Vuelve a mi tablón un vídeo al que curiosamente había recurrido hace poco. Parece que a veces si que hay cierta empatía, las redes de sensaciones y nostalgias, de recuerdos encontrados, se tejen entre unos pocos. Coincidir en los mismos días aludiendo a las mismas imágenes, los mismos sonidos, los mismos momentos, no puede explicarse de ninguna forma. Sólo que hay conexiones que no vemos y que, evidentemente, tampoco comprendemos.
Una de las cosas que dejé a medias en Sevilla fue el sueño de formar parte de un grupo. Con mi carrera musical reducida a las dos horas de cada domingo y a la música que siempre llevo encima, porque si no, ni respiro, la cripta volvía a convertirse en ocasiones que pueden contarse con los dedos de una mano en un garito imaginado. Con las ventanas abiertas, la luz de la mañana y las caras de dormidos, allá que nos plantábamos para intentar sacar algo decente de los instrumentos que todos tocábamos porque nos daba la gana y no porque ningún diploma dijera que éramos magníficos concertistas.
Y previo a mí, a mi efímera incorporación (este Madrid lo ha cambiado todo), se graba el vídeo del que os hablo. No hay ostentación, no hay un buen equipo de sonido ni una sala acondicionada para este tipo de música. Un trastero lleno de suciedad y trastos acumulados, luz artificial y un cantante tímido de espaldas y un guitarrista descarado de frente. No hace falta más.
Después de esta semana, no creas que no me entran ganas de dar ese grito al oído, si con ello consigo que este bucle en el que vivo se detenga. Necesito hacer cada cosa nueva, que el mundo y la rutina no se me echen encima, no caer en el doloroso momento de no saber si es lunes o jueves porque todos los días me voy a la cama con el mismo dolor de espalda y la misma angustia en la cabeza de todas las cosas que tengo que hacer y aún no he hecho.
Cuando me puede la vida, pues me aguanto. No ha venido uno desde tan lejos para quejarse, pero necesito saber que cada día tiene un sentido, un reto, una ilusión. Y lo estoy escuchando ahora, entre el sonido de las teclas. Te escucho cantar en esa cripta sin mirar a la cámara, y sin tú pretenderlo eres como una voz de la conciencia, diciéndome que cuando me embargue la tristeza, que dé un grito. Cierto es que llevo lunas sin dormir como debería, y que hoy no he salido porque no tenía ganas de salir, porque tenía demasiadas cosas que hacer, que ya entrego trabajos hasta los sábados y los domingos. En cada gesto, busco que algo me dé la vida, una sonrisa, algo que me haga disfrutar de la vida entre tanta hora ocupada y tanta locura en la cabeza. Quizá me hace falta el grito, un grito en mi oído, que me recuerde por qué estoy aquí y cómo prometí reaccionar a los guantazos que me diera este master.
Hay días que necesito este vídeo, aunque sea para pensar en los ensayos que ya no serán y recordar las cosas que deben hacer distinto cada día: el código que me salve (no en vano nos llamábamos Lemon Code, nada sucede por casualidad, y menos en este blog), que haga diferente cada momento para que no me convierta en una máquina que se levante pensando en cuántas horas faltan para volver a dormir.
sábado, 17 de abril de 2010
martes, 13 de abril de 2010
Diario de Madrid_ Café vienés bajo la lluvia
Aunque yo llevo pidiéndolo toda la vida porque es mi favorito, el café vienés ni siquiera existe en Viena. De hecho me contaron en la Calle Larios que lo inventó un malagueño y que le puso ese nombre para que tomara el caché de la vieja Europa. Es un café negro como el carbón con dos dedos de nata montada por encima, servido en copa o taza de cristal para que se vea la bipolaridad de los colores, un café magnífico porque el azúcar ya lo lleva la nata, y la textura que resulta de la mezcla es el equilibrio perfecto de un café para una tarde de lluvia.
Vuelve a llover en Madrid, vuelve a hacer frío, es martes y trece y el tiempo arrecia contra los cristales de la balconada. Bien hice en no limpiarlos después del temporal del final del invierno.

Esta tarde, mi primera cita con el Madrid castizo. Después de acercarme a la alpargatería Antigua Casa Crespo para hacer un reportaje (el local más antiguo de Madrid, según El País), me llama 'la rubia'. Ana se ha cruzado conmigo hace una hora aproximadamente montada en su moto Habana blanca mientras yo recorría Monteleón en busca de un sitio pintoresco en el que reportajear. La veo llegar con su abrigo rojo de niña pijilla reconvertida a la parada de Metro de Tribunal donde hemos quedado, y me lleva a un café de esos de puerta de cristales y exterior de madera con faroles y frontón recto en Vicente Ferrer.
El café es de otro siglo. En una mesa de formica redonda junto a la ventana, un guiri enseña inglés a dos chavales que lo miran pasmado pronunciar con acento británico las frases del libro que tiene delante. Más adelante, un salón vacío pintado en rojo con zócalo de madera y lámparas con tulipas floreadas que penden del techo sobre cada una de las mesas blancas. Nos sentamos al final del salón. Chocolate español para Ana, café vienés para mí. Charlamos del día y de la vida, por fin fuera del máster (aún no nos habíamos visto simplemente para tomar un café y por el sencillo placer de vernos tras un encuentro casual). Al final del café, en un tercer salón que parece estar en las profundidades de la tierra, un trío de señoras cuchichean sentadas en una mesa alta, mientras el camarero prepara en la barra un batido en una copa acampanada.
