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martes, 10 de marzo de 2015

Revestirse de saco


Entraba una tarde de febrero a ver al Señor de Granada. Como aquel Cristo de San Agustín que en esta ciudad, como en Sevilla, también salvó a la ciudad de la pandemia, aquí hay devociones que parecen dormidas y cosidas a la túnica de penitencia de la ciudad. Richar me contaba minutos antes, bajo el sol de una primavera que quería llegar antes de tiempo, cómo veía desde su balcón los ensayos del Señor del Rescate desde pequeño y siempre había soñado con portar su parihuela.

Al entrar en la iglesia, Parroquia de la Magdalena -que en mi Sevilla es hogar de negro ruán de Calvario y de Quinta Angustia que juega en la noche cerrada a mantener el equilibrio sobre el fino cordel de la muerte-, todo se mantiene sereno, mientras una decena de parroquianos asiste a misa. Nos ponemos discretamente delante de esa capilla lateral donde está este señor cautivo -que tiene su espejo en otro Lunes Santo desde el Tiro de Línea-, y entonces me pregunto si no se me estará yendo la cabeza con tanto viaje. Si todo esto realmente tiene un sentido o me mueve solo una adrenalina que antes desconocía, si esto es más que esfuerzo y testosterona, si ser costalero en una ciudad que no es la tuya con una cofradía de la que no sabías nada hasta hace dos años tiene sentido realmente.

Y entonces suena la palabra, pero no como la procesión que siempre va por dentro, sino a viva voz, desde el ambón. Y uno de los fieles lee mientras estamos en la capilla el libro de Jonás, que narra la amenaza de destrucción de la ciudad de Nínive:
"Y los hombres de Nínive creyeron a Dios, y pregonaron ayuno, y vistiéronse de sacos desde el mayor de ellos hasta el menor de ellos. Y llegó el negocio hasta el rey de Nínive, y levantóse de su silla, y echó de sí su vestido, y cubrióse de saco, y se sentó sobre ceniza".
Creo que Richar ni siquiera se dio cuenta. No podía apartar los ojos de aquel que ha configurado su manera de entender la fe desde la infancia, desde la mirada furtiva de una parihuela que vaga fantasmal por las calles, antes de ir a dormir, para luego soñar con costales y olor de incienso en un futuro no muy lejano.

Y entonces el saco cobra vida propia, y me pregunto si aquel profeta no hablaba en su día de esta manera tan andaluza de vivir la Pasión. Y veo en aquella Nínive el derroche de nuestras ciudades turísticas, embebidas y enamoradas de sí mismas, de sus calles estrechas y sus excesos barrocos. Y veo que aquello de vestir de saco la cabeza no es otra cosa que una llamada de expiación, una forma de despojarse de todo lo que el resto del año creemos imprescindible y transformarnos en algo más sencillo, más austero.

Vestirse de saco para ganar la gloria, una gloria rendida al sudor y a la sangre batiente que soporta el dolor. Un dolor que aquí se disfraza de altar de plata, de terciopelo bordado. Y entonces recuerdo por qué Granada, y por qué Merced, y al final es que la penitencia solo tiene sentido en familia. Por eso la fe te pide que te vistas de saco y que te apoyes en tus hermanos, que el peso de esta vida a veces difícil se lleva mejor cuando se comparten las trabajaderas del día a día con una cuadrilla que carga al cuello su propia vida y también la tuya.

Y como aquellos habitantes de Nínive llamados a arrepentirse ante la destrucción de la ciudad, creo que allí abajo, donde se duermen los brazos y raspa el cuello la arpillera, uno se redime a través del esfuerzo de muchas cosas, aunque solo pasen por el subconsciente y no sepamos que están en nuestra cabeza. Y cuando suena el martillo, es como esa llamada del profeta, que nos llama a sentarnos sobre la ceniza de todo lo que no nos gusta de nosotros y que dejamos en el adoquinado con cada racheo. Y nos vestimos de saco, y nos cubrimos la cabeza y preguntamos al de al lado cómo va, aunque sea la pregunta más sencilla de este mundo. Y en esa pregunta está plasmada una de las grandes verdades de todo esto que para muchos es solo postureo y apariencia: que esto es una penitencia en hermandad y que la cruz que nos pidieron llevar solo ha cambiado de posición, y aquí va en horizontal y sobre el cuello.

Y cuando todo acaba, cuando se da el último golpe de martillo y los zancos se apoyan en el hormigón de nuevo, parece que todo lo vivido haya sido solo un espejismo. Como Granada misma. La noche cerrada que cobija el viacrucis tenebroso del Albaicín, la piedad que busca el Arco del Vino y se derrumba ante tus ojos mientras los que van debajo aprietan los dientes, el tambor de muerte que rompe la tiniebla de la Plaza Nueva en una madrugada de abril, la lucha contra la gravedad de la gloria barroca del Cristo de los Favores por el Campo del Príncipe, el más difícil todavía del palio de la Victoria entrando en Santo Domingo... Cuando pasa, no sabes si ha existido realmente o si ha sido solo un juego de la ciudad.

Pero llega de nuevo el invierno, y vuelve a sonar la voz de Jonás en forma de quejío desde el Sacromonte. "Vestíos de saco, sentaos sobre las cenizas de lo que os atormenta, cargaos con el peso de las devociones de la ciudad y llevadlas a las calles". Y entonces solo queda acatar y cargar, con el peso de lo nuestro y de lo de los demás, como un bloque que lleva a remo el buque a un puerto que aquí es de piedra blanca y al que se entra por el embarcadero de Pasiegas. Y se te olvidan las dudas sobre si tiene sentido hacer 1.000 kilómetros en autobús en un día, y se te olvida el lado amargo de la vida, que a veces hace por enturbiarlo todo. Porque allí abajo todo es posible, y da igual de dónde vengas o lo que seas. Con el costal puesto eres solo tú y lo que te mueve, el esfuerzo y el sudor, la respiración entrecortada y los músculos en tensión. Tras el telón de este teatro de terciopelo no hay etiquetas ni protagonistas. Todos somos iguales, y todos somos uno, el pie que mueve la fe según mi tierra, el caminante anónimo que hace latir de nuevo la devoción de la ciudad.

lunes, 20 de mayo de 2013

Magna Granada


33 vírgenes. Qué mejor que elegir 33 puntos en un viaje con un claro carácter marianista, de costal y palio, de levantá y procesión, de banda de música y sordo golpeteo de llamador, de cansancio y alegría. Granada, tú eres magna sin necesidad de nada extraordinario.

