"¿Qué es lo que se siente cuando vas ahí debajo?", fue una de las preguntas que hice cuando vi que se acercaba el día. Una vez memorizados los consejos, la técnica y la posición, solo quedaba la gran pregunta: ¿Qué es ser costalero?.
Lo que viví ayer debajo de esa estructura cargada de vigas del palio de la Merced no sé si puedo describirlo con palabras. No sé si hay palabras exactas para poder llevaros allí debajo, para que podáis sentir lo que es el dolor, la concentración extrema, el miedo... y a la vez la gloria. La gloria de compartir, sobre todo, algo que es importante para los que quieres, acompañarlos y entenderlos, eliminar de tu mente los prejuicios que hayas podido construirte y vivir. Solo vivir.
Claro que hay costaleros y costaleros, pero igual que hay nazarenos y nazarenos... Igual que hay de todo en todas partes. Pero, ¿qué sentido tiene para nosotros ser costalero sin sentir algo más, sin creer en que lo que llevamos arriba es Camino, Verdad y Vida? Este fin de semana, a pesar de que fuera solo un ensayo, me ha servido para entender. Entender que lo que mueve al que carga en su cuello la devoción de un pueblo entero es algo que no es de este mundo... Y por eso la fuerza que los mantiene ahí abajo no es la física, sino la fuerza de una creencia en algo que no podemos tan ni siquiera comprender.
El palio de la Merced, en este caso, encierra un misterio indescifrable. El del poder cuando ya no puedes, cuando crees que no hay fuerza para levantar ese peso. Qué escalofrío pensar que por unas horas mueves por las calles la fe, el amor y la esperanza para llevarla a aquellos que se sienten agotados por un mundo que no para de ponerle duras pruebas. Lo que sucede allí debajo, en las bodegas de la Semana Santa, es algo que solo puede explicarse desde allí abajo.No hay adjetivos que pueda ponerle a algo que es dolor, pasión y diría que hasta una forma de vivir.
Qué penitencia añadida además la de, como el nazareno de silencio, no poder ver lo que sucede más allá de los faldones. Igual que el nazareno que no puede volverse para ver al Gran Poder porque se lo impiden sus reglas, tampoco puede el costalero ver a Dios o a su madre caminar, porque solo son sus pies, y su espalda, y su cabeza impulsada por no se sabe bien qué luz de otro mundo, los que consiguen que cada primavera se vuelva a hacer posible la maravilla. La maravilla de un Dios que, como recogen los Evangelios, va en busca de aquel que no puede o no sabe encontrarlo.
No creo que Dios vaya solo más allá de la canastilla, allí arriba. Creo que Dios va derramado en haces de luz por todo el cortejo, engarzado como un alfiler en la filigrana de una mantilla, y creo que Dios va como un destello en las piernas y en las espaldas de aquellos caminantes misteriosos que se esconden tras los respiraderos. Dios dijo "coge tu cruz y sígueme", y el costalero se echó el madero al cuello.
Por supuesto, como digo siempre: no es tan importante lo que vives como con quién lo compartes. Y allí estuvo la familia de Granada, apoyando, pendiente del que se estrenaba, atenta y arropando al que no tenía ninguna experiencia, dando el calor suficiente para eliminar los miedos y sembrar la confianza. Y el costalero nuevo se sintió más fuerte que nunca, en un mar de costales desconocidos, entendiendo los porqués y los cómos de una particular visión de esta semana de gloria que nunca imaginó vivir.
Desde allí abajo no eres consciente del tiempo y tampoco del espacio. No hay distracciones porque la calle no existe, solo el frío adoquín que marca el camino a seguir. Sé que esto es un punto y aparte. Sé que después de este domingo de emoción insostenible, inexplicable; hay un cambio radical en la manera de ver la fiesta y el dolor, la vida y la muerte, la cruz que conduce siempre a la vida y no a la muerte.