Qué placer esta hora tranquila, sintiendo que has aprovechado el día y que ahora el descanso es merecido. El café flota en otra época y me hace olvidar mi vida frenética por escasos 45 minutos. El periodista no tiene más tiempo, hay demasiado que hacer y muy pocas horas. Quien encuentre mi paz, por favor, que me la devuelva.
Vuelve a llover en Madrid, vuelve a hacer frío, es martes y trece y el tiempo arrecia contra los cristales de la balconada. Bien hice en no limpiarlos después del temporal del final del invierno.

Esta tarde, mi primera cita con el Madrid castizo. Después de acercarme a la alpargatería Antigua Casa Crespo para hacer un reportaje (el local más antiguo de Madrid, según El País), me llama 'la rubia'. Ana se ha cruzado conmigo hace una hora aproximadamente montada en su moto Habana blanca mientras yo recorría Monteleón en busca de un sitio pintoresco en el que reportajear. La veo llegar con su abrigo rojo de niña pijilla reconvertida a la parada de Metro de Tribunal donde hemos quedado, y me lleva a un café de esos de puerta de cristales y exterior de madera con faroles y frontón recto en Vicente Ferrer.
El café es de otro siglo. En una mesa de formica redonda junto a la ventana, un guiri enseña inglés a dos chavales que lo miran pasmado pronunciar con acento británico las frases del libro que tiene delante. Más adelante, un salón vacío pintado en rojo con zócalo de madera y lámparas con tulipas floreadas que penden del techo sobre cada una de las mesas blancas. Nos sentamos al final del salón. Chocolate español para Ana, café vienés para mí. Charlamos del día y de la vida, por fin fuera del máster (aún no nos habíamos visto simplemente para tomar un café y por el sencillo placer de vernos tras un encuentro casual). Al final del café, en un tercer salón que parece estar en las profundidades de la tierra, un trío de señoras cuchichean sentadas en una mesa alta, mientras el camarero prepara en la barra un batido en una copa acampanada.
Qué placer esta hora tranquila, sintiendo que has aprovechado el día y que ahora el descanso es merecido. El café flota en otra época y me hace olvidar mi vida frenética por escasos 45 minutos. El periodista no tiene más tiempo, hay demasiado que hacer y muy pocas horas. Quien encuentre mi paz, por favor, que me la devuelva.
lunes, 12 de abril de 2010
Desahogo
Hay veces que me preguntas aún sabiendo que no voy a responderte. Hay veces que me miras, y no sé ni siquiera qué decirte. Hay veces que te veo, y otras que prefiero que no existas, que tengas que partir para no volver jamás, y me quede yo solo pensando lo que pudo ser.
Te hablo y no me escuchas, y cuando sí que escuchas, no crees que lo que diga vaya en serio. Me tiembla la mano con sólo ver que se abre el ascensor, y que la que aparece reflejada en el espejo enorme y misterioso del cubículo eres tú. Las calles tortuosas se me olvidan los días que tu mente no viaja por la siniestra cara de la vida, los días que recuerdas quién eres y te olvidas de la que te gustaría ser.
Me duele cada mirada, cada gesto con el que te alejas, cada palabra exagerada al máximo como si hubiese una cámara que graba nuestras vidas, cada máscara que llevas cuando los demás están delante y crees que el mundo nos está observando.
Me duele porque quiero, porque yo lo he elegido, o al menos sí que lo ha elegido esa parte de mí que no domino, porque ni siquiera sé dónde reside. Me duele ver que estás tan cerca y tan lejos. Me duele que aparezca una nueva distracción y se lleve tu cordura, que esta semana sólo haya sido un espejismo y que vuelva la tormenta. Me duele estar hablando contigo y tener que pedir con la mirada que alguien me rescate, porque me duele el alma, porque si aguanto un minuto más viéndote convertirte en tu lado oscuro, tendré que cerrar los ojos con la ilusión de que desaparezcas. Me duele que prefieras fingir lo que no eres a vivir con la relajación de ser solamente tú.
La gente a menudo me pregunta que 'por qué'. No sé que contestar. Esto no tiene explicación que valga, no es sencillo ni pretende serlo. Tú no lo haces sencillo, y yo me callo. Me callo no sé hasta cuando ni por qué motivos, pero me callo. Prometí no guardar silencio, pero cuando te lo explico parece que hablo con un fantasma, que en cualquier momento vas a desvanecerte como un humo ligero. Y entonces creeré que nunca te había visto, y que todo era un sueño, pero no.
Estoy dispuesto a asumir tus vaivenes, a cargar con tus contradicciones y a respirar hondo, a volverme solo a casa, a mirar por la ventana en silencio con un café en la mano intentando poner la mente en blanco. Estoy dispuesto, sí, pero ¿a qué precio? ¿con qué garantías? ¿hasta cuándo? Sólo me salen preguntas, y no hay nadie que me las responda...
Te hablo y no me escuchas, y cuando sí que escuchas, no crees que lo que diga vaya en serio. Me tiembla la mano con sólo ver que se abre el ascensor, y que la que aparece reflejada en el espejo enorme y misterioso del cubículo eres tú. Las calles tortuosas se me olvidan los días que tu mente no viaja por la siniestra cara de la vida, los días que recuerdas quién eres y te olvidas de la que te gustaría ser.
Me duele cada mirada, cada gesto con el que te alejas, cada palabra exagerada al máximo como si hubiese una cámara que graba nuestras vidas, cada máscara que llevas cuando los demás están delante y crees que el mundo nos está observando.
