Llega el final. No querría, pero llega. Y por el camino me dejo 12 meses de via crucis y de gloria, de momentos vibrantes y tensión. Estos son mis recuerdos, que en enero echaré de menos.
Enero: la ilusión
Ahí empezó todo. Nueva sección, nuevos compañeros, nuevo estatus. Empezaba una nueva etapa para demostrar lo que soy. En ese mes me dediqué a ubicarme, a enontrar mi lugar, a acostumbrarme a las reuniones de los lunes, a hablar con los jefes y a tomar la iniciativa. Y a descubrir que Madrid era más grande de lo que parecía.
Febrero: los primeros triunfos
Conseguía llevar hasta el final mis primeros reportajes, a acostumbrarme a la calle, a vivir en una sección en la que no hay hora de comienzo ni de fin. A acostumbrarme a no tener vida. El periodismo era mi vida y mi religión, y a partir de ahí articulaba mis escasas horas de sueño y aprendí que comer era un privilegio si podía realizarlo en un lugar que no fuera la mesa de trabajo.
Marzo: el trato
Colaboradores, especialistas, expertos, becarios. Aprendimos los distintos escalafones, esos insalvables escalones que vertebran una redacción en una pirámide inabarcable. Comenzamos a entender cómo funcionaba todo y los reportajes de Cultura vinieron a mi como algo natural. Era el comienzo de mi intención de especializarme, de abarcar ese mundo hermoso de música con el que siempre he vivido.
Abril: la caída
Mis primeros días de libranzas, que no vacaciones, aparecieron en abril. Unos días en Semana Santa y un fin de semana de Feria me reencontraron con Sevilla y con mi gente. Abril sería el mes de los sueños y del análisis: llevaba cuatro meses en la sección y tenía la sombra alargada de nuestros predecesores en el becariado pesándome sobre los hombros. No estaba haciendo lo suficiente, y eso había que cambiarlo.
Mayo: el proyecto
Mayo comenzó con fuerza. El proyecto de la web de Política nos llevó a algunos de nuestras secciones de origen a ese nuevo contenedor que iba a ser la joya de la corona de cara a las elecciones atuonómicas y locales. Una semana antes de abrir las urnas, explotó la bomba: una juventud indignada surcaba Madrid un 15 de mayo para exigir un futuro que les había sido robado. Esa misma noche comenzó la aventura de la Puerta del Sol. Luego vino el grito mudo en la jornada de reflexión, la foto de la plaza abarrotada en la portada del New York Times, los guiños a la Primavera árabe y el modelo asambleario. La bestia había salido de su cárcel y había mostrado sus garras: la clase política temblaba desconcertada. Mientras nosotros coordinábamos la información de los indignados de toda España, mis heroicas compañeras de Local hacían guardias durante 24 horas en Sol. El infierno hecho crónica.
Junio: la imagen
Reservo dos imagenes de ese primer mes de la república independiente de la Puerta del Sol. Una es la del contagio: las distintas acampadas en toda España. La otra es la de tener la noticia ante tus ojos mostrándose de manera brutal. La constitución del Ayuntamiento de Madrid me pilló en la calle Sacramento. Un solo periodista, una sola versión. Vi las porras cargar contra una masa de gente pacífica sentada a la salida de un párking, gente mayor arrastrada por los suelos, amas de casa tiradas como sacos de patatas a las aceras para despejar la calle. La noticia desnuda, la realidad descarnada ante tus ojos, y solo yo para contarlo. Aprendí de aquel día que los nervios son un cuchillo afilado para la veracidad y que no puedes dejar que te afecte lo que ves si quieres seguir adelante.
Julio: la competencia
Llegaron los nuevos becarios de verano y comenzó a vaciarse la redacción por las vacaciones. En los ojos de esa nueva generación más joven y más ambiciosa leímos una amenaza. Ellos eran los que debían sustituirnos a final de año, serían nuestros sucesores y estaban solo dos meses para jugárselo todo a una carta. Ahí comprendimos, como nos dijo un compañero, que era el momento de dejarse vencer o de seguir adelante. Menos personal y más páginas provocaban también que el trabajo fuera despiadado y sin medida. La vida del periodista, al fin y al cabo.
