Fueron apenas unos minutos. Quizá ni siquiera llegaran a ser cinco, un simple acercamiento, bajo la concha de mármol rosado de la parte posterior del camarín, esa que se repite en la capilla trasera de San Lorenzo, como un palio árabe y marino. Subiendo las escaleras más por obligación que por deseo, cada peldaño me conducía a una estampa que mi mente había borrado para atesorar otros momentos, quizás menos importantes.
Como un forastero en algo que es tan mío como de cualquier otro sevillano -sevillano universal, de esos que sienten Sevilla sin importar cuál ser el lugar de nacimiento que aparezca en su DNI-, me dispuse sobre la pared marmórea del camarín y observé. Y me pregunté por qué esas caras, por qué ese fuego en los ojos de aquellos que me acompañaban, por qué lo que para mí siempre había sido un tema secundario era para otros una Meca, un lugar al que acudir llueva o truene en la plaza de San Lorenzo.
Y me vi a mí mismo pensando qué significaba aquella escultura de madera, aquel retrato de Dios venerado por los siglos de los siglos. Y me vi de pequeño, subiendo al camarín más con miedo que con devoción, porque aquel hombre de madera con la cara oscura y una corona de espinas excesiva me daba más que respeto. Y me vi en los besamanos previos a la Semana Santa, con mi padre cogiéndome en brazos para alcanzar a aquellas manos torturadas por el tiempo y el humo de las velas.
Y sentí que algo me había perdido en todos estos años en los que no he visitado San Lorenzo -años en los que veía a mi familia sentir verdadera devoción mientras yo hacía caso omiso, y me iba separando poco a poco de aquella pasión familiar-, y me pregunté si sería capaz de sentir lo que sentía aquel Quique que me había puesto como única necesidad de venir a Sevilla "ir a ver al Señor". Y entonces hice una foto, y se la envié a mi padre, ese que sé que siempre ha tenido una espinita clavada por el hecho de que no me pase por la basílica. No para resarcirme con él, que ya me ha aguantado bastante con mis idas y venidas en San Lorenzo, sino porque quería mandársela. Y la respuesta de mi padre fue sencilla: "Él no te lo tiene en cuenta. Ha escogido un buen amigo para que regreses a él".Y se me escapó una lagrimilla irremediablemente, y miré la espalda de aquel hombre de madera que tenía ante mí. Y luego a Quique, y me dije a mí mismo que a veces la respuesta para un problema está en la persona que menos lo esperas, y que hace unos meses no habría ni tan siquiera adivinado que volvería por él a pisar el suelo de la basílica.
¿Quién sabe lo que ha de venir y para qué se cruzan las personas en tu camino? Creo que acabo de cerrar una de las cuestiones abiertas desde hace años, que la herida se cerró cuando Quique fue la excusa perfecta para volver a ver a Dios cara a cara. Y creo que sentí cierta envidia de aquella mirada fija, de aquel rostro que cambió completamente cuando miró al Gran Poder desde el lateral del camarín. Sentí envidia y me pregunté por qué yo no iba a verlo con lo cerca que lo tenía, cuando había gente que viajaba desde Granada un par de días con el objetivo de tenerlo más cerca solo unos minutos. Y volví a emocionarme, algo que en esta basílica nunca me había sucedido, para bien o para mal. Volví por obligación, pero creo que porque los hilos de ese plan que tienes para mí me llevaron aquella tarde de sábado hasta tu pequeña habitación al final de la escalera. Y me pediste, a través de los ojos de Quique y Jesús que me reconciliara, que volviera, que me echabas de menos, y que, como me dijo mi padre, lo pasado no me lo tenías en cuenta.
