martes, 14 de junio de 2011

Herederos del hoy y el ahora


Después de una semana con carga policial y desalojo en el Ayuntamiento de Madrid, vivir con los indignados en la puerta del Sol el día del desmontaje del campamento y manifestación sorpresa con sus correspondientes cortes de tráfico un domingo por la noche, por fin estoy de libranza.

Han sido unos días de reencontrarme con el Movimiento 15M y de ver cómo dejaban como una patena la Puerta del Sol (comportamiento ejemplar, todo hay que decirlo, la plaza está reluciente), y se te queda un extraño sabor de boca y la pregunta de qué vamos a hacer para el periódico ahora que todo esto ha pasado.

Hay años que están repletos de noticias, y éste lo está siendo. Desde las elecciones con su campaña previa a este movimiento ciudadano que nos ha dejado portadas y más portadas de todos los rinconces de España, pasando por la crisis y la polémica del diccionario biográfico de la Academia de Historia. Además, se nos han ido Elisabeth Taylor, Ernesto Sábato y Jorge Semprún, se nos ha casado el próximo heredero británico y hemos vivido las revueltas árabes y la captura de Bin Laden. A esto hay que sumar las noticias que vendrán, como la visita del Papa a Madrid. Un año perfecto para hacer una beca, pero tremendamente agotador.

Las noticias son inesperadas y aparecen en segundos. Te implicas y las vives como si tú estuvieras dentro de ellas, porque la mayoría de las veces lo estás, entre la gente, camuflado, con el cuaderno y la grabadora en las manos, sudando a chorros y quemándote la piel con el sol. Tirado en la calle, sentado en el suelo sucio de las plazas y encaramado a las farolas y poyetes para poder ver mejor lo que luego tendrás que contar. Cuando tengas que ser los ojos de cientos de personas que no pudieron estar allí.

Y ese es el peso de nuestra responsabilidad, esa tremenda responsabilidad de que lo que la gente lea será, a veces, la única versión que tengan de un hecho concreto. Llegas a casa, llegan los días de descanso y el cuerpo se relaja, pero la mente sigue dando vueltas. Pensando en lo que contarás mañana, en lo que te hará salir a la carrera de la redacción, en lo que no puedes planear porque solo el destino y el tiempo lo saben. La cabeza sigue dándole vueltas, porque en esta carrera no se trabaja, se vive cada día como periodista y cuando llegas a casa, sabes que el teléfono puede sonar en cualquier momento para decirte que dentro de cinco minutos tienes que estar en la otra punta de la ciudad.

Ser periodista es eso: ser. Nunca te quitas la chaqueta ni dejas el bolígrafo en casa, porque no se puede luchar contra el azar. El horario es una utopía que solo algunos días puede llegar a cumplirse con un poco de suerte y una alineación de planetas. Compañeros periodistas, sabíamos a lo que veníamos, y quizá por eso lo nuestro tiene más delito.

Hay días desesperanzadores de temas que se caen del planillo, de reportajes que no salen, de jornadas maratonianas de 16 horas, de comentarios de los lectores que directamente te insultan, de cartas al director de gente que cree que cada página se hace en cinco minutos, y de amenazas de denuncia que te ponen a mil el corazón. Hay días que piensas en tirar la toalla y te preguntas si todo esto merece la pena. Pero entonces solo nos queda la vocación y pensamos que no seríamos felices haciendo otra cosa que no fuera esta. Ser periodista es ser, y serlo a pesar de las tempestades, de tener que correr ante la policía y saltarnos carteles de "No pasar", de meternos en edificios en ruinas y adentrarnos en los barrios peligrosos. Un sabio decía que el periodista es aquel que corre hacia el lugar de donde la gente huye. Somos unos inconscientes, pero no nos sale ser de otra manera. Por eso cuando el momento de la desilusión llega, solo nos queda agarrar con fuerza la libreta, la agenda, la grabadora y el móvil y salir corriendo a las calles. Somos hijos de la inexactitud y el imprevisto, herederos del hoy y el ahora. No sabemos vivir sin ello. Y tampoco queremos.

martes, 31 de mayo de 2011

La mañana que en Barcelona se oscureció Sol


Ocurrió la mañana del viernes. La inminente final de la Champions que podía llenar de barcelonistas la cercana Fuente de Canaletas y la necesidad de sanear el centro de la plaza fueron las razones que bastaron al Conseller de Seguridad para mandar desalojar la plaza de Cataluña. Aquí podéis ver a los que llaman "Los invencibles de Plaza Cataluña".

Aquella mañana las acampadas de toda España se levantaron con un pálpito, y se hizo el silencio mientras intentaban enterarse de lo que sucedía en Barcelona. Esa ciudad vanguardista, respetuosa, abierta... esa ciudad que no reconozco en este vídeo.

¿A qué hemos llegado para disolver una concentración pacífica con brutalidad? ¿En qué momento los Mossos dejaron de pensar que lo que tenían delante eran personas? ¿Cómo podían competir las porras y las pistolas de bolas de espuma con las manos blancas en alto? ¿Qué nos está pasando? ¿A dónde vamos, Dios mío, a dónde?

En esa plaza estábamos todos en el sentido en el que en el vídeo aparecen señoras que vienen de la compra, jóvenes, estudiantes, licenciados, parados, señores mayores, ancianos tranquilos y abuelas reaccionarias... Toda España estaba representada en esa plaza, cauta, con las manos en alto, recibiendo las embestidas de las bestias, a las que podríamos llamar paro, hambre, injusticia, desesperanza, corrupción... Todas las bestias atizando a una masa que siempre ha dicho que sí con la cabeza ante la galería para, cuando se cierre la puerta de casa, desquitarse a gritos, porque eso de quejarse está mal visto.

Esa mañana Sol se apagó, porque sentían que esto se acababa, y que en cualquier momento bajarían los furgones policiales por Arenal y Carretas. Nunca sucedió. Pero en Barcelona quedaron los rostros heridos, las espaldas amoratadas con la sangre saltada, en unas imágenes en las que la gente vuela por los aires, son empujadas brutalmente por simplemente no moverse, son apaleadas mientras miran a los ojos a los que las apalean. Es el rostro de una España que no entiende por qué llevan tanto tiempo haciéndole esto, y clama al cielo.

En la Puerta del Sol y en todas las plazas de España, aquella noche de viernes, con las discotecas y el botellón como contrincantes, ganó el grito unánime de Justicia. Un grito de verdad, no mudo. Por un día, España fue de verdad España, y nos olvidamos de los trasvases de los ríos, de las políticas autonómicas, de los referéndums de independencia y de los discursos de meter el dedo en la llaga como modelo de calentar el Parlamento. Aquella noche, volvieron a dar las doce en las brújulas de los relojes de los Ayuntamientos, y en Sol volvieron a cantar 8.000 voces al unísono: "¡Barcelona no está sola! ¡Barcelona no está sola!". Y no lo estaba.

jueves, 26 de mayo de 2011

La cuenta atrás de Sol


La película El bosque, de Night Shyamalan, nos enseñó una dura lección: por mucho que intentes crear una sociedad paralela al margen de esta, al final las maldades del mundo del siglo XXI aparecen, porque es el hombre el que forma la sociedad, y la bondad y la maldad están en su interior y no en el entorno que nos rodea.

Esa misma lección la leí en mis frecuentes visitas al campamento de Sol. Tras una semana, el campamento ha empezado a pecar de los defectos que todos llevamos dentro: los egos que salen a relucir, los egoísmos que cada uno esgrime para defender sus propios deseos y no los de la mayoría, el pillaje, el libertinaje... Una semana después, por el megáfono de Sol avisaban de las más diversas advertencias: rumanos que estaban cogiendo la comida de la cocina para venderla fuera de la plaza, exceso de porros y litronas entre los colchones, robos de carteras, discusiones porque eran demasiadas reclamaciones por parte de los grupos y cada vez menos concretas.

La Puerta del Sol contra la Puerta del Sol. En ella misma está la esencia y la razón de su posible triunfo o su inminente fracaso. La revolución cansa, y después de una semana el campamento está pecando de los mismos errores que lo que critican. La asamblea ya no es tan democrática y se ve a diario condenada a rechazar o aprobar cuestiones que vienen de los intereses particulares de las comisiones: de la abolición de la tauromaquia a libertad para abortar, de la proclamación de una III República a la reforma de la Ley Electoral. Si criticaban el Congreso, han configurado la asamblea de tal forma que hay más mandamases que parlamentarios. Han nombrado secretarios, encargados de las actas, moderadores, becarios, facilitadores, ayudantes, organizadores... Asimismo, han emprendido una guerra sin cuartel y sin sentido contra los medios de comunicación, y a pesar de que los hemos ensalzado como valientes y luchadores, cuelgan nuestros periódicos en una parte del campamento llamada "El rincón de la mentira". Tienen horarios para repartir incluso las mantas y deniegan a los comerciantes de la zona sus derechos a pesar de que están perdiendo dinero por todos lados. Decían que los políticos no los representaban, pero cada vez se parecen más a ellos.

La revolución, esa hermosa utopía que me hizo ilusionarme, se va desinflando. Sol el martes ya no era ni una sombra de lo que fue: ahora deben decidir si es momento de marcharse y morir de éxito o dejar que el tiempo y el acuciante calor vayan desolando el campamento y lo que un día fue una ilusión se convierta en un fracaso.

Es ahora o nunca. No dejéis que los que creímos en lo que hacíais, los que fuimos a Sol a gritar con vosotros por una democracia real, sigamos dejándonos llevar por el desencanto y volvamos a llamaros perroflautas como hacen los medios de ultraderecha. Jugad vuestras cartas, plantaos y definid lo que queréis, el tiempo corre. La revolución ya ha tomado las plazas, ahora es necesario que Sol no se convierta en el circo al que ya se parece -crearon el martes una inútil Comisión de Espiritualidad- y se disuelva para tomar una nueva forma. Tomad los barrios, las instituciones, empapaos de la voz de la calle y dejaros aconsejar por los que bien saben de cambios drásticos. Sabemos que no os casáis con nadie, pero es hora de que os emancipéis, de recuperar nuestro apoyo y de construir juntos un plan de acción. La brújula del reloj de la Puerta del Sol se ha convertido ahora en un temporizador que va marcha atrás. Es el momento de volver a nuestras vidas y trabajar duro por convertir el 15M en más que una anécdota en los libros de Historia. El poder está en nuestras manos: tengamos cuidado de que no nos corrompa.

sábado, 21 de mayo de 2011

Perdida y encontrada


Hoy he mirado a los ojos a la esperanza. Hoy no he reconocido a una Puerta del Sol que nunca había visto tan viva, tan rebosante de magia. Hoy he visto a esa a la que llamaban generación perdida, la que está aniquilada por la crisis y sin futuro porque no le tocará vivir el resurgimiento de la economía, más encontrada que nunca. La multitud ha hecho de los relojes de sus Ayuntamientos su brújula para encontrarse a sí mismos y levantar la voz.

A la luz del entusiasmo, la juventud indignada ha emprendido su propia revolución, una revolución en forma de acampada en cada rincón de España. 28.000 en Madrid, 8.000 en Barcelona, 5.000 en Valencia, 4.000 en Sevilla... En 5 días la Revolución Española ha hecho de las plazas su fortín, ha reclamado lo que es suyo y ha dicho "basta". Basta a la extorsión de los bancos, a la corrupción, a tener grietas en las manos de hojear los periódicos en busca de trabajo... La Revolución Española, esa que ha roto fronteras y ha clamado ante las embajadas de medio mundo, la que ha pedido auxilio ante las próximas elecciones. La que ha demostrado que un 40% de paro es asfixiar a una juventud creativa que ha sacado lo mejor de sus mentes y sus plumas para convertir las plazas en un bastión de libertad.

Esta noche he estado en Sol y he paseado en silencio por este campamento que es ya una ciudad en miniatura. El pueblo se ha volcado con ellos, porque ellos mismos son la voz de un pueblo hastiado de promesas. Los organizadores barren sin cesar, recogen la basura, organizan charlas, calman a los exaltados y reclaman que esto "no es un botellón". Los "indignados" han hecho que la Puerta del Sol sea portada del Washington Post, que nos llamen los rebeldes españoles, que digan que esto es la herencia de la egipcia Plaza Tahrir. La plaza de Sol se ha convertido en la plaza SOLución.

Las ciudades la han secundado como una obligación con la ciudadanía. Han sacado el espejo a relucir y han hecho a imagen y semejanza sus campamentos en las plazas de España. Valencia ha invadido los bancos de la plaza del Ayuntamiento y la ha rebautizado como Plaza del 15 de Mayo. Ese 15 de Mayo en el que comenzó todo, en el que nos creímos valientes y nos lanzamos a la calle, ese 15 de mayo que ni una Ley Electoral ha conseguido abatir, ni el Supremo, ni el Constitucional, ni los furgones amenazantes de la Policía, ni el Ministerio del Interior. España es un clamor, y grita a los pueblos de Europa que se levanten. Hace 203 años que Sol fue la llama que prendió Europa para que luchara contra la invasión napoleónica. Han hecho falta más de dos siglos para que España despertase de su letargo, ese sueño en el que siempre ha dormido, porque estaba demasiado cansada de luchar.

Salid a las plazas. Levantaos y reclamad que este mundo no es el que podemos legarle a nuestros hijos, que no es el mundo con el que soñamos. Nuestros sueños no caben en vuestras urnas. Llenad la plaza de Cataluña, la plaza de la Escandalera, la Puerta del Sol, la plaza del Ayuntamiento, la del Pilar, la del Obradoiro, el Bulevard de Donosti, la plaza de Arriaga, la del Zocodover, la del Carmen... mañana puede que ninguna se llame así, todas piden a gritos libertad, unidad, justicia, democracia...

Salid a las plazas en esta hermosa revolución pacífica. Estamos haciendo Historia, porque es nuestra historia personal la que está por descubrir. Mirad a las brújulas de los relojes de vuestros Ayuntamientos y gritad que no estáis perdidos, que os habéis encontrado, y que esta generación, la del espíritu de Sol, no vive en la luna.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Desubicado


Se me hace raro esto de amanecer en Madrid y, a media tarde, despertar de la siesta en Sevilla. Pero las fiestas de primavera es lo que tienen: si quieres llegar a disfrutarlas, es necesario sacrificar horas de sueño, descanso, trabajar más de la cuenta y evitar contar las horas para coger el tren.

Se echan de menos, y más cuando vuelves a esa redacción sin ventanas en la que la luz del sol es una utopía. Esta vez veré a Sevilla vestida de volantes, con las orejas llenas de farolillos y con una banda sonora de bullicio y sevillana a todo trapo saliendo a través de las cortinas de lona de rayas bicolores. Sevilla ha transformado en una semana la agonía del crucificado en la gloria festiva del baile, ha cambiado la torrija espesa y empalagosa por el pepito de lomo pasado por la plancha con ajito y aceite de oliva. Sevilla se ha quitado la mantilla negra para engarzarse la peineta colorida y la flor.

Sevilla es bipolar, como yo. Y quizá por eso allí me siento cómodo, aunque tenga que cambiar en horas el chip de mi cabeza para no verme desbordado por las fiestas que transforman la ciudad. En Semana Santa llegué a la fiesta tan a bocajarro que me encontré desubicado, pero intentaré superar el trance esta vez con más dignidad. Vuelvo a Sevilla, a ver Triana en el mes de abril. Sí, en abril, porque mientras haya Feria, abril no se resigna a marcharse y ceder a mayo la gloria que siempre le ha correspondido: la de la alegría del albero, el caballo, la risa y el farolillo.

martes, 26 de abril de 2011

Las fotos que no hice

Este año me he armado con la cámara de fotos para vivir de una manera distinta la Semana Santa. Por aquella necesidad de cambiar que supongo que tenemos los periodistas, acostumbrados a hacer cada día una cosa distinta e impredecible. Pero como estoy acostumbrado a ver la parte que no existe, la que nadie ha visto antes, ni siquiera yo mismo; pues me he puesto a hacer recuento de las fotos que no he hecho. Cosas de la vida.

No he fotografiado la interminable hilera de nazarenos negros de Los Estudiantes, que tuvieron estación de penitencia lluviosa por el interior del Rectorado de la Universidad. Ni el dulce blanco de La Bofetá bajando Cardenal Espínola.

Tampoco le tiré fotos a ese músico del oboe de uniforme cuya cabeza sobresale por encima de la multitud en una banda, esa de la que nunca debió irse, esa que le llama en el silencio a golpe de tambor y de trío de marcha de palio. A ese que se resiste a devolver la carpeta porque realmente nunca ha querido devolverla, porque aunque se fue de la banda, la banda no se fue de él.

Tampoco hice fotos de las jornadas maratonianas en la cripta para que los blancos más blancos del barrio sonaran a negro de Nueva Orleans y de Harlem. No se pueden hacer fotos a un Amazing Grace cantado a cinco voces de hombre, ensayada solo dos veces porque, a estas alturas, sabemos perfectamente que podemos confiar en los otros cuatro.

