viernes, 23 de octubre de 2009

¿Qué es la Música?


Extrañamente, conforme más busco trabajo como periodista, más aparece la Música (sí, con mayúsculas) en mi vida cotidiana. Es como una sombra de mí, un dardo que me atraviesa. Pero me sorprendo a mí mismo, como si saliera de mi cuerpo, observándome desde fuera, en situaciones tan distintas que me hacen pensar que las situaciones musicales son un reflejo de lo que pasa por mi cabeza.

Como escritor, articulo un nuevo relato, y lo primero que se me ocurre es que la acción esté impulsada por los títulos de las canciones que suenan en un disco mientras tres personas van en un coche. Curioso lo que mi cabeza califica de impulsivo, de 'primer pensamiento que sale de mi mente'.

Hace un mes me hallo, de repente, entre una nube de quinceañeros, en un concierto al que no me hubiese atrevido a ir hace unos años. Green Day sobre el escenario, empapado en sudor, salto en un Palau Sant Jordi más lleno de lo que parecía en un principio. Me siento rockero comercial por un rato, y disfruto del espectáculo, tremendo y emocionante. Tras eso, paso la noche en la calle, en vela, en una Plaza de Cataluña no es más que un gran teatro por el que pasan los personajes más pintorescos de la ciudad condal.


En mis ratos libres, o en los que me encuentro inspirado más bien, me siento ante un piano que ni en mis sueños he visto en mi salón, y arreglo partituras de esas que me encantan. Bandas sonoras de películas. Sentado ante las teclas imagino el concierto de AS, y veo un concierto casi a oscuras, íntimo, como si nadie nos estuviera viendo, con un poco de teatro, disfraces y detalles que nos hagan conectar con el público.

Esta tarde, en el Maestranza con Chema, me sigo indignando cuando el de detrás, que se vanagloria de ser un músico entendidísimo (a menudo las terrazas del teatro están llenas de Paganinis y Mozarts que no paran de criticar la interpretación durante el concierto, faltando el respeto al resto del público y a la orquesta, cuando si los sacas de la música no saben ni articular una frase subordinada sin cometer un error gramatical), no para de tararear la melodía de los violines en alto mientras la ROSS acomete el primer movimiento de la 'Eroica' de Beethoven, como si a alguno nos importara. Y me callo porque sé que me meteré en problemas, pero me duele tanta soberbia cuando la Música es algo tan grandísimo y complejo que ni en cinco vidas, ni dedicando día y noche a estudiarla, puedes llegar a comprenderla como para mirarla a los ojos de igual a igual.

Y en casa, cuando me siento ante el portátil, pongo aquella música que me gusta de siempre, la que descubro por casualidad, la clásica que me acompaña desde antes de nacer, y la que voy recopilando porque la escucho en vuestros coches, en los tonos de vuestros móviles, en los tablones del tuenti, o a vosotros mismos cuando cantáis bajito, creyendo que no os escucho, cada domingo en el coro. Y van desde el She´s like a rainbow de los Rolling, al Hallelujah de Cohen, a la BSO de La lista de Schindler, a las Fanfarrias olímpicas de Los Ángeles de John Williams, a una canción antigua de La Oreja de Van Gogh o simplemente la grabación con Juanito del Dejo en tu cruz este verano.

Y es tan grande cada canción, cada línea, cada letra, que me pregunto si vuelve a enviarme señales esta vieja amante a la que abandoné por otra más libertina y más moderna llamada Periodismo. Como buena amante, deja huella, honda y doliente, una herida de esas que nunca cierra porque precisamente no quieres que cierre, una marca de las que te encanta exhibir porque es parte honrosa de tu pasado y no eres capaz de admitir que la dejaste.

Nunca lo he contado, pero soy tremendamente supersticioso para las señales. hace unos años, cuando dejé el Superior, una señal me dijo que había hecho bien. Yo solía llevar un arpa de bronce colgada del llavero. Resulta que el día que decidí dejar el conservatorio, al abrir la puerta de mi casa, el llavero que llevaba conmigo desde mi primer concurso en Madrid, cayó fulminante al suelo, rompiendo la argolla que lo unía al conjunto de llaves. Era imposible arreglarlo, la Música se había ido de mi vida y así me demostraba que estaba dolida y que no quería verme en un tiempo.

Pero no puedo dejarla. Quien ha probado la dulzura de sus líneas, la sensualidad de una novena romántica, la grandeza de un quinto-primero en un final de Rossini, el escalofrío de un crecendo en un preludio de Wagner... quien ha probado eso, sabe que necesita de ella. Y tenerla, y amarla, y volver a ella continuamente, en la alegría y en la tristeza, porque sólo ella permanece con el tiempo, en la riqueza y en la pobreza, porque nadie puede adueñarse de ella ni ponerle precio, en los sueños, porque nadie la ha visto jamás pero la siente igual que se siente el amor flotando en el aire, porque todos los momentos felices de mi vida tienen una banda sonora, y porque sigo llorando con las mismas obras por muchos años que pasen, porque se me acelera el corazón con sólo sentarme en la banqueta en una orquesta...

Me pregunto si deberíamos volver... El Periodismo seguirá ahí, pero nunca será tan cálido. Será emocionante, ilustrativo, enriquecedor... pero si me exige que abandone a la Música, que no vuelva a pensar en ella... no sé qué será de mí. Los 'barones' y la 'dama' (así llamo yo en clave a los instrumentistas del coro) me entienden, saben de lo que hablo. Los desquiciados porque no consiguen terminar una canción, aquellos que cantan en alto por la calle como si estuvieran solos, los que se sientan ante el piano a improvisar y se le van las horas muertas, los que cantan con el corazón y por ello están por encima de toda técnica, los que tienen los dedos hinchados y agrietados de tocar las cejillas por quintas, arrastrando los dedos sobre las barras metálicas de los trastes, los que regalan canciones en lugar de relojes caros, los que, como yo, sólo pueden escribir si suena música de fondo. Esos, me entienden, lo sé. Y por eso los quiero en mi vida, a mi lado, recordándome que no deje nunca de pensar en ella, que se quede conmigo.

Ella sabe que la necesito, y por eso nunca se va del todo, y me deja este mal sabor de boca cuando paso de ella, cuando no le presto atención, y viene a buscarme cuando sabe que me siento mal o solo. Porque ella no sabe enfadarse, como yo algunas veces, y regresa a mi lado, y me hace sonreír, y llorar, y que mi corazón lata fuerte, y que me quede dormido... ¿acaso importa conocer sus secretos cuando con solo un acorde es capaz de llenar el alma de emoción?

No hay comentarios: