miércoles, 25 de julio de 2012

Palabra de decano

"Para que mi amor no sea un sentimiento, tan solo un deslumbramiento pasajero", para eso, hay que ir al Espino una última vez con el corazón preparado para querer y dejarse herir a quemarropa. Como dice esa 'Getsemaní' que en las voces de Marta y Mari Ro suena a canto de ángeles, este año me marché a Santa Gadea del Cid dispuesto a sorprenderme, con el sabor a nostalgia en los labios pero para que lo que viviera entre aquellos muros no fuera un deslumbramiento pasajero.

En la previa en PS, en el cursillo intensivo de acompañantes de Madrid, ya me di cuenta de que da igual los años que pasen porque seguimos siendo instrumentos imperfectos. Llegaba el decano de los acompañantes repleto de dudas, con sus 25 años a las espaldas y seis espinos de idas y venidas, y tomaba apuntes como si no hubiera un mañana intentando comprender el cielo y el infierno, las complejidades del perdón de los pecados, la abstracción del Espíritu Santo... Y allí estaba el equipo de mis noches repasando para el día siguiente, el de las buenas noches antes de acostarme, el equipo de acompañantes que compartiría los temores del decano día a día, el que compartiría las ojeras y las prisas, los nulos tiempos libres y las largas horas de repaso.

El decano llegó desprotegido, quizá demasiado. Se dejó la coraza en Madrid y se armó con un bolígrafo y un cuaderno ante una semana extrema. También quizá por eso a veces estaba a la defensiva y lo pagaba con los que consideraba adversarios conocidos, injustamente. Porque este corazón que "es inquieto y es frágil" no está preparado para decir adiós aunque tenga que hacerlo. Y le duele decir adiós a un pasado que le ha dado tanto, sin pedir nada a cambio, solo con los brazos abiertos para cambiarle la vida.

Y Dios mío, qué momentos le has dado al decano como regalo de despedida. Has llenado mi mochila de dulces recuerdos, de carcajadas y de lágrimas, de charlas en el camino y de canciones. Y esas son las cosas que hacen la vida, no los estreses del trabajo. Y me llevo a mis compañeros de cuarto, por esas guardias de acompañantes y custodia de llaves que nunca cerraban puertas. Y este espino tiene muchos nombres, pero para mi se llama Quique. Porque el decano se dejó llevar y permitió que entrara en su corazón un chaval de 21 años que ha convertido en necesidad. Y se sorprendió de que lo que comenzó en una Madrugá sevillana se transformó en compartir (¿qué es vivir sino compartir?) cada momento, cada segundo. Y por eso te llevo donde más fuerte siento el discurrir de mi sangre, en la muñeca derecha, en forma de pulsera que simboliza que en una semana puede estar condensada una vida entera. Y en ese cordón sencillo, desnudo, están los dos nudos: el del descubrimiento de aquella madrugá y el de la confirmación de esta semana. Y cada vez que miro esa pulsera se me vienen a la cabeza las duchas escuchando comparsas de Cádiz, las 'buenas noches' antes de caer rendidos por el abatimiento, los desayunos de pie en el último momento a base de barritas de muesli, esa charla que no pudo llegar hasta el sábado y ese abrazo que me hizo romper a llorar antes de partir, como un niño una vez más. Porque hay veces que un chico de 21 años puede devolverte la ilusión y la sonrisa después de meses de convertirte en alguien insensible y frío, y porque Quique, eres un diamante en bruto con tantas bondades en cada una de tus aristas, que el decano ha tenido que rechazar todo para deducir que aquí no venía a enseñar, sino a aprender, sobre todo de ti.

Y de ese mismo cuarto me llevo la sonrisa más sincera, la del pequeño de los Quesada. La única caja de dientes capaz de iluminar una habitación sin decir una palabra, y la única que encuentra las palabras perfectas para culminar un abrazo. Y que te hace sentirte reconfortado, porque sabes que lo que sale de su boca es imposible decirlo de otra manera. Son las palabras perfectas para el momento perfecto, y salen del corazón. Y que por muy periodista que seas, y mucho léxico que uses, aquí eso no vale. Y te quedas sin palabras, y solo te queda sentir el abrazo en silencio y esbozar un gracias casi susurrando porque te da miedo estropear el momento. Y el decano tiene que recordar en ese momento a su hermana mayor, y admite que cuando vió a Emi pasar por el cobertizo, diez años después, supo que ya podía cerrar el círculo. Que ya podía retirarse tranquilo, y dejar paso a su hermano, ese que ya comenzó a volar solo hace tiempo. Ay Emi, qué herencia tan hermosa hemos dejado los Quesada y los Pérez para el futuro de los espinos. Qué relevo tan perfecto. El decano deja paso a su hermano y se reconcilia al mismo tiempo con sus niños, aquellos a los que iba a coordinar hace ahora casi tres años, pero que su partida a Madrid no le permitió casi ni conocerlos.