1. La locura. El momento del que voy pero que no voy. Que si es porque te lo ha dicho el uno o por si te lo ha dicho la otra. La sombra, el miedo, el temor a si podrás ir o no, el posible dolor del encuentro en la esquina traicionera. Ir, que es lo importante, porque a veces no es un capricho, sino una necesidad.

2. Mercedarios de las Descalzas. Puerta del Nazareno, las caras conocidas, los amigos, se abrigan con el costal de la penitencia, el que protege las heridas del alma, la única corona que se admite en las galeras de este barco de plata. Costales en bonanza luchan contra el viento de una tarde desapacible, pero todo indica que habrá Triunfo, y Esperanza y Alegría, que veremos la Aurora de esta tarde en la que el cielo nos concederá Misericordia para calmar las Penas. Y así fue, la ciudad se puso el hábito de Victoria para que Granada hiciera a su Merced la Maravilla.

3. Encuentros. Hay días en los que en la esquina más inesperada aparece de repente. No llama ni pide permiso para entrar, da igual que intentes evitarlo, porque siempre te alcanza por mucho que corras o muy bien que te escondas. Lo olvidado regresa siempre con fuerza a menos que estés preparado para hacer como que no lo has visto.

4. Like a Virgin. Como una virgen nos sentimos al inicio del Paseo de los Tristes. Nosotros, intentando escapar de tanto palio para llegar a Plaza Nueva. La virgen del palio salmón -"acoralado" según Clara- pidiendo paso por la estrechez de la calle, y una petalada que no estaba tan en pétalos como los que la lanzaban pensaban. ¿Petalada al palio? No. Petalada a nosotros, que salimos de allí como de un cuadro de Botticelli. Bien perfumaditos.

5. La búsqueda del costalero en la última levantá. Gran momento el que nos dejó esa parejita. Ella, que busca al costalero que ya está a punto de afrontar el gran reto de la tarde con la complicidad de la noche. Él, agotado por la caminata, por llevar sobre su cuello el peso de una devoción. Un último momento: se encuentran, se miran, se buscan en la profundidad oscura de la trabajadera y se encuentran. Y ya hay fuerzas de nuevo para subir la rampa y afrontar la más estrecha puerta.

6. La discusión de la puerta. Viernes por la noche y, como siempre en Granada, el tabaco sirve de excusa para decirnos las cosas a la cara. Que si tú esto, que si yo lo otro, que si te odio, que si te quiero. Y al final, el mar en calma y ya estamos a punto para el fin de semana. Que no va a ser fácil, que lo sabemos, pero cerveza de un trago y avanti.

7. El diluvio milagroso. Cansancio extenuante. Última parada en Santo Domingo. Entra la Victoria y se aleja el palio blanco tras la puerta de madera. Detrás, un Rosario de plata viene pidiendo paso. La banda se la juega y con el paso parado toca una salve antes de entrar. Tras eso, levantá y hacia adentro, que el cielo está pidiendo guerra. Y la profecía se cumple, porque se cierran las puertas de la iglesia y comienza el diluvio. La tarde se salva, y nosotros nos empapamos de vuelta a casa.

8. San Francisco. No hablamos de santos, sino de un bocadillo. El mismo que en el Aliatar nos reconforta del frío helador de la tarde tras ver durante cuatro horas el paso de 24 palios, soledades, piedades y glorias varias. El que nos devuelve a la vida y nos enseña cómo aguantan en Graná las largas tardes de Semana Santa. El mismo bocadillo con el que se cierra la noche en familia cerca de Pedro Antonio. Hay que reconfortar al que trae el cuello hecho polvo y compartir la tarde en la trabajadera. Quizá algún día de verdad, con el costal y la faja puestos. Quién sabe...

9. Las miradas. "Sé que con lo que te voy a decir te vas a rallar pero...". Y así empieza de nuevo a girar la rueda. Que lo que yo pienso a veces no es lo mismo que tú piensas, que lo que yo veo no es lo que tú ves. Pero esta vez coinciden y ya se nos descuadran los esquemas. Por la tarde la espera entre palios nos aclarará algo más la situación.

10. Dormidor social. Sí, soy un dormidor social. Si me despierto y veo que el de al lado sigue dormido, allá que cierro los ojos yo otra vez, y así hasta que Quique se despierte.Y si me da el arrebato, siento que la cama se me queda pequeña y me pongo en pose 'Piedad del Baratillo' y te quito la mitad del colchón. Que yo siempre he sido de sacar los pies del tiesto y de meterme en lo que no es mío. Hasta durmiendo. Pero no va con mala intención. Si me desato es señal de que estoy cómodo y me siento como en casa.

11. Crecer. Con la tontería ya llevamos un tiempo que nos conocemos en nivel intenso. Y cómo habéis cambiado. Poquito a poco, os habéis ido haciendo grandes, que no mayores. Grandes de espíritu, de actitud, grandes en el fracaso, fuertes en el olvido. Y qué envidia, yo quiero también ese crecimiento, cómo han cambiado los Avecilla que parecen otros, hasta Angelito está centrado. Y poco a poco, siguen adelante. Ya me han enseñado cuál es el camino, vamos a ponernos en marcha.

12. La foto ante la Merced. No sé si somos parte o no de aquello, pero en la foto tras el encierro de la Merced, creo que sentí que algo de mí se había quedado entre las bambalinas de aquel palio. Como le dije a Ana, que grande que algo que para ti no significa nada pueda convertirse en algo tan tuyo. Simplemente porque para las personas a las que quieres es importante, y con eso basta. Aquella noche después del disparo de la cámara, sentí que lo que se vivía allí también era algo mío, de una u otra forma.

13. ¿A por qué había venido yo aquí? Cuarto de Jesús. Jacinta está recogiendo. Me quedo en la puerta pensando. No sé a por qué venía al cuarto, algo se me olvida. Jacinta no lo duda: la toalla. Exacto. Una madre es una madre. Siempre.

14. Habemus conclusiones. Si al volver de uno de estos viajes tienes conclusiones, o más bien te las ponen en bandeja, pues podemos dar el viaje por completado. Que aunque sea a través del móvil, pues la terapia no está mal, siempre y cuando te ayude a seguir adelante. Y si tenemos conclusiones, significa que el siempre viaje terapéutico, sea con la excusa que sea, ha funcionado.

