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domingo, 28 de agosto de 2011

Te has quedado conmigo

Corría el año 2005. Yo acababa de terminar primero de carrera y el Espino era un momento en el que me preguntaba cómo podía ser un periodista bueno para la comunidad -los médicos y los profesores lo tenían claro, pero para mí era un dilema...-. El grupo, hecho al azar, había sido un conjunto de personas que, probablemente, no seguirían hablando una vez que volviésemos a nuestras comunidades de origen. Hablábamos en el grupo, pero luego no compartíamos apenas nada una vez que salíamos del grupo. Nada que esperar.

Sin embargo, algo cambió aquel año. Montamos en el autobús de vuelta y, cosas de la vida, un asiento libre a la mitad del vehículo me llamó. Silencio al principio hasta que, tras una semana de indiferencia, al fin Andrés y yo hablamos. Hablamos de la Carlos III, de vivir en Madrid, y a mi me entró esa fiebre por la ciudad que ahora me acoge. Tú me hiciste venir a Madrid, para bien o para mal, y gracias a ti no tuve miedo a arriesgarme y pude estar donde estoy hoy.

Parece paradójico que en aquel Espino también estuviera Sergio, el chico mayor que se metía conmigo, y también Emi, la chica entonces tímida e insegura que nunca más fue. Y de su historia no hace falta hablar porque es la mía propia. Curiosamente aquel espino bajo el lema "¿Te estás quedando conmigo?" podría no haber sido nada más, un espino más del que despertar al llegar a Sevilla, cuando se rompiese la burbuja. Pero aquella semana lo desencadenó todo.

Cuatro años después nos volvimos a encontrar, una mañana de noviembre. Yo venía a hacer unas pruebas para un master al que era prácticamente una odisea acceder. Venía a no perder nada y con la ilusión de poder ganarlo todo. Aquel primer día de pruebas fue Andriu el que me llevó en coche hasta el campus de la Autónoma. El segundo día, Sergio fue mi piloto para la segunda tanda de pruebas. La mañana de la tercera prueba, Emi me mandó un mensaje deseándome suerte y dando por hecho que lo iba a hacer bien. De nuevo los tres.

Volví a Sevilla con la ilusión, simplemente, de haberos visto. Y seguí mirando masters dando por hecho que había intentado algo imposible. Llegó diciembre y entré en el master. Ahí se cumplió mi amenaza de hacer de Madrid mi casa, el sueño que me había metido en la cabeza un amigo en un autobús cuatro años antes. Y, por fin, me vine a Madrid un 13 de enero de 2010 para cumplir una promesa hecha a mi mismo.

En todo este proceso, hasta esta semana de agosto de 2011, solo coincide una cosa: vosotros. Yo ya no tengo demasiado que ver con aquel chaval que no quería arriesgar de 2005, y vosotros tampoco con aquellos que conocí, y pienso que ahora tengo la respuesta para aquella pregunta que no supe responder aquel año, porque pensé que no sabía o que era mejor no contestarla.

La respuesta es sí. Te has quedado conmigo. Porque me importaba que te quedaras, porque en el fondo tú tampoco te fuiste nunca, ni yo quería que te fueras. Te has quedado, Andriu; te has quedado, Sergio; te has quedado, Emi. Lo demás, se ha ido con el viento.

Pero esta última semana he podido revivir aquel Espino, haya sido un viernes, un martes o un sábado; en una procesión, en un bar de pinchos o en el teatro; mientras trabajaba, de descanso o después de la jornada laboral. Aquella semana en la que pensé que tenía ir a Madrid, porque allí me esperaba algo grande. Aquella semana en la que creí que podía ser un buen periodista siempre que me agarrara a vosotros como a un clavo ardiendo. En 2009 me dísteis la razón. Y ahora, en 2011, yo os doy las gracias.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Cambio periodismo por edredoning

Sucedió a las 12 de la noche de un 28 de diciembre. De repente, CNN+, ese canal que llevaba 11 años acompañándonos, el que había estado cada día puesto en la televisión del master, el que nos había dado la realidad al instante, se iba para siempre.

No miento si digo que se me escapó una lagrimita cuando Benjamín López dijo adiós a la audiencia conteniendo la rabia. "Las decisiones empresariales no entienden de sueños ni de ilusiones, sino de cifras puras y duras". Detrás de él, todo el equipo, mirando por primera vez a cámara, porque su sitio es detrás de ellas. "A ustedes nos debemos", explica Benjamín. La cadena agoniza bajo la presión del reloj que aprieta en la esquina inferior derecha.
Se nos va el periodismo. Solo noticias durante las 24 horas del día a cambio de 24 horas de bazofia, de basura berlusconiana en forma de reality, de satisfacer nuestro morbo con la inmundicia de 16 marionetas que aspiran a meterse en la cama con el primer famoso que pase o salir desnudos en la portada de Interviú a cambio de un fajo de billetes. Hemos cambiado la información por la desinformación, la formación de la opinión pública por su atontamiento intelectual.

Cuando la silenciosa pantalla se llena con un cartel que informa del fin de las emisiones de CNN+, algo de los del master se queda con ellos. Han sido la banda sonora de un año entero, aunque la viéramos antes de entrar. Vemos con nostalgia como esta crisis y nuestra profesión no pueden llevarse bien. La vcemos irse, discreta, modesta, como siempre lo fue. Sin aspirar a audiencias descomunales ni a cuotas de share competitivas. Solo informar. Hoy no es día de izquierdas ni de derechas. No hay copas de champán con las que celebrar nada.

La profesión está de luto. Ayer Canal Sur en su informativo dedicó sus últimos segundos a honrar a los compañeros. Da igual que sean una cadena privada. Da igual que no se comulgue con la ideología del grupo. Da igual. Puestos de trabajo que se destruyen, noticias de las que nunca se informará, las luces de un plató que se apagan para siempre. Y qué duro cuando la palabra "siempre" es cierta y no una exageración.

