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martes, 16 de octubre de 2012

El bofetón de realidad de Valencia

¿Para qué estamos aquí? ¿A dónde nos llevan los caprichosos bandazos de la vida? Quizá demasiada retórica para un día de resaca de cansancio posconcierto. Acabamos de volver de Valencia, los del coro de siempre, Sevilla28. Y creo que nunca me imaginé que este concierto, después de todos los que llevamos, fuera a ser el más especial.

Nazaret es un barrio de esos que nadie quiere ver. Oculto, pasando el último puente del Turia, en una zona de terrenos bajos y rodeado por huertas que un día fueron el esplendor comercial de la zona, se muestra como una especie de suburbio con poco que ver con la cercana Avenida del Puerto o la Ciudad de las Artes y las Ciencias. En el centro de este barrio, una parroquia que lleva el nombre de la patrona de la ciudad, pero también el de una advocación que refleja muy bien a los habitantes de la zona: los Desamparados.

Llegamos allí con nuestros instrumentos, con las ganas de hacer lo que mejor sabemos hacer y, por qué no decirlo, con un poco de nudo en el estómago por lo que nos podíamos encontrar allí. Los preparativos fueron bien, adaptando el concierto al nuevo escenario, ensayos sin parar, preparación del vestuario en la "trastienda" de un colegio y retoques a la distribución para que entrásemos todos en un escenario que para 14 personas siempre se hace pequeño. Valencia, encabezada por Matute, Víctor y los postulantes, había dado todo lo que podían dar -y más aún- para que Sevilla28 fuera allí. Ya solo con entrar en los pisos donde íbamos a dormir nos dimos cuenta que aquello era algo más serio de lo que pensábamos. Habitaciones más que de hotel para nosotros, que no éramos nadie... Pagadas por una parroquia más que modesta, que nos ha tratado como reyes solo porque vamos a actuar a su barrio.

Valencia me ha tocado, creo que nos ha tocado a todos, en el fondo de nuestro ser. El bofetón de realidad ha sido tremendo, y creo que nos hemos dado cuenta de que el coro es más que música, más que el dinero que recaude -algo que aquí no importaba-, que es evangelización, que es fe viva, una muestra de lo mejor de nosotros sobre un escenario. El concierto de Valencia ha sido leer el entusiasmo de un barrio en los ojos de la gente a la que la crisis ha azotado con más fiereza, gente excluída por designio social y por castigo. Y ese entusiasmo vale más que cualquier riqueza tangible del mundo. En cierto modo, como decía San Agustín, hemos predicado con la música, una música más sencilla, muy lejos de esa música de las esferas planetarias que suponía para el Padre de la Iglesia una celestial muestra de la grandeza y la perfección de la creación.

Volvemos tocados, tocados por una música que no entiende de pentagramas, la de las risas sinceras de aquellos que en un concierto de 14 sevillanos ven un motivo para sonreír cuando todo te induce a llorar. Creo que en Valencia hemos sido misioneros, sin creernos nada, nos hemos demostrado a nosotros mismos que en las periferias de nuestras ciudades está la gente que más necesita un soplo de aliento. Y en la periferia valenciana, allí donde Víctor y Manolo tienen su campo de acción, entre prostitutas e inmigrantes, con el mundo de la droga cerniendo su oscura sombra sobre las calles del barrio, creo que hemos visto a Dios entre los muros de un colegio. Y nos ha cogido por los hombros para zarandearnos y despertarnos, para decirnos que Sevilla28 es un estandarte, pero sobre todo un sentimiento, una fórmula para sacar lo mejor de nosotros y que eso no se nos puede olvidar.

Hay que darle gracias al coro pero, las gracias que nunca dejaremos de dar son para Valencia, para aquellos que nos acogieron en su casa y nos hicieron darnos cuenta, bofetón de por medio, de que cuando ponemos toda la carne en el asador, podemos lograr grandes cosas. Que las cosas importantes no se cuentan por fajos de billetes ni por aplausos, sino por gestos. Una sonrisa de aquel que hace meses que no sonríe es el mejor logro de este coro, de este grupo de chavales acomodados que han jugado a ser misioneros un fin de semana. Que los verdaderos misioneros se quedan allí, en la plaza de Nazaret, en la casa de acogida para presos de La Punta, en el colegio en el que nosotros actuamos... Con este concierto nos llevamos un pellizco en el corazón, lo más importante sin duda. Y una conclusión, que me hizo ver Carlitos Galán esta mañana: "Que cada uno con lo que ha recibido se ponga al servicio de los demás...".

lunes, 8 de octubre de 2012

Cerrar la herida de San Lorenzo

Fueron apenas unos minutos. Quizá ni siquiera llegaran a ser cinco, un simple acercamiento, bajo la concha de mármol rosado de la parte posterior del camarín, esa que se repite en la capilla trasera de San Lorenzo, como un palio árabe y marino. Subiendo las escaleras más por obligación que por deseo, cada peldaño me conducía a una estampa que mi mente había borrado para atesorar otros momentos, quizás menos importantes.