15. No hay buenas noches. Cuando hay tanto cansancio no te da tiempo ni a decir "buenas noches". La noche del sábado, a oscuras, no llegamos a decirlo. Cuando nos dimos cuenta, ambos estábamos roncando como si no hubiera un mañana. Magno cansancio el de aquel día.

16. Darlo todo por hecho. Lo mejor es cuando no hay que preguntar, cuando se actúa con normalidad y no hablamos de lo que es más que evidente. Porque no hace falta hacer comunicados oficiales a cada segundo, y en aquel desayuno entre costales del sábado temprano, no hizo falta explicar nada. Porque estamos en familia y nadie a estas alturas va a poner el grito en el cielo por nada. Lo importante es ser feliz. Lo demás nada importa.

17. La luz de la catedral. No creo que haya una catedral más luminosa por dentro que la Catedral de Granada. Dentro de sus muros parece que siempre sea mediodía. La luz entra a raudales por sus vidrieras claras y los 33 palios y el paseo recorriéndolos uno a uno se convierten en casi un paseo al aire libre. Esta debe ser la luz de la fe de la que hablan, que aquí es casi un grito a los cielos.

18. Con las yemas de los dedos. Era la única ocasión de las hermandades de los pueblos de ver procesionar a sus patronas por la capital. Y se notó. Algunos iban dándolo todo levantando los tronos de sus vírgenes. Recordamos por Gran Vía a la patrona de Loja llevada por sus hijos solo con las yemas de los dedos. Alucinante.

19. Las sevillanas. No me aclaro cuál bailar. No me decido porque todo, absolutamente todo, está en el aire. Más un juego que otra cosa quizá. Hablamos de bodas y de derechos por antigüedad, pero al final nada en claro. Poquito a poco, que hace mucho que no bailo y no vaya a ser que me pegue el batacazo del siglo.

20. Maravillas. Lo que aquí es una entrada, en Graná es un encierro. Y algunos tienen un carácter casi mágico. Es el caso de la Virgen de las Maravillas entrando en San Pedro y San Pablo que, aunque algunos se dieran cuenta entonces de que entra a ruedas, sigue siendo mágico porque el escenario es incomparable. Arriba, la Alhambra, al otro lado las calles sinuosas del Albaicín, como arteria el Paseo de los Tristes y de banda sonora, el rumor del Darro. ¿Quién da más?

21. Trianeros hay en todas partes. Hasta tienen el mismo nombre: la cofradía del Tres Caídas de Granada es trianera porque así lo han querido sus hermanos. Palio de derroche, andares de entrar y salir una y otra vez, dorado por todas partes, bailes y más bailes para los pasos (que eso no son mecidas, no nos engañemos). Y  me pregunto por qué, si aquí en Graná no hay Triana, sino que tienen un Realejo autóctono que vale un millón. Que esto no es Sevilla, ni debería serlo. Porque el encanto está en que sea diferente y fiel a la tierra.

22. La patrona, lo primero. Es curioso lo que quieren a la Virgen de las Angustias en su tierra. Aquí la procesión extraordinaria de la Virgen de los Reyes modo rosario de la Aurora fue casi un erial. La gente aquí no siente que la Virgen de los Reyes sea la encargada de velar por los designios de Sevilla. Y qué pena...

23. Alhambra de recuerdos. Pasa Santa María de las Angustias de la Alhambra y se me hace un nudo en el estómago. Qué mal me lo hiciste pasar el Sábado Santo... Angustias las mías viendo cómo los que iban debajo de ti se dejaban el espinazo para recorrer las cuestas hasta tu insigne morada. Esta vez te vi más tranquilo, no llevabas a los niños denajo y pude disfrutarte. Hasta el año que viene.

24. Diferente no es peor. Palio de cobre para la Reina del Sacromonte y a esos puristas les parecerá una aberración. Pero es distinto, original y muy del Sacromonte. Es genuino y por eso creo que es más hermoso. Porque esto no lo hay en ninguna parte y quien lo quiera ver tiene que venir aquí a verlo.

25. ¿Cómo estás tú? Que frase tan sencilla y qué difícil es a veces hacer la pregunta si sabes lo que viene a continuación. Pero se agradece, sobre todo porque ya has dejado de decir que "bien" siempre y has aprendido a dejar entrever un poco más, has comenzado a comprender que es importante compartir y no dejar tranquila a la persona que te pregunta. Mejor una verdad a tiempo que una mentira que te deja el alma llena de inquietudes.

26. El cruce de caminos de la churrería. Me gusta comer churros porque es algo excepcional. Me gusta que cuando entre en una churrería sea un momento que recuerde un tiempo. Comer churros todas las semanas por norma no tendría sentido, porque no puede haber una historia detrás de cada rueda de churros si conviertes lo excepcional en costumbre. Aquella mañana de sábado fue especial porque era una mañana de traslados y de costales en los percheros. Y porque el dueño de aquella churrería recordaba a la abuela de Ana y su tienda de patatas. El mundo, sobre todo el de ayer, es un pañuelo.

27. El saludo de la emoción. El beso entre hombres es el saludo de la emoción. Creo que con la euforia del costal, la vara, el capirote y la mantilla todos nos sentimos, de una manera u otra, más hermanos. Y el saludo del hermano es el beso, sin duda. Por eso en este ambiente cofrade no se hace raro que el cariño de un paso más, y al hermano se le trate como al hermano. El beso es bien recibido, porque se sabe que viene del corazón.

28. Noche resuelta en Macarena. He de decir que me gustan las marchas que Pulido, Jesús y Quique me van desgranando a lo largo de los meses. Llevan años haciéndolo, y por eso ahora no me resultan ajenas Mi amargura, Merced u Hosanna in excelsis, ni Valle de Sevilla ni Lloras en tu soledad. La música compartida es más música. Pero no puedo evitar que se me pongan los vellos de punta cuando suenan en las calles de Granada Coronación de la Macarena, Jesús de las Penas o La Madrugá. El músico siempre ve a Dios con más claridad entre los pentagramas.

29. Soberbia pizzera. Amigos que estáis en Santo Domigno cuando nosotros estamos hambrientos: podéis compraros unas pizzas, pero no os paseéis por delante nuestra con las cajas abiertas mientras las mordéis con lujuria, porque llevamos mucho caminado y no respondemos de nuestros actos. Primer aviso.