Desde aquí, me despido de los que nos han ayudado a ser mejores periodistas, de los que nos han dado las pistas para conocer la actualidad informativa cada día y no dejarnos nada en el tintero, de los que han hecho de la inmediatez una obra de arte. Gracias CNN+ por todos estos años. Ojalá esta sea la última de Berlusconi y su Mediaset, y no la primera de tantas, como sospecho que será.

Mientras estaba pasando, ahi estábais vosotros para enseñárnoslo. Hasta siempre.


lunes, 6 de diciembre de 2010

Cuando me vine

Nunca pensé que llegaría,
un año ya de ese momento
me cambió la vida,
pero tuve fuerzas para seguirla.
Me cambió añorando
a quien no se olvida...

Y me despierto un buen día
y ya llevo un año aquí
miro atrás, veo el camino,
el que han escrito mis pies.
Y quiero dar besos a todos
los que siempre vuelvo a ver.
Tantos recuerdos enlatados
en este Rincón del Café.
En lágrimas en el tren
en todos los momentos que me hicieron volver.

Que cuando me vine
no olvidé lo que dejaba allí.
Allí quedaba mi amistad
y tantas risas que volverán.

Que cuando me vine,
con esta maleta una vez más,
nunca dudé que os tendría,
a mi lado al regresar.
Que cuando os dejé por Madrid...

A Sevilla
A mi gente
A mi tierra,
la que me vió nacer,
la que me vió crecer,
la que me dejó ir
y que me hace volver.

Que cuando me vine
supe que mi historia estaba allí.
Y que algún día, no se cuándo,
regresaría a mi ciudad.

Que cuando me vine
no derrame lágrimas por mi.
Aunque dejaba la amistad,
sabía que al final, iba a regresar...

Quedan 15 días...

martes, 5 de octubre de 2010

Recuerdos de nueve meses

¿Quién quiere vivir una vida solo llena de recuerdos? ¿Quien quiere vivir para siempre sin tener nadie que te encienda una sonrisa cuando veas su nombre en la pantalla del móvil? Los días pasan, la rutina nos arrastra y los detalles se nos van pasando, desapercibidos.

Este año en Madrid, por mucho que digan algunos, estoy recopilando miles de experiencias. Ahora que ha pasado mucho tiempo desde que nos conocimos y que las rencillas están más tensas que nunca, se me vienen a la cabeza todos los momentos bonitos de cuando empezamos a conocernos.

- Contigo volvía en coche, me dejabas en la puerta de mi casa, aunque tuvieras que darle toda la vuelta a la glorieta para dejarme justo en la puerta.

- Contigo que solo hacen falta un par de latas de cerveza en una plaza abandonada de la mano de Dios para pasar las horas riendo sin parar.

- Contigo que un cigarro y una cerveza a medias saben mucho mejor.

- Contigo aprendí de jazz, y me enseñaste todos esos detalles que a mi se me escapan, y me contagiaste tu pasión por esa música improvisada que huele a humedad y vainilla de Nueva Orleans.

- Contigo volví a montar en moto después de tantos años, y sentí el fresco del otoño de Madrid en la cara. Aunque al día siguiente tuviera agujetas en los brazos de agarrarme tan fuerte a las barras para no caerme en medio de Velázquez.

- Contigo aprendí que esperar a que abra el metro no es un suplicio, si mientras ves el sol aparecer por encima del Parque del Oeste con un paquete de palomitas y una buena conversación.

- Contigo fui a tomar café a una cafetería antigua, de esas de zócalos de madera, y probé el mejor chocolate con naranja de Madrid.

- Contigo me escondí de la policía mientras revisaban a los demás en la plaza y los multaban por hacer botellón.

- Contigo hice guardia ante la casa de un estafador desparecido esperando a que saliese, y aprendí que una colilla sobre un charco de aceite ante la casa puede significar que hay alguien dentro y que no quiere abrirnos.

- Contigo me peleé con conserjes de casas de lujo, guardias de seguridad y secretarias de abogados que nunca pueden hablar porque están "en una reunión muy importante".

- Contigo aprendí que las cosas no son importantes si no se viven en grupo, si no hay nadie a quién contárselas.

- Contigo pasé las noches en bares oscuros hasta que nos echaron.

- Contigo peregriné hasta la máquina de café una y otra vez para compartir nuestro sufrimiento y no perder la cordura.

- Contigo aprendí que hay llamadas de teléfono que solo sirven para convertir la tragedia en un consuelo mutuo.

- Contigo supe que nada es blanco ni negro, y que hay vida más allá de El País.

- Contigo mantuve la calma y aprendí términos de Derecho para que no me demandaran a la hora de hacer una crónica de un juicio.

- Contigo aprendí que los toros pueden ser fotografiados, que el albero, los caballos, el asta del toro y el rojo del burladero son una obra de arte a través del objetivo.

- Contigo me sinceré, y por eso te advertí que, aunque al principio me costase arrancar, ya me irías conociendo.

- Contigo escuché ópera, contigo flamenco y contigo heavy metal.

- Contigo hablé de libros, y por eso tengo la estantería cada vez más llena de libros que no hacen otra cosa que engrandecer mi intelecto y mi alma.

- Contigo me abracé cuando todo salía mal y cuando la lagrimilla asomaba por el lado del ojo, fuera el tuyo o el mío.

- Contigo soy mejor, más seguro, mejor periodista, un hombre más cultivado y mejor persona.