Gracias a todos los que con su voz, con su costal, con sus indicaciones, con su interés por saber cómo estaba, hicieron de la mañana de ayer una experiencia religiosa. Creo que ayer, desde allí abajo, entendí que hay otro camino que lleva hasta los cielos, un camino de sufrimiento pero también de corazones llenos, como la vida misma, pero resumida en una chicotá.
Me empeño en buscar a Dios cada Semana Santa, qué cosas, en nuevos matices de la fiesta. Creo que en eso consiste, en parte, esta semana. En reencontrarse con la luz y en hacerla tuya de nuevo. Me han echado una mano para llegar hasta la trabajadera y nunca en la vida podré agradecer lo suficiente que me hayan llevado hasta ella. Una nueva manera de entender el alfa y el omega, el comienzo y el fin, la verdad, la gloria y la penitencia.
A pesar de lo que muchos puedan pensar, puedo decir que allí abajo está Dios. Escondido, sudoroso y doliente, con los que cargan con la devoción de nuestras ciudades y la llevan a la ciudad de nuevo. Con los que consiguen que Dios, más que nunca, esté en las calles y en las plazas, camuflado de gloria barroca y de bordado. Todos los costaleros que van allí debajo no lo ven igual, pero sé que los que me llevaron a mí allí y los que me acompañaron en el camino sí. Y ahora sé que hay algo más, que hay una manera de vivir y de sentir, de creer sin ver, de sentir tranquilidad aunque el yugo se pose en el cuello, de encontrar la paz en medio del dolor. Sé que hay Dios y que cada costal lleva colgados unos sufrimientos y unas razones para estar allí. Y que, con todo eso, soportan el dolor. El mismo dolor del mundo que lleva el nazareno en sus pies descalzo y el saetero en su garganta destrozada por la noche de abril. El dolor como camino para alcanzar una gloria que ahora sé que está en cada golpe de martillo, como una llamada a recordarnos que esta fiesta sufriente es el camino tortuoso más hermoso para llegar al Paraíso.
lunes, 31 de marzo de 2014
lunes, 10 de febrero de 2014
Sal
Dicen que una pizca de sal en un buen dulce no solo no es una locura, sino que, por ejemplo, potencia el sabor del chocolate. Su efecto es incluso más poderoso en las recetas dulces que en las que llevan ya sal de por sí, como pueden ser pescados y carnes. La sal siempre potencia, aunque es inapreciable a simple vista. No puedes saber si algo lleva esos granos de mar hasta que lo pruebas.También la sal tiene el poder de arruinar cualquier plato si aparece en una cantidad exagerada.
Pues bien, en este mundo todos llevamos algo de sal dentro. Y, al mismo tiempo, nuestras relaciones son como esos alimentos que hay que potenciar con una pizca de esos cristales. En este mundo encuentras gente que te potencia, que sabe sacar lo mejor de tu "sabor" propio, el que has tenido siempre, tus puntos fuertes. Y luego hay otra gente que pretenden salar a toda costa, inundar de su condimento todo lo que tienen alrededor, aniquilando el sabor ajeno a golpe de su sabor autoritario.
Siempre he pensado que hay gente que no sabe ver ese sabor ajeno, y por eso prefiere inundarlo todo salando a conciencia. Como las sales minerales son gérmen de fertilidad en la tierra en la que crecen los frutales, también la sal es la perdición del náufrago, que a falta de agua dulce, bebe la salada y muere de deshidratación por beber agua precisamente. Maldita paradoja.
Quiero gente que ponga sal en mis conversaciones, que ponga sal en las cosas que hago, que me mejoren y me hagan crecer. No quiero a aquellos que piensan que su sal es el único sabor auténtico, aquellos que aniquilan el sabor ajeno, tan personal, de cada uno. Quiero a aquellos que me hagan grande, y no a aquellos que me hagan invisible.