No pude hacerle fotos a la barbacoa en la que volaban los barriles de cerveza y en la que perdí la voz, porque me había dejado las ganas y la euforia vestido de blanco horas antes.

No hice fotos en la mañana de iglesias después de una noche de chat para ver si salian o no los albores de la Madrugá, ni a los paseos con una vecina por las calles de un centro empapado en el que se buscaba el cobijo de un café a la espera de que pasase el diluvio.

Tampoco tiré ninguna instantánea en las noches al amparo de la lámpara de un bar poco iluminado ante tres ofertas de cerveza y una de tinto. Allí donde las sonrisas son el mejor consuelo para un Martes Santo nefasto.

No hubo fotos en la noche estrellada del Sábado Santo, aquella en la que miramos a los cielos preguntándonos por qué. La noche de las confidencias, de las miradas y de las felicitaciones. Otra noche más de triunfo que sigue sabiéndonos a gloria.

Hubo fotos buenas, no lo niego, pero no las hice con la Nikon. Las hice con el objetivo de la pupila, con el obturador del párpado y el disparador de la emoción. Las mejores fotos son las que se escapan al aparato, porque son demasiado hermosas para quedar retratadas en una imagen congelada. Las mejores fotografías se graban en la celulosa de la memoria, y quedan para siempre, se pueden mirar en cualquier momento y nunca provocan una saturación de la tarjeta. Fotos de voces de ensueño, de cantos de sirena que llevan a los cielos, de rachear de pies que elevan el silencio a una simple molestia, de cornetas que claman a los vientos, de palabras sinceras, de ecos de recuerdos grabados a fuego en la intrahistoria. Las mejores fotos no se guardan en un álbum. Simplemente se viven.

jueves, 21 de abril de 2011

La charla de dos ángeles en la tarde de Jueves Santo


En el blasón heráldico, hermoso y reluciente, el ángel de la derecha miraba de reojo a su hermano de la izquierda. Esperando poder colocarse sobre un corazón batiente, aguardaban colgados de una percha junto a una camisa blanca. Faltaban horas para que el nazareno llevara en el cuello la medalla plateada, hermosa, sencilla e inconfundible del Gran Poder. Bautizados con los nombres de la historia de la propia hermandad, Lorenzo y Juan, por la parroquia que fue su casa y el nombre del imaginero insigne que sacó de sus manos a Dios mismo, se debatían en el equilibrio frágil de sus pequeñas alas en la cara trasera de la medalla.

"¿A dónde crees que vamos?", preguntó Lorenzo, moreno por el sol de la plaza que cobija la basílica. "No sé, ya sabes que cuatro gotas son más que suficientes para que nos quedemos en la percha este año", le contestó Juan. Lorenzo miraba el cielo de reojo por la ventana semiabierta salpicada de goterones de lluvia, y suspiraba con el lamento del que ve venir la puerta que no se abre de San Lorenzo.

"Te sientes tan impotente cuando sabes que las nubes no atienden a razón alguna, que se ciernen sobre los cielos sin pensar que abajo se está produciendo la maravilla de cada año: una ciudad que se vuelve barroca, que se vuelve altar, en la que no se ve el suelo, en la que todo es muchedumbre en las esquinas... pero nada importa", comentaba desolado Lorenzo. Juan sabía que el que todo lo puede escuchaba la conversación desde el otro lado de la medalla, en la cara principal. Sin embargo, el silencio le dio a entender que no quería inmiscuirse en la conversación. Dios mismo siempre observa, pero gustó de hacernos libres y no pretende inmiscuirse en cada palabra que sale de nuestros labios. El Jesús moreno y atormentado de la cruz al hombro clama al cielo que no es un padre censor ni un hijo libertino, solo nos dio alas -no solo a los ángeles- para poder volar y aprender de nuestras propias caídas.

La medalla se tambaleaba con el viento que entraba por la ventana, y chocaba con los botones de la camisa en un dulce tintineo que, en pleno Jueves Santo, sonaba a bambalina. "El cielo es un mapa del mundo. De este mundo que se va a pique porque el ser humano se ha olvidado de la magia y del perdón para salir a los campos a golpe de bayoneta e insultos. Sevilla duerme en el error de que esta semana es un paréntesis de tradición y antigüedad en el año, pero no es así. Cada atardecer es el del Jueves Santo, cada noche es una madrugá en la que no duerme nadie", comentó tajante Juan sosteniendo con fuerza la banda del escudo.