Y lo que nos queda...

miércoles, 29 de septiembre de 2010

Esperanza

A veces hay frases que pasan desapercibidas entre tanta desesperanza, y no deberían. Miguel Ángel Bastenier nos obsequió con este sutil alegato a favor de nuestra profesión en una de nuestras clases. Hay luz al final del túnel.

"Los doctores no trabajan en los hospitales, ellos no trabajan. Sólo trabaja el picapedrero. Los doctores son como los abogados y los periodistas: hacen magia."

Miguel Ángel Bastenier

sábado, 25 de septiembre de 2010

Reporterismo en Madrid


Me encantaría titular este post Vacaciones en Roma, como la película de Audrey Hepburn y Gregory Peck, pero ni estoy en Roma ni de vacaciones. Ayer, después de unos 5 años, volví a subirme en una moto. Ana conducía y yo, de paquete, con mi cámara para hacer fotos de la reapertura de la calle Serrano, me acordé entonces de aquella película y de la famosa escena sobre la Vespa.

Ir en la moto y pasearme, cámara en ristre, por la calle más glamourosa de Madrid con un casco de Telepizza en el brazo, mientras fotografío las lindezas de la reurbanización de la calle de Gallardón, no tiene precio. La gente te mira sin saber lo que eres: si un repartidor, un turista o un paseante perdido. Cosas del periodismo rudimentario, cuando tienes que hacer un periódico pero no tienes un gran nombre respaldándote, ni unos recibos con los que pagar tus desplazamientos, ni contactos suficientes como para asegurarte que todo sale bien.

Esto del periodismo de calle me encanta, he de reconocerlo, pero a veces es complicado no tirarte de los pelos cuando ves que si pudieras decir por teléfono "soy Miguel Pérez, periodista de El País" en lugar de "soy Miguel Pérez, estudiante de la Escuela de Periodismo de El País, esto no va a salir publicado", te harían más caso... pues te indignas, sobre todo sabiendo que ya no eres estudiante, que eres periodista porque tus prácticas y tu título lo dicen.

De todas formas, no queda otra que seguir adelante, seguir pensando que hacemos un periódico para miles de personas, y que nuestro trabajo no es sólo para nuestros maestros y correctores. Seguir apostando por hacer algo distinto que no nos deje en la cuneta cuando terminemos y no seamos uno de esos tristes "pre-parados" que El País pregona. Tenemos que tomarnos cada tema como si fuese el Watergate pero sin volvernos locos. Es la única manera de que, cuando llegue diciembre, estemos curtidos en este reporterismo suicida, aunque haya que correr en moto por Alcalá y pasearse por Serano con un casco de Telepizza.

sábado, 28 de agosto de 2010

La vida más allá de la hora de cierre


La edición europea de El País cierra a las 10 de la noche, la edición nacional a las 11 y las delegaciones entre las 12 y la 1 de la madrugada. Durante estos dos meses de periodismo real, sin simulacros ni ensayos, esas han sido las horas límites que han marcado mi día a día. Jornadas que han llegado a las 14 horas algunas veces, pero que han pasado volando.

Durante estos meses he escrito del pasado común del judío Gustav Mahler y el Richard Wagner al que los nazis le colgaron el injusto sanbenito de ser afín al führer, he contado las desventuras de un niño prodigio inglés que con solo 7 años pinta como un impresionista de finales del XIX, los robos de un 'van gogh' en un museo de El Cairo y de una escultura en bronce de Dalí en la torre gótica de Brujas. He contado como Christie's y Sotheby's se enfrentan por vender al mejor postor la colección de arte contemporáneo de Lehman Brothers, he enseñado a los lectores la magnificencia de la edición de 2010 de los Proms británicos y he cronicado el concierto en la Plaza Mayor de Barenboim con su orquesta del diálogo.

Me he descubierto a mí mismo escribiendo de flamenco de la mano de Arcángel y de la ortodoxia extrema de José Menese, he hablado de películas chinas que revientan la taquilla y del laberinto legal entre el museo Thyssen y un judío de Los Ángeles que reclama un cuadro puntillista de Camille Pissarro que los nazis expoliaron a su abuela a cambio de su vida en el Berlín del 39. He enseñado a la gente por qué la Tosca de Puccini es una de las óperas más hermosas de la historia y las desventuras de un gobierno tailandés creyendo que había encontrado La Atlántida cuando lo que había bajo el mar era un decorado de cartón piedra para submarinistas.

En este tiempo he hablado con los famosos para ver cuáles son sus playas favoritas, he escrito de la primera vez que los hijos de Michael Jackson han ido al colegio tras la muerte de su padre y he entrevistado a la cantaora Mayte Martín. En este tiempo me he ido al pueblo avileño de Iker Casillas a ver la final gloriosa del Mundial con su familia y he recomendado cada domingo qué espectáculos de clásica no podían perderse los madrileños.

Han sido muchas cosas, pero todas un paso adelante. Ahora, escuchando la 'Lacrimosa' del Réquiem de Mozart, del que acabo de escribir para contar los 118 diagnósticos distintos que rodean su misteriosa muerte a los 35 años, me doy cuenta de que quizá me he consagrado en estos dos meses al estilo clásico musical. No es ninguna sorpresa, ayer tuve la revelación mientras pasaba mi último día en la redacción de que he dedicado más de la mitad de mi vida a la música clásica. Suena impactante y te da un escalofrío solo de pensarlo. La mitad de mi vida es más que suficiente para asumirlo como algo del destino.

Creo que somos una de las secciones ejemplares porque los 3 becarios de Cultura hemos respetado nuestro espacio y nos hemos dedicado a trabajar y colaborara entre nosotros antes de pisotearnos en busca de una gloria efímera que solo trae problemas. Ahora volveremos a la escuela, donde chocarán nuestros egos nutridos durante estos dos meses a base de firma y orgullo. Cada día en Cultura ha sido un plus, un añadido a lo que ya era para ser un poco mejor. Una escuela real de cómo funciona algo tan anárquico como la sección de un periódico, un reto en el que tienes que asumir tu lugar y, dentro de él, llegar hasta el límite permitido, en el que cada día se empieza de cero para demostrar por qué estás ahí.