Como un forastero en algo que es tan mío como de cualquier otro sevillano -sevillano universal, de esos que sienten Sevilla sin importar cuál ser el lugar de nacimiento que aparezca en su DNI-, me dispuse sobre la pared marmórea del camarín y observé. Y me pregunté por qué esas caras, por qué ese fuego en los ojos de aquellos que me acompañaban, por qué lo que para mí siempre había sido un tema secundario era para otros una Meca, un lugar al que acudir llueva o truene en la plaza de San Lorenzo.

Y me vi a mí mismo pensando qué significaba aquella escultura de madera, aquel retrato de Dios venerado por los siglos de los siglos. Y me vi de pequeño, subiendo al camarín más con miedo que con devoción, porque aquel hombre de madera con la cara oscura y una corona de espinas excesiva me daba más que respeto. Y me vi en los besamanos previos a la Semana Santa, con mi padre cogiéndome en brazos para alcanzar a aquellas manos torturadas por el tiempo y el humo de las velas.

Y sentí que algo me había perdido en todos estos años en los que no he visitado San Lorenzo -años en los que veía a mi familia sentir verdadera devoción mientras yo hacía caso omiso, y me iba separando poco a poco de aquella pasión familiar-, y me pregunté si sería capaz de sentir lo que sentía aquel Quique que me había puesto como única necesidad de venir a Sevilla "ir a ver al Señor". Y entonces hice una foto, y se la envié a mi padre, ese que sé que siempre ha tenido una espinita clavada por el hecho de que no me pase por la basílica. No para resarcirme con él, que ya me ha aguantado bastante con mis idas y venidas en San Lorenzo, sino porque quería mandársela. Y la respuesta de mi padre fue sencilla: "Él no te lo tiene en cuenta. Ha escogido un buen amigo para que regreses a él".Y se me escapó una lagrimilla irremediablemente, y miré la espalda de aquel hombre de madera que tenía ante mí. Y luego a Quique, y me dije a mí mismo que a veces la respuesta para un problema está en la persona que menos lo esperas, y que hace unos meses no habría ni tan siquiera adivinado que volvería por él a pisar el suelo de la basílica.

¿Quién sabe lo que ha de venir y para qué se cruzan las personas en tu camino? Creo que acabo de cerrar una de las cuestiones abiertas desde hace años, que la herida se cerró cuando Quique fue la excusa perfecta para volver a ver a Dios cara a cara. Y creo que sentí cierta envidia de aquella mirada fija, de aquel rostro que cambió completamente cuando miró al Gran Poder desde el lateral del camarín. Sentí envidia y me pregunté por qué yo no iba a verlo con lo cerca que lo tenía, cuando había gente que viajaba desde Granada un par de días con el objetivo de tenerlo más cerca solo unos minutos. Y volví a emocionarme, algo que en esta basílica nunca me había sucedido, para bien o para mal. Volví por obligación, pero creo que porque los hilos de ese plan que tienes para mí me llevaron aquella tarde de sábado hasta tu pequeña habitación al final de la escalera. Y me pediste, a través de los ojos de Quique y Jesús que me reconciliara, que volviera, que me echabas de menos, y que, como me dijo mi padre, lo pasado no me lo tenías en cuenta.

domingo, 28 de agosto de 2011

Te has quedado conmigo

Corría el año 2005. Yo acababa de terminar primero de carrera y el Espino era un momento en el que me preguntaba cómo podía ser un periodista bueno para la comunidad -los médicos y los profesores lo tenían claro, pero para mí era un dilema...-. El grupo, hecho al azar, había sido un conjunto de personas que, probablemente, no seguirían hablando una vez que volviésemos a nuestras comunidades de origen. Hablábamos en el grupo, pero luego no compartíamos apenas nada una vez que salíamos del grupo. Nada que esperar.

Sin embargo, algo cambió aquel año. Montamos en el autobús de vuelta y, cosas de la vida, un asiento libre a la mitad del vehículo me llamó. Silencio al principio hasta que, tras una semana de indiferencia, al fin Andrés y yo hablamos. Hablamos de la Carlos III, de vivir en Madrid, y a mi me entró esa fiebre por la ciudad que ahora me acoge. Tú me hiciste venir a Madrid, para bien o para mal, y gracias a ti no tuve miedo a arriesgarme y pude estar donde estoy hoy.

Parece paradójico que en aquel Espino también estuviera Sergio, el chico mayor que se metía conmigo, y también Emi, la chica entonces tímida e insegura que nunca más fue. Y de su historia no hace falta hablar porque es la mía propia. Curiosamente aquel espino bajo el lema "¿Te estás quedando conmigo?" podría no haber sido nada más, un espino más del que despertar al llegar a Sevilla, cuando se rompiese la burbuja. Pero aquella semana lo desencadenó todo.

Cuatro años después nos volvimos a encontrar, una mañana de noviembre. Yo venía a hacer unas pruebas para un master al que era prácticamente una odisea acceder. Venía a no perder nada y con la ilusión de poder ganarlo todo. Aquel primer día de pruebas fue Andriu el que me llevó en coche hasta el campus de la Autónoma. El segundo día, Sergio fue mi piloto para la segunda tanda de pruebas. La mañana de la tercera prueba, Emi me mandó un mensaje deseándome suerte y dando por hecho que lo iba a hacer bien. De nuevo los tres.