Si tienes una única manera de comprender las cosas, si crees que tu forma de ver la vida es la única posible, entonces, como decía Benedetti, no te quedes conmigo. Quiero que seas no la sal que sala, sino la que adereza, la que despierta lo que hay en mí y lo lleva a un nivel superior. Si vas a imponerte, no te acerques, inténtalo con otro. Si vas a arrancar lo sembrado para sembrar lo que tú quieres, busca otras tierras.
Me cansan las fórmulas mágicas, las soluciones perfectas para cada movimiento, que sé que no existen... Me cansan los salvadores y los que te miran como a una barca varada en el océano. Creo que debe haber un lugar mejor, una red de personas en la que impere la concordia por encima del pisotón, en la que predomine la mano tendida antes que la mano que esclaviza.
Sé que hay gente que potencia tu sabor, porque la he conocido. Lo que no entiendo es esa otra gente, que siempre está esperando en el camino, dispuesta a salar sin medida. Yo intento ver lo bueno en las personas y potenciarlo, aunque no siempre me salga. Aprended a cuidar vuestra influencia y medid de vez en cuando, que no es tanto pedir, que ningún derroche es bueno, y un plato salado es un plato arruinado.
Pues bien, en este mundo todos llevamos algo de sal dentro. Y, al mismo tiempo, nuestras relaciones son como esos alimentos que hay que potenciar con una pizca de esos cristales. En este mundo encuentras gente que te potencia, que sabe sacar lo mejor de tu "sabor" propio, el que has tenido siempre, tus puntos fuertes. Y luego hay otra gente que pretenden salar a toda costa, inundar de su condimento todo lo que tienen alrededor, aniquilando el sabor ajeno a golpe de su sabor autoritario.
Siempre he pensado que hay gente que no sabe ver ese sabor ajeno, y por eso prefiere inundarlo todo salando a conciencia. Como las sales minerales son gérmen de fertilidad en la tierra en la que crecen los frutales, también la sal es la perdición del náufrago, que a falta de agua dulce, bebe la salada y muere de deshidratación por beber agua precisamente. Maldita paradoja.
Quiero gente que ponga sal en mis conversaciones, que ponga sal en las cosas que hago, que me mejoren y me hagan crecer. No quiero a aquellos que piensan que su sal es el único sabor auténtico, aquellos que aniquilan el sabor ajeno, tan personal, de cada uno. Quiero a aquellos que me hagan grande, y no a aquellos que me hagan invisible.
Si tienes una única manera de comprender las cosas, si crees que tu forma de ver la vida es la única posible, entonces, como decía Benedetti, no te quedes conmigo. Quiero que seas no la sal que sala, sino la que adereza, la que despierta lo que hay en mí y lo lleva a un nivel superior. Si vas a imponerte, no te acerques, inténtalo con otro. Si vas a arrancar lo sembrado para sembrar lo que tú quieres, busca otras tierras.
Me cansan las fórmulas mágicas, las soluciones perfectas para cada movimiento, que sé que no existen... Me cansan los salvadores y los que te miran como a una barca varada en el océano. Creo que debe haber un lugar mejor, una red de personas en la que impere la concordia por encima del pisotón, en la que predomine la mano tendida antes que la mano que esclaviza.
Sé que hay gente que potencia tu sabor, porque la he conocido. Lo que no entiendo es esa otra gente, que siempre está esperando en el camino, dispuesta a salar sin medida. Yo intento ver lo bueno en las personas y potenciarlo, aunque no siempre me salga. Aprended a cuidar vuestra influencia y medid de vez en cuando, que no es tanto pedir, que ningún derroche es bueno, y un plato salado es un plato arruinado.
lunes, 30 de diciembre de 2013
Defender la alegría
Permítanme que coja este título del poema de Mario Benedetti, el poeta de la alegría, porque en él está todo aquello que quiero poner en mi carta de los Reyes Magos de este año. Quiero defender la alegría, aquella de las cosas que construyen el currículum emocional, el que realmente importa, el que te hace más grande por dentro, el que reviste tus mediocridades de auténticas joyas sin pulir. Déjenme defender la alegría.