Me duele porque quiero, porque yo lo he elegido, o al menos sí que lo ha elegido esa parte de mí que no domino, porque ni siquiera sé dónde reside. Me duele ver que estás tan cerca y tan lejos. Me duele que aparezca una nueva distracción y se lleve tu cordura, que esta semana sólo haya sido un espejismo y que vuelva la tormenta. Me duele estar hablando contigo y tener que pedir con la mirada que alguien me rescate, porque me duele el alma, porque si aguanto un minuto más viéndote convertirte en tu lado oscuro, tendré que cerrar los ojos con la ilusión de que desaparezcas. Me duele que prefieras fingir lo que no eres a vivir con la relajación de ser solamente tú.
La gente a menudo me pregunta que 'por qué'. No sé que contestar. Esto no tiene explicación que valga, no es sencillo ni pretende serlo. Tú no lo haces sencillo, y yo me callo. Me callo no sé hasta cuando ni por qué motivos, pero me callo. Prometí no guardar silencio, pero cuando te lo explico parece que hablo con un fantasma, que en cualquier momento vas a desvanecerte como un humo ligero. Y entonces creeré que nunca te había visto, y que todo era un sueño, pero no.
Estoy dispuesto a asumir tus vaivenes, a cargar con tus contradicciones y a respirar hondo, a volverme solo a casa, a mirar por la ventana en silencio con un café en la mano intentando poner la mente en blanco. Estoy dispuesto, sí, pero ¿a qué precio? ¿con qué garantías? ¿hasta cuándo? Sólo me salen preguntas, y no hay nadie que me las responda...
domingo, 4 de abril de 2010
El escritor y el músico
Domingo de Ramos, Marzo 2010
- Por favor, déjeme pasar, tengo que ver a mi hermano.
La súplica venía de unos ojos angustiados, de una cara pálida por la falta de luz solar, de estar sentado frente a un ordenador en una ciudad en la que no para de llover desde hace meses. El escritor avanzó entre la gente, jadeante por el calor que le daba la chaqueta expuesta al sol del domingo. La corbata le oprimía el gaznate desde hacía unos minutos, desde que el sol de Justicia había traspasado el edificio de ladrillo y le daba de pleno.
La Cuesta del Rosario era un calvario sediento de pasos de nazareno, una empinada calzada repleta de gente, agolpada a las riberas de la calle. El escritor no iba a ver a su hermano, o quizá sí. Puede que no fuera su hermano carnal, pero a veces no se trata de ser hermano sino de ejercer como tal. La gente murmuraba a su espalda y se quejaba mientras el paso de caoba, bravío en cuesta arriba, impetuoso, se le venía encima. A su alrededor sólo incienso y voces de niños cantores que difícilmente sobresalían entre la multitud.
El escritor esquivó las embestidas de los inciensarios que volaban fugaces entre sus pies, y se colocó en el margen izquierdo de la cofradía. El sol le calentaba su pálido cuello mientras intentaba sobrepasar a los capataces y al fiscal del paso. Sabía que tenía que llegar hasta él, aunque no tenía obligación de hacerlo. Al fin lo alcanzó, pero ni tan siquiera se atrevió a tocarlo. Como un miembro más del cortejo, se olvidó de que estaba rodeado de público de costero a costero, y se escondió detrás de quien buscaba. Su amplia espalda lo cobijaba, y ya sólo lo enmarcaban la madera del paso y la espalda de él.
Un Domingo de Ramos más, terminaba la víspera, y el escritor se encontraba de nuevo en esa ciudad convertida en decorado de otro tiempo, buscando una razón que le diera sentido a todo aquello. Cada año llegaba a las calles de Sevilla con la sensación de que no era más que un festejo en el que la ciudad se ponía una máscara, y que él, como parte de la ciudad, se ponía también la suya y se calzaba la cruz al hombro para subir a golpe de corneta a llamar a las puertas de un Cielo que muchas veces dudaba si existía. Y allí estaba él, en medio de la multitud, entre nubes de incienso y no de algodón, con ángeles de caoba y no de la materia de las almas, y rodeado de candelabros de guardabrisa y candelería, y no iluminado por la luz celestial.
La muchedumbre se agolpaba a sus lados, pero él no oía nada. Sin que el músico se diese cuenta (a eso se dedicaba el joven al que perseguía), él caminaba como un penitente, cabeza agachada y paso lento, pegado a su espalda como una sombra. La procesión seguía y sentía como el paso que amenazaba con arrollarlo, le quitaba poco a poco el aire que le quedaba. El músico seguía caminando sin parar de tocar, ignorando la presencia que lo custodiaba.
Al llegar al punto más alto de la cuesta, la música cesó, y el escritor sintió que tenía el beneplácito del orquestador de aquel prodigioso montaje para interrumpir el curso de la cofradía. No sin antes suspirar, probablemente de alivio, el escritor apretó el brazo izquierdo del músico. Éste volvió la cabeza y pudo leer en su cara una mueca de alivio. Le explicó cómo tenía el labio de dolorido después de toda la tarde tocando, y le agradeció haberse pasado. El escritor rebuscó en el bolsillo húmedo de su chaqueta y sacó una botella de agua, de la que bebieron los componentes del grupo, aliviados. Cuando la botella se acabó, el escritor no dudó en darle la suya propia para que pudieran beber por el camino que aún les quedaba por recorrer. La cofradía comenzaba a andar de nuevo, y tras apretar su brazo por segunda vez, le dijo adiós con la mirada mientras el músico seguía avanzando por la Cuesta del Rosario, perdiéndose entre el incienso y el gentío.