Volví a Sevilla con la ilusión, simplemente, de haberos visto. Y seguí mirando masters dando por hecho que había intentado algo imposible. Llegó diciembre y entré en el master. Ahí se cumplió mi amenaza de hacer de Madrid mi casa, el sueño que me había metido en la cabeza un amigo en un autobús cuatro años antes. Y, por fin, me vine a Madrid un 13 de enero de 2010 para cumplir una promesa hecha a mi mismo.

En todo este proceso, hasta esta semana de agosto de 2011, solo coincide una cosa: vosotros. Yo ya no tengo demasiado que ver con aquel chaval que no quería arriesgar de 2005, y vosotros tampoco con aquellos que conocí, y pienso que ahora tengo la respuesta para aquella pregunta que no supe responder aquel año, porque pensé que no sabía o que era mejor no contestarla.

La respuesta es sí. Te has quedado conmigo. Porque me importaba que te quedaras, porque en el fondo tú tampoco te fuiste nunca, ni yo quería que te fueras. Te has quedado, Andriu; te has quedado, Sergio; te has quedado, Emi. Lo demás, se ha ido con el viento.

Pero esta última semana he podido revivir aquel Espino, haya sido un viernes, un martes o un sábado; en una procesión, en un bar de pinchos o en el teatro; mientras trabajaba, de descanso o después de la jornada laboral. Aquella semana en la que pensé que tenía ir a Madrid, porque allí me esperaba algo grande. Aquella semana en la que creí que podía ser un buen periodista siempre que me agarrara a vosotros como a un clavo ardiendo. En 2009 me dísteis la razón. Y ahora, en 2011, yo os doy las gracias.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Volver, al fin volver


No sé si será por estos días. Casi seguro que sí. Quizá por las conversaciones con un escocés ateo que hay en mi sección pero con el que da gusto hablar, quizá por ambas cosas, pero he vuelto. Al fin he echado de menos esa cruz del Espino que acumula polvo en una de mis estanterías en Sevilla.

Porque después de la vorágine papal viene la esperanza. Y esa esperanza me ha llegado como un bofetón cuando me he dado cuenta de lo que significa 'comunidad'. Ese grupo de gente, ese estilo de vida, ese hombro que sabes que siempre estará cercano para llorar cuando lo necesites. Y se me han venido a la mente en estos días de invasión peregrina de Madrid tantos momentos, que he recobrado la esperanza. Aquella tarde en la que Pulido me llevó de la mano hasta el voladizo del santuario de Granada porque yo tenía vértigo, aquellas noches de pizza con el coro dando los últimos retoques al concierto, aquellas mañanas de desayunos en Ramón y Cajal con las 5 personas, catequistas y amigos, que durante aquellos años fueron como mi familia; aquel paseo en aquella Pascua en el que me di cuenta que aquel que yo creía un golfillo y poco más iba a ser alguien importante en mi vida...

La comunidad es lo más hermoso que me ha dado llevar la cruz al cuello y es lo que me ha hecho volver, al fin volver, al redil que no debí abandonar nunca. Quizá haya sido por despecho viendo que todo lo que tenía alrededor esta semana papal estaba en mi contra, quizá me haya atrevido al fin a rebelarme y a decir que todo en lo que he creído merece la pena. Esta Jornada Mundial de la Juventud es mi Jornada Personal de la Esperanza, y en ella me he dejado las horas de sueño y las luchas internas para entregarme por completo a aquellos recuerdos. ¡Por qué los dejaría atrás sin miramientos!

Echo de menos mi cruz y echo de menos esa comunidad que arropa, que nos recuerda que somos más humanos de lo que muchas veces dejamos ver, y que, cuando se produce el reencuentro, todo merece la pena. Estos días me han hecho darme cuenta de que os necesito, y que hay esperanza para mí y para la cruz que acumula polvo en Sevilla, porque esto es un nuevo comienzo.

Ya sé que de buenas intenciones están llenos los nuevos comienzos, pero espero que esto no se quede aquí. He recordado lo que soy y he barajado si merece la pena recuperar lo que deje atrás. Y sí que lo merece. Merece la pena mantener el contacto, aunque nos veamos poco, merece la pena preguntar de vez en cuando al cielo si el de arriba sigue ahí y si aún hay un hueco para mí entre los bancos de sus iglesias, merece la pena volver a intentarlo. La vida es demasiado corta para vivirla sin esperanza, y por eso esto es un regreso a por mis libros, a por la gente que dejé atrás, un intento para ver si puedo salvar algo de los escombros de este incendio que lleva quemando mi pasado durante un año y medio. Los recuerdos me indicarán el camino de vuelta y entonces, solo entonces, sabré si aún puedo volver al punto de partida y volver a engancharme a este tren. El tren de lo que nunca he dejado de creer, y que ahora brama con fuerza en el andén esperando a que suba a sus vagones de alegría peregrina.