Y tengo que hablar de mis niños, que ni son míos ni son niños. Ese Lucho que se ha superado a sí mismo una vez más, por encima de todas las dificultades, porque es valiente y es valioso, como un torrente de agua clara y fresca. Esa Mari Ro que ya no es la niña que dejé hace cinco años en aquel grupo Varsovia, y que me da igual que no hable mucho, porque en una frase suya hay más luz que en cientos de libros y porque sus ojos dicen lo que las palabras casi no aciertan ni a adivinar (y qué herencia deja ella también, dos hermanos entusiastas que son dos joyas). Esa Marta: todo genio, como un volcán que siempre está a punto de explotar cargado de madurez y encanto, la vecina que siempre está cerca aunque viva a 500 kilómetros, porque las amistades no entienden de muros ni portales. Y tengo que hablar de Jose, porque siempre hay que hablar de él, y el decano se postra ante su paciencia. Y porque es él y no otro, quizá por eso ha habido más discusiones que abrazos (hasta que la música lo arreglaba todo, como un viento redentor cargado de paz). Pero no te engañes: que sigues siendo la luz del mundo. Y el camino es más fácil si está tu candil para enseñarme dónde están las trampas y dónde los oasis para descansar y tomar aliento. Porque eres más luz de lo que piensas, y porque eres desprendido hasta tu propio perjuicio. Y das pero siempre tomas mucho menos de lo que dejaste. Y porque eres generoso, y porque das luz, los abrazos contigo son más largos y las despedidas más amargas.

Y aunque podría nombrar uno a uno a cada uno de los que han hecho de este espino una valiosa experiencia (Rafa, Jorge, Víctor, Tomás, Javi, Tere, Marta Cuesta, Cris, Manuela, Íñigo, Lora, Jesús, Robina, Pablo...), hay dos nombres especiales: Ana y Miguel. La primera, el redescubrimiento, la claridad en la tormenta. El decano se ha aferrado a tus sonrisas y no piensa soltarse, se ha dejado contagiar por tus locuras y ha decidido retomar el rumbo. En ti me he apoyado para vencer al cansancio y a las dudas. Y el segundo, la reconciliación. Porque has sido el faro y el timón, mi redentorista, el que me daba los abrazos cuando lo necesitaba y me dejaba avanzar aunque me empeñara en poner "No hay pan pa tanto chorizo" en la Sábana Santa. Me dijiste que ves en mi mucho de tí, muchas cosas que te recuerdan a ti mismo: creo que también veo en ti mucho de lo que quiero ser y un modelo en el que mirarme.

Este es un resumen que es solo un grano de arena en la playa de este espino. Se me olvidan muchos nombres, momentos, gestos, palabras y revelaciones. Pero el decano es tan imperfecto que ni siquiera es capaz de escribir este texto sin dejarse cientos de cosas por el camino. Y el decano se deja llevar por la emoción, y le sale lo que le sale: Un 'gracias' de tamaño colosal en el que lo que solo es una palabra se convierte en una parrafada infernal. Esta es mi despedida, mi 'hasta luego' sincero y emocionado, con las lágrimas saltadas por la felicidad. Me llevo de vosotros una fuerza para afrontar cualquier reto, la ilusión para vencer a los malos vientos, la dulzura de vuestras palabras y la sinceridad de vuestras sonrisas. El decano se retira con buen sabor de boca, y os cede el testigo tras un espino perfecto. Sed felices, porque os lo habéis ganado. Yo he sabido lo que es la felicidad en esta semana gracias a vosotros. A cuidarse, y no miento si digo que os quiero de verdad.