"¿Te refieres a los bomberos, los policías, los panaderos que trabajan en la madrugada para que el currante pueda llevarse un mendrugo a la boca al amanecer?", preguntó Lorenzo. "Sí y no. Cada noche en Sevilla, hay médicos que operan a corazón abierto, hay madres que arropan a sus hijos, hay albergues que abren sus puertas al que se hiela a la intemperie. Cada noche es Jueves Santo, aunque solo una sale el Señor de Sevilla en cuerpo. Pero Jesús sale cada noche a la calle en alma, en el asiento del copiloto de las ambulancias, alerta en las esquinas oscuras de los callejones en las que se maquinan los horrores de nuestra condición de ser humanos, en las salas de espera de los hospitales...", le contestó Juan viendo pasar las horas como el que ve pasar las primaveras al amparo de la torre de San Lorenzo.

Lorenzo volvió a mirar por la ventana y, sin que nadie se diese cuenta, cruzó los dedos cambiando los destellos de la plata en la medalla. De fondo, en la radio, oía caer una a una las hermandades de la tarde del Jueves Santo, y deseó escapar del orgulloso trono de la plata para empujar las nubes hacia el mar, donde nadie las siente ni las padece. Con valentía, vio su hermano Juan como su gemelo idéntico del otro lado del escudo se escapaba poco a poco de la plata con la mirada iracunda puesta en el cielo encapotado.

Lorenzo ya salía al mundo real, fuera de la talla hermosa y polilobulada en la que llevaba encerrado siglos. Pero una mano cálida, fuerte y vigorosa, le tomó del brazo. "Déjame, Juan. No es justo, no es justo... Solo hay una noche para que Sevilla recupere la esperanza, y es en esta madrugá de sensaciones. Déjame partir por el bien de la ciudad", dijo Lorenzo al mismo tiempo que volvía su rostro impotente hacia el brazo que lo retenía. Pero allí no estaba su hermano Juan, sino el mismo por el que vivían en la orgullosa medalla. El Dios de Juan de Mesa lo miraba con sus ojos de plata y de fuego, y se le heló el aliento, observando al mismo padre de San Lorenzo con su mirada dulce negando suavemente con la cabeza. No supo qué decir, y Jesús abrió la boca, mientras Lorenzo y Juan contenían la respiración.

"No se haga mi voluntad, sino la de mi padre. Sevilla puede esperar en mi eterna gloria barroca el sueño de un año de noche despejada en 2012. No la abandonaré. Yo soy su propio hijo. ¿Cómo abandonaría a la madre que me vio crecer desde hace siglos, que me abrió su casa, que me engalanó con flores y me alimentó de devoción sin miramientos?", dijo el nazareno con voz pausada mientras regresaba Lorenzo a su lugar en la medalla. "Aguardemos. La noche aún no ha caído. Si la lluvia quiere que no vea este año el adoquin de mi calle y los rostros ilusionados de mis hijos, será decisión del padre y no mía. Mi cruz es la cruz de Sevilla, volved a dormir en el sueño de un año completo. Vivamos en la hermosa utopía de un mundo mejor 364 días al año, y no una sola noche. En esta noche solo salgo en cuerpo, como ha dicho Juan. El resto del año, vivo en cada alma, discreto y silencioso, pero con las manos abiertas para acoger al que está cansado y el hombro cálido para aquel que llora".

Lorenzo regresó a la medalla, mientras fuera el cielo seguía encapotado. Miró a Juan a los ojos y escuchó de fondo la marcha 'La Madrugá' en un televisor cercano mientras recogía la parte del escudo que había sostenido durante siglos. Oyeron cerca pasos, y sintieron como les llevaban en volandas hasta un pecho batiente. El nazareno cubrió con el negro ruán del capirote la medalla, y se encaminó a San Lorenzo, más desesperanzado que jubiloso. El lienzo de nubes del cielo le decía que no habría discurrir del Señor de Sevilla por las calles de la ciudad. Institivamente cruzó los dedos en forma de cruz y lanzó a los vientos una oración. Lorenzo y Juan también, pero en voz baja. Y al que todo lo puede se le dibujó una sonrisa al mismo tiempo que se abría un claro en San Lorenzo, que iluminó discreto la Basílica.