Ahora vuelvo a casa, a la Sevilla que hace dos meses que no veo. Ya hay ganas, como es lógico. Más allá de la hora del cierre solo queda volver a abrir el círculo que volverá a cerrarse mañana a las diez para Europa, a las once para España y rondando la una de la madrugada para Madrid. Día tras día, el rito del reloj que no perdona, para hacer posible que mañana en el quiosco el lector se reencuentre con sus 60 páginas de siempre.

martes, 13 de julio de 2010

Donde empezaron los sueños de Iker


Buscar una nueva visión, arriesgar, apostar por una nueva concepción de la realidad. Eso es lo que hice, y por eso me fui con Ana Marcos a Navalacruz (Ávila), la tarde en la que España vibraba para alcanzar la gloria. Sólo 200 habitantes, y la mitad de ellos se apellidan Casillas, porque es el pueblo del que viene la familia de Iker, nuestro portero.

Iker es uno más, el pequeño al que veían jugar por las empinadas calles del pueblo. Aquí forjó sus sueños, y por eso regresó cuando era un veinteañero para levantar un campus increíble para enseñar a los chavales a jugar el buen fútbol que a él lo ha llevado a lo más alto. En la plaza de Navalacruz, todos están repletos de orgullo, porque Iker es para sentirse orgulloso. No ha sido pretencioso, ni ha olvidado al pueblo, ni a su abuela. La matriarca habita en una casa de enormes piedras en una de las pocas calles del pueblo, y con 80 años, está en Madrid esperando ver a su nieto levantar la Copa dorada, la que le dice que el esfuerzo vale más que los millones, y que no hacen falta CR9s ni patadas en el pecho, ni manos que meten goles: sólo manos que los paran.

En este pequeño pueblo de Ávila, Ana y yo hemos visto tocar el cielo a esta España que nos ha hecho olvidarnos de la crisis y de las penas en una noche mágica, que ha dejado a un lado las banderas con águilas bicéfalas y bandas lilas. España es sólo España, y el rojo el color de sus ilusiones. Iker es el ejemplo emocionante, sus lágrimas son las mías, las de Navalacruz, las de todo el país, las del mundo. En sus manos doloridas y agrietadas por los guantes está el esfuerzo de un pueblo por ilusionarse a pesar de que no se llegue a fin de mes. Su sonrisa es la sonrisa más sincera, la que premia al humilde, a ese Andrés al que le da vergüenza hablar, a pesar de ser uno de los mejores del mundo. España no entiende de egos: sólo de aprender de esos errores que tantas veces nos han dejado fuera de la gloria, a las puertas del cielo.

En Navalacruz ví esa noche el triunfo de la selección, y viví con sus habitantes y con Ana la explosión de júbilo que se siente cuando el mundo se detiene para contemplar la gloria. La gloria de los que luchan, la gloria de los que nunca se dieron por vencidos. Aquí os dejo la crónica. En la foto estoy yo, y Ana se esconde a mi izquierda detrás de un hombre. Testigos de la gloria de Iker donde todo empezó, donde su mano rozó por primera vez la tersa piel del balón.

Campeones, justos y merecidos Campeones del Mundo...

domingo, 11 de julio de 2010

Comienza la verdadera aventura

De nuevo ejerciendo, de nuevo becario, de nuevo Cultura. Esta vez en El País, escribiendo para toda España, y para los que leen la web desde todas las partes del mundo. Aquí ya no nos andamos con tonterías, hablamos de un periódico, no de las prácticas que no leía nadie que llevo haciendo seis meses. Llega el reto, y un país completo juzgándome, deseando ver un patinazo para decirte lo inútil que eres y que los periodistas no tenemos ni idea de nada. No se dará la ocasión. Escriba en Cultura, Gente o Tendencias, para la web o para el papel.

Aquí os dejo el primer fragmento publicado el pasado jueves. Para leerlo en su sitio original, aquí.

El judío que ganó con su música al olvido

La obsesión de Gustav Mahler por convertir cada concierto en una liturgia a la que se asiste en silencio, le procuró enemigos en los palcos del Teatro de la Ópera vienés. Para la sociedad austriaca ir al teatro era en la época más una excusa para ver a los conocidos y hablar, que para presenciar el concierto.

Mahler solía decir: "Soy tres veces extranjero: un bohemio entre austríacos; un austríaco entre alemanes, y un judío ante el mundo". Tuvo que soportar las críticas de una alta sociedad vienesa que nunca aceptó su pasado -cuando entró a dirigir la Filarmónica de Viena, una de las condiciones que le pusieron fue la de abrazar la fe católica, algo que para el músico fue "un cambio de vestido", según el testimonio de uno de sus conocidos-, y acabó dimitiendo en 1907 para emigrar a Nueva York. En Viena dejó la que fue considerada la mejor orquesta del mundo gracias a su firme dirección y a su estudio riguroso de las partituras para ajustarse lo más fielmente posible a las intenciones del autor.

Nunca olvidó Viena, y a pesar del dolor que le transmitía -en ella vio morir a todos sus hijos, lo que le inspiró para componer las Kindertotenlieder (Canciones a los niños muertos)- quiso acabar sus días en la capital austriaca. Ni siquiera Hitler, que quitó su nombre de la calle vienesa que le dedicaron para rotularla con el nombre de una ópera de Wagner, Los maestros cantores, consiguió enturbiar su memoria. Hitler, a pesar de que no fue contemporáneo de ninguno de los dos compositores, influyó en la imagen posterior de ambos músicos. Colmó de honores al compositor alemán y utilizó su obra como música propagandística de sus conquistas, mientras que hacía todo lo posible por relegar a Mahler -al que odiaba por ser judío- al olvido. Una paradoja, ya que fue el propio Mahler el que se olvidó del antisemitismo que se traduce de los textos de Wagner, para empaparse de su música. Su obra musical a partir de la Tercera Sinfonía está inspirada por el lirismo cromático de la wagneriana Tristán e Isolda.