Palabra de decano.

miércoles, 9 de mayo de 2012

Cualquier tiempo pasado fue... distinto

No quiero caer en el tópico nostálgico y erróneo de que cualquier tiempo pasado fue mejor. Pero cuando tienes tiempo libre y miras hacia atrás en estas redes sociales que lo almacenan todo, te das cuenta de que la vida de, por ejemplo, 2009, era tan deslumbrante, que te da rabia no estar aún viviéndola.

El fin de la carrera, el viaje con los periodistas a Túnez y luego la semana en mi casa de la playa, los días en la radio, el Espino como acompañante, el coro... Y esas caras, tan jóvenes todos, tan inocentes, tan ingenuos. Que no es que 25 años sea una edad de viejo, que para mi profesión me dicen que soy insultantemente joven, pero es que ver aquellos momentos en los que las sonrisas eran más sinceras, la vida más fácil...

Viendo los tiempos que corren lo fácil sería decir sin dudarlo que aquella época fue mucho mejor que la que vivimos hoy. Pero creo que han pasado las suficientes cosas por mi vida desde aquel verano de 2009 como para no caer en el error, y decir en un gesto de madurez que aquellos tiempos no fueron mejores sino distintos. Somos el resultado de todo lo que hemos vivido, de nuestros sueños y de nuestros fracasos, de nuestros aciertos y de los fallos que nos llevaron a perder a veces lo que más queríamos, de nuestra confianza ciega que nos jugó una mala pasada y de nuestra desconfianza que nos ocultó durante meses lo maravillosa que es una persona.

Los cambios vienen, siempre vienen arrollando, como una locomotora desbocada que solo te da un segundo para hacerte a la idea, que solo te da un instante para subir al vagón o quedarte en el andén. Y después solo queda apechugar con la decisión, o bajarte del tren en marcha con las consecuencias que pueda acarrear. Quizá ahora por eso valoro más cuando bajo la guardia: que cuando me río a carcajadas lo hago de verdad, que cuando doy un abrazo lo doy de verdad, que cuando se me queda grabada una frase o un gesto en la cabeza es porque realmente me importa. Y que ahora valoro los pocos momentos que en 2009 eran algo cotidiano, porque quizá esa es la grandeza de crecer.

El tiempo pasa y terminamos nuestras carreras, nos vamos a otros países dejándolo todo atrás, nos casamos... Y cada momento parece cerrar una etapa que no volverá nunca. Y vendrán sin duda las lágrimas, pero será porque realmente las sentimos, no porque todo el mundo alrededor llora. Y cuando echamos de menos, echamos de menos con el corazón encogido, con una nostalgia auténtica que no se pasa en tres días pero que asimilamos, porque la madurez también es asumir que los cambios forman parte de la vida. Y cuando decimos adiós queremos decir hasta luego. Y cuando el abrazo del reencuentro se vuelve a producir, nuestra cara no miente. Aunque nuestras caras han cambiado, y nuestro pelo, y nuestra actitud ante la vida y nuestro arrojo ante las adversidades del destino. Pero así es la vida: azar, emoción, cambio y nada más.

Cualquier tiempo pasado nos ha dejado tatuados a fuego en la memoria momentos esplendorosos, risas por nada, regalos sencillos que nos parecieron catedrales, amistades que vuelven cada cierto tiempo con alegría, sueños que vuelven a retomarse... Pero eso no implica que aquel tiempo fuera mejor que este: porque eso implicaría asumir que nuestro yo de entonces era mejor que el de ahora. Y eso es imposible. A cada etapa le corresponde su gloria. Vivamos la que hoy nos ocupa.

lunes, 30 de abril de 2012

Saltar al último bote...

Es el año del Titanic y de su orquesta. Esa que se mantuvo hasta el último segundo del hundimiento tocando el himno Nearer my God to Thee. Y últimamente siento que cada reportaje, cada línea que escribo, cada compositor del que me enamoro en cada historia, es una de esas notas que suenan en la noche helada del Atlántico.

Quizá para mi más de dos años ya son suficientes. Quizá los icebergs que no paran de embestir al buque me estén dando el aviso para que suelte el violín y me monte en el bote que me lleva a una nueva vida de la que no sé nada. Pero todo viene aderezado con ese "quizá" que me hace dudar de todo.