Defenderme a mí mismo de mis inseguridades. Que sí, que soy inseguro, que soy un mar de dudas, un edificio a punto de derrumbarse. Un rascacielos construido con cimientos de barro, que lucha por mantenerse erguido y decente. Déjenme defenderme de mi poca confianza en mí mismo, de lo que me pesan los fracasos y lo poco que me dura el entusiasmo de los triunfos.
Déjenme que me olvide de pensar tanto y empezar a vivir más. Déjenme mirar al mañana sin miedo y vivir el presente sin tener que mirar a ese mañana. Déjenme que les aconseje, aunque esos consejos no los aplique yo mismo, y grítenme sin tapujos, y échenme en cara que no cumplo esos consejos que vendo.
Déjenme que quiera cambiar, y abrirme la camisa y quitarme la chaqueta, y dejar que el viento me dé un escalofrío en el pecho, y que viva más sencillo, más claro, más alegre. Déjenme que defienda la alegría que me provocan las cosas pequeñas. Que defienda y se me salten las lágrimas con aquellos que dicen no cantar y luego te sacan las lágrimas con una canción cantada en voz baja, cuando creen que nadie los ve. Déjenme que llore: que renuncio a mil discografías cantadas a la perfección por una sola frase cantada con el corazón, que me recuerda los porqués verdaderos que me hicieron enamorarme de la música.
Déjenme que me abra, déjenme que les cuente aquello que quizá no les importa pero que yo quiero compartir. No se asusten si les pregunto a veces directamente lo que piensan o sienten, pero la profesión va por dentro, y tienen el derecho de no contestarme, pero tengan por seguro que no dejaré de insistir, y que cada respuesta que me deje intranquilo el corazón será una pequeña herida abierta que llevaré conmigo.
Déjenme que deje de pensar en lo que debería ser y piense más en lo que quiero que sea. Permítanme que escuche un poco menos a la cabeza y más al corazón, que tenga miedo. Porque el que siente miedo y el que sufre... pues es porque ha querido jugar, ha querido arriesgar y ha creído que podía ganar. No me hablen de distancias irreconciliables, ni me digan que los amigos son los que viven en el piso de al lado, ni me digan qué música escuchar, no me digan nunca que eso es así porque "ha sido así siempre", no me vengan con desconfianzas y no se vistan de hipócritas cuando se pongan ante mí. Déjenme ser yo, que no es poco.
Déjenme defender las charlas a la hora de la siesta, las nuevas tradiciones que a veces pueden ser simplemente compartir el momento de lavarte los dientes, déjenme ser borde pero atícenme con la misma fuerza para que me dé cuenta de lo que duele, déjenme que defienda mis inseguridades y que tenga miedo, déjenme soñar y anímenme a intentarlo una y otra vez hasta caer rendido -porque necesito que me recuerden que nunca he de dejar de luchar-, déjenme que cante aunque no tenga buena voz, déjenme que les abrace y les busque cuando necesite de sus palabras... Déjenme que les diga 'Te quiero', porque no es una frase que diga si no la siento de verdad.
Déjenme intentar cambiar, aunque luego no me salga. Déjenme soñar, que lo de ser soñador lo llevo bien. Y déjenme defender la alegría que me hace añicos por dentro, la que quiere poner luz en cada oscuro sótano de mi interior. Esa que quiere cargarse a golpe de recuerdos y vivencias cada una de las partes tenebrosas que hay en mí. Déjenme que me quede con una mañana con los ojos llenos de legañas en coche para ir a la estación, con une verborrea inagotable la noche de Nochebuena, con aquellos que se menosprecian cuando están cambiando sin saberlo la vida de la gente, con las noches entre pucheros y peroles, con el silencio de un campo en el que ni hay datos ni cobertura, con los que te meten un puro en el bolsillo como regalo antes de partir... Déjenme que me quede con la alegría, ahora que ha vuelto a mi vida.