30. La vida sin móviles. En Granada se puede vivir sin móviles, al menos en días de procesiones. Eso es una gran noticia y algo impensable en Sevilla, o al menos eso creo. Nuestras baterías se fueron agotando, una a una, los móviles apagándose hasta que quedamos incomunicados. Aún así, todos nos encontramos, y no nos hizo falta más tecnología que la intuición. La verdad es que da que pensar...

31. El rinconcito de la basura. Nos creímos los más civilizados del mundo y fuimos acumulando en un rinconcito toda la basura que íbamos teniendo. Sí, sí, después la recogemos. Luego vino la lluvia y la tiritona, las niñas con los pañuelos por la cabeza y yo que ya no atinaba ni al botón de la cámara con los temblores. Los buenos propósitos se nos fueron con el frío, y la basurilla se quedó allí olvidada.

32. "Como lo dice tu Quiqui...". No te pongas celosa, que aunque tú no quieras admitirlo, es al que más caña le doy. No se por qué, quizá porque lo del decanato se me está subiendo a la cabeza o solo porque soy idiota (ambas cosas no son incompatibles). Veo que ya estás ampliando el rencor a los Martínez Avecilla. No te columpies con los niños, o no habrá primogénito. Miarmita malafollá depende de que te cortes un poquito y creas que te quiero de verdad.

33. Lo normal supera a las lágrimas. Estación de autobuses de Granada. Más allá de la Chana, zona residencial, dominios del gran Ricardo. Lo mejor de todo esto es cuando te subes al autobús, abrazos sentidos y corazón reconfortado. Y ya no te salen las lágrimas, porque cada vez que te marchas de esta ciudad ya no sientes pena. Sientes la alegría de unos días en la gloria, la alegría del reencuentro y la esperanza del siguiente. Ya no duele marcharse de Granada, al menos no tanto, porque la alegría vivida ha pisoteado la nostalgia. Y eso no tiene explicación alguna. Y creo que por eso es grande, porque es incomprensible. Misterios de la A-92, la arteria que nos une y al mismo nos separa, la de la alegría y la tristeza, la de la nostalgia y los deseos. El camino más corto hacia la felicidad, sin duda.

jueves, 3 de enero de 2013

La historia de un nuevo comienzo

Aquella mañana del 30 de diciembre Marta y yo nos levantamos temprano. Cargados con kilos de ropa y con mucho sueño, en parte fruto de los nervios del viaje, llegamos a la estación de Plaza de Armas con tiempo de sobra. Volvía a Granada prácticamente dos semanas después, qué locura... El autobús nos deparó dos niños delante jugando con sus Nintendo DS con el volumen a tope todo el camino, lo que hizo imposible la siesta, pero nos mantuvo hablando todo el camino. Sobre lo que dejábamos atrás y lo que esperábamos encontrar.

Tres horas después llegábamos a aquella estación fría de Granada -"qué avanzadas que están las obras del tranvía, oye"- y nadie vino a recibirnos. Empezábamos bien. Hasta que llegó Anita con su coche recién estrenado y sus estreses fruto de ese miedo al volante que tengo yo de siempre. Era la primera vez que pasaba la cena de Nochevieja fuera de casa, y un poco de vértigo sí que daba. Al rato llegó Jose, que ha dejado de ser el pequeño de los Quesada para ser simplemente él, mi anfitrión, mi amigo. Llegó cojeando. Seguíamos mal. Cargadas las maletas, a Anita se le caló dos veces el coche por el camino. Más contratiempos. Nos habíamos repartido por las casas de los granaínos como una pequeña plaga que asiste a una convención imaginaria: Rafa con Quique y Jesús, Ana en casa de Lucho, Marta con Ana y yo en casa de Jose. Sin contar los que vendrían a su propio piso dos calles más arriba de nuestra casa: 'El niño' y sus amigos. Despliegue absoluto para unos días que prometían mucho, a pesar de los malos augurios de los primeros momentos.

A partir de ahí todo fue magia, como suele serlo últimamente. La subida a San Miguel Alto y la foto contemplando las vistas -que te digan "muchas gracias" y contestar tú "thank you" tras hacer la foto-, el orgullo de hermano de Jose que tiene colgado en su cuarto el proyecto de Emi para el templo universitario, el cartel y la foto que me daban la bienvenida sobre su escritorio. ¡Y qué momentos, madre mía! Caminar con Pablo del brazo porque las calles mojadas de Granada y mis zapatos con suela de material convertían las calles en una pista de patinaje, Ana y Marta cambiándose una y otra vez de vestido antes de la cena y viniendo a preguntar -como es ya tradición casi-, el desayuno en esa casa que con permiso de Jose voy a nombrar como "nuestra casa", subir el Albaicín con Quique demostrándome que puede ser un guía excepcional, el lomo con orejones que se transformó en petróleo fusionado con alquitrán tras diez minutos de olla exprés y achicharrarme la mano con el aceite... Las risas cocinando que convirtieron en un éxito la cena de Nochevieja desde las seis de la tarde -convivir contigo estos días ha sido como compartir las vivencias de 20 espinos-, la comida en casa de Ana -prodigiosa tortilla al horno- y descubrir que no tenemos ni idea de vinos, la mujer del Covirán que nos vendió seis kilos de uvas diciendo que eso era para cuatro personas, el calendario sexy de la rubia en 2005 y llamar Enrique a su padre...

Y las miradas, siempre tan importantes, las miradas que lo dicen todo, las estampas que parecen hechas para reflejar la ternura. Los cuatro viendo la tele abrazaditos el día 1 por la noche, como si fuera lo que hacemos cada noche, como si aquello no fuera excepcional -y estar tan cómodos aunque nos costara coger la postura-. Y una frase de Jose, de esas que parece que a él le salen mejor que a nadie, que vaya piquito tiene el niño, cuando decíamos que no estábamos cenando en familia y el respondió: "Yo estoy cenando con mi familia". Empezar a echarnos de menos antes de habernos ido, Ricardo y ese brindis por la noche en el que se abrió como un libro para demostrarnos que el que guarda silencio no significa que no tenga nada que decir. El brindis posterior a las uvas -Ana atragantándose en la décima uva y haciéndonos reír a carcajadas- en el que acabamos derramando una lágrima más de uno. Las risas en la mesa de la gran cena intentando no desvelar la historia de la carne con chapapote hasta que las niñas se la hubieran comido.