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lunes, 8 de octubre de 2012
Cerrar la herida de San Lorenzo
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miércoles, 25 de julio de 2012
Palabra de decano
"Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero", para eso, hay que ir al Espino una última vez con el corazón preparado para querer y dejarse herir a quemarropa. Como dice esa 'Getsemaní' que en las voces de Marta y Mari Ro suena a canto de ángeles, este año me marché a Santa Gadea del Cid dispuesto a sorprenderme, con el sabor a nostalgia en los labios pero para que lo que viviera entre aquellos muros no fuera un deslumbramiento pasajero.
En la previa en PS, en el cursillo intensivo de acompañantes de Madrid, ya me di cuenta de que da igual los años que pasen porque seguimos siendo instrumentos imperfectos. Llegaba el decano de los acompañantes repleto de dudas, con sus 25 años a las espaldas y seis espinos de idas y venidas, y tomaba apuntes como si no hubiera un mañana intentando comprender el cielo y el infierno, las complejidades del perdón de los pecados, la abstracción del Espíritu Santo... Y allí estaba el equipo de mis noches repasando para el día siguiente, el de las buenas noches antes de acostarme, el equipo de acompañantes que compartiría los temores del decano día a día, el que compartiría las ojeras y las prisas, los nulos tiempos libres y las largas horas de repaso.
El decano llegó desprotegido, quizá demasiado. Se dejó la coraza en Madrid y se armó con un bolígrafo y un cuaderno ante una semana extrema. También quizá por eso a veces estaba a la defensiva y lo pagaba con los que consideraba adversarios conocidos, injustamente. Porque este corazón que "es inquieto y es frágil" no está preparado para decir adiós aunque tenga que hacerlo. Y le duele decir adiós a un pasado que le ha dado tanto, sin pedir nada a cambio, solo con los brazos abiertos para cambiarle la vida.
Y Dios mío, qué momentos le has dado al decano como regalo de despedida. Has llenado mi mochila de dulces recuerdos, de carcajadas y de lágrimas, de charlas en el camino y de canciones. Y esas son las cosas que hacen la vida, no los estreses del trabajo. Y me llevo a mis compañeros de cuarto, por esas guardias de acompañantes y custodia de llaves que nunca cerraban puertas. Y este espino tiene muchos nombres, pero para mi se llama Quique. Porque el decano se dejó llevar y permitió que entrara en su corazón un chaval de 21 años que ha convertido en necesidad. Y se sorprendió de que lo que comenzó en una Madrugá sevillana se transformó en compartir (¿qué es vivir sino compartir?) cada momento, cada segundo. Y por eso te llevo donde más fuerte siento el discurrir de mi sangre, en la muñeca derecha, en forma de pulsera que simboliza que en una semana puede estar condensada una vida entera. Y en ese cordón sencillo, desnudo, están los dos nudos: el del descubrimiento de aquella madrugá y el de la confirmación de esta semana. Y cada vez que miro esa pulsera se me vienen a la cabeza las duchas escuchando comparsas de Cádiz, las 'buenas noches' antes de caer rendidos por el abatimiento, los desayunos de pie en el último momento a base de barritas de muesli, esa charla que no pudo llegar hasta el sábado y ese abrazo que me hizo romper a llorar antes de partir, como un niño una vez más. Porque hay veces que un chico de 21 años puede devolverte la ilusión y la sonrisa después de meses de convertirte en alguien insensible y frío, y porque Quique, eres un diamante en bruto con tantas bondades en cada una de tus aristas, que el decano ha tenido que rechazar todo para deducir que aquí no venía a enseñar, sino a aprender, sobre todo de ti.