El cine también se encargó de perpetuar su legado: es el adagietto de su Quinta Sinfonía la que protagoniza el final de Muerte en Venecia, de Lucchino Visconti. 150 años después de su nacimiento y casi un siglo después de su muerte, Mahler sigue siendo uno de los músicos más interpretados del mundo.



Y aquí, lo que publiqué en el periódico y en la web en la sección de Gente. Espero que os gusten.




Deseadme suerte, compañeros.

viernes, 11 de junio de 2010

El día que dí el grito

Con gran acierto nos instruía uno de los maestros de la Escuela en el arte de la mala leche y el mal genio a principios de curso. El periodista parece tener un lado oscuro, nazi, reprimido, agrio y demoledor. Y es completamente necesario, porque el mundo sólo te da dos opciones: devorarlo o devorarte.

Hoy me he sorprendido a mí mismo como editor de textos (el que no lo sepa, es el último que lee el periódico antes de la hora del cierre, el que corrige los textos, el último filtro), dando una contestación de jefe dictador. Veía que llegaba la hora de que comenzaran a rodar las rotativas y no estaba el texto que abría con media página la sección de Local. Me pongo a meter prisa y, de repente, la redactora me dice que si quiero ir más rápido que lo haga yo. Sorprendentemente, no me muerdo la lengua, y le grito que no, que lo tiene que hacer ella, pero que tenía que estar listo hace una hora, y que es 'su puto trabajo' y que esto es una redacción y el resultado final depende de todos y no cada uno se ocupa de lo suyo y ya está. La redactora se ha dado la vuelta y ha seguido escribiendo, y lo ha terminado en dos minutos.

Lo peor o lo mejor, según se mire, es que en ningún momento he pensado que me estuviera pasando de la raya. Estamos trabajando, y no puedes morder mi mano, que es la que te da de comer, como a mi no se me ocurrirá morder la tuya cuando tu seas jefa. Realmente este año sí que me está cambiando, pienso que para bien. Para Jose e Isa, los que me han visto morderme los labios más veces, por fin he conseguido abrir la boca y decir las cosas. Llego tarde, pero llego, podéis estar orgullosos.

domingo, 30 de mayo de 2010

Sí, me gusta

A mí también me gusta. Lo mío, que no lo tuyo, que no tiene nada que ver con lo mío gracias a Dios, porque yo de sólo pensar en ver lo que somos por dentro, me da algo. Te llevas 5 años de tu vida cuestionándote si lo que has elegido es realmente lo que quieres y cuando te das cuenta, has terminado la carrera y estás con la beca gris perla puesta subiendo al escenario de la Facultad de Comunicación (como Isabelita hace nada).

Te crees que cualquier día vas a desistir y, de repente, te encuentras con el título en la mano y la cabeza llena de ideas, pero todas relacionadas con el Periodismo. Se han acabado las dudas de un plumazo, y te preguntas si realmente alguna vez las tuviste. No hay duda de que me gusta.

Me gusta porque me hierven las venas con la hora de cierre, porque me explota el corazón si veo que no llegamos al estudio cuando suenan los cinco pitidos de las señales horarias en la radio... y eso, a cualquiera que se lo cuentes, no lo entiende. Porque "emboliar" se está transformando en nuestro verbo más utilizado, porque realmente la tensión es máxima cada día, porque aquí todo parece real aunque no lo sea, y dentro de un mes sí que lo será, y nos veremos en la redacción del periódico más importante de España con los espadas más prestigiosos sentados en la mesa de al lado controlando que estamos a la altura.

Me gusta porque a cada texto sé que puedo darle una vuelta más para hacerlo mejor, porque disfruté demasiado en Diario de Sevilla y en Canal Sur Radio, y en cada línea me acuerdo de lo vivido allí, porque para cad reportaje me exijo un poco más y al final siempre acaba saliendo, porque estoy deseando publicar lo que he escrito y correr a enseñárselo a aquellos que me leen por aquí. Me gusta la alegría que viene después del estrés, aunque haya perseguido a la Reina durante 2 horas y esté agotado de pelearme con sus escoltas por la Feria del Libro, no bajar a comer por temor a que pase algo y no me entere, leer el Herald Tribune en el metro mientras la gente me mira con cara de respeto, la media sonrisa del jefe que te grita un día cualquiera porque sabes que por unos minutos has ganado la batalla. Me gusta aguantarme las lágrimas cuando hablo con las víctimas, porque demuestra que todo esto que hacemos merece la pena, y que realmente damos voz a los sin voz. Me gusta que no nos exijan escribir como en el periódico, sino muchísimo mejor, porque aspirando a la excelencia, sacaremos lo mejor de nosotros.

Me gusta saber que gente como nosotros puede hacer algo en el presente, no en el futuro, por educar a esta opinión pública tan maltratada por años y años de prensa hecha sin responsabilidad. Me gusta pensar en que ahora sí que podemos cambiar el mundo, aunque de ello me desengañé en primero de carrera.

Me gusta saber que se puede volver a soñar y compartir tus sueños a través de un micrófono, una página de periódico o una buena fotografía. El buen periodismo no está muerto, somos nosotros los que estamos dejando que se muera.

lunes, 24 de mayo de 2010

Un abrazo a las diez de la noche

La gente que viene y que va, las clases que se vuelven más duras y las correcciones hirientes que ahora me las tomo simplemente como regalos envueltos en un papel grotesco y chillón. Los días están volando que da miedo, han pasado más de 4 meses y me da la sensación de que los que quedan van a correr mucho más que los pasados.