Al marcharse, el escritor se apartó a un lado, y alzó la mirada hacia el sol. Y allí estaba. El momento que otros años ni siquiera había aparecido, o se había materializado en la luz interior de un palio macareno o en una chicotá trianera llevada hasta sus últimas consecuencias, estaba ahí en pleno Domingo de Ramos. El escritor vió como si no lo hubiera visto nunca, a ese cristo deprimido, cabizbajo como él, silencioso y humilde en su propio cortejo de despilfarro y excesos, al estilo de la Antigua Roma. Sintió en su interior la necesidad de soltar una lágrima, que quedó reprimida en el aliento de un suspiro que sólo él notó. El paso, pequeño y modesto, surcó el adoquinado hasta la cima de la cuesta, y se perdió en el horizonte dejándolo totalmente roto el primer día de la Gloria. En aquella sencilla relación creada de hermandad, desprovista de título y de papeleta de sitio, entre el escritor y el músico, en aquella visión de un cristo al que nunca había mirado con interés, estaba el motivo para vivir una semana de Pasión más.
El músico no sabía lo que transcurriría a partir de ese domingo, ni los momentos que vendrían ante los más variados paisajes, porque ni siquiera el escritor podía intuírlos. Como había oído decir a un cirial vocacional que conocía, por muchas dudas que surjan durante el año, "nunca sabremos si es Dios el que baja a Sevilla cada primavera o es el pueblo el que sube al Cielo". El escritor siempre hallaba el motivo, la manera de ver de una manera distinta el rito más antiguo que han visto las calles sevillanas, y siempre era hermoso.
Se quedó allí, paralizado, dejó de ver y sólo escuchaba a lo lejos la música de aquél que se había llevado su botella de agua en el bolsillo de la chaqueta. Y sintió que Sevilla lo encandilaba de nuevo, como cada año, en cada esquina, y que le pedía que regresara, aunque fuera una semana, a cumplir con el rito. El escenario se esfumaría, las calles cambiarían y las lluvias se llevarían la cera y el incienso, pero la primavera volvería, y entonces el escritor buscaría otra razón, y la encontraría. Y quizá fuera en ese mismo sitio, persiguiendo al músico. Pero sólo lo sabría cuando pasara un año: quedaba abierto el eterno momento de la Víspera.
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jueves, 1 de abril de 2010
Lo que Túnez me dijo de mí mismo un Miércoles Santo
Otra vez llego al punto culminante. Mi mente y mi cuerpo se saturan al máximo, como el agua que burbujea hasta que rompe a hervir. Y me vengo hasta casa con los pies rotos, los ojos cargados y un sabor amargo en el alma, sin saber explicarme, ni siquiera a mí mismo, el porqué.
Se está convirtiendo últimamente en costumbre eso de resoplar, de decirme a mí mismo "cállate", de sonreír cuando no tengo ganas. Y me indigno conmigo porque a todos los momentos especiales les acabo encontrando un lado amargo en el último segundo que me deja una extraña sensación de desarraigo, como si fuese un ciudadano de ninguna parte, que no encaja en el nuevo destino pero tampoco pertecenece ya al antiguo. Y por eso si me discutes o me tratas demasiado, te darás cuenta de que cada vez hablo menos, y cuando hablo nunca es para decirte lo bien que va todo, sino para soltar poquito a poco ese veneno que no sé por qué llevo dentro, pero que lo llevo.

Y no me tengas en cuenta que después de tantas horas, cuando estoy agotado en la calle Adriano, de pie, evoque a esos fantasmas que me atormentan y que durante unos días he mantenido a raya a golpe de tambor. Porque tengo agriado el carácter por motivos que yo mismo desconozco, y cuanto más te acercas, más te muerdo. Alzo la vista para mirarte a los ojos, porque sé que me lo ponen difícil, y lo que tú crees cansancio no es más que impotencia, lo que tú crees frío no es más que contención para no soltarte una burrada hiriente que no te mereces, pero que se me escapa de la comisura de los labios, muy a mi pesar.
Creo que lo más valioso que aprendí sobre mí mismo en la carrera, lo aprendí en el viaje de fin de curso. La gente viene y va, mis baremos de amistad o compañerismo bailan al son del momento en el que yo me encuentre, pero creo que sólo la gente que mete el dedo en la llaga y me hacen saltar como perro de presa al ataque, y me hierven la sangre, son aquellos que después se quedan en mi imaginario de cada día. Por ellos soy quizá mejor persona, y han sido destino de mi cariño y mi ira a partes iguales. Cuando tengo una pelea con alguno de ellos, es para mí la señal (fácilmente incomprensible para todos aquellos que no estén en mi cabeza) de que los necesito de verdad y que no son personas pasajeras. Si respondo, si acepto la afrenta y la discuto, algo que casi nunca pasa, es porque ya no me cabe duda de que eres importante (bien sabe de esto cierto trianero al que le dí la noche en un hotel tunecino). No implica que los vea todos los días, ni que nos llamemos a diario, sólo que estarán presentes en esta cabeza loca mía en la cotidianidad.