Y ayudadme, vosotros mis mosqueteros, porque movéis los engranajes oxidados del corazón para volver a poner en marcha la máquina... Sin vosotros soy peor, mucho peor. Y con vosotros soy un candil que ilumina y no se apaga, un farol que alumbra la noche más oscura cuando bebe de ese carburante que me dais en esas ciudades donde habitan los sueños. Prometo no defraudaros, como vosotros nunca me defraudásteis cuando me miré en vosotros para descubrirme a mí mismo. La alegría la aprendí de vosotros, y cuando os falte... yo os regalo un poco de la mía.
Defenderme a mí mismo de mis inseguridades. Que sí, que soy inseguro, que soy un mar de dudas, un edificio a punto de derrumbarse. Un rascacielos construido con cimientos de barro, que lucha por mantenerse erguido y decente. Déjenme defenderme de mi poca confianza en mí mismo, de lo que me pesan los fracasos y lo poco que me dura el entusiasmo de los triunfos.
Déjenme que me olvide de pensar tanto y empezar a vivir más. Déjenme mirar al mañana sin miedo y vivir el presente sin tener que mirar a ese mañana. Déjenme que les aconseje, aunque esos consejos no los aplique yo mismo, y grítenme sin tapujos, y échenme en cara que no cumplo esos consejos que vendo.
Déjenme que quiera cambiar, y abrirme la camisa y quitarme la chaqueta, y dejar que el viento me dé un escalofrío en el pecho, y que viva más sencillo, más claro, más alegre. Déjenme que defienda la alegría que me provocan las cosas pequeñas. Que defienda y se me salten las lágrimas con aquellos que dicen no cantar y luego te sacan las lágrimas con una canción cantada en voz baja, cuando creen que nadie los ve. Déjenme que llore: que renuncio a mil discografías cantadas a la perfección por una sola frase cantada con el corazón, que me recuerda los porqués verdaderos que me hicieron enamorarme de la música.
Déjenme que me abra, déjenme que les cuente aquello que quizá no les importa pero que yo quiero compartir. No se asusten si les pregunto a veces directamente lo que piensan o sienten, pero la profesión va por dentro, y tienen el derecho de no contestarme, pero tengan por seguro que no dejaré de insistir, y que cada respuesta que me deje intranquilo el corazón será una pequeña herida abierta que llevaré conmigo.
Déjenme que deje de pensar en lo que debería ser y piense más en lo que quiero que sea. Permítanme que escuche un poco menos a la cabeza y más al corazón, que tenga miedo. Porque el que siente miedo y el que sufre... pues es porque ha querido jugar, ha querido arriesgar y ha creído que podía ganar. No me hablen de distancias irreconciliables, ni me digan que los amigos son los que viven en el piso de al lado, ni me digan qué música escuchar, no me digan nunca que eso es así porque "ha sido así siempre", no me vengan con desconfianzas y no se vistan de hipócritas cuando se pongan ante mí. Déjenme ser yo, que no es poco.
Déjenme defender las charlas a la hora de la siesta, las nuevas tradiciones que a veces pueden ser simplemente compartir el momento de lavarte los dientes, déjenme ser borde pero atícenme con la misma fuerza para que me dé cuenta de lo que duele, déjenme que defienda mis inseguridades y que tenga miedo, déjenme soñar y anímenme a intentarlo una y otra vez hasta caer rendido -porque necesito que me recuerden que nunca he de dejar de luchar-, déjenme que cante aunque no tenga buena voz, déjenme que les abrace y les busque cuando necesite de sus palabras... Déjenme que les diga 'Te quiero', porque no es una frase que diga si no la siento de verdad.
Déjenme intentar cambiar, aunque luego no me salga. Déjenme soñar, que lo de ser soñador lo llevo bien. Y déjenme defender la alegría que me hace añicos por dentro, la que quiere poner luz en cada oscuro sótano de mi interior. Esa que quiere cargarse a golpe de recuerdos y vivencias cada una de las partes tenebrosas que hay en mí. Déjenme que me quede con una mañana con los ojos llenos de legañas en coche para ir a la estación, con une verborrea inagotable la noche de Nochebuena, con aquellos que se menosprecian cuando están cambiando sin saberlo la vida de la gente, con las noches entre pucheros y peroles, con el silencio de un campo en el que ni hay datos ni cobertura, con los que te meten un puro en el bolsillo como regalo antes de partir... Déjenme que me quede con la alegría, ahora que ha vuelto a mi vida.
Y ayudadme, vosotros mis mosqueteros, porque movéis los engranajes oxidados del corazón para volver a poner en marcha la máquina... Sin vosotros soy peor, mucho peor. Y con vosotros soy un candil que ilumina y no se apaga, un farol que alumbra la noche más oscura cuando bebe de ese carburante que me dais en esas ciudades donde habitan los sueños. Prometo no defraudaros, como vosotros nunca me defraudásteis cuando me miré en vosotros para descubrirme a mí mismo. La alegría la aprendí de vosotros, y cuando os falte... yo os regalo un poco de la mía.
miércoles, 16 de octubre de 2013
El confesionario más grande del mundo
Recuerdo cuando pensaba que no te enterabas de nada... que estabas empanaíllo, y que tampoco se podía hacer mucho por solucionarlo. Pero a ver si va a resultar que el que no se entera de nada soy yo. O que estamos igual de empanaos... Quién sabe.
Hace un mes ya casi que estuviste por aquí. Volviste a Sevilla, volviste a tu centro, a tus calles estrechas, a tus capillas abiertas de barroco deslumbrante, a tus naranjos ya sin flor y a tus paseos, esos que he aprendido de ti que sirven para pensar y para arreglar todo lo que creemos que no tiene solución. Y llegó la tarde de agotamiento tras el paseo intenso, y cada uno regresaba ya. Y volvimos a quedarnos allí solos y volvimos a coger aquella calle de mi conservatorio para enfilar el camino hacia una plaza eterna.
Y veníamos hablando de nuestras cosas, tú más que yo, que a mí me cuesta soltarme, ya sabes... Y sin darme cuenta entramos en la basílica. Creía que íbamos a cortar la conversación, pero seguiste. Yo miraba al altar, pensando cuando cortarías, pero no lo hiciste. De hecho nos sentamos en el primer banco del lateral, y miraba alrededor para ver si no estaríamos importunando a los que estaban allí para rezar.
Y al rato me dijiste que te gustaba hablar las cosas allí, porque sentías que no solo te escuchaba yo, sino también el que todo lo puede. Y entonces miré alrededor y me percaté de algo nuevo, algo que había estado allí siempre probablemente pero en lo que yo no había caído: a nuestro alrededor la gente estaba hablando como tú y yo. Allí no había el silencio sepulcral de otras capillas, ni nadie lo echaba de menos.
La gente hablaba, pero como nos han dicho tantas veces... Hablaban con los cielos a través de los ojos de los que tenemos alrededor. Y entonces entendí que aquello era realmente lo más natural: hablarle a Dios a través de la gente que tenemos cerca. Y quizá por eso la gente iba a la basílica, aunque tuvieran muchas iglesias que estuvieran más cerca de sus casas. Porque aquello es el confesionario más grande del mundo, en el que no se va a pegarse golpes en el pecho, sino a hablar con el que tenemos al lado siempre. Porque en ese que tenemos tan cerquita también está Dios.
Muchas veces pienso si la Semana Santa no es más que ornamento, si no hemos olvidado lo sustancial para dar paso a raudales al espectáculo. Pero entonces vuelvo aquí, a esta basílica que antes no me decía nada, y vuelvo contigo, y todo cambia. Y quién sabe si en el banco de atrás hay reconciliándose un padre y un hijo, o en el atrio una pareja intenta solucionar sus problemas ante el altar del Señor de Sevilla, o si en el camarín dos mujeres mayores comentan las tristezas de sus hijos que no encuentran trabajo y que a ellas no les dejan dormir... Aquí se habla con Dios a través del hermano, y el que escucha guarda silencio y comparte, escucha y responde, porque aquí parece que hay una fuerza que te ilumina.