Por una vez he venido a Sevilla y, en lugar de lamentarme, he preferido organizarme y buscar lo que no venía a mí. En lugar de conformarme, me he lanzado a asumir riesgos, a decir cosas que no hubiese dicho en ningún momento de mi pasado, a preguntar a la cara, pero sin renunciar a ser como soy, que no es poco.

Después de meses prometiendo a un amigo verlo aunque fuera en una cerveza, de reunir como escenarios fallidos de nuestro encuentro una caseta de feria, una calle de Madrid, y una bulla en la Puerta Jerez, hoy he podido abrazarlo y recordar por qué lo echaba de menos. Ha sido frente a su portal, en el sitio más obvio, a las diez de la noche, y sólo han sido unas cortas frases y dos abrazos, pero qué momento...

Aquel primer viaje a Madrid, como hoy recordaba el suyo otro de los habituales de este blog en el Burger King, el primero que hice sin padres con el único fin de desfasarlo, lo hice con él. En ese viaje me reencontré con uno de mis habituales, en este caso de Madrid, con el carismático Andriu, con el que ya no volvería a verme en más espinos (en aquella época fue Andriu el que despertó en mí ese sueño por Madrid, ese sueño que se hizo realidad en la planta quinta de El País en noviembre). En aquel viaje creo que empecé a cambiar, a ser un poco más ese Miguelito al que hoy reconozco en el espejo, ese que ha vivido la transmutación más grande de su vida en este último mes sin ni siquiera proponérselo.

Madrid representó entonces la ilusión, ahora es un reto. Cada día me enfrento a mis demonios, a mis clichés y mis fómulas que sé que dan resultado y busco ir más lejos, me tomo más cafés que nunca para estar concentrado y dar lo mejor de mí, aunque en algunas ocasiones no lo consigo. Me doy cuenta de que una vida paralela a mis días en la Escuela es casi imposible. Me culpan desde Sevilla de estar cambiando, de pasar de ellos, me culpan desde Madrid de no aparecer por PS y de no llamar. Precisamente con Andriu tengo una cita pendiente desde hace semanas, y no hacemos otra cosa que desencontrarnos.

Aquel primer viaje a Madrid me enganchó como no pensaba que lo hiciera. No creas, amigo mío ahora desanimado, rockerito, gitano que te llaman algunos, que aún estoy nostálgico. Madrid me está dando momentos que nunca antes he vivido: historias que te ponen la piel de gallina, personajes que te entristecen el alma y otros que te llenan de orgullo, paisajes que parecen diseñados a escuadra y cartabón.

Esta noche, a las diez, te he abrazado y he sentido que de alguna manera te daba las gracias, por llevarme allí, por arrastrarme a Madrid hace años. Si hoy estoy allí es por aquel viaje remoto, Numa, por reencontrarme con Andriu, que me contagió esa parte de la capital que tanto me gusta, aunque a veces se me olvide, esa parte de la capital de la que estabas enamorado cuando nos bajamos en la Glorieta de Bilbao.

Hace años que no te escribía. Nunca es tarde para recuperar el tiempo, para querer encontrar ese lugar que nos haga volver, aunque sea durante unos segundos, a aquel viaje que ha tenido tantas consecuencias.

martes, 4 de mayo de 2010

La leyenda del guiri

Hay veces que la vida te permite escuchar historias maravillosas. Otras, la vida te deja conocer a los protagonistas de esas historias. Historias de verdad, atípicas leyendas de esa realidad que siempre supera a la ficción.

Esta es la historia de un escocés que recorrió un país entero de norte a sur sólo vestido con la falda típica de su clan. En su camino podemos contar su encuentro con un druida de los bosques mágicos gallegos, un Panorámix que nunca creeríamos que existía, que
intentó convencerle de que en vez de conducirse al sur, se dirigiera al camino ancestral de Santiago, el camino de las estrellas. Al negarse el escocés, el druida, contra todo pronóstico, se retiró amargamente y se echó a llorar.

Cuenta el escocés de visitas a las televisiones, de noches en un cortijo de Los Palacios, de amaneceres de caminata por las llanuras manchegas y de nocturnidades de perversión y desmadre en las playas de media España.

El escocés no es una más de mis invenciones, es un chiquillo de 32 años que viene a clase en traje y que nos llama a todos "cracks corresponsales". Es el orgullo del grupo C, nuestro 'guiri' y la muestra más real de que los héroes que te ponen los pelos de punta existen. Y nosotros que ya desconfiábamos de los sueños, creyendo que gente así no podía existir.

Como he dicho antes, hay veces que lees las historias más increíbles, y otras en las que conoces a sus protagonistas. Esta es una de ellas. Aquí os dejo el incio de sus hazañas, en el link final podréis ver su historia completa.

Ruta solidaria

• David Nelson es un escocés de 32 años que va a recorrer 1.300 kilómetros para recaudar fondos para la investigación de una enfermedad rara (en los países desarrollados afecta a 1 de cada 1.000 personas), la amyloidosis.