Y de ese mismo cuarto me llevo la sonrisa más sincera, la del pequeño de los Quesada. La única caja de dientes capaz de iluminar una habitación sin decir una palabra, y la única que encuentra las palabras perfectas para culminar un abrazo. Y que te hace sentirte reconfortado, porque sabes que lo que sale de su boca es imposible decirlo de otra manera. Son las palabras perfectas para el momento perfecto, y salen del corazón. Y que por muy periodista que seas, y mucho léxico que uses, aquí eso no vale. Y te quedas sin palabras, y solo te queda sentir el abrazo en silencio y esbozar un gracias casi susurrando porque te da miedo estropear el momento. Y el decano tiene que recordar en ese momento a su hermana mayor, y admite que cuando vió a Emi pasar por el cobertizo, diez años después, supo que ya podía cerrar el círculo. Que ya podía retirarse tranquilo, y dejar paso a su hermano, ese que ya comenzó a volar solo hace tiempo. Ay Emi, qué herencia tan hermosa hemos dejado los Quesada y los Pérez para el futuro de los espinos. Qué relevo tan perfecto. El decano deja paso a su hermano y se reconcilia al mismo tiempo con sus niños, aquellos a los que iba a coordinar hace ahora casi tres años, pero que su partida a Madrid no le permitió casi ni conocerlos.
Y tengo que hablar de mis niños, que ni son míos ni son niños. Ese Lucho que se ha superado a sí mismo una vez más, por encima de todas las dificultades, porque es valiente y es valioso, como un torrente de agua clara y fresca. Esa Mari Ro que ya no es la niña que dejé hace cinco años en aquel grupo Varsovia, y que me da igual que no hable mucho, porque en una frase suya hay más luz que en cientos de libros y porque sus ojos dicen lo que las palabras casi no aciertan ni a adivinar (y qué herencia deja ella también, dos hermanos entusiastas que son dos joyas). Esa Marta: todo genio, como un volcán que siempre está a punto de explotar cargado de madurez y encanto, la vecina que siempre está cerca aunque viva a 500 kilómetros, porque las amistades no entienden de muros ni portales. Y tengo que hablar de Jose, porque siempre hay que hablar de él, y el decano se postra ante su paciencia. Y porque es él y no otro, quizá por eso ha habido más discusiones que abrazos (hasta que la música lo arreglaba todo, como un viento redentor cargado de paz). Pero no te engañes: que sigues siendo la luz del mundo. Y el camino es más fácil si está tu candil para enseñarme dónde están las trampas y dónde los oasis para descansar y tomar aliento. Porque eres más luz de lo que piensas, y porque eres desprendido hasta tu propio perjuicio. Y das pero siempre tomas mucho menos de lo que dejaste. Y porque eres generoso, y porque das luz, los abrazos contigo son más largos y las despedidas más amargas.
Y aunque podría nombrar uno a uno a cada uno de los que han hecho de este espino una valiosa experiencia (Rafa, Jorge, Víctor, Tomás, Javi, Tere, Marta Cuesta, Cris, Manuela, Íñigo, Lora, Jesús, Robina, Pablo...), hay dos nombres especiales: Ana y Miguel. La primera, el redescubrimiento, la claridad en la tormenta. El decano se ha aferrado a tus sonrisas y no piensa soltarse, se ha dejado contagiar por tus locuras y ha decidido retomar el rumbo. En ti me he apoyado para vencer al cansancio y a las dudas. Y el segundo, la reconciliación. Porque has sido el faro y el timón, mi redentorista, el que me daba los abrazos cuando lo necesitaba y me dejaba avanzar aunque me empeñara en poner "No hay pan pa tanto chorizo" en la Sábana Santa. Me dijiste que ves en mi mucho de tí, muchas cosas que te recuerdan a ti mismo: creo que también veo en ti mucho de lo que quiero ser y un modelo en el que mirarme.