Agosto: el triunfo
Y llegó el Papa, y nos pilló con la redacción medio vacía. Despliegue de vértigo para cubrir los días del Pontífice en España, y petición a título personal para cubrir el Vía Crucis y la posterior procesión. Protocolo y boato para conseguir llegar hasta la grada de prensa, orgulloso, con mi acreditación colgada. Y cuando volvía el Vía Crucis tranquilo una vez entrada la noche, algo pasó. El 15-M y los peregrinos, tras varios encontronazos anteriores, se habían sentado a hablar en la Puerta del Sol. No lo dudé: me salté los cordones policiales, y corrí hacia Sol dejando a mis amigos atrás. Allí estuve viviendo aquella asamblea, viendo como el Palio de la Virgen de Regla asomaba ya por la esquina de Alcalá. La asamblea era una marisma de entendimiento, y cuando el paso pasó es tragabolas del Cercanías, se levantó como un fantasma. Aquella noche escribí desde Sol hasta las 2 de la mañana. Solo yo lo conté: las visitas en la web subieron como la espuma.
Septiembre: el paréntesis
Las mejores vacaciones de mi vida, quizá porque eran las que más necesitaba. Tras ocho meses de becariado intenso, llegaron mis nueve días de vacaciones y las desiertas playas de Portugal se me antojaron un paraíso lejano del que no querría salir nunca. También fue el momento de pensar que comenzaba la cuenta atrás: la beca iba agotándose y no había resolución alguna. El mosntruo de la incertidumbre comenzó a devorar nuestra tranquilidad.
Octubre: la oportunidad
Con el nuevo mes llegó el lavado de cara, y comenzamos a sacar un cuadernillo nuevo de Cultura y ocio los fines de semana. Metrópoli nos hacía sombra y el Cultural también, y era necesario apostar por algo nuevo. Me encargaron una sección de Clásica para cada semana, un par de temas en los que yo me muevo como pez en el agua, mis encasillamiento soñado, lo que realmente quiero contar al mundo: por qué la música no debe morir nunca, y permanecer joven por los siglos de los siglos. Llegaron las primeras felicitaciones y el peso de la responsabilidad, los dobles turnos para llegar al viernes con los deberes hechos. Una luz esperanzadora se veía al final del túnel, pero no era momento de confiarse.
Noviembre: la agonía
Lo que me preocupaba a la mitad de este noviembre lluvioso no eran precisamente las elecciones. La web estaba totalmente dominada y el trabajo solo durante el verano me había convertido en un gestor bastante eficaz de la versión digital de Madrid. Pero faltaba algo más de un mes, y las noticias económicas nos deparaban un futuro negro. La beca era un billete de ida y vuelta a nuestras ciudades, a una vida que aún no sabíamos cómo sería. Era el mes de las preguntas, de los cuchicheos en los pasillos, de compartir currículums... Era el momento de la agonía.
Diciembre: no va más
Es la última apuesta, con el riesgo del Blackjack y la inexactitud de la ruleta. El todo o la nada más absoluta. El tiempo apremia y estamos más pendientes de una llamada que de hacer todo eso que no nos dió tiempo a hacer y que ahora queremos terminar para engrosar el portafolio lo más posible. Es el mes de la cuenta atrás más cruel, del suspiro cuando compras el último abono transporte, del sueño que se rompe, de la vida que se nos escapa entre los dedos. Es el momento de la espera y de la acción al mismo tiempo: solo el destino sabe qué será de nosotros cuando den las campanadas y el 2012 entre entre deseos pedidos a las estrellas. Diciembre es el cierre de una etapa, y probablemente la apertura de otra que aún no sabemos en qué consiste...
martes, 6 de diciembre de 2011
miércoles, 30 de noviembre de 2011
La quinta noche de la magia

Cinco años: el tiempo en el que se hace una carrera (o en el que se hacía una carrera cuando no había llegado la incomprensible Bolonia). Cinco años y sigo sintiendo esa revolución por dentro segundos antes de salir a escena. A esa escena figurada, marcada por el enorme altar inamovible y por la escalinata de piedra que nos separa de una nave inmensa que este año conseguimos llenar de alientos y risas.