18/08/08
Su madre murió hace un año debido a esta dolencia,
“estuve pensando en hacer algo como homenaje a ella y a la vez recaudar fondos para la lucha contra la enfermedad. Pensé, además, en que caminar te da tiempo para reflexionar”, explica este escocés afincado en España y que va a hacer la ruta ataviado con un kilt (falda escocesa). “ Decidí ir vestido así porque estoy orgulloso de ser escocés y también para llamar la atención sobre esta causa”, añade . El pasado jueves salió desde Estaca de Bares (A Coruña), la punta más septentrional de la Península Ibérica, para llegar, tras 37 de caminata a Tarifa. Va a recorrer la Ruta de la Plata a una media de 33 kilómetros diarios. “El principal reto es el calor, por eso voy a vivir como un buen español, voy a levantarme al alba, a las 6,30 de la mañana, y caminaré hasta el mediodía, después comeré y me echaré una siesta. Cuando el sol baje emprenderé de nuevo el camino”, cuenta en un perfecto castellano, aprendido en los cuatro años que lleva en España. Trabaja en la multinacional de abogados y asesores tributarios Deloitte como asociado en la sección fiscal internacional. Y, precisamente, es su compañía la que más le está apoyando en su hazaña, “ha donado un euro por cada kilómetro que voy a hacer. Luego amigos y conocidos han aportado lo que han podido, desde 10 libras a 150 libras esterlinas (de 12 a 190 euros) hasta recaudar 4.000 libras (unos 6.000 euros). Ese dinero yo no lo toco, va directamente al Centro de Investigación de Amiloidosis de Londres, centro de excelencia de toda Europa. Los donativos pueden hacerse a través de las páginas web www.justgiving.com/walkacrossspain (en inglés) caminocontralaamiloidosis.blogspot.com (en castellano). Ambas versiones recogerán también las incidencias y comentarios de su aventura.

Si esto no merece estar en los periódicos, ¿qué merece estarlo?

jueves, 18 de febrero de 2010

Diario de Madrid_ Bello Danubio Azul


Hoy me he llevado una tremenda sorpresa al cambiar de línea en la céntrica estación de Alonso Martínez. Hacía mucho que no me bajaba solo en esta estación, últimamente siempre me han acompañado María, Fabrizio o Javier. Pero hoy los horarios se han roto definitivamente y cada uno ha tirado para casa a la hora que le ha venido en gana.

Agotado, subía yo la escalera tras recorrer el andén, cuando entre el gentío y sus claqueteos subiendo escalones, señal irritante del compás arrítmico de esta ciudad, escucho un rumor de orquesta. Se escucha música sinfónica desde el pasillo superior, y aligero el paso para contemplar con mis propios ojos a qué se debe esta ilusión. He de decir que desde hace semanas mi escasa relación con la música me está desquiciando. Redoblo con los nudillos compases de bulerías y malagueñas en las sillas de la clase, sobre el metal de las taquillas, tintineo con las uñas en las barras del vagón de metro y, cuando estoy sentado en un bar, me descubro a mí mismo tocando el piano sobre el mantel, traicionado por mi inconsciente de la manera más ingenua.

Pero, volviendo a Alonso Martínez, aún me hallaba yo apretando el paso para llegar a la parte superior del túnel, cuando entre la muchedumbre escucho la lejana melodía de un violín acompañando a una orquesta grabada. Me traslado de repente, eufórico como nunca me ha sucedido con esta pieza, a las salas de conciertos que ya no tengo tiempo de pisar, a las salas de los teatros, a la terraza verde y nogal del Maestranza. Y a pesar de que el rumano moreno que toca el violín no es Paganini, es como si tocara sólo para mí, como si se hubiese detenido el tiempo mientras decenas de personas me adelantan y me empujan en el descansillo abarrotado.

Nadie se para a mirarlo, mientras el Bello Danubio Azul, de obstinatos clamorosos y accelerandos emocionantes, discurre como una reina enjoyada y soberbia por los túneles de Alonso. Tengo ganas de bailar, a pesar de que nunca en mi vida he intentado un vals, se me van los pies con la orquesta de ese pequeño reproductor atado con cuerda a un altavoz portátil.

Con la respiración agitada me monto en la escalera mecánica para subir hasta la línea 4, y se aleja la música. El Bello Danubio Azul, glorioso y revelador, como envuelto en un halo de misterio, va alejándose sin dejar de acelerar, se diluye en el túnel mientras me voy, y todo queda en silencio, como si todo hubiese sido un sueño... Y me despierto. Y vuelvo a estar en Alonso Martínez, con mi maleta llena de periódicos y la cara de idiota del que acaba de percibir un pellizquito de gloria.

martes, 16 de febrero de 2010

Tocado


Vivir prácticamente en el recinto de la Escuela es, cuando llevas un tiempo experimentándolo, algo agotador. Por la mañana no me da tiempo a pararme a desayunar tranquilamente, porque el frío me hace acurrucarme entre las sábanas hasta justo la hora límite para no llegar tarde, y por la noche, tras un trecho en metro hasta San Bernardo y una cena rápida, contactar con mi tierra a través de esta pantalla me hace caer rendido en la cama sin apenas despegar las pastas del libro que llevo semanas intentando leer.

Hoy es un día más gris de lo normal. Ha nevado hasta el mediodía, y más tarde ha comenzado a llover, alternando el agua pura con el aguanieve, ese que cala los huesos aunque no lo parezca. En las calles las placas de hielo nos han impedido disfrutar del escaso paseo que hay de la Escuela a la boca de metro, y las clases hoy han sido tremendamente desesperanzadoras.

¿Será que hoy, por fín, nos hemos dado cuenta de la dureza de la vida que nos espera? ¿En qué clase de vida me he metido por conseguir un sueño? Si algo no dudo es que ni quiero dar marcha atrás ni voy a hacerlo. La nieve, blanca sobre un paisaje de cielos encapotados y calles grises, sobre las chimeneas, esos vigías arrogantes de la glorieta cuando nadie mira, que cuchichean entre ellos, y llevan los malos recuerdos a nuestros oídos cuando nos trapasa ese viento helado que nada bueno trae.

Tocado pero no hundido me voy a la cama. Los días grises que pasas en aulas grises mientras afuera el cielo te brinda un cielo de grises nubes son para hacer borrón y cuenta nueva.