Y por eso creo que aquí el que no se entera de nada soy yo... Y qué gusto da descubrir cosas nuevas de gente que tiene menos recorrido que tú.. O al menos, menos años vividos. Que la edad no siempre significa que tu maleta esté más llena. Y me quedo con aquel momento de aquel fin de semana, contigo y con cada palabra, porque creo que a veces esa conversación con Dios no está necesariamente en las oraciones o en las vigilias, sino en el banco del parque, en el ascensor, en esta iglesia en la que me parecía que no había respeto... pero lo que no había era muros ni trabas entre el cielo y la tierra. Bajo la cúpula blanca de la basílica solo hubo aquella tarde almas que se desnudaban, que se dejaban herir a quemarropa porque no había nada que esconder. Allí sentí que todo aquello debía ser la verdad, la sencillez, y la sinceridad; la naturalidad, la mejor forma de hacerlo, la más lógica y la más fácil. Y entonces entendí qué quería decir aquel hombre de Nazaret cuando dijo aquella tarde, como una sentencia irrefutable que desprende una luz cegadora, que él era el camino, la verdad y la vida.
Hace un mes ya casi que estuviste por aquí. Volviste a Sevilla, volviste a tu centro, a tus calles estrechas, a tus capillas abiertas de barroco deslumbrante, a tus naranjos ya sin flor y a tus paseos, esos que he aprendido de ti que sirven para pensar y para arreglar todo lo que creemos que no tiene solución. Y llegó la tarde de agotamiento tras el paseo intenso, y cada uno regresaba ya. Y volvimos a quedarnos allí solos y volvimos a coger aquella calle de mi conservatorio para enfilar el camino hacia una plaza eterna.
Y veníamos hablando de nuestras cosas, tú más que yo, que a mí me cuesta soltarme, ya sabes... Y sin darme cuenta entramos en la basílica. Creía que íbamos a cortar la conversación, pero seguiste. Yo miraba al altar, pensando cuando cortarías, pero no lo hiciste. De hecho nos sentamos en el primer banco del lateral, y miraba alrededor para ver si no estaríamos importunando a los que estaban allí para rezar.
Y al rato me dijiste que te gustaba hablar las cosas allí, porque sentías que no solo te escuchaba yo, sino también el que todo lo puede. Y entonces miré alrededor y me percaté de algo nuevo, algo que había estado allí siempre probablemente pero en lo que yo no había caído: a nuestro alrededor la gente estaba hablando como tú y yo. Allí no había el silencio sepulcral de otras capillas, ni nadie lo echaba de menos.
La gente hablaba, pero como nos han dicho tantas veces... Hablaban con los cielos a través de los ojos de los que tenemos alrededor. Y entonces entendí que aquello era realmente lo más natural: hablarle a Dios a través de la gente que tenemos cerca. Y quizá por eso la gente iba a la basílica, aunque tuvieran muchas iglesias que estuvieran más cerca de sus casas. Porque aquello es el confesionario más grande del mundo, en el que no se va a pegarse golpes en el pecho, sino a hablar con el que tenemos al lado siempre. Porque en ese que tenemos tan cerquita también está Dios.
Muchas veces pienso si la Semana Santa no es más que ornamento, si no hemos olvidado lo sustancial para dar paso a raudales al espectáculo. Pero entonces vuelvo aquí, a esta basílica que antes no me decía nada, y vuelvo contigo, y todo cambia. Y quién sabe si en el banco de atrás hay reconciliándose un padre y un hijo, o en el atrio una pareja intenta solucionar sus problemas ante el altar del Señor de Sevilla, o si en el camarín dos mujeres mayores comentan las tristezas de sus hijos que no encuentran trabajo y que a ellas no les dejan dormir... Aquí se habla con Dios a través del hermano, y el que escucha guarda silencio y comparte, escucha y responde, porque aquí parece que hay una fuerza que te ilumina.