Cinco años de conciertos, cuatro años de ilusiones, tres años de la gloriosa fundación de Sevilla 28, dos años de ambición sin límites en forma de teatro musical y un año de masiva afluencia y de récord absoluto. Cuando comenzamos con todo esto nunca imaginamos que llegaríamos a montar algo como 'La vuelta al mundo en 80 días'. Es más que un sueño hecho realidad, es el triunfo de la emoción por encima de todo. Guiones que se escriben a 500 kilómetros de distancia, ensayos que cuadran con las agendas de 40 personas, vestuarios que salen de las agujas de madres convencidas de que esto es algo grande, decorados que son auténticas obras de arte, danzas que cuadran al milímetro en un escenario atípico y con escaleras... Es una locura que vive en nosotros y que ojalá no muera nunca.
Un concierto el de este año para reestrechar los lazos que se dañaron hace tan solo dos meses en una pelea absurda pero necesaria. En una de esas peleas que sirven para que el abrazo sea más sentido cuando acabe todo y no una sencilla e incómoda formalidad. Un concierto en el que fueron, menos de 80 días fueron para prepararlo todo, en un intento casi heroico por darle su hueco a todos aquellos que lo reclamaron. Porque a pesar de revisitar el orfanato en el que nos encerramos cuando no queremos saber nada de nadie, al final hay que proclamar a los cuatro vientos que hay que volver a mirar lo que tenemos delante y afrontarlo con alegría, y por eso nuestra conciencia nos dice:"Vois sur ton chemin". Que si gritamos "Help!" en este coro siempre hay alguien que tenga un hombro listo para consolarte, porque al fin y al cabo todos Vivimos por ella, por la música que nos lo ha dado todo y sin la que el mundo sería un infierno. Y que una vez en noviembre, cada año, nos reunimos, pero eso no significa que no estemos presentes durante el resto del año, porque a este grupo de personas se las lleva en el corazón. No nos hace falta ir a Arabia para poder sentir algo nuevo, porque hay alguien que lo hace todo nuevo por nosotros cada día y solo tenemos que seguir el dictado de nuestro espíritu para tener las fuerzas necesarias para volver al escenario un año más. Y mientras tanto, nos empaparemos de este buen ambiente que nunca falta sea en las frías mañanas de invierno o en las Summer nights que suenan a tintineo de copas y botellines entre risas. Da igual que sea una complicada partitura a cuatro voces de una profana 'New York, New York' o de una espiritual 'Oh happy day!', al final seguimos siendo los reyes, sin corona, esos que gobiernan pero no les interesa la riqueza ni el poder, solo el trabajo bien hecho. Y si algo sale mal, un Hakuna Matata puede arreglarlo todo antes de que nos demos cuenta porque, por encima de todo, somos optimistas.
Ahora que en Madrid todo acaba, que llega el frío invierno y que los Reyes me traerán este año un saco de incertidumbre atado por el lazo de la crisis, me alegro de haber compartido este momento con vosotros. No sé si habrá un próximo aunque, a pesar de las dudas, siempre lo ha habido. Quizá esa música por la que vivimos vuelva a ser mi vida a partir de enero, cuando todo lo que ahora es mi día a día se derrumbe y vuelva con las cajas de libros a cuestas, la arpita que hace un año que no suena en la consagración, la maleta llena de cd's de música clásica, el montón de mis periódicos y revistas y todas vuestras fotos. Y entonces, Dios proveerá y yo me encargaré de que provea. Gracias por este quinto éxito, por esta quinta locura que nos sale bien. Un abrazo virtual y unas gracias inmensas desde Madrid.
martes, 25 de octubre de 2011
Mayores

Sí, señores, que los años no pasan en balde. Nos hacemos mayores y cada vez tenemos un apego mayor a determinadas cosas que antes nos parecían un rollo. Los libros se convierten en una mejor alternativa para una noche tranquila que la televisión o el cine.
Antes nos levantábamos un viernes a las siete para ir al colegio y, tras un largo día con academia de inglés y múltiples actividades, aún salíamos por la noche a hacer botellón hasta ver amanecer. Ahora, si pasamos un día comiendo fuera y nos tiramos la tarde en la calle, a las diez solo queremos cenar en casita estufa de por medio y dormir plácidamente si aguantamos a ver una peli en el sofá sin quedarnos fritos.