Por eso te miro a los ojos, los que me lo ponen difícil, y resoplo. Porque por mi cabeza deambulan sentimientos encontrados, y esta noche tú eres el objetivo de todos los dardos que guardo en la recámara, simplemente porque te ha tocado. La pregunta esta noche más que nunca, y por la que me entran ganas de clavarme el bolígrafo en la palma de la mano es por qué sigo prefiriendo caminar 10 minutos en silencio antes que decirte todo esto a la cara y que tú puedas decirme lo que piensas. Me lo ponen difícil tus ojos porque a ellos no puedo mentirles cuando ni estoy bien, ni se me ha olvidado lo que acabas de decirme, ni sé lo que me pasa. Y prefiero apretar los labios hasta que duelen, y guardar silencio. Siempre los silencios: qué estúpido aquel que me convenció de que los silencios dicen más que las palabras...
Se está convirtiendo últimamente en costumbre eso de resoplar, de decirme a mí mismo "cállate", de sonreír cuando no tengo ganas. Y me indigno conmigo porque a todos los momentos especiales les acabo encontrando un lado amargo en el último segundo que me deja una extraña sensación de desarraigo, como si fuese un ciudadano de ninguna parte, que no encaja en el nuevo destino pero tampoco pertecenece ya al antiguo. Y por eso si me discutes o me tratas demasiado, te darás cuenta de que cada vez hablo menos, y cuando hablo nunca es para decirte lo bien que va todo, sino para soltar poquito a poco ese veneno que no sé por qué llevo dentro, pero que lo llevo.

Y no me tengas en cuenta que después de tantas horas, cuando estoy agotado en la calle Adriano, de pie, evoque a esos fantasmas que me atormentan y que durante unos días he mantenido a raya a golpe de tambor. Porque tengo agriado el carácter por motivos que yo mismo desconozco, y cuanto más te acercas, más te muerdo. Alzo la vista para mirarte a los ojos, porque sé que me lo ponen difícil, y lo que tú crees cansancio no es más que impotencia, lo que tú crees frío no es más que contención para no soltarte una burrada hiriente que no te mereces, pero que se me escapa de la comisura de los labios, muy a mi pesar.
Creo que lo más valioso que aprendí sobre mí mismo en la carrera, lo aprendí en el viaje de fin de curso. La gente viene y va, mis baremos de amistad o compañerismo bailan al son del momento en el que yo me encuentre, pero creo que sólo la gente que mete el dedo en la llaga y me hacen saltar como perro de presa al ataque, y me hierven la sangre, son aquellos que después se quedan en mi imaginario de cada día. Por ellos soy quizá mejor persona, y han sido destino de mi cariño y mi ira a partes iguales. Cuando tengo una pelea con alguno de ellos, es para mí la señal (fácilmente incomprensible para todos aquellos que no estén en mi cabeza) de que los necesito de verdad y que no son personas pasajeras. Si respondo, si acepto la afrenta y la discuto, algo que casi nunca pasa, es porque ya no me cabe duda de que eres importante (bien sabe de esto cierto trianero al que le dí la noche en un hotel tunecino). No implica que los vea todos los días, ni que nos llamemos a diario, sólo que estarán presentes en esta cabeza loca mía en la cotidianidad.
Por eso te miro a los ojos, los que me lo ponen difícil, y resoplo. Porque por mi cabeza deambulan sentimientos encontrados, y esta noche tú eres el objetivo de todos los dardos que guardo en la recámara, simplemente porque te ha tocado. La pregunta esta noche más que nunca, y por la que me entran ganas de clavarme el bolígrafo en la palma de la mano es por qué sigo prefiriendo caminar 10 minutos en silencio antes que decirte todo esto a la cara y que tú puedas decirme lo que piensas. Me lo ponen difícil tus ojos porque a ellos no puedo mentirles cuando ni estoy bien, ni se me ha olvidado lo que acabas de decirme, ni sé lo que me pasa. Y prefiero apretar los labios hasta que duelen, y guardar silencio. Siempre los silencios: qué estúpido aquel que me convenció de que los silencios dicen más que las palabras...
martes, 30 de marzo de 2010
Reportaje: La profecía de los Naranjos
Miguel Pérez Martín. Sevilla
"Ésta es la calle con la mejor acústica de Sevilla", dice mientras mira la longitud desde el Molviedro inabarcable de la calle Castelar. Habla el médico, el mismo que paraliza su actividad cada año al llegar el Domingo de Ramos, florido, vestido de Paz en el Parque, y llena las tardes de paseos por las calles del centro de Sevilla. Me habla de acústica musical y me recomienda ver a la hermandad de Montserrat en ese tramo justo con la marcha Margot, pieza de Joaquín Turina (ninguno de los músicos nacionalistas andaluces de principios del XX negó la música popular de su tierra, sino que contribuyó a su puesta en valor).
Con el traje de chaqueta impoluto y sin programa, es un cofrade informado: lleva el auricular de la radio, vulgo 'pinganillo', en su oreja derecha, y mientras me narra algunas de las curiosidades de esta semana cargada de historias, no deja de prestar atención a lo que los compañeros de Canal Sur susurran en su oído.
Hay luz de sol en el Arenal y en la calle se abarrota la gente, con ganas de procesión después de la deslucida intentona de Santa Genoveva y El Cautivo de San Pablo, que han terminado en su capilla y en El Salvador, respectivamente, tras las lluvias del mediodía. Parece que toda Sevilla esté ahora mismo en la calle Castelar, esperando la salida de Las Aguas de la Capilla del Dos de Mayo. Arfe es una vía lo menos pintoresca dentro de este barrio, desangrada en dos vertientes que llevan a las Atarazanas y el Arco del Postigo, y que desemboca en Adriano, donde el miércoles se abrirán las puertas toreras del Baratillo.