Ya os contaré cómo me va, por el momento, el domingo me introduje casi de incógnito en la catedral castrense y me dejé llevar por su silencio. Allí me encontré cómodo, como alguien que vuelve a dormir después de mucho tiempo en su cama de siempre. Y supe que había vuelto.

lunes, 25 de octubre de 2010

Una canción para tiempos actuales




Tiempo de reír, tiempo de llorar
Tiempo de triunfar y de fracasar
Tiempo de quererte y que te quieran
De quedarte dentro o de venirte fuera.

Tiempo de subir a las alturas
Tiempo de buscar en la basura
Tiempo de morir, tiempo de matar
Tiempo de agarrar tiempo de solar.

De volver atrás, convertirse en sal
De apretar los dientes, de mirar atrás
De volverse fuerte, de gritar al mar
De vaciar las manos, de ganarse el pan.

Tiempo de morder, tiempo de soltar
Tiempo de plantar, tiempo de arrasar
Tiempo de aguantar, tiempo de explotar
Tiempo de guardar, tiempo de tirar.

Tiempo de arrancar, tiempo de plantar
Tiempo de rasgar, tiempo de curar
Tiempo de rezar y de blasfemar
Tiempo de gritar, tiempo de callar.

Tiempo de comer, tiempo de ayunar
Tiempo de partir y de regresar
Tiempo de abrasar y de congelar
Tiempo de engañar y decir verdad.

De mirar al suelo, tiempo de escuchar
De tocar el cielo, tiempo de opinar
Tiempo de ser niño, y de ser mayor
Tiempo para ti, tiempo de los dos.

De tocar el cielo al decir te quiero
De ser nieto, hijo, padre o abuelo
De vivir borracho, de volverse abstemio
De soltar amarras o de echar el freno.

Tiempo para mí y para los demás
Y si soy ladrón pude ser legal
Tiempo de saltar tiempo de parar
Tiempo de cantar tiempo de buscar.

Tiempo, tiempo, tiempo
mucho tiempo más
Cada cual sabrá en que tiempo está
Tiempo de actuar tiempo de observar
En el tiempo está toda la verdad.

180 Grados

viernes, 10 de septiembre de 2010

Lo siento, pero no

Recuerdo una charla hace tiempo, que he repetido en numerosas ocasiones. De si en los medios se publicaban noticias malas de la Iglesia porque somos los chicos malos, porque perseguimos a Roma por cualquier cosa, porque somos así de malvados. Yo pertenezco a ambos lados. No tengo por qué renunciar a un lado por el otro. Es perfecto y compatible.

Hay veces que se cuentan cosas menores porque faltan noticias, pero hay determinadas cosas que SÍ son noticia. Las perversiones de algunos sacerdotes no pueden quedar en el silencio, sobre todo cuando son tan terribles como estas. Ser periodista es contar lo que pasa, no inventarse noticias. Esto ha sucedido, es tremendamente trascendente, y es noticioso. No se pueden justificar las abominaciones con las cosas buenas que hace la Iglesia, y no estamos hablando de la Inquisición ni de las Cruzadas. Esto está pasando en el siglo XXI, y denunciarlo a través de los medios es el primer paso para poner medidas. Al igual que no se puede obviar el Gürtel porque los implicados hayan hecho cosas buenas durante sus mandatos. Lo irregular es noticia, y lo que perjudica a un grupo social representativo, es denunciable, en este caso a través de los medios de comunicación.

Para los que creen que es una persecución, les digo que es una denuncia. Y me parece correcta y necesaria. Iglesia católica, ata corto a tus ovejas descarriadas y no arrojes piedras contra los que ayudan a devolverte al sendero inicial, el de la bondad sin nada más que el puro altruísmo. Aquí os dejo la noticia:

http://www.elpais.com/articulo/internacional/informe/belga/detalla/menores/suicidaron/abusos/religiosos/elpepuint/20100910elpepuint_9/Tes

No hay más que decir. Al menos por ahora. No se pueden destrozar vidas y mirar hacia otro lado.

martes, 30 de marzo de 2010

Reportaje: La profecía de los Naranjos

Miguel Pérez Martín. Sevilla

"Ésta es la calle con la mejor acústica de Sevilla", dice mientras mira la longitud desde el Molviedro inabarcable de la calle Castelar. Habla el médico, el mismo que paraliza su actividad cada año al llegar el Domingo de Ramos, florido, vestido de Paz en el Parque, y llena las tardes de paseos por las calles del centro de Sevilla. Me habla de acústica musical y me recomienda ver a la hermandad de Montserrat en ese tramo justo con la marcha Margot, pieza de Joaquín Turina (ninguno de los músicos nacionalistas andaluces de principios del XX negó la música popular de su tierra, sino que contribuyó a su puesta en valor).
Con el traje de chaqueta impoluto y sin programa, es un cofrade informado: lleva el auricular de la radio, vulgo 'pinganillo', en su oreja derecha, y mientras me narra algunas de las curiosidades de esta semana cargada de historias, no deja de prestar atención a lo que los compañeros de Canal Sur susurran en su oído.
Hay luz de sol en el Arenal y en la calle se abarrota la gente, con ganas de procesión después de la deslucida intentona de Santa Genoveva y El Cautivo de San Pablo, que han terminado en su capilla y en El Salvador, respectivamente, tras las lluvias del mediodía. Parece que toda Sevilla esté ahora mismo en la calle Castelar, esperando la salida de Las Aguas de la Capilla del Dos de Mayo. Arfe es una vía lo menos pintoresca dentro de este barrio, desangrada en dos vertientes que llevan a las Atarazanas y el Arco del Postigo, y que desemboca en Adriano, donde el miércoles se abrirán las puertas toreras del Baratillo.
El paso del Cristo de las Aguas pasa impresionante ante nosotros. Estamos cobijados bajo un naranjo: el frescor de los azahares se derrama sobre nuestras cabezas y nos impregna la ropa. En el cáliz del ángel del paso se resume la paradoja de la ciudad: la Sevilla que vuelca en un copa de oro en forma de canasto la grandeza del sacrificio, que recoge el mensaje y lo transforma en arte.
Antes de que llegue el palio, el médico me explica el lenguaje de los naranjos: depende de cómo reaccionan al viento, podemos saber si lloverá o no. Sevilla está plagada de naranjos: son tan antiguos como su propia Historia. El médico explica que si sus ramas se cimbrean firmes de izquierda a derecha, todo va bien, pero que si el viento del río mueve como un péndulo las hojas, las hace botar de arriba a abajo, es que se acerca lluvia. Su hijo, que viene con nosotros y es algo más joven que yo, discute con su padre sobre la teoría de los naranjos. Ha heredado de él no sólo el nombre y la profesión, sino también la pasión por la Semana Santa, vista a través del oído: toca en un conjunto de capilla que salió ayer, y en su trayectoria pesan los 10 años en Cigarreras. Al final, recuerda las veces que su padre le advertía mirando el naranjo de delante de su casa si saldría o no con la banda, y le da la razón. No ha fallado ni una sola de las veces.
El médico nos conduce sin autoridad, pero sí con recomendaciones. Es mejor dejarse llevar, confiar en el que ha gastado decenas de zapatos con los adoquines que yo ni siquiera llegué a conocer. Nos dirigimos a la Plaza de la Magdalena para llegar hasta el Museo, de donde sale la última del día sobre las nueve de la noche. Nos cruzamos con nazarenos vestidos de distintos colores, algunos con la decepción pesando sobre sus capirotes que hoy no han recorrido las calles a la luz de los cirios.
"¿Sabes quién es Bobby Deglané?", me pregunta el médico señalando un rótulo de azulejo con ese nombre sobre una pequeña calle. Mi negativa le hace gracia, porque es un periodista, uno del gremio. Me cuenta orgulloso la proeza de Deglané, responsable de la llamada 'Operación Clavel'. El periodista impulsó desde Madrid una caravana de ayuda a los damnificados por las inundaciones de 1961 en Sevilla, llamando a los españoles a enviar todo tipo de útiles y víveres a los sevillanos que lo habían perdido todo con la subida del Tamarguillo. Mala suerte que el mismo día que la caravana llegaba a Sevilla, la avioneta que los acompañaba se enredara en unos cables de alta tensión precipitándose sobre el público que recibía las ayudas, causando más de 20 muertos en la actual Avenida de Kansas City. Desde ese momento, Deglané pasó a la Historia, pero también por el suceso, fue relegado al olvido (¿quién quiere recordar lo que acontece cuando hay muerte de por medio?).
Sorteando esquinas y bullas, llegamos a merendar a una casa de la Calle Monsalves. Frente a ella, el Palacio que da nombre a la calle, que será dentro de poco ampliación del cercano Museo de Bellas Artes, albergando las colecciones decimonónicas de pintura, principalmente la andaluza. La tarde cae, la compañía es agradable y el hijo comparte un merengue y torrijas conmigo mientras hablamos. A lo largo de la tarde me cuenta experiencias que me ponen los vellos de punta, me transmite tales emociones por cada recuerdo de sus semanas santas pasadas, que no puedo evitar contagiarme de cosas que ni siquiera he vivido.
La Virgen del Rocío y la Hermandad de la Vera Cruz, una de las más antiguas de la ciudad, son nuestra próxima parada. La bulla sevillana nos acapara y nos arrastra, y sólo el paso del palio de Las Tristezas hace callar a la turba en un silencio casi imposible en el que se oyen los golpes de la única bambalina del palio de cajón embestir suavemente los varales de plata. Siseos mandan callar a los más despistados, quizá turistas que aún no se enteran muy bien de qué va esto, ni se enterarán a menos que lleguen a comprender el binomio alegría-tristeza de esta ciudad que encuentra la luz en la tiniebla barroca de la cera morada y el terciopelo carmesí.
Las nubes flotan fantasmales en esta noche palestina, ocultando la luna llena que cuenta el Evangelio que había en la noche del Prendimiento en el Monte de los Olivos. El cielo se tiñe de rojo sangre sobre el Salvador para indicar que el presagio del naranjo está a punto de hacerse realidad. Las hermandades sufren con las primeras gotas de lluvia, y corren presurosas a resguardarse en la Catedral. La radio dice que El Rocío se adentra en la recta de Santiago hasta su templo lo más rápido que las espaldas de sus costaleros le permiten. El día está finalmente partido en dos, el agua resbala por las cornetas como el sudor de la banda, las flores de las Vírgenes beben las gotas que entran por sus capullos.
Nos marchamos un Lunes Santo de nubes que amenazan lluvia más que de chaparrones que hacen charcos entre los adoquines. "Aún recuerdo cuando nos colamos a protestar en el 75 en el Palacio Arzobispal y los grises nos esperaban fuera. Dieron las 10 de la noche y nos dimos cuenta de que nos íbamos a perder la final de la Copa de Europa, así que nos disfrazamos de curas con dos sotanas que encontramos en la segunda planta, y salimos por la puerta principal", cuenta entre risas el médico, y por lo que dicen sus ojos sabes que es verdad. El Palacio Arzobispal ha echado el cierre antes de medianoche, quizá desde aquel día del 75 lo haga cada noche por miedo a que se le cuele alguien y les diga algo que no quieren oír. La columnata de la Plaza del Triunfo queda a mi derecha y la recuerdo grabada en la bambalina trasera ligera del palio de la Virgen de Guadalupe a su paso por Arfe. Y pienso en que el viernes, pase lo que pase, tengo que ir a escuchar Margot mientras Montserrat pasa por Castelar.