Este es un resumen que es solo un grano de arena en la playa de este espino. Se me olvidan muchos nombres, momentos, gestos, palabras y revelaciones. Pero el decano es tan imperfecto que ni siquiera es capaz de escribir este texto sin dejarse cientos de cosas por el camino. Y el decano se deja llevar por la emoción, y le sale lo que le sale: Un 'gracias' de tamaño colosal en el que lo que solo es una palabra se convierte en una parrafada infernal. Esta es mi despedida, mi 'hasta luego' sincero y emocionado, con las lágrimas saltadas por la felicidad. Me llevo de vosotros una fuerza para afrontar cualquier reto, la ilusión para vencer a los malos vientos, la dulzura de vuestras palabras y la sinceridad de vuestras sonrisas. El decano se retira con buen sabor de boca, y os cede el testigo tras un espino perfecto. Sed felices, porque os lo habéis ganado. Yo he sabido lo que es la felicidad en esta semana gracias a vosotros. A cuidarse, y no miento si digo que os quiero de verdad.
Palabra de decano.
En la previa en PS, en el cursillo intensivo de acompañantes de Madrid, ya me di cuenta de que da igual los años que pasen porque seguimos siendo instrumentos imperfectos. Llegaba el decano de los acompañantes repleto de dudas, con sus 25 años a las espaldas y seis espinos de idas y venidas, y tomaba apuntes como si no hubiera un mañana intentando comprender el cielo y el infierno, las complejidades del perdón de los pecados, la abstracción del Espíritu Santo... Y allí estaba el equipo de mis noches repasando para el día siguiente, el de las buenas noches antes de acostarme, el equipo de acompañantes que compartiría los temores del decano día a día, el que compartiría las ojeras y las prisas, los nulos tiempos libres y las largas horas de repaso.
El decano llegó desprotegido, quizá demasiado. Se dejó la coraza en Madrid y se armó con un bolígrafo y un cuaderno ante una semana extrema. También quizá por eso a veces estaba a la defensiva y lo pagaba con los que consideraba adversarios conocidos, injustamente. Porque este corazón que "es inquieto y es frágil" no está preparado para decir adiós aunque tenga que hacerlo. Y le duele decir adiós a un pasado que le ha dado tanto, sin pedir nada a cambio, solo con los brazos abiertos para cambiarle la vida.
Y Dios mío, qué momentos le has dado al decano como regalo de despedida. Has llenado mi mochila de dulces recuerdos, de carcajadas y de lágrimas, de charlas en el camino y de canciones. Y esas son las cosas que hacen la vida, no los estreses del trabajo. Y me llevo a mis compañeros de cuarto, por esas guardias de acompañantes y custodia de llaves que nunca cerraban puertas. Y este espino tiene muchos nombres, pero para mi se llama Quique. Porque el decano se dejó llevar y permitió que entrara en su corazón un chaval de 21 años que ha convertido en necesidad. Y se sorprendió de que lo que comenzó en una Madrugá sevillana se transformó en compartir (¿qué es vivir sino compartir?) cada momento, cada segundo. Y por eso te llevo donde más fuerte siento el discurrir de mi sangre, en la muñeca derecha, en forma de pulsera que simboliza que en una semana puede estar condensada una vida entera. Y en ese cordón sencillo, desnudo, están los dos nudos: el del descubrimiento de aquella madrugá y el de la confirmación de esta semana. Y cada vez que miro esa pulsera se me vienen a la cabeza las duchas escuchando comparsas de Cádiz, las 'buenas noches' antes de caer rendidos por el abatimiento, los desayunos de pie en el último momento a base de barritas de muesli, esa charla que no pudo llegar hasta el sábado y ese abrazo que me hizo romper a llorar antes de partir, como un niño una vez más. Porque hay veces que un chico de 21 años puede devolverte la ilusión y la sonrisa después de meses de convertirte en alguien insensible y frío, y porque Quique, eres un diamante en bruto con tantas bondades en cada una de tus aristas, que el decano ha tenido que rechazar todo para deducir que aquí no venía a enseñar, sino a aprender, sobre todo de ti.