Los años nos separan: tus amigos del cole se encasillan en sus novias, en planes de pareja en los que, irremediablemente, te sientes fuera de lugar. Y cuando no, parece imposible poner de acuerdo a nuestras agendas para encontrar un hueco. Los kilómetros nos separan gracias a los masters, los trabajos y las Erasmus en países de los que no conocemos apenas el idioma. Segunda vez que me pasa que, cuando yo bajo a Sevilla, a quien yo quiero ver ha subido a Madrid...
Por eso quizá los reencuentros, esos momentos en los que se alinean los planetas por un motivo o por otro, son un motivo de celebración. Volver al barrio, ese en el que la casa más lejana de uno de nosotros está a diez minutos, ese que puedes cruzar andando sin pensar en el coche, volver a la vida de quedar dentro de cinco minutos y no planificar tu vida con días de antelación.
Los reencuentros, fortuitos o forzados, son siempre un motivo para tirar hacia adelante y reír recordando batallitas. No nos engañemos, es lo que más nos gusta: recordar ese tiempo pasado que, a nosotros por lo menos y en ese momento, nos parece mejor. Me gustan los reencuentros porque son un desahogo en esta 'vida de mayores' que llevamos. Reencuentros con etapas ya cerradas que vuelven a reabrirse tres años después de sinsabores a golpe de marcha nupcial. Reencuentros con la música y con la algarabía de disfrazarnos durante una hora para ponernos la máscara de lo que somos y no de los que debemos ser. Reencuentros de calles de ciudad mediana y no gran metrópoli, en la que cada esquina esconde un saludo y cada calle un "¿cómo te va?".
El reencuentro físico, carnal, del beso, del abrazo, el que pasa de redes sociales y de fríos chats que dan lugar a confusión y a paranoias injustificadas. Señores, volvamos a encontrarnos, en la barra del bar o en la iglesia, en el mercado, en las tiendas y en las terrazas. Volvamos a los parques, al autobús y al lento tranvía en lugar del metro, a las calles peatonales en lugar de las avenidas atestadas de coches, volvamos a las plazas (ay 15-M, cuanto daño has hecho a los utópicos...) y a escuchar el sonido de los pájaros en los jardines. Volvamos a la vida sencilla, a la de no ponerse reloj y volver a casa solo cuando nos apetezca, a la de hacer planes sobre la marcha. Volvamos a la casa de campo tranquila con la nevera llena de carne para la barbacoa, a la playa desierta y a hacer castillos en la arena, a redescubrir la ciudad paso a paso como si el tiempo se hubiese detenido solo para nosotros... Volvamos a la esencia.
Llevo tanto tiempo pensando que me hago mayor que me he olvidado de que aún tengo la vida agarrada por los brazos mirándome a los ojos. La vida es el momento insignificante y no entiende de galas ni protocolos. Vivir es solo vivir sin pensar en lo mayor que te haces. Lo importante no son los años que tienes, sino los días que recuerdas y que el día de mañana te harán contar batallitas de nuevo, en el próximo reencuentro, en el próximo cruce, cuando menos lo esperes.
sábado, 15 de octubre de 2011
15 de octubre: la fecha del planeta
Sigue en directo la jornada de protestas del 15 de octubre en todo el mundo a través del canal de Eskup de El País. Actualización al segundo. Yo no podré estar vigilándolo, porque estaré contandooslo desde la columna de la marcha de Madrid que sale a las 12 de la mañana de Leganés, y con los que haré las seis horas de travesía. A las 18.00 nos vemos en Cibeles, y a las 20.00, de Sol al mundo.
domingo, 9 de octubre de 2011
Recuerdos en las estanterías
Limpiar el polvo es lo que tiene. Te pones a quitar libros, a tirar papeles, a reordenar teléfonos y a quitar fotos de las estanterías y te pones nostálgico. Entre foto y foto (que tengo muchas), voy limpiando en silencio cada una de las imágenes y devolviéndolas a su lugar, y mientras las mantengo en la mano se me vienen a la cabeza aquellas personas que quise traerme cuando venía camino de Madrid. Este es el álbum de recuerdos, mi bastión para soportar más de un año y nueve meses de exilio.