sábado, 26 de diciembre de 2009

Per secula seculorum

Por los siglos de los siglos, amén. Como biblias abiertas de par en par algunos de nosotros, que hemos vivido la experiencia de ser catequistas, hemos sufrido la tentación de hablar ex cátedra, de pronunciar sentencias irrefutables a pesar de que apenas superamos la veintena. Es imposible ser tajante en esto que vivimos en el día a día y que llamamos cristianismo. La duda no es la antagonista de la fe, sino que es parte intrínseca de lo que nos hace cristianos, de ese impulso, de ese soplo que da vida, como el que recitó al oído de San Gregorio Magno las notas del canto más místico que han escuchado los cielos (reflejo, no olvidemos, de aquella 'música de las esferas' tan profana y científica que recuperó San Agustín de los clásicos griegos).

Como prodigios de la naturaleza, sentimos la necesidad de dar ejemplo por encima de decir lo que se nos pasa por la cabeza. La prudencia y aludir a la "respuesta correcta y oficial" a veces nos hace separarnos de esos pequeños que nos escuchan una hora a la semana. Poco más vivido tenemos que ellos, sin embargo somos responsables del enfoque de sus vidas. Por algunos pasaremos como la lluvia pasa por los adoquines de una calle, a otros los decepcionaremos, porque no somos lo que esperan de nosotros, a otros los heriremos quizá porque sienten que no somos auténticos, y a otros, los menos, les haremos que den una vuelta a sus vidas.

Qué tremenda labor ésta, la de ser hombres del hoy y crear hombres del mañana sin entrar a menudo en contradicción con determinadas facetas de lo que creemos. A pesar de que pueda parecer que le doy a la religión una dimensión únicamente utilitarista, lo cierto es que para mí la religión debe existir para cambiar el mundo. Para hacer un mundo mejor. Si no conlleva esa faceta como el eje maestro en torno al cual giran los ritos, los textos, los símbolos y los cantos... ¿qué sentido tiene? No es el adorar, no es la estética, no es el placer propio, es sólo el afán de crear un mundo mejor, el creer que estamos aquí por una sencilla razón.

Nuestra labor no es la de ser biblias andantes, sino la de ser Palabra viva, acción, movimiento, realidad. Espadas que corten las vendas del pasado de los ojos del mundo. Dejemos de defender nuestras creencias con textos que no están al día y que Jesús nunca pronunció, defendamos esta maravillosa forma de ver la vida con el estandarte de la sensatez, con discusión y no con asentimiento por vagancia, recemos con el corazón y con el pensamiento, dudemos hasta caer agotados y no caigamos en lo que todos quieren oír. Demostremos con nuestras propias manos que los estereotipos no existen, que somos gente del hoy, hablemos de medicina, de política, de periodismo, de las artes... Renovemos, renovemos y renovemos: el Evangelio nunca se queda antiguo, siempre es nuevo.

Si la Iglesia vive un tanto desfasada es normal si evaluamos el peso que tiene en la sociedad, el enorme engranaje que posee y la gente que carga a sus espaldas en esta Vía Dolorosa de preciosa comunidad directa hasta los cielos. Pero catequistas, los que a veces creemos que venimos de vuelta de todo, la mitra también la llevamos nosotros. La democratización de la Iglesia de Pedro nos hace tan partícipes como culpables de sus errores: su responsabilidad es la de cada uno de nosotros, y somos nosotros los encargados de reconducir, de defendernos con armas limpias, de abrir los oídos para escuchar lo que nos grita el planeta.

Catequistas como yo: la solución no está en poner barreras, sino en encontrar los rayos de luz del otro lado del muro y abrirles paso para que entren en este hermoso proyecto. Si sentimos que nos alejamos del mundo actual, algo estaremos haciendo mal. No creemos periódicos sólo para católicos, eso es como si para sentirnos integrados nos separáramos cada vez más; no creemos partidos políticos, no pongamos trabas a los que no creen como nosotros, no nos distanciemos y nos sumerjamos en la cueva. Nadie nos persigue: no hay necesidad de catacumbas en el mundo libre. Seamos predicadores de la Buena Nueva (Buena porque es hermosa y adora por encima de todo al Ser Humano y a la Creación, y Nueva porque siempre resiste a los tiempos, porque su mensaje es universal y trasciende todas las eras y gobiernos).

Somos afortunados de poder clamar a los cuatro vientos un mensaje tan prodigioso, pero a veces nuestro conformismo, paradójicamente, nos hace decir que sí sin pensar, y con ello perdemos el entusiasmo y la lucidez para transmitir Vida. La Vida que reside en la alegría y en la sencillez de ese mensaje que vive en el HOY, en este preciso momento, y que siempre es moderno y avanzado.

Pero nos empeñamos en rizar el rizo, en poner el pan de oro por encima del servicio, el incienso por encima de la mano agrietada por el trabajo. Y por eso, además de cristianos, tenemos la necesidad y la obligación de ser profesionales libres, porque seguir a Cristo es libertad. Y podemos ser médicos y no asistir a manifestaciones del Foro de la Familia y creer que el debate es el camino, y podemos ser periodistas y saber que la Iglesia se equivoca y que los medios de la Conferencia Episcopal le hacen más daño a la sede de Pedro que favores, y podemos ser maestros y enseñar a los herederos del mañana algo más que el Padre Nuestro, y educar en valores y en que el servicio es la base de nuestra fe.

Podemos ser marionetas que asienten por costumbre o podemos ser auténticos, despojarnos de la máscara y convencer no con literatura y boato, sino porque realmente nos arde el fuego del Evangelio en el pecho, y nos duele la responsabilidad. Sólo podemos seguir adelante: no dejemos que el Amor con mayúsculas desaparezca porque preferimos encerrarlo en una jaula antes que exponerlo orgullosos al mundo.

martes, 2 de junio de 2009

La posesión de la verdad

En julio nos vamos al Espino. Es un encuentro nacional de jóvenes, cristianos y tal, una gran convivencia en la que reencontrarse con los viejos amigos y conocer a nuevos personajes que sumar a la agenda. Actividades, oraciones, dinámicas, juegos y mucho más en un monasterio gótico castellano que se alza enmedio de los trigales burgaleses.

5 añitos llevo ya acudiendo a este evento del que ya no me sorprende nada, y al que probablemente dentro de poco tendré que renunciar, porque como alguien sabio me dijo una vez "hay que saber el momento de retirarse en silencio, sin grandes ceremonias, para que los jóvenes tomen las riendas".

El hecho es que en esta edición, David y yo hemos propuesto llevar un grupo de interés. Conociéndonos, tenía que ser un grupo enriquecedor, polémico y lleno de actualidad. Y qué mejor que un grupo de debate sobre los grandes temas que acaparan las portadas de los diarios nacionales, y que abarcan temas relacionados con la Iglesia y el Estado.

A partir de la elección de temas, hemos empezado a leer y a documentarnos, y resulta que es más complicado de lo que parecía. Y nos ha asaltado una gran duda: ¿está la Iglesia católica en posesión de la verdad? ¿el hecho de ser cristianos nos fuerza irremediablemente a acatar las posturas que la jerarquía eclesiástica cree conveniente tomar?

Desde mi pensamiento, creo que el "acatar" ciertas normas o decisiones simplemente porque un órgano superior de algo en lo que creemos nos lo ordena, nos convierte en siervos, mientras que si algo hemos deducido irremediablemente de la Historia de las Religiones es que la libertad de pensamiento y el Concilio y la Asamblea son las mejores herramientas para llegar al progreso. El Concilio Vaticano II supuso una de las más rápidas modernizaciones de la Iglesia sólo por reunirse para hablar durante unos días, y la visita de Juan Pablo II al Muro de las Lamentaciones en Jerusalén o a la Mezquita de la Cúpula de la Roca, supuso en un sólo gesto estrechar los lazos de tres religiones enemigas que entre sí se habían hecho demasiado daño a lo largo de los siglos. Está claro que el limpio debate y el diálogo imparcial es la mejor seña para resolver los conflictos, por lo menos en este campo tan complicado de la fe.


Por ello hemos decidido no tomar cartas en el asunto, intentar mostrar la realidad con textos, declaraciones, vídeos, noticias, artículos de opinión, fragmentos de reportajes, etc. Creo que es la única vía, porque no debemos olvidar que además de cristianos somos ciudadanos, y que ésta sociedad necesita de soluciones reales en el día a día, de posturas concisas extraídas de la reflexión y no del borreguismo. Lo único que esperamos es que aquellos que se apunten al grupo sean capaces de obviar esa creencia absurda de que la Iglesia está en posesión de la verdad, porque no hay nada más humano que la Iglesia (recordemos que es una institución humana de inspiración divina). Serán tres días para llegar a un consenso o resquebrajar los cimientos de nuestro catecismo en temas tan dispares como la homosexualidad, el matrimonio, el aborto, la financiación eclesiástica, los intereses de la Iglesia en la política o los anticonceptivos. Con esto podemos cubrirnos de gloria o sembrar tantas dudas que nos engullan y aniquilemos una veintena de creencias. Pero así es como se hace Iglesia, debatiendo para crecer, o al menos este es mi parecer...

lunes, 24 de marzo de 2008

La Semana de la Gloria


Otro año más, se nos va. Otra Semana Santa que se acaba, y otra vez a guardar el derroche y el esplendor hasta la primavera que viene.