Y de ese mismo cuarto me llevo la sonrisa más sincera, la del pequeño de los Quesada. La única caja de dientes capaz de iluminar una habitación sin decir una palabra, y la única que encuentra las palabras perfectas para culminar un abrazo. Y que te hace sentirte reconfortado, porque sabes que lo que sale de su boca es imposible decirlo de otra manera. Son las palabras perfectas para el momento perfecto, y salen del corazón. Y que por muy periodista que seas, y mucho léxico que uses, aquí eso no vale. Y te quedas sin palabras, y solo te queda sentir el abrazo en silencio y esbozar un gracias casi susurrando porque te da miedo estropear el momento. Y el decano tiene que recordar en ese momento a su hermana mayor, y admite que cuando vió a Emi pasar por el cobertizo, diez años después, supo que ya podía cerrar el círculo. Que ya podía retirarse tranquilo, y dejar paso a su hermano, ese que ya comenzó a volar solo hace tiempo. Ay Emi, qué herencia tan hermosa hemos dejado los Quesada y los Pérez para el futuro de los espinos. Qué relevo tan perfecto. El decano deja paso a su hermano y se reconcilia al mismo tiempo con sus niños, aquellos a los que iba a coordinar hace ahora casi tres años, pero que su partida a Madrid no le permitió casi ni conocerlos.
Y tengo que hablar de mis niños, que ni son míos ni son niños. Ese Lucho que se ha superado a sí mismo una vez más, por encima de todas las dificultades, porque es valiente y es valioso, como un torrente de agua clara y fresca. Esa Mari Ro que ya no es la niña que dejé hace cinco años en aquel grupo Varsovia, y que me da igual que no hable mucho, porque en una frase suya hay más luz que en cientos de libros y porque sus ojos dicen lo que las palabras casi no aciertan ni a adivinar (y qué herencia deja ella también, dos hermanos entusiastas que son dos joyas). Esa Marta: todo genio, como un volcán que siempre está a punto de explotar cargado de madurez y encanto, la vecina que siempre está cerca aunque viva a 500 kilómetros, porque las amistades no entienden de muros ni portales. Y tengo que hablar de Jose, porque siempre hay que hablar de él, y el decano se postra ante su paciencia. Y porque es él y no otro, quizá por eso ha habido más discusiones que abrazos (hasta que la música lo arreglaba todo, como un viento redentor cargado de paz). Pero no te engañes: que sigues siendo la luz del mundo. Y el camino es más fácil si está tu candil para enseñarme dónde están las trampas y dónde los oasis para descansar y tomar aliento. Porque eres más luz de lo que piensas, y porque eres desprendido hasta tu propio perjuicio. Y das pero siempre tomas mucho menos de lo que dejaste. Y porque eres generoso, y porque das luz, los abrazos contigo son más largos y las despedidas más amargas.
Y aunque podría nombrar uno a uno a cada uno de los que han hecho de este espino una valiosa experiencia (Rafa, Jorge, Víctor, Tomás, Javi, Tere, Marta Cuesta, Cris, Manuela, Íñigo, Lora, Jesús, Robina, Pablo...), hay dos nombres especiales: Ana y Miguel. La primera, el redescubrimiento, la claridad en la tormenta. El decano se ha aferrado a tus sonrisas y no piensa soltarse, se ha dejado contagiar por tus locuras y ha decidido retomar el rumbo. En ti me he apoyado para vencer al cansancio y a las dudas. Y el segundo, la reconciliación. Porque has sido el faro y el timón, mi redentorista, el que me daba los abrazos cuando lo necesitaba y me dejaba avanzar aunque me empeñara en poner "No hay pan pa tanto chorizo" en la Sábana Santa. Me dijiste que ves en mi mucho de tí, muchas cosas que te recuerdan a ti mismo: creo que también veo en ti mucho de lo que quiero ser y un modelo en el que mirarme.