El café en Las niñas y esa pareja entrañable que son Ana y Lucho a los que quiero a morir -"Qué risas, ¿no?"-. Comer de sobras el día uno y olvidarnos de lo malo, porque este 2013 tiene que ser infinitamente mejor que ese 2012 que se marcha y que nos deja dudas, inquietudes, paranoias, incertidumbres laborales, viajes de ida y vuelta, regresos a casa, desamores... Pero que también nos deja reencuentros, viajes de locura, música, muchos abrazos que ahora han pasado a ser besos, nuevas caras que nos hacen sonreír, lazos forjados a contracorriente, confesiones y momentos de confianza y muchos recuerdos. 2013 nos abre la puerta de un año en el que tenemos que ser felices, porque nos lo merecemos. Un año comenzado en Granada, en familia, con todo lo bueno y lo malo que pueda traer consigo. La nostalgia maldita ya está aquí, y más después de haber visto que Jose me ha mandado con cariño en mi mochila el cartel con el que me dio la bienvenida el primer día.

Puede que no haya cenado en mi casa de Sevilla en Nochevieja, ni haya estado sentado a la mesa con mi familia de sangre. Pero tengo claro que comencé el 2013 cenando en familia, y que luego seguí bebiendo en familia, y riendo en familia en "nuestra casa", la que Jose ha compartido conmigo estos días, y en la que me he sentido uno más -ya me sé hasta donde están las cosas en la cocina-. Cada comida en casa, cada agobio entre pucheros, cada plato fregado, cada rato en torno al brasero, han sido momentos en familia. Han sido días para asumir que esto no tiene nada que ver con nada que hayamos vivido antes a nivel espinero.

Por eso cuando nos hemos montado en el autobús, o quizá antes, cuando ha comenzado el rosario de despedidas desde San Juan de Dios al andén, hemos sentido mucho agradecimiento pero también rabia. Rabia por el hecho de que no vivamos más cerquita, rabia por no poder bajar la calle y encontrarnos, rabia familiar, supongo. Montarte en el autobús y saber que no puedes garantizar no soltar una lágrima si miras a los que se quedan en el andén...

Creo que Sevilla ha hecho un esfuerzo para ir a Granada, eso no lo niego, a compartir la apertura de un nuevo año que va a ser increíble. Pero hay que dar gracias y una y otra vez, hasta que duela, porque da igual que no pasemos nuestro mejor momento, da igual que a veces nos sintamos solos, que nos agobie la vida, que no creamos en nosotros, que pensemos que este año va a ser igual que el anterior... Dan igual las frases de los sobres de azúcar que nos dan ganas de suicidarnos o esos dos minutos de tensión en San Juan de Dios en los que apareció la violencia, dan igual los momentos de bajón que nos llevan al lado oscuro, dan igual las quemaduras en la mano, los cortes en el dedo y las lesiones en el pie; porque todo eso no es nada comparado con esta experiencia maravillosa que sin duda es fruto del que está allí arriba. Y creo que aquí también vale aquello de "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". No nos separemos, que lo que tenemos entre Granada y Sevilla me hace demasiado feliz como para perderlo.

Y en el bus de vuelta, entre lágrima reprimida y lágrima reprimida, he querido despedirme de la única forma que sé: la cursi pero sincera, la mía. "Nos llevaron al Espino diciéndonos que haríamos amigos que durarían una semana y nosotros decidimos traernos una familia". Ahí queda, hermanos, muchas gracias y os quiero más de lo que lo que soy capaz de expresar. ¡Hasta pronto!

lunes, 29 de octubre de 2012

Granada tags


Muchas veces, cuando vuelvo de un viaje, y más si es tan intenso como este último, con pocos momentos para coger aire y pensar, se me vienen a la cabeza ideas en forma de tags de blog. Como temas o frases que dicen más solo dando pinceladas que exponiéndolos, como si estuviera mejor así. Ideas que pasan por mi mente, y que prefieren quedarse solo como un bombardeo doloroso y festivo de aspectos concretos. Esta es la nube de tags de este viaje.

El café antes de salir bebido en dos buches. La historia del triángulo y el paso hacia la caja china. El sol reflejándose sobre la nieve en la sierra. Los postigos de madera en las ventanas del santuario. El Paseo de los Tristes bajo el agobiante cielo espeso de nubes. El qué dirán. Los diez cigarrillos buscados en la puerta de la taberna y el porqué de la grandeza de la música de Mozart. Los gin tonics de media tarde. El pacto de no-agresión y la tregua firmada con un apretón de manos. La llovizna al bajarse del coche.

La sonrisa de los voluntarios al rememorar lo que han cambiado sus vidas. El móvil rugiendo de tanto tuitear. El #EncuentroVoluntarios. "¿Dónde coño duerme Marta?". Las medias noches preparadas a las siete de la mañana para que estuvieran tiernas. El hombre de la tarta que nos deja a Quique y a mí con las ganas. Las lágrimas en la capilla. La botella con un mensaje dentro.

La luna reflejada en los cristales del santuario al rozar la medianoche. El abrazo. La inseguridad y las siete horas de sueño que nos mantuvieron vivos todo el fin de semana. La escalera de madrugada que guarda el secreto. Bailar salsa. Los mensajes que no vinieron en una botella. Las risas en las presentaciones. La paellera que no cabía por la puerta y la cola para disfrutar de la barbacoa. La presidenta y la otra presidenta.

Las dos tartas heladas y el número 23. Ver cómo el más echao palante se pone colorao cuando le cantan el 'Cumpleaños Feliz'. El pasado y el presente. El pregonero joven de la Semana Santa y el paseo con Fidel y Loreto hasta Plaza Nueva. El compromiso y el vértigo de ver que no hay marcha atrás. "Enamorado de la moda juvenil". El encargo del obituario que llega durante la cena. La mala cara al despertar.

La desconfianza. Las conversaciones que sustituyen a las siestas por muy cansados que estemos. La vista hermosa de las cubiertas del santuario que hasta duele. Instagram. La canción en francés en el coche de vuelta. La rueda que vuelve a poner el contador a cero y que provoca que el ciclo vuelva a empezar. La conversación inesperada en el baño que pasa de una frase a 20 minutos. AS y esa nueva visión de la vida.