El paso del Cristo de las Aguas pasa impresionante ante nosotros. Estamos cobijados bajo un naranjo: el frescor de los azahares se derrama sobre nuestras cabezas y nos impregna la ropa. En el cáliz del ángel del paso se resume la paradoja de la ciudad: la Sevilla que vuelca en un copa de oro en forma de canasto la grandeza del sacrificio, que recoge el mensaje y lo transforma en arte.
Antes de que llegue el palio, el médico me explica el lenguaje de los naranjos: depende de cómo reaccionan al viento, podemos saber si lloverá o no. Sevilla está plagada de naranjos: son tan antiguos como su propia Historia. El médico explica que si sus ramas se cimbrean firmes de izquierda a derecha, todo va bien, pero que si el viento del río mueve como un péndulo las hojas, las hace botar de arriba a abajo, es que se acerca lluvia. Su hijo, que viene con nosotros y es algo más joven que yo, discute con su padre sobre la teoría de los naranjos. Ha heredado de él no sólo el nombre y la profesión, sino también la pasión por la Semana Santa, vista a través del oído: toca en un conjunto de capilla que salió ayer, y en su trayectoria pesan los 10 años en Cigarreras. Al final, recuerda las veces que su padre le advertía mirando el naranjo de delante de su casa si saldría o no con la banda, y le da la razón. No ha fallado ni una sola de las veces.
El médico nos conduce sin autoridad, pero sí con recomendaciones. Es mejor dejarse llevar, confiar en el que ha gastado decenas de zapatos con los adoquines que yo ni siquiera llegué a conocer. Nos dirigimos a la Plaza de la Magdalena para llegar hasta el Museo, de donde sale la última del día sobre las nueve de la noche. Nos cruzamos con nazarenos vestidos de distintos colores, algunos con la decepción pesando sobre sus capirotes que hoy no han recorrido las calles a la luz de los cirios.
"¿Sabes quién es Bobby Deglané?", me pregunta el médico señalando un rótulo de azulejo con ese nombre sobre una pequeña calle. Mi negativa le hace gracia, porque es un periodista, uno del gremio. Me cuenta orgulloso la proeza de Deglané, responsable de la llamada 'Operación Clavel'. El periodista impulsó desde Madrid una caravana de ayuda a los damnificados por las inundaciones de 1961 en Sevilla, llamando a los españoles a enviar todo tipo de útiles y víveres a los sevillanos que lo habían perdido todo con la subida del Tamarguillo. Mala suerte que el mismo día que la caravana llegaba a Sevilla, la avioneta que los acompañaba se enredara en unos cables de alta tensión precipitándose sobre el público que recibía las ayudas, causando más de 20 muertos en la actual Avenida de Kansas City. Desde ese momento, Deglané pasó a la Historia, pero también por el suceso, fue relegado al olvido (¿quién quiere recordar lo que acontece cuando hay muerte de por medio?).
Sorteando esquinas y bullas, llegamos a merendar a una casa de la Calle Monsalves. Frente a ella, el Palacio que da nombre a la calle, que será dentro de poco ampliación del cercano Museo de Bellas Artes, albergando las colecciones decimonónicas de pintura, principalmente la andaluza. La tarde cae, la compañía es agradable y el hijo comparte un merengue y torrijas conmigo mientras hablamos. A lo largo de la tarde me cuenta experiencias que me ponen los vellos de punta, me transmite tales emociones por cada recuerdo de sus semanas santas pasadas, que no puedo evitar contagiarme de cosas que ni siquiera he vivido.
La Virgen del Rocío y la Hermandad de la Vera Cruz, una de las más antiguas de la ciudad, son nuestra próxima parada. La bulla sevillana nos acapara y nos arrastra, y sólo el paso del palio de Las Tristezas hace callar a la turba en un silencio casi imposible en el que se oyen los golpes de la única bambalina del palio de cajón embestir suavemente los varales de plata. Siseos mandan callar a los más despistados, quizá turistas que aún no se enteran muy bien de qué va esto, ni se enterarán a menos que lleguen a comprender el binomio alegría-tristeza de esta ciudad que encuentra la luz en la tiniebla barroca de la cera morada y el terciopelo carmesí.
Las nubes flotan fantasmales en esta noche palestina, ocultando la luna llena que cuenta el Evangelio que había en la noche del Prendimiento en el Monte de los Olivos. El cielo se tiñe de rojo sangre sobre el Salvador para indicar que el presagio del naranjo está a punto de hacerse realidad. Las hermandades sufren con las primeras gotas de lluvia, y corren presurosas a resguardarse en la Catedral. La radio dice que El Rocío se adentra en la recta de Santiago hasta su templo lo más rápido que las espaldas de sus costaleros le permiten. El día está finalmente partido en dos, el agua resbala por las cornetas como el sudor de la banda, las flores de las Vírgenes beben las gotas que entran por sus capullos.
Nos marchamos un Lunes Santo de nubes que amenazan lluvia más que de chaparrones que hacen charcos entre los adoquines. "Aún recuerdo cuando nos colamos a protestar en el 75 en el Palacio Arzobispal y los grises nos esperaban fuera. Dieron las 10 de la noche y nos dimos cuenta de que nos íbamos a perder la final de la Copa de Europa, así que nos disfrazamos de curas con dos sotanas que encontramos en la segunda planta, y salimos por la puerta principal", cuenta entre risas el médico, y por lo que dicen sus ojos sabes que es verdad. El Palacio Arzobispal ha echado el cierre antes de medianoche, quizá desde aquel día del 75 lo haga cada noche por miedo a que se le cuele alguien y les diga algo que no quieren oír. La columnata de la Plaza del Triunfo queda a mi derecha y la recuerdo grabada en la bambalina trasera ligera del palio de la Virgen de Guadalupe a su paso por Arfe. Y pienso en que el viernes, pase lo que pase, tengo que ir a escuchar Margot mientras Montserrat pasa por Castelar.