Este es un resumen que es solo un grano de arena en la playa de este espino. Se me olvidan muchos nombres, momentos, gestos, palabras y revelaciones. Pero el decano es tan imperfecto que ni siquiera es capaz de escribir este texto sin dejarse cientos de cosas por el camino. Y el decano se deja llevar por la emoción, y le sale lo que le sale: Un 'gracias' de tamaño colosal en el que lo que solo es una palabra se convierte en una parrafada infernal. Esta es mi despedida, mi 'hasta luego' sincero y emocionado, con las lágrimas saltadas por la felicidad. Me llevo de vosotros una fuerza para afrontar cualquier reto, la ilusión para vencer a los malos vientos, la dulzura de vuestras palabras y la sinceridad de vuestras sonrisas. El decano se retira con buen sabor de boca, y os cede el testigo tras un espino perfecto. Sed felices, porque os lo habéis ganado. Yo he sabido lo que es la felicidad en esta semana gracias a vosotros. A cuidarse, y no miento si digo que os quiero de verdad.
Palabra de decano.
jueves, 21 de abril de 2011
La charla de dos ángeles en la tarde de Jueves Santo

En el blasón heráldico, hermoso y reluciente, el ángel de la derecha miraba de reojo a su hermano de la izquierda. Esperando poder colocarse sobre un corazón batiente, aguardaban colgados de una percha junto a una camisa blanca. Faltaban horas para que el nazareno llevara en el cuello la medalla plateada, hermosa, sencilla e inconfundible del Gran Poder. Bautizados con los nombres de la historia de la propia hermandad, Lorenzo y Juan, por la parroquia que fue su casa y el nombre del imaginero insigne que sacó de sus manos a Dios mismo, se debatían en el equilibrio frágil de sus pequeñas alas en la cara trasera de la medalla.
"¿A dónde crees que vamos?", preguntó Lorenzo, moreno por el sol de la plaza que cobija la basílica. "No sé, ya sabes que cuatro gotas son más que suficientes para que nos quedemos en la percha este año", le contestó Juan. Lorenzo miraba el cielo de reojo por la ventana semiabierta salpicada de goterones de lluvia, y suspiraba con el lamento del que ve venir la puerta que no se abre de San Lorenzo.
"Te sientes tan impotente cuando sabes que las nubes no atienden a razón alguna, que se ciernen sobre los cielos sin pensar que abajo se está produciendo la maravilla de cada año: una ciudad que se vuelve barroca, que se vuelve altar, en la que no se ve el suelo, en la que todo es muchedumbre en las esquinas... pero nada importa", comentaba desolado Lorenzo. Juan sabía que el que todo lo puede escuchaba la conversación desde el otro lado de la medalla, en la cara principal. Sin embargo, el silencio le dio a entender que no quería inmiscuirse en la conversación. Dios mismo siempre observa, pero gustó de hacernos libres y no pretende inmiscuirse en cada palabra que sale de nuestros labios. El Jesús moreno y atormentado de la cruz al hombro clama al cielo que no es un padre censor ni un hijo libertino, solo nos dio alas -no solo a los ángeles- para poder volar y aprender de nuestras propias caídas.
La medalla se tambaleaba con el viento que entraba por la ventana, y chocaba con los botones de la camisa en un dulce tintineo que, en pleno Jueves Santo, sonaba a bambalina. "El cielo es un mapa del mundo. De este mundo que se va a pique porque el ser humano se ha olvidado de la magia y del perdón para salir a los campos a golpe de bayoneta e insultos. Sevilla duerme en el error de que esta semana es un paréntesis de tradición y antigüedad en el año, pero no es así. Cada atardecer es el del Jueves Santo, cada noche es una madrugá en la que no duerme nadie", comentó tajante Juan sosteniendo con fuerza la banda del escudo.