Feria. Bien está en sepia esta foto. Colocada en la entrada, sobre el mueble en el que dejo las llaves, está esta imagen. Es lo último que veo antes de salir de casa y lo primero que me encuentro al entrar. Es la última gran feria en la que estuvimos todos juntos. Desde entonces, cada uno ha ido tirando por un camino distinto y las reuniones de este tipo han quedado para las cenas de Navidad como algo excepcional. Por eso el sepia está bien: es un recuerdo, una batallita que contar, lo que no quita que desee con todas mis fuerzas que se repita este momento. Sí que los echo de menos, aunque ellos no lo sepan.
Periodistas. Ingenuos nosotros... estudiamos Periodismo por vocación pensando que no había nada más hermoso que trabajar en lo que te gusta y vivimos felices sin pensar en lo que vendría después. Periodistas porque así lo dice nuestro título y porque así lo sentimos de corazón, esta foto preside la segunda balda de la estantería. Es el recuerdo de un verano soleado, de una casa llena de vida, de un grifo de cerveza que no daba más de sí y de muchas, muchas risas. Compartísteis conmigo algo irrepetible, y por eso ver vuestra foto, es apostar siempre por la luz cuando el día a día solo me arroja tinieblas.
Espino. En lo alto de la estantería, junto a mis enormes catálogos de fotografía y las tazas de café, está esta foto que es una de mis favoritas. La foto no tiene nada: tres haciendo el gamba con un sombrero de paja. No tendría por qué tener más, si las dos personas que me acompañan no fueran quien son. Empezamos de manera tormentosa, discutiendo en un grupo y sin confiar en los otros, y hemos terminado montando enormes proyectos y yéndonos de viaje juntos. Sois mis hermanos medianos porque os lo habéis ganado, y por eso me encanta pensar en todo lo que hemos recorrido y lo que hemos logrado.
Caminos. Esta foto me da que pensar. Es la señal de las vueltas que da la vida, a veces para bien (Isa y Andriu con mis omnipresentes: da igual que no los veas en un mes, porque siempre están presentes) y a veces para mal. Es una pena que algunas cosas hayan acabado tan mal, y de hecho me siento idiota por no haber heho nada por arreglarlo en casi dos años. Es hora de volver, al menos de intentarlo, y volver a rememorar batallitas. Aquellas con las que tantos nos reíamos y de las que no me arrepiento.
Música. Son la música en mí. Juntos somos más, mucho más, somos un proyecto común y una mirada de esperanza al futuro. Somos una cerveza entre risas en el bar de siempre y una quedada irrevocable los domingos por la tarde. Somos Sevilla28 y no tenemos límites para ser ambiciosos. Es bonito que, a pesar de las tempestades, siempre volvamos a la calma sin dudarlo. Estais sobre la mesa del comedor, junto al ordenador -de vez en cuando, pongo nuestras canciones para creer que os oigo muy cerca-, frente a mí siempre. No puedo dejar de teneros presentes.
Sueños. Isabelita, te tengo colocada en una estantería
estrecha y alargada, en la que guardo mis discos de música clásica y de jazz, para asegurarme que acudo a tí a menudo. Quizá no es esta nuestra mejor foto, ni merece ser enmarcda, pero lo que es seguro es que en esta foto solo somos nosotros. Tú y yo con esa ilusión que a veces ya no sabemos dónde la hemos dejado, con la poca vergüenza de disfrazarnos de cualquier cosa simplemente porque sí. Es una foto en la que decimos que aún tenemos muchos sueños que cumplir y muchos cafés que tomar, porque un encuentro es siempre un motivo para sonreír. Hubo un tiempo en que fuimos compañeros de batalla: es hora de que volvamos a serlo.
Esta es una muestra de mi álbum de fotos, de los recuerdos que me traje a Madrid para agarrarme a ellos como a un clavo ardiendo cuando haga falta. En cada foto, un recuerdo; en cada estantería, un momento. Quién sabe qué fotos serán las siguientes.
Sueños. Isabelita, te tengo colocada en una estantería
Esta es una muestra de mi álbum de fotos, de los recuerdos que me traje a Madrid para agarrarme a ellos como a un clavo ardiendo cuando haga falta. En cada foto, un recuerdo; en cada estantería, un momento. Quién sabe qué fotos serán las siguientes.
sábado, 8 de octubre de 2011
¿Señales del futuro?