Sevilla en una semana se convierte en la puerta directa a la Gloria, en el arco hermoso y albero de Feria de la Macarena, por el que se llega bien recto al corazón de la ciudad. Igual que llega la emoción del niño cuando te pones bien el nudo de la corbata el Domingo de Ramos por la mañanita, aparece la nostalgia cuando en la tarde del Domingo de Resurrección, los toros en la Maestranza cierran de media verónica el Evangelio según Sevilla.

Chorreadas las velas en los pasos de palio, marchitos los lirios y los claveles en la manta que alfombra los pies del crucificado, manchadas de cera las túnicas de los nazarenos que fueron antorcha viva en la madrugada. Ya sólo queda lo que añora siempre la Ciudad: el eterno segundo de la Víspera, ese año completo en el que la mente se vuelve a aquel momento vivido, a aquella saeta en el silencio de un balcón engalanado, a la marcha que siempre te pone los vellos de punta, al grito del capataz que se deja la voz en cada levantá... al sueño del sevillano de que ya queda menos para un nuevo y soleado Domingo de Ramos.

En esta semana de la Gloria me encuentro a menudo con gente que desprecia de una manera ignorante lo que la Semana Santa andaluza significa. En una sociedad minimalista en la que se reivindica lo simple (que no lo sencillo), lo que no cuesta hacerlo, lo que no implica cuestionarse nada, lo que no permite emocionarse; el sentir andaluz no es sino el último clavo al que el creyente se aferra...el que siempre está ardiendo. Cuando se aplaude a un crucificado y algunos consideran abominable, incluso grotesco, que se grite Guapa a una Macarena que es lo más hermoso que Dios concedió al hombre crear con sus manos; no están sino separándose de lo que temen... Sevilla no aplaude al Dios muerto que temía Machado en su saeta al Cristo de Los Gitanos, no quiere el Cristo con sangre en las manos, como el poeta creía. Sevilla sabe que el hombre que lucha entre vida y muerte en los ojos desgarrados por el tiempo del Cachorro, termina en la gloriosa mañana de Santa Marina: la ciudad acoge al héroe y al Dios en sus brazos para llevarlo dentro durante un año más.

Por eso, en un tiempo en el que los que se creen que van a cambiar el mundo renuncian a sus raíces para meterse en el fango de una globalización de la que se creen exentos, en una era en la que la belleza no es más que el símbolo del poder, en la que Dios es de nuevo crucificado... en un tiempo así, cada año Sevilla vuelve al siglo XVI, al eterno momento de la Víspera, a ese segundo en el que sabemos que algo mágico sucede, y que cubre de sol reluciente y glorioso cada adoquín de una ciudad atravesada de amor por las espadañas de sus Iglesias. Sevilla vuelve a sembrar de Esperanza cada Madrugá, doblemente esperanza para una noche en la que la muerte no es el final, en la que la muerte no es más que el principio. Morir para nacer. Dos Esperanzas que vienen, fíjese usted, de los barrios obreros y republicanos de la Guerra Civil: Macarena y Triana. ¿Se puede ser más valiente, como aquella Estrella que salió entre las bombas en la primavera que dividió España con el hachazo cruel de la guerra?

Sinceramente, quiero seguir viviendo nuevas Semanas de Gloria. Quiero ver nuevos nazarenitos en el Salvador, vestidos de blanco entre un clamor de palmas. Quiero que haya gente que mande callar a los charlatanes cuando pasa por el Museo el Señor de Sevilla. Quiero escuchar a la gente pobre de la Alameda, a los pescaderos de la calle Feria, a las prostitutas, y a los renglones torcidos de Dios gritar a la Reina de San Gil "Guapa", la forma más hermosa de decir "Dios te Salve". Quiero que el rostro de un Dios victorioso me haga llorar en la calle Francos, cuando siento que el paso se abalanza sobre mí. Quiero sentir las diferencias sutiles que hacen distinta cada Semana Santa.

Porque el hombre que renuncia a sus tradiciones y a sus raíces, está renunciando a lo que es. Cargamos con nuestro pasado toda la vida: valorémoslo al menos, como se merece. Lo que hace genuina a Sevilla es que los sevillanos sean capaces de mantener lo que la hace única. ¿De qué nos sirve llamarnos Sevilla si somos igual que miles de ciudades en el mundo...?

Aquí os dejo con la defensa de mi cultura, que es lo más grande que me dieron al nacer, y que es lo más importante que quiero transmitir a mis hijos. Magnífica estación de penitencia de Sevilla al mismísimo corazón de La Ciudad. Hasta la próxima esquina llena de embrujo, sevillanos...