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lunes, 22 de marzo de 2010
Y en pleno infierno llegó la locura
Sí Señor, la locura. En una semana en la que no he parado de hacer trabajos ni un sólo día (y lo peor es que aún podría haber tenido más obligaciones), de repente llega el viernes como un infierno y al salir de la Escuela una frase inaudita del guarda de seguridad, que creo no me ha dirigido la palabra en la vida.
- ¡Hasta el lunes! Están ahí esperándote tus amigos- me dice sonriente.
Yo pienso que se refiere a mis compañeros del lobby del Grupo C (C de Cabreo este fin de semana), pero me reafirma que son mis amigos que han venido a buscarme. Y sin esperarlo para nada, el coche de Tere aparcado en medio de la salida, atrevido y de espaldas. Jose, Lora y Tere se bajan del automóvil y espero que se dieran cuenta de cómo se me iluminaba la cara. Mis compañeros, que van saliendo, han notado mi alegría, porque los veo sonreír cuando pasan junto a nuestros abrazos.
El viaje que pensé que nunca llegaría a buen puerto, ha resultado inaudito. han venido a recogerme, algo que nunca nadie había hecho por mí en esta ciudad, y para mí ya sólo con eso me tienen conquistado. En el largo viaje en coche a través de la infinita Alcalá les pongo al día de mi vida aquí y les informo que tengo que seguir trabajando cuando lleguemos a casa. En ningún momento escucho quejas, sino proposiciones, ayuda y ofrecimiento. Respiro hondo y agradezco su comprensión porque esta semana me va a estallar la cabeza.
Al llegar a casa me doy cuenta de que para estos tres grandullones esta casa se queda pequeña: a Jose se le salen los pies de la cama. Es la primera vez que hospedo a un trío y no sé cómo lo vamos a hacer. No pasan ni tres horas y la casa ya está absolutamente revolucionada. Ha llegado la locura a mi hogar y me sobrepasa por todas las vertientes: calcetines en la terraza, maletas abiertas, botines bajo la mesa, macarrones rodando, posavasos como fichas de póker, vasos por todas partes, sillas en medio de ningún lado... Jose me nota cómo me voy poniendo blanco. Para colmo, la cama se desfonda y a mi me da un ataque de ansiedad del que no me he recuperado hasta esta mañana.
La noche se va transformando y creo que por primera vez desde que estoy aquí me hacen sentirme como en mi propia casa. Siento que es éste mi sofá, éstas mis lámparas y mis puertas, y mi escasa comida la que custodia el frigorífico. No es un decorado, ni la habitación de hotel en la que creía vivir, sino mi modesta casita. Hago una pausa en mi infierno de la Escuela y me dejo llevar.
Lo primero que me dijeron al llegar estos tres a Madrid fue que había perdido el humor. ("Ni de coña, no puede ser, soy el mismo de siempre"). Iluso de mí. De repente me doy cuenta de que se me agria el carácter con esta vida que no es vida de carreras por los pasillos del metro y horas largas frente al ordenador. Y poco a poco, a lo largo del fin de semana, me comprometo a volver a ser yo pase lo que pase. Más maduro e independiente, sí, pero yo al fin y al cabo.
Como siempre, por encima de los hechos están las palabras en las que me refugio, no en vano asocio mi felicidad a esta lengua escrita con la que tanto disfruto en cada línea. Tres momentos: cuando Jose y yo bajamos a comprar cuerda para intentar arreglar la cama y todo el proceso de "Bricolage para una sola noche" (los resultados no duraron ni 24 horas) y nos dedicamos a saquear las obras de San Bernardo en busca de maderas para mi cama herida de muerte mientras dábamos repaso a mi situación, que me trae loco (¿te has dado cuenta que te has convertido en mi confidente?); la charla con Tere en el almuerzo del domingo, creo que la primera vez que hemos hablado en serio, la primera en la que he visto a esa gaditana en todo su esplendor (¡Qué razón los gaditanos cuando dicen que nos trajeron a Sevilla la gracia! ¿Quién si no?) en una charla que se me queda en el recuerdo porque los minutos se me han pasado volando entre risas; y una memorable conversación con el Lora, sobre el colchón en el suelo después de que la cama firmara su sentencia de muerte, creo (y esto es duro escribirlo, pero más darse cuenta de que es verdad) que la más larga que hemos tenido nunca, y en la que me dí cuanta de todo lo que me estoy perdiendo, que quizá hace falta que me venga a Madrid para despertarme a base de tortas.
En mi infierno, sin sentido y sólo con dirección al suicidio social, ha llegado la locura, bendita locura, la de este fin de semana. No me ha dado tiempo a darme cuenta de que se han ido, porque todo ha sido tan rápido y he estado tan a gusto, que me parece que han estado siempre aquí, y que cuando mañana suene el despertador, escucharé al Lora ronronear haciéndose el remolón, luego vendrá Jose a tirarse a mi lado para despertarme, y mientras veré a Tere apurada intentar adecentar la casa lo justo para que a mí no me dé un infarto. Pero no pasará.