Compartir y sentirte parte del proyecto. La gente que pasados cinco años en silencio se convierten en una buena compañía de nuevo. La terraza de Los Jerónimos y los vellos de punta por el frío. La luz de tus ojos y tu voz que hipnotiza cuando susurras. Kaliche para todos. Cantar con la garganta destrozada. La foto-lluvia en el photocall de Galería. El sueño y la extenuación. Comprender que no hay que criticar tanto a la luz del mundo, sino empezar a meterle combustible a tu candil para empezar a dar luz tú también. Decir 'Nosotros' en lugar de 'Yo'. Cuestionar la altura de la catedral. Las estampas del Gran Poder que fueron de viaje conmigo y no volvieron.

La confianza como pilar fundamental para sentirte vivo y útil. Ser menos tajante. El frío. Los ronquidos y dormir con 'los vocales' en el cuarto. El cuaderno del Espino con mi nombre con la cubierta llena de mierda de tanto llevarlo de un lado a otro. El jardín chill-out. El americano borracho que nos suspira en la cara al pasar. La sede del Granada Hoy cerrada. La llamada a la puerta a las seis de la mañana. La melancolía del regreso. La mirada como herramienta certera de lectura del alma. Cuidar del niño.. y de la niña. Estrella de Galicia en la tierra de la dulce Alhambra. La amistad. La incomprensión. El hombro listo para ser usado. La llave y las correcciones de Shakespeare.

Granada. El reencuentro. La fachada y los cimientos. La tormenta. Las gracias al cielo por haber puesto a ciertas personas en mi camino. La paz y la inquietud. La vida. Y el último abrazo preguntando cuándo será la próxima visita. El abrazo colectivo. Y la esperanza.

lunes, 8 de octubre de 2012

Cerrar la herida de San Lorenzo

Fueron apenas unos minutos. Quizá ni siquiera llegaran a ser cinco, un simple acercamiento, bajo la concha de mármol rosado de la parte posterior del camarín, esa que se repite en la capilla trasera de San Lorenzo, como un palio árabe y marino. Subiendo las escaleras más por obligación que por deseo, cada peldaño me conducía a una estampa que mi mente había borrado para atesorar otros momentos, quizás menos importantes.

Como un forastero en algo que es tan mío como de cualquier otro sevillano -sevillano universal, de esos que sienten Sevilla sin importar cuál ser el lugar de nacimiento que aparezca en su DNI-, me dispuse sobre la pared marmórea del camarín y observé. Y me pregunté por qué esas caras, por qué ese fuego en los ojos de aquellos que me acompañaban, por qué lo que para mí siempre había sido un tema secundario era para otros una Meca, un lugar al que acudir llueva o truene en la plaza de San Lorenzo.

Y me vi a mí mismo pensando qué significaba aquella escultura de madera, aquel retrato de Dios venerado por los siglos de los siglos. Y me vi de pequeño, subiendo al camarín más con miedo que con devoción, porque aquel hombre de madera con la cara oscura y una corona de espinas excesiva me daba más que respeto. Y me vi en los besamanos previos a la Semana Santa, con mi padre cogiéndome en brazos para alcanzar a aquellas manos torturadas por el tiempo y el humo de las velas.

Y sentí que algo me había perdido en todos estos años en los que no he visitado San Lorenzo -años en los que veía a mi familia sentir verdadera devoción mientras yo hacía caso omiso, y me iba separando poco a poco de aquella pasión familiar-, y me pregunté si sería capaz de sentir lo que sentía aquel Quique que me había puesto como única necesidad de venir a Sevilla "ir a ver al Señor". Y entonces hice una foto, y se la envié a mi padre, ese que sé que siempre ha tenido una espinita clavada por el hecho de que no me pase por la basílica. No para resarcirme con él, que ya me ha aguantado bastante con mis idas y venidas en San Lorenzo, sino porque quería mandársela. Y la respuesta de mi padre fue sencilla: "Él no te lo tiene en cuenta. Ha escogido un buen amigo para que regreses a él".Y se me escapó una lagrimilla irremediablemente, y miré la espalda de aquel hombre de madera que tenía ante mí. Y luego a Quique, y me dije a mí mismo que a veces la respuesta para un problema está en la persona que menos lo esperas, y que hace unos meses no habría ni tan siquiera adivinado que volvería por él a pisar el suelo de la basílica.

¿Quién sabe lo que ha de venir y para qué se cruzan las personas en tu camino? Creo que acabo de cerrar una de las cuestiones abiertas desde hace años, que la herida se cerró cuando Quique fue la excusa perfecta para volver a ver a Dios cara a cara. Y creo que sentí cierta envidia de aquella mirada fija, de aquel rostro que cambió completamente cuando miró al Gran Poder desde el lateral del camarín. Sentí envidia y me pregunté por qué yo no iba a verlo con lo cerca que lo tenía, cuando había gente que viajaba desde Granada un par de días con el objetivo de tenerlo más cerca solo unos minutos. Y volví a emocionarme, algo que en esta basílica nunca me había sucedido, para bien o para mal. Volví por obligación, pero creo que porque los hilos de ese plan que tienes para mí me llevaron aquella tarde de sábado hasta tu pequeña habitación al final de la escalera. Y me pediste, a través de los ojos de Quique y Jesús que me reconciliara, que volviera, que me echabas de menos, y que, como me dijo mi padre, lo pasado no me lo tenías en cuenta.

miércoles, 25 de julio de 2012

Palabra de decano

"Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero", para eso, hay que ir al Espino una última vez con el corazón preparado para querer y dejarse herir a quemarropa. Como dice esa 'Getsemaní' que en las voces de Marta y Mari Ro suena a canto de ángeles, este año me marché a Santa Gadea del Cid dispuesto a sorprenderme, con el sabor a nostalgia en los labios pero para que lo que viviera entre aquellos muros no fuera un deslumbramiento pasajero.

En la previa en PS, en el cursillo intensivo de acompañantes de Madrid, ya me di cuenta de que da igual los años que pasen porque seguimos siendo instrumentos imperfectos. Llegaba el decano de los acompañantes repleto de dudas, con sus 25 años a las espaldas y seis espinos de idas y venidas, y tomaba apuntes como si no hubiera un mañana intentando comprender el cielo y el infierno, las complejidades del perdón de los pecados, la abstracción del Espíritu Santo... Y allí estaba el equipo de mis noches repasando para el día siguiente, el de las buenas noches antes de acostarme, el equipo de acompañantes que compartiría los temores del decano día a día, el que compartiría las ojeras y las prisas, los nulos tiempos libres y las largas horas de repaso.

