todo desde el otro lado de Europa que en la gente con la que me cruzo cada día por la calle.

Definitivamente, no sé a dónde pertenezco. Madrid es una ciudad atípica.

sábado, 29 de enero de 2011

Mi vida en mis manos


¿Cuántos años tienen que pasar para que te des cuenta de que aunque tu vida sea solo tuya siempre hay gente que está a tu alrededor y que está dispuesta a tirar de tu carro del día a día? Lo que quizás no termino de comprender es aquello de darle la mano al que ves que tira del carro, de cogerlo con fuerza, atraerlo hasta tí, pegarlo a tu piel, sentir su calor. Cogerle del brazo, elevarlo hasta subirlo al carro, dejarle conducir, darle las riendas y dejarte sorprender por el próximo destino que pisaréis juntos.

Dan igual las piedras en el camino: no hay piedra lo suficientemente pesada como para que no pueda retirarse de la ruta. No hay helecho con unas raíces tan profundas como para no poder arrancarlo de cuajo de la tierra.

Da igual como lleguen los que quieren ayudar a remolcar. Da igual si vienen con una palabra, buscando compañía para ir a tomar una cerveza dándote un toquecito en el hombro, a través de un correo inesperado celebrando tus triunfos y dando ánimos ante los fracasos, con una llamada para saber cómo estás, da igual si vienen con un abrazo expresivo o con un beso sincero. Me da igual lo que pueda suceder, ahora mismo celebro todo lo que me está sucediendo. Cómo pesa el carro que llevo ahora mismo, pero qué de cosas estoy cargando en él. En algún momento pararé, miraré atrás, y veré que lo que remolco son glorias inesperadas, detalles que me pasaron desapercibidos, lágrimas que fueron de emoción y de tristeza, ojos en los que vi la verdad y destellos de neblina de aquellas mentiras que me ayudaron a ser más fuerte.

En el carro llevo el latir vivo de mi presente. El susurro de aquellos que me quisieron y a los que sigo queriendo, el recuerdo de un patio de naranjos de un colegio de Sevilla, de una cafetería con olor a tostadas de Universidad, de una máquina de café de Diario de Sevilla, de una iglesia enorme pero llena de calor y de músicas en voces extraordinarias, de un estudio de radio de Canal Sur, de una ilusión en un viaje efímero a Madrid, de la redacción de un periódico que nunca cesa, de una playa en invierno rodeado de buenas compañías, de un fin de año y un domingo de ramos con los de siempre, de un lunes de feria con los que ahora están lejos...

En el carro llevo el pasado que me lleva a este camino. A este camino, a este carro, a este tiempo. Estáis en todo ello, soy lo que soy por haberos conocido. Soy yo y mis circunstancias, y me gusta.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuando me vine

Nunca pensé que llegaría,
un año ya de ese momento
me cambió la vida,
pero tuve fuerzas para seguirla.
Me cambió añorando
a quien no se olvida...

Y me despierto un buen día
y ya llevo un año aquí
miro atrás, veo el camino,
el que han escrito mis pies.
Y quiero dar besos a todos
los que siempre vuelvo a ver.
Tantos recuerdos enlatados
en este Rincón del Café.
En lágrimas en el tren
en todos los momentos que me hicieron volver.

Que cuando me vine
no olvidé lo que dejaba allí.
Allí quedaba mi amistad
y tantas risas que volverán.

Que cuando me vine,
con esta maleta una vez más,
nunca dudé que os tendría,
a mi lado al regresar.
Que cuando os dejé por Madrid...

A Sevilla
A mi gente
A mi tierra,
la que me vió nacer,
la que me vió crecer,
la que me dejó ir
y que me hace volver.

Que cuando me vine
supe que mi historia estaba allí.
Y que algún día, no se cuándo,
regresaría a mi ciudad.

Que cuando me vine
no derrame lágrimas por mi.
Aunque dejaba la amistad,
sabía que al final, iba a regresar...

Quedan 15 días...