¿Es volver a Sevilla un paso atrás? ¿Compensa una vida en la que me voy a dormir cada noche pensando que todo puede acabarse en cualquier momento? ¿Compensa escribir sobre lo más hermoso que has conocido nunca si llega un momento en el que ya no disfrutas con ello? Este barco me está poniendo a prueba. Aquí o allí estaré bajo el mismo cielo, pero quizá la tierra no me trate igual, puede que necesite cambiar de calles o volver a las mismas que ya conocí. Puede que más que nunca de este mes de mayo dependa mi vida entera.

En estos años (Dios mío, años ya...) en Madrid me he convertido en una persona más fuerte, más decidida, mejor profesional... pero por el camino me he dejado la alegría, el buen humor, demasiadas cosas hermosas y hasta el pelo. El carácter se me ha agriado hasta convertirme en alguien que me repugna a mí mismo: nunca había pedido tantas veces perdón, nunca había hecho tanto daño, nunca había dejado de lado tantas cosas que consideraba importantes... Madrid me ha convertido en alguien distinto, pero no estoy seguro de que me haya convertido en alguien mejor. Profesionalmente, probablemente sí, personalmente, lo dudo.

Recuerdo una conversación en una playa de Portugal con un amigo de pelo rizado y gorro de paja que me hizo reflexionar sobre qué quería de mi vida. Si quería consagrarme a mi trabajo y que fuera en sí mi vida, o trabajar para que me diera de comer y tener una vida fuera, formar una familia y ser feliz con las cosas sencillas. También recuerdo la charla con una compañera periodista que me dijo que huyera antes de que se hundiera el barco, que retornara a la música yo que podía, y que me hace soñar con un proyecto con un joven violonchelista con el que sé que podría hacer algo grande. Aún no sé qué quiero, pero me temo que es el momento de dar el siguiente paso hacia esa decisión. Quizá dejar de fumar, volver a escribir relatos, colaborar desde Sevilla, volver a adquirir destreza en las manos para poder tocar las obras del Superior al arpa, hacer un curso, montar en bici todos los días... quién sabe, soñar es gratis.

Y volver a escuchar todas aquellas conversaciones que me quejaba porque decía que me las contaban una y otra vez aunque ni siquiera las estaba escuchando. Y escucharlas de verdad. Y sorprenderme y recordarlas para poder aprender de ella. Y vivir, sin angustias por el futuro, sin el dolor de la supervivencia. Solo vivir.

viernes, 30 de marzo de 2012

¡Que nos vamos de gira!





Si el año pasado Sevilla28 trajo hasta Madrid su recorrido a través de la historia, este año le toca a Granada acoger nuestra tercera función. ¿Tercera? Sí, porque una semana antes estaremos repitiendo esta Vuelta al mundo en 80 días en la Parroquia del Santísimo Redentor por los 50 años del edificio. 

El Santuario del Perpetuo Socorro de Granada acogerá nuestra ilusión, nuestras ganas, nuestras mejores intenciones (decir que acogerá nuestro arte me parece un tanto exagerado) para hacerle pasar a los granaínos una buena tarde por una buena causa. Acercaros sin dudarlo, porque la ocasión lo merece, y llegamos amparados por la ONGD Asociación para la Solidaridad. No es porque lo hagamos nosotros, pero este coro/orquesta cada año se supera a sí mismo.


Puedes seguir las novedades en nuestro Twitter y estas son las fechas: 

Concierto de Sevilla: 13 de abril a las 21.00. Parroquía del Santísimo Redentor. Calle Espinosa y Cárcel, 53.

Concierto de Granada: 21 de abril a las 21.00. Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Calle San Jerónimo, 35.


Twitter: @Sevilla28

Tuenti: http://www.tuenti.com/#m=Profile&func=index&user_id=67007793

Web: http://www.sevilla28.com/

domingo, 18 de marzo de 2012

¿Qué queda de lo que fuímos?

Pasaron los años -cuántos ya, Dios mío- y nos volvimos a encontrar, en una estación neutral. De ninguno de los dos era aquel cielo, aunque uno de nosotros quería verlo como futuro y otro como pasado. El sol de Madrid nos premiaba y el viento frío nos castigaba en aquella terraza, y las gafas de sol sirvieron de metáfora para un encuentro en el que pasamos por las banalidades una a una, por los comentarios sin más trasfondo que el de nuestras tazas de café. Y con aquel cielo y en aquella ciudad extraña, comenzó un reencuentro.

Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.

No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.

La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.

Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.

No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...

miércoles, 29 de febrero de 2012

El mes más corto y el más largo

Dios mío, qué febrero... Qué de días en casa inventándome maneras de entretenerme en esta ciudad que no duerme ni un lunes a las cuatro de la mañana.

Entre las noches hasta las cinco de la mañana fumando sin parar para acabar ese pregón que me pesa en los hombros ha pasado este mes en el que la Semana Santa tenía que brillar en mi salvapantallas, en mis páginas de Word, en las marchas que ponía en Youtube para acercar esa primavera florida a mi casa de Madrid. Qué difícil encontrar inspiración cofrade para llenar 34 folios en Chamberí...

Pero lo he logrado, y ya estoy entre retoques de versos y cambios de expresiones para un texto que me temo que nunca quedará perfecto, como tantas cosas en esta vida. Pero han aliviado estos días las continuas visitas. Visitas de todo tipo, desde la de un joven Quesada que ya me saca más de una cabeza a una vecina que está siempre presente, pasando por un amigo del colegio al que pienso que no he echado lo suficiente de menos.

Visitas para hacer que mi casa vuelva a estar llena de vida, que estas calles tengan acento andaluz, sea ese acento precioso de Graná o el seseo que me suena como una nana de mi Sevilla. Y sin olvidar ese deje que es a la vez marcado y delicado del soniquete de mis vecinos de Chamberí, a los que a veces veo menos que a mis paisanos.

No olvidaré esa única noche, fugaz e intensa, que comenzó donde comenzó todo hace unos años, ante la boca de metro de Manuela Malasaña, ese día que el imponente edificio del Ocaso nos hizo adorar esta ciudad trasnochadora. Qué complicado ha sido llegar hasta este reencuentro, pero qué satisfactorio y qué oportuno este viaje exprés. Parece mentira lo que pueden hacer unas cervezas y oir una respiración cercana para hacer que te levantes con otra perspectiva...

Y luego llegó la corte andaluza. Qué maravilla esos viajes en metro si era por encontrarme con vosotros en una parroquia que solo piso cuando os dejáis caer por la capital. Y en casa, la familia, mientras yo dormía en el sofá cama entre excursión y excursión dejándome los riñones en unas tablas que no se las deseo a nadie... Y todo bañado por ese exquisito acento que a mí me suena a campanillas: ese acento tan distinto entre dos ciudades hermosas que miran desde sus altas torretas la gloria de un pasado mejor -almohade y nazarí-. Un acento que esta vez es lo que más echo de menos, curiosamente. Que en Madrid nos llamen brutos, paletos, aldeanos... a mi eso me da igual. Eso es porque seguro que no han oido palabras bonitas dichas por esos labios a caballo entre los reden y la parro, porque no han grabado en el aguafuerte de su memoria frases dichas con sinceridad, desde el corazón, porque lo que se siente nunca ha hecho falta pensarlo.

Y porque echaba de menos esos acentos, que esta vez son los que provocan mi nostalgia, he tenido la necesidad de rememorar aquella tarde por el Paseo de los Tristes, y recuperar los buenos recuerdos. Y he quedado con una chica, otra Quesada, que siempre habla de su mala follá, pero que yo no me la creo. Quizá con los años a mí ya no me engañas. Tú tienes mala follá y yo soy un saborío. Pero eso solo a ojos de la gente, la misma que no sabe ver más que ordinariez en nuestros acentos. Donde estén las vocales abiertas del campo granaíno -de Alfacar a Otura, de La Zubia al Albaicín- y el aspirar orgulloso de finales nervionense, allí estarán mis recuerdos.

sábado, 28 de enero de 2012

No contaban con la magia de febrero

Un año más desfilaron por el escenario del Gran Teatro Falla: en forma de versos, de descaradas coplillas, aparecieron en los labios de los artistas callejeros más canallas que tiene este país. Los políticos, los Borbones, los asesinos de mujeres, los jueces, los delincuentes, alcaldes y presidentes, los que agonizan en su lecho de muerte, los parados y los famosos. Un año más, se encontraron de bruces con sus nombres desfilando en una letanía hermosa y crítica en el rincón con más duende de España. No contaban con la magia de febrero.