Y por eso y para que veáis que la luz está ahí siempre, ha salido el sol hacia las nueve (sí, cuando ya ha caído profunda la noche), allá por Bilbao, la glorieta de la fuente con forma de barcaza marinera. Y he recibido el mensaje perfecto en el momento perfecto, y he tomado la cerveza perfecta con la compañía perfecta, y he visto la película perfecta con la moraleja perfecta... y he cerrado el paraguas y me ha dejado de importar la lluvia, porque al mojarme se ha llevado de mí los pesares, que he visto caer, metálicos como cadenas, por las alcantarillas discretas de Fuencarral.

Me coso la herida abierta del día con hilo fuerte que me recuerde en un futuro que no estoy ya para tonterías, y que si me puede la vida, soy yo el único que tiene la posibilidad de arreglarlo.

miércoles, 27 de enero de 2010

Diario de Madrid_ El Clan

Me despierto en una de esas mañanas en las que creo no haber sentido tanto frío en mi vida. El sol por fin acaricia las tejas de los edificios de San Bernardo. Los árboles de Carranza, esqueléticos, por fin perciben el calor del astro rey. Me asomo al balcón y un paisaje atípico me recibe: los jardines de la glorieta no son verdes, sino que la nieve los ha vestido de blanco. La calle reluce mojada por la nieve derretida y las capas de hielo sobre el asfalto, y percibo que es mágico. Nunca en Sevilla habría podido ver esto.

Llevo el libro de Terry Pratchett en las manos, porque hoy no pienso ponerme el mp4, quiero leer. Las casualidades hacen que mi afán lector no llegue muy lejos. Después de días sin encontrarme a nadie en este laberinto caprichoso que es el metro, de días de aburridos túneles sin tener nadie con quien hablar, hoy que llevo el libro abierto entre las manos, mi compañero de Móstoles aparece caminando, con su cara de sueño, desde el fondo del andén de Alonso Martínez, hoy más concurrido que de costumbre. Evidentemente, cierro el libro. El viaje transcurre entretenido, aunque aún luchan mis ojos por cerrarse.

Las paradas transcurren, infinitas, parece que me salgo de Madrid. La línea verde no termina nunca. Como en un turbado sueño, me bajo junto a mi colega en la estación de Suanzes, y allí nos encontramos en un pasillo en emboscada a la madrileña que ejerce de Relaciones Públicas, el mallorquín y la gaditana. El mundo es un pañuelo, y el metro de Madrid, más. Salimos de la boca de metro y nos encontramos unos jardines profusamente nevados, cubiertos de blanco, esculpidos. Una primera bola de nieve vuela hasta la espalda de María, y como en una escena impensable, nos lanzamos a la guerra de bolas mientras bajamos la cuesta de este atajo que hemos descubierto para llegar hasta El País.

El día transcurre entre clase y clase, entretenido, sin parar de conocer profesores nuevos a los que voy fichando. Poquito a poco pero con los ojos y los oídos bien abiertos a todo lo que quieran contarme y mostrarme. Me acuerdo mucho de Emilio, de Gloria, de Flora... ¡cuánto disfrutarían aquí! Por la tarde toca una de mis clases favoritas (quién me lo iba a decir...), el taller de Radio. Me lo da Carlos, un profesor al que admito que no conocía, un hombre que vive la radio al máximo: perdió la vista en un accidente y ahora es el oído lo único que puede unirle a la información, al hermoso don de mimar el oído a través de un transistor, de llenar el aire de calidez. Hago mi prueba de locución y estoy que me ahogo, y como llevo temiendo desde hace tiempo, le hago LA pregunta: ¿es mi acento de Andalucía algo que debo ocultar, entorpece la comunicación?. Me dice que es un problema que debo solucionar yo, que es una decisión dura que debo tomar después de meditarlo largo y tendido.

Me explica que mi acento es algo que me distingue, que puedo ocultarlo cuando esté en antena. Sin embargo, me temo que eso me parece traicionarme a mí mismo. Me cuenta que el acento es algo que me identifica con mi clan. En este momento espero que lo arregle, porque ha sonado un tanto raro y despectivo. Me explica que el acento es una manera de acercarme a los andaluces, a los que hablan como yo, que es un lazo fuerte. Que hay gitanos rubios y con los ojos tan celestes que parecen arios, pero que en cuanto abren la boca su clan los identifica y los arropa. Eso es lo que me pasaba en Canal Sur, allí no había nada que ocultar. Me dice que es el momento de decidir si quiero ser un Iñaki Gabilondo o un Carlos Herrera. Me temo que tarde o temprano renunciaré al acento de mis ancestros, aunque me consta que otros no lo hacen. Adoro las aspiraciones de la 's', los finales de palabra mudos, los participios evitando la 'd' y nuestro léxico propio. Como dice Carlos, cuando vuelva, me mirarán raro y me dirán que me he vendido, y yo tendré que contestarles que ahora hablo "raro" porque necesito comer, y para ello necesito hablar en un español estándar, de ese que estudiábamos en Lengua en la facultad y que decíamos que nunca usaríamos.

Me siento traidor, pero aunque sé que es imposible, intentaré mantener ese gueto con mis compañeros del Sur, dejarnos llevar por los dejes, las expresiones andaluzas, los términos cariñosos gaditanos y sevillanos, los acentos propios de la tierra en definitiva. Iré perdiendo el habla, el contacto con el dialecto, y llegará un día que como la Parrado, lea un texto y nadie note que soy de más al sur de Alcorcón. Confío en que cuando vuelva, en esas escapaditas por goteo una vez al mes, me recordéis cómo hablaba, y sobre todo, como prefería el "cabesa" antes que el "tío" o el "chaval".