Esta vez son sólo cinco días para volver a tener cenas en casa, alguien con quien hablar en la cocina, alguien con quien ir a la compra, alguien para jugar a las cartas, y con quien buscar aparcamiento por Madrid. Este fin de semana habéis hecho mucho más que ser amigos, que visitarme, que animarme. Este fin de semana con vosotros he recordado lo que es tener una familia cada minuto a tu lado, ahora que la mía no está cerca.
- ¡Hasta el lunes! Están ahí esperándote tus amigos- me dice sonriente.
Yo pienso que se refiere a mis compañeros del lobby del Grupo C (C de Cabreo este fin de semana), pero me reafirma que son mis amigos que han venido a buscarme. Y sin esperarlo para nada, el coche de Tere aparcado en medio de la salida, atrevido y de espaldas. Jose, Lora y Tere se bajan del automóvil y espero que se dieran cuenta de cómo se me iluminaba la cara. Mis compañeros, que van saliendo, han notado mi alegría, porque los veo sonreír cuando pasan junto a nuestros abrazos.
El viaje que pensé que nunca llegaría a buen puerto, ha resultado inaudito. han venido a recogerme, algo que nunca nadie había hecho por mí en esta ciudad, y para mí ya sólo con eso me tienen conquistado. En el largo viaje en coche a través de la infinita Alcalá les pongo al día de mi vida aquí y les informo que tengo que seguir trabajando cuando lleguemos a casa. En ningún momento escucho quejas, sino proposiciones, ayuda y ofrecimiento. Respiro hondo y agradezco su comprensión porque esta semana me va a estallar la cabeza.
Al llegar a casa me doy cuenta de que para estos tres grandullones esta casa se queda pequeña: a Jose se le salen los pies de la cama. Es la primera vez que hospedo a un trío y no sé cómo lo vamos a hacer. No pasan ni tres horas y la casa ya está absolutamente revolucionada. Ha llegado la locura a mi hogar y me sobrepasa por todas las vertientes: calcetines en la terraza, maletas abiertas, botines bajo la mesa, macarrones rodando, posavasos como fichas de póker, vasos por todas partes, sillas en medio de ningún lado... Jose me nota cómo me voy poniendo blanco. Para colmo, la cama se desfonda y a mi me da un ataque de ansiedad del que no me he recuperado hasta esta mañana.
La noche se va transformando y creo que por primera vez desde que estoy aquí me hacen sentirme como en mi propia casa. Siento que es éste mi sofá, éstas mis lámparas y mis puertas, y mi escasa comida la que custodia el frigorífico. No es un decorado, ni la habitación de hotel en la que creía vivir, sino mi modesta casita. Hago una pausa en mi infierno de la Escuela y me dejo llevar.
Lo primero que me dijeron al llegar estos tres a Madrid fue que había perdido el humor. ("Ni de coña, no puede ser, soy el mismo de siempre"). Iluso de mí. De repente me doy cuenta de que se me agria el carácter con esta vida que no es vida de carreras por los pasillos del metro y horas largas frente al ordenador. Y poco a poco, a lo largo del fin de semana, me comprometo a volver a ser yo pase lo que pase. Más maduro e independiente, sí, pero yo al fin y al cabo.
Como siempre, por encima de los hechos están las palabras en las que me refugio, no en vano asocio mi felicidad a esta lengua escrita con la que tanto disfruto en cada línea. Tres momentos: cuando Jose y yo bajamos a comprar cuerda para intentar arreglar la cama y todo el proceso de "Bricolage para una sola noche" (los resultados no duraron ni 24 horas) y nos dedicamos a saquear las obras de San Bernardo en busca de maderas para mi cama herida de muerte mientras dábamos repaso a mi situación, que me trae loco (¿te has dado cuenta que te has convertido en mi confidente?); la charla con Tere en el almuerzo del domingo, creo que la primera vez que hemos hablado en serio, la primera en la que he visto a esa gaditana en todo su esplendor (¡Qué razón los gaditanos cuando dicen que nos trajeron a Sevilla la gracia! ¿Quién si no?) en una charla que se me queda en el recuerdo porque los minutos se me han pasado volando entre risas; y una memorable conversación con el Lora, sobre el colchón en el suelo después de que la cama firmara su sentencia de muerte, creo (y esto es duro escribirlo, pero más darse cuenta de que es verdad) que la más larga que hemos tenido nunca, y en la que me dí cuanta de todo lo que me estoy perdiendo, que quizá hace falta que me venga a Madrid para despertarme a base de tortas.
En mi infierno, sin sentido y sólo con dirección al suicidio social, ha llegado la locura, bendita locura, la de este fin de semana. No me ha dado tiempo a darme cuenta de que se han ido, porque todo ha sido tan rápido y he estado tan a gusto, que me parece que han estado siempre aquí, y que cuando mañana suene el despertador, escucharé al Lora ronronear haciéndose el remolón, luego vendrá Jose a tirarse a mi lado para despertarme, y mientras veré a Tere apurada intentar adecentar la casa lo justo para que a mí no me dé un infarto. Pero no pasará.
Esta vez son sólo cinco días para volver a tener cenas en casa, alguien con quien hablar en la cocina, alguien con quien ir a la compra, alguien para jugar a las cartas, y con quien buscar aparcamiento por Madrid. Este fin de semana habéis hecho mucho más que ser amigos, que visitarme, que animarme. Este fin de semana con vosotros he recordado lo que es tener una familia cada minuto a tu lado, ahora que la mía no está cerca.
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