"¿Te refieres a los bomberos, los policías, los panaderos que trabajan en la madrugada para que el currante pueda llevarse un mendrugo a la boca al amanecer?", preguntó Lorenzo. "Sí y no. Cada noche en Sevilla, hay médicos que operan a corazón abierto, hay madres que arropan a sus hijos, hay albergues que abren sus puertas al que se hiela a la intemperie. Cada noche es Jueves Santo, aunque solo una sale el Señor de Sevilla en cuerpo. Pero Jesús sale cada noche a la calle en alma, en el asiento del copiloto de las ambulancias, alerta en las esquinas oscuras de los callejones en las que se maquinan los horrores de nuestra condición de ser humanos, en las salas de espera de los hospitales...", le contestó Juan viendo pasar las horas como el que ve pasar las primaveras al amparo de la torre de San Lorenzo.
Lorenzo volvió a mirar por la ventana y, sin que nadie se diese cuenta, cruzó los dedos cambiando los destellos de la plata en la medalla. De fondo, en la radio, oía caer una a una las hermandades de la tarde del Jueves Santo, y deseó escapar del orgulloso trono de la plata para empujar las nubes hacia el mar, donde nadie las siente ni las padece. Con valentía, vio su hermano Juan como su gemelo idéntico del otro lado del escudo se escapaba poco a poco de la plata con la mirada iracunda puesta en el cielo encapotado.
Lorenzo ya salía al mundo real, fuera de la talla hermosa y polilobulada en la que llevaba encerrado siglos. Pero una mano cálida, fuerte y vigorosa, le tomó del brazo. "Déjame, Juan. No es justo, no es justo... Solo hay una noche para que Sevilla recupere la esperanza, y es en esta madrugá de sensaciones. Déjame partir por el bien de la ciudad", dijo Lorenzo al mismo tiempo que volvía su rostro impotente hacia el brazo que lo retenía. Pero allí no estaba su hermano Juan, sino el mismo por el que vivían en la orgullosa medalla. El Dios de Juan de Mesa lo miraba con sus ojos de plata y de fuego, y se le heló el aliento, observando al mismo padre de San Lorenzo con su mirada dulce negando suavemente con la cabeza. No supo qué decir, y Jesús abrió la boca, mientras Lorenzo y Juan contenían la respiración.
"No se haga mi voluntad, sino la de mi padre. Sevilla puede esperar en mi eterna gloria barroca el sueño de un año de noche despejada en 2012. No la abandonaré. Yo soy su propio hijo. ¿Cómo abandonaría a la madre que me vio crecer desde hace siglos, que me abrió su casa, que me engalanó con flores y me alimentó de devoción sin miramientos?", dijo el nazareno con voz pausada mientras regresaba Lorenzo a su lugar en la medalla. "Aguardemos. La noche aún no ha caído. Si la lluvia quiere que no vea este año el adoquin de mi calle y los rostros ilusionados de mis hijos, será decisión del padre y no mía. Mi cruz es la cruz de Sevilla, volved a dormir en el sueño de un año completo. Vivamos en la hermosa utopía de un mundo mejor 364 días al año, y no una sola noche. En esta noche solo salgo en cuerpo, como ha dicho Juan. El resto del año, vivo en cada alma, discreto y silencioso, pero con las manos abiertas para acoger al que está cansado y el hombro cálido para aquel que llora".
Lorenzo regresó a la medalla, mientras fuera el cielo seguía encapotado. Miró a Juan a los ojos y escuchó de fondo la marcha 'La Madrugá' en un televisor cercano mientras recogía la parte del escudo que había sostenido durante siglos. Oyeron cerca pasos, y sintieron como les llevaban en volandas hasta un pecho batiente. El nazareno cubrió con el negro ruán del capirote la medalla, y se encaminó a San Lorenzo, más desesperanzado que jubiloso. El lienzo de nubes del cielo le decía que no habría discurrir del Señor de Sevilla por las calles de la ciudad. Institivamente cruzó los dedos en forma de cruz y lanzó a los vientos una oración. Lorenzo y Juan también, pero en voz baja. Y al que todo lo puede se le dibujó una sonrisa al mismo tiempo que se abría un claro en San Lorenzo, que iluminó discreto la Basílica.
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