He de admitir que mi afición por los carnavales no es desde chiquitito. A pesar de que mi padre, año tras año, ponía chirigotas, coros y comparsas en Canal Sur para ver si nos picaba el gusanillo. Pasaron los años y, lo que al principio no entendía, se convirtió en una adicción y una necesidad cuando la Cuaresma ya asomaba sus orejas de castidad y santidad por las páginas del calendario.

Cádiz es una gloria bendita: pensar que la gente más sencilla es la que tiene ese arte capaz de dejar a un rey a la altura del betún o proclamar las grandes verdades, o denunciar las tremendas injusticias que la crisis ha multiplicado llevándonos a una tristeza y una angustia perpetuos. Me llama la atención cómo los periódicos son ajenos a todo eso: hacen su misma función, la de denunciar, la de controlar al poder, la de decir bien alto que esta sociedad en la que vivimos no puede ser así por un millón de razones.

Qué escalofríos te recorren por la espalda cuando estos poetas del pueblo claman, por ejemplo, contra la violencia contra las mujeres en una letanía de nombres de mujer que van recorriendo el vía crucis vergonzoso que las lleva hasta la tumba. Qué rotunda y desnuda belleza la de unas voces que alcanzan sus límites para gritar contra un mundo político corrupto, y que alegoría tan barroca y maravillosa la de esos hermanos Márquez Mateos más conocidos como hermanos Carapapa en una representación de las absurdas reuniones de los países más ricos del mundo ("Esta cumbre se termina y el que piense que ha servido para algo, que levante la mano"). Qué imaginación, que amor por la historia de Cádiz la que demuestra Quiñones cada febrero rescatando en sus comparsas la historia de la Tacita. Cómo duele si el periódico decano, aquella Pensadora Gaditana te dice en labios de Quiñones que la prensa española ha cumplido 100 años y sigue siendo igual de injusta que entonces, cuando los periódicos eran oficiales. Cómo duele esa espinita si la cantan las mejores voces de Cádiz ("La libertad de la prensa es tenerme informao, y aunque han pasao cien años yo no me he enterao"). Qué bonito como una comparsa da marcha atrás, como hace suyo el "detrás vendrá quien bueno te hará" y alaban al alcalde gaditano que criticaron hace solo unos años y le dan su espacio: qué señorío y qué buen hacer.

Y qué decir de la reina de la fiesta, la traca absoluta, la muestra del genio más genuino de Cádiz: la chirigota. Del cuplé más descarado al pasodoble que hace saltar las lágrimas pasando por la hilarante presentación para culminar en un popurrí que es un derroche de ingenio. De la representación del Código da Vinci en versión viñera (cuadro de la Última Cena de por medio) a una tremeda peluquería en la que hasta los catalanes se llevan su ración de sarcasmo de la mano del Tijerita, en relación a las declaraciones ofensivas de la parlamentaria catalana sobre los andaluces ("Y lávese bien la boca, diputada caradura, con mi sangre y mi cultura, con mi sangre y mi cultura"). Y luego hay que pasar por esa gracia de Carmona que se instaló en Cádiz porque eso demuestra que el carnaval no tiene fronteras, porque es patrimonio inmaterial de nuestra memoria. Y lo demuestra ese Falla puesto en pie para aclamar a el Canijo, el que lo mismo se viste de la Fiona de Shrek que de pera que de feto en la placenta, y que canta esos pasodobles que se te clavan en el alma como un arma de doble filo, porque así es el carnaval: denuncia y arte a partes iguales (recuerden ese alegato reivindicativo y esclarecedor de Andalucía: "Andaluz, ay mi indígena del sur, todavía en España déjame que te recuerde: nos tachan de flojos y nos siguen poniendo verdes"). Y tantos otros, como el Selu, iluminadísimo cada año, gracioso hasta morir, que este año se atreve con las limpiadoras del Oratorio de San Felipe, donde se juró la Constitución de 1812, de la que cumplimos el Bicentenario. Una magistral muestra de talento: tanto arte que duele.

Qué hermosa fiesta, que alegría sin límites, que patrimonio tenemos sin saber valorarlo. Viva el Carnaval: que el Teatro Falla siga cayéndose de aplausos por los siglos de los siglos. En el nombre del arte. Amén.