Esta noche he visto la apocalíptica (y más mala que un dolor) Señales del futuro. La película de Nicholas Cage adolece de lo que todas las películas faltas de imaginación: nos importa más ver cómo se va a la mierda Nueva York que hacer una posible reflexión. Aquí no hay cambio climático ni eras glaciares, aquí es la muerte por la muerte, no hay nada que hacer si al sol le da por lanzar una llamarada en dirección a la Tierra. Da igual que nos hayamos puesto finos a contaminar y el Protocolo de Kioto. Como si hemos vivido en la sostenibilidad más plena: si al sol le da un siroco, exterminio que te crió.Pero lo que más me ha llamado la atención -aunque he de admitir que me parece terrible e innecesario el accidente del metro de Nueva York en la estación de Lafayette; tan innecesaria como ver desmoronarse la Basílica de San Pedro con el Papa en el balcón y la plaza abarrotada en 2012- es la música. La primera vez que la ví, no le presté atención, pero después de un año intensivo refugiándome en la música clásica para no perder los papeles, he reconocido esa música que suena mientras vemos la aniquilación de la raza humana.
Es curioso ver la devastación más dolorosa y letal que pueda sufrir el ser humano con una música de fondo tan inapropiada (What the fuck!). Solo tiene una explicación: que en medio de la devastación hayan elegido el segundo movimiento de la Séptima Sinfonía de Beethoven como lo más hermoso que haya podido crear el hombre. Mientras vemos el Empire State arder como si fuera de papel en un segundo (cuéntenlo, no dura más) y a los típicos tontos neoyorquinos que salen en todas las películas saquear una de las bibliotecas más importantes del mundo (ya lo vimos en El día de mañana), escuchamos el arte hecho música, una pieza de unos nueve minutos que roza la perfección pocas veces alcanzada
Entre marcianos hechos de luz, piedras negras y un papel escrito por una niña que atina más que Nostradamus, encuentro esta pieza como lo más salvable de esta película. Si el sol nos va a quemar como un soplete y vamos a acabar hechos cenizas antes de tiempo, yo no quiero saberlo. Lo que no me importaría es que lo último que escuchase fuera este movimiento de Beethoven. Si hay que morir en una barbacoa a gran escala, que la música sea buena por lo menos.
lunes, 3 de octubre de 2011
90 días: hora del cambio
Faltan 90 días mal contados. 90 días para el adiós, para seguir cerrando etapas (¿qué es la vida sino cerrar etapas para abrir otras nuevas?). 90 días no son nada, a pesar de lo que pueda parecer. Los otros nueve meses han pasado volando, en un suspiro, y ya solo queda un cuarto de esta beca.Tal y como están las cosas, sería vivir en una utopía pensar que el 31 de diciembre no diré adiós a la redacción, por lo menos por unos años. Por eso es momento de empezar a darle vueltas, de valorar si en enero abandonaré este piso para volver a la tierra. Puede que allí no encuentre nada, pero puede que aquí tampoco.
El cambio comienza con esta nueva cara de este blog, un cambio de etapa anticipado. Es un tributo al techo de aquel Café de Indias donde empezó todo. Sabes que este blog, en parte, empezó por tí, por aquellas de capuccino negro mirando aquel techo desde aquella mesa del rincón. Allí divagábamos durante horas, y esas conversaciones, contigo y con muchos otros, las he continuado en este blog que me ha visto acabar la carrera, confirmar a los niños, triunfar con el coro, mudarme de ciudad, convertirme en periodista y tantas otras cosas que han quedado plasmadas en esta bitácora.
Quién sabe cuál será la siguiente etapa. Lo único que sé es que dejaré testimonio en estas cartas que escribo al viento. Es hora de dar lustre al currículum, de empezar a pedir referencias y de repasar idiomas. 90 días para decir adiós sin dejar de aprovechar lo que tengo ahora, sin perder un minuto en seguir sacando páginas bajo la firma de Miguel Pérez Martín. Esta es la nueva imagen del blog, y también una manera de mirar hacia delante. Quedamos en la mesa del rincón del café, que es lo único que no se mueve de su sitio aunque pasen los años. Seguid ocupando la silla vacía, el café siempre humea en la mesa esperándoos.
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