El decano llegó desprotegido, quizá demasiado. Se dejó la coraza en Madrid y se armó con un bolígrafo y un cuaderno ante una semana extrema. También quizá por eso a veces estaba a la defensiva y lo pagaba con los que consideraba adversarios conocidos, injustamente. Porque este corazón que "es inquieto y es frágil" no está preparado para decir adiós aunque tenga que hacerlo. Y le duele decir adiós a un pasado que le ha dado tanto, sin pedir nada a cambio, solo con los brazos abiertos para cambiarle la vida.

Y Dios mío, qué momentos le has dado al decano como regalo de despedida. Has llenado mi mochila de dulces recuerdos, de carcajadas y de lágrimas, de charlas en el camino y de canciones. Y esas son las cosas que hacen la vida, no los estreses del trabajo. Y me llevo a mis compañeros de cuarto, por esas guardias de acompañantes y custodia de llaves que nunca cerraban puertas. Y este espino tiene muchos nombres, pero para mi se llama Quique. Porque el decano se dejó llevar y permitió que entrara en su corazón un chaval de 21 años que ha convertido en necesidad. Y se sorprendió de que lo que comenzó en una Madrugá sevillana se transformó en compartir (¿qué es vivir sino compartir?) cada momento, cada segundo. Y por eso te llevo donde más fuerte siento el discurrir de mi sangre, en la muñeca derecha, en forma de pulsera que simboliza que en una semana puede estar condensada una vida entera. Y en ese cordón sencillo, desnudo, están los dos nudos: el del descubrimiento de aquella madrugá y el de la confirmación de esta semana. Y cada vez que miro esa pulsera se me vienen a la cabeza las duchas escuchando comparsas de Cádiz, las 'buenas noches' antes de caer rendidos por el abatimiento, los desayunos de pie en el último momento a base de barritas de muesli, esa charla que no pudo llegar hasta el sábado y ese abrazo que me hizo romper a llorar antes de partir, como un niño una vez más. Porque hay veces que un chico de 21 años puede devolverte la ilusión y la sonrisa después de meses de convertirte en alguien insensible y frío, y porque Quique, eres un diamante en bruto con tantas bondades en cada una de tus aristas, que el decano ha tenido que rechazar todo para deducir que aquí no venía a enseñar, sino a aprender, sobre todo de ti.

Y de ese mismo cuarto me llevo la sonrisa más sincera, la del pequeño de los Quesada. La única caja de dientes capaz de iluminar una habitación sin decir una palabra, y la única que encuentra las palabras perfectas para culminar un abrazo. Y que te hace sentirte reconfortado, porque sabes que lo que sale de su boca es imposible decirlo de otra manera. Son las palabras perfectas para el momento perfecto, y salen del corazón. Y que por muy periodista que seas, y mucho léxico que uses, aquí eso no vale. Y te quedas sin palabras, y solo te queda sentir el abrazo en silencio y esbozar un gracias casi susurrando porque te da miedo estropear el momento. Y el decano tiene que recordar en ese momento a su hermana mayor, y admite que cuando vió a Emi pasar por el cobertizo, diez años después, supo que ya podía cerrar el círculo. Que ya podía retirarse tranquilo, y dejar paso a su hermano, ese que ya comenzó a volar solo hace tiempo. Ay Emi, qué herencia tan hermosa hemos dejado los Quesada y los Pérez para el futuro de los espinos. Qué relevo tan perfecto. El decano deja paso a su hermano y se reconcilia al mismo tiempo con sus niños, aquellos a los que iba a coordinar hace ahora casi tres años, pero que su partida a Madrid no le permitió casi ni conocerlos.

Y tengo que hablar de mis niños, que ni son míos ni son niños. Ese Lucho que se ha superado a sí mismo una vez más, por encima de todas las dificultades, porque es valiente y es valioso, como un torrente de agua clara y fresca. Esa Mari Ro que ya no es la niña que dejé hace cinco años en aquel grupo Varsovia, y que me da igual que no hable mucho, porque en una frase suya hay más luz que en cientos de libros y porque sus ojos dicen lo que las palabras casi no aciertan ni a adivinar (y qué herencia deja ella también, dos hermanos entusiastas que son dos joyas). Esa Marta: todo genio, como un volcán que siempre está a punto de explotar cargado de madurez y encanto, la vecina que siempre está cerca aunque viva a 500 kilómetros, porque las amistades no entienden de muros ni portales. Y tengo que hablar de Jose, porque siempre hay que hablar de él, y el decano se postra ante su paciencia. Y porque es él y no otro, quizá por eso ha habido más discusiones que abrazos (hasta que la música lo arreglaba todo, como un viento redentor cargado de paz). Pero no te engañes: que sigues siendo la luz del mundo. Y el camino es más fácil si está tu candil para enseñarme dónde están las trampas y dónde los oasis para descansar y tomar aliento. Porque eres más luz de lo que piensas, y porque eres desprendido hasta tu propio perjuicio. Y das pero siempre tomas mucho menos de lo que dejaste. Y porque eres generoso, y porque das luz, los abrazos contigo son más largos y las despedidas más amargas.

Y aunque podría nombrar uno a uno a cada uno de los que han hecho de este espino una valiosa experiencia (Rafa, Jorge, Víctor, Tomás, Javi, Tere, Marta Cuesta, Cris, Manuela, Íñigo, Lora, Jesús, Robina, Pablo...), hay dos nombres especiales: Ana y Miguel. La primera, el redescubrimiento, la claridad en la tormenta. El decano se ha aferrado a tus sonrisas y no piensa soltarse, se ha dejado contagiar por tus locuras y ha decidido retomar el rumbo. En ti me he apoyado para vencer al cansancio y a las dudas. Y el segundo, la reconciliación. Porque has sido el faro y el timón, mi redentorista, el que me daba los abrazos cuando lo necesitaba y me dejaba avanzar aunque me empeñara en poner "No hay pan pa tanto chorizo" en la Sábana Santa. Me dijiste que ves en mi mucho de tí, muchas cosas que te recuerdan a ti mismo: creo que también veo en ti mucho de lo que quiero ser y un modelo en el que mirarme.

Este es un resumen que es solo un grano de arena en la playa de este espino. Se me olvidan muchos nombres, momentos, gestos, palabras y revelaciones. Pero el decano es tan imperfecto que ni siquiera es capaz de escribir este texto sin dejarse cientos de cosas por el camino. Y el decano se deja llevar por la emoción, y le sale lo que le sale: Un 'gracias' de tamaño colosal en el que lo que solo es una palabra se convierte en una parrafada infernal. Esta es mi despedida, mi 'hasta luego' sincero y emocionado, con las lágrimas saltadas por la felicidad. Me llevo de vosotros una fuerza para afrontar cualquier reto, la ilusión para vencer a los malos vientos, la dulzura de vuestras palabras y la sinceridad de vuestras sonrisas. El decano se retira con buen sabor de boca, y os cede el testigo tras un espino perfecto. Sed felices, porque os lo habéis ganado. Yo he sabido lo que es la felicidad en esta semana gracias a vosotros. A cuidarse, y no miento si digo que os quiero de verdad.

Palabra de decano.

viernes, 30 de marzo de 2012

¡Que nos vamos de gira!





Si el año pasado Sevilla28 trajo hasta Madrid su recorrido a través de la historia, este año le toca a Granada acoger nuestra tercera función. ¿Tercera? Sí, porque una semana antes estaremos repitiendo esta Vuelta al mundo en 80 días en la Parroquia del Santísimo Redentor por los 50 años del edificio. 

El Santuario del Perpetuo Socorro de Granada acogerá nuestra ilusión, nuestras ganas, nuestras mejores intenciones (decir que acogerá nuestro arte me parece un tanto exagerado) para hacerle pasar a los granaínos una buena tarde por una buena causa. Acercaros sin dudarlo, porque la ocasión lo merece, y llegamos amparados por la ONGD Asociación para la Solidaridad. No es porque lo hagamos nosotros, pero este coro/orquesta cada año se supera a sí mismo.


Puedes seguir las novedades en nuestro Twitter y estas son las fechas: 

Concierto de Sevilla: 13 de abril a las 21.00. Parroquía del Santísimo Redentor. Calle Espinosa y Cárcel, 53.

Concierto de Granada: 21 de abril a las 21.00. Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Calle San Jerónimo, 35.


Twitter: @Sevilla28

Tuenti: http://www.tuenti.com/#m=Profile&func=index&user_id=67007793

Web: http://www.sevilla28.com/

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Qué queda de lo que fuímos?

Pasaron los años -cuántos ya, Dios mío- y nos volvimos a encontrar, en una estación neutral. De ninguno de los dos era aquel cielo, aunque uno de nosotros quería verlo como futuro y otro como pasado. El sol de Madrid nos premiaba y el viento frío nos castigaba en aquella terraza, y las gafas de sol sirvieron de metáfora para un encuentro en el que pasamos por las banalidades una a una, por los comentarios sin más trasfondo que el de nuestras tazas de café. Y con aquel cielo y en aquella ciudad extraña, comenzó un reencuentro.

Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.

No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.

La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.

Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.

No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...

miércoles, 24 de agosto de 2011

Volver, al fin volver


No sé si será por estos días. Casi seguro que sí. Quizá por las conversaciones con un escocés ateo que hay en mi sección pero con el que da gusto hablar, quizá por ambas cosas, pero he vuelto. Al fin he echado de menos esa cruz del Espino que acumula polvo en una de mis estanterías en Sevilla.

Porque después de la vorágine papal viene la esperanza. Y esa esperanza me ha llegado como un bofetón cuando me he dado cuenta de lo que significa 'comunidad'. Ese grupo de gente, ese estilo de vida, ese hombro que sabes que siempre estará cercano para llorar cuando lo necesites. Y se me han venido a la mente en estos días de invasión peregrina de Madrid tantos momentos, que he recobrado la esperanza. Aquella tarde en la que Pulido me llevó de la mano hasta el voladizo del santuario de Granada porque yo tenía vértigo, aquellas noches de pizza con el coro dando los últimos retoques al concierto, aquellas mañanas de desayunos en Ramón y Cajal con las 5 personas, catequistas y amigos, que durante aquellos años fueron como mi familia; aquel paseo en aquella Pascua en el que me di cuenta que aquel que yo creía un golfillo y poco más iba a ser alguien importante en mi vida...

La comunidad es lo más hermoso que me ha dado llevar la cruz al cuello y es lo que me ha hecho volver, al fin volver, al redil que no debí abandonar nunca. Quizá haya sido por despecho viendo que todo lo que tenía alrededor esta semana papal estaba en mi contra, quizá me haya atrevido al fin a rebelarme y a decir que todo en lo que he creído merece la pena. Esta Jornada Mundial de la Juventud es mi Jornada Personal de la Esperanza, y en ella me he dejado las horas de sueño y las luchas internas para entregarme por completo a aquellos recuerdos. ¡Por qué los dejaría atrás sin miramientos!

Echo de menos mi cruz y echo de menos esa comunidad que arropa, que nos recuerda que somos más humanos de lo que muchas veces dejamos ver, y que, cuando se produce el reencuentro, todo merece la pena. Estos días me han hecho darme cuenta de que os necesito, y que hay esperanza para mí y para la cruz que acumula polvo en Sevilla, porque esto es un nuevo comienzo.

Ya sé que de buenas intenciones están llenos los nuevos comienzos, pero espero que esto no se quede aquí. He recordado lo que soy y he barajado si merece la pena recuperar lo que deje atrás. Y sí que lo merece. Merece la pena mantener el contacto, aunque nos veamos poco, merece la pena preguntar de vez en cuando al cielo si el de arriba sigue ahí y si aún hay un hueco para mí entre los bancos de sus iglesias, merece la pena volver a intentarlo. La vida es demasiado corta para vivirla sin esperanza, y por eso esto es un regreso a por mis libros, a por la gente que dejé atrás, un intento para ver si puedo salvar algo de los escombros de este incendio que lleva quemando mi pasado durante un año y medio. Los recuerdos me indicarán el camino de vuelta y entonces, solo entonces, sabré si aún puedo volver al punto de partida y volver a engancharme a este tren. El tren de lo que nunca he dejado de creer, y que ahora brama con fuerza en el andén esperando a que suba a sus vagones de alegría peregrina.

Ya os contaré cómo me va, por el momento, el domingo me introduje casi de incógnito en la catedral castrense y me dejé llevar por su silencio. Allí me encontré cómodo, como alguien que vuelve a dormir después de mucho tiempo en su cama de siempre. Y supe que había vuelto.

viernes, 1 de octubre de 2010

Publicidad: 4 sentidos

A veces la realidad supera toda ficción. He aquí una historia que lo demuestra.