Y por eso creo que aquí el que no se entera de nada soy yo... Y qué gusto da descubrir cosas nuevas de gente que tiene menos recorrido que tú.. O al menos, menos años vividos. Que la edad no siempre significa que tu maleta esté más llena. Y me quedo con aquel momento de aquel fin de semana, contigo y con cada palabra, porque creo que a veces esa conversación con Dios no está necesariamente en las oraciones o en las vigilias, sino en el banco del parque, en el ascensor, en esta iglesia en la que me parecía que no había respeto... pero lo que no había era muros ni trabas entre el cielo y la tierra. Bajo la cúpula blanca de la basílica solo hubo aquella tarde almas que se desnudaban, que se dejaban herir a quemarropa porque no había nada que esconder. Allí sentí que todo aquello debía ser la verdad, la sencillez, y la sinceridad; la naturalidad, la mejor forma de hacerlo, la más lógica y la más fácil. Y entonces entendí qué quería decir aquel hombre de Nazaret cuando dijo aquella tarde, como una sentencia irrefutable que desprende una luz cegadora, que él era el camino, la verdad y la vida.
martes, 30 de julio de 2013
Crecer bajo la espadaña
¿Qué vigilas tú desde allá en lo alto? ¿Qué secreto guardas, espadaña del Monasterio del Espino? ¿Cuántas vidas has visto pasar por debajo de tus campanas, cuántas lágrimas has visto verterse sobre la madera de tu iglesia? ¿Qué historias guardas entre tus piedras? Has visto tanto que ya solo te queda repicar. Cada vez que suenan tus campanas eres un pregonero que proclama que ha vuelto a cerrarse el círculo, que vuelve a girar la rueda de los deseos, que nuestras vidas vuelven a dejarse seducir por la vorágine de lo que sucede a tus pies.
Los que hemos estado a tu amparo, espadaña, tenemos los mismos nombres que hace unos años... pero ya no somos los mismos. Nos has ido cincelando con el tañer de tus campanas como aquel maestro que con la gubia talla en la madera unos ojos vivos. Y en ese proceso de creación a las órdenes del Creador has construído dentro de nosotros un templo sencillo. Algunos tenemos en las paredes pinturas barrocas, otros grandes ventanales cubiertos de coloridas vidrieras, otros tienen cálidos suelos de madera y otros techos altos y desnudos. Pero cada uno tiene su templo, ese que has ido ayudando a levantar poco a poco, como una obra maestra consagrada a la creación de un mundo más humano.
Qué magia la tuya... Nos has visto congraciarnos y superar nuestros miedos, pasar por encima de nuestros rencores para festejar la felicidad del hermano, ese que vive en la calle que lleva el nombre de la ciudad más hermosa que han visto los tiempos. Ese que un año más ha compartido contigo la misión, como muchos otros. Porque sabes reconciliar lo que parecía imposible, sabes calmar la tormenta, sofocar la inundación, poner orden de nuevo y volver a transformarnos en una familia. Incorporando a los nuevos miembros que van llegando y que abren la puerta para que entre el aire fresco, aquellos que vienen de la mano de tu hermano y que se transforman en personas importantes para ti.
Que tú has visto desde allá arriba cómo llora ante la cruz el soberbio y has sonreído cuando una hermana escucha emocionada cantar a su hermano guitarra en mano con el crucificado presente. Tras tus muros se alojan las historias de dolor en las que ya no hay lágrimas, sino vida. Esa vida que regalas a borbotones para todo aquel que acepta el reto de pasar bajo tus campanas y arrodillarse ante la virgen gótica. Tras tus muros me has permitido ver a mis hermanos hacerse hombres y mujeres llenos de dones y olvidarme de las diferencias de edad hasta el punto de no importarme.
Has visto el abrazo hermoso y espontáneo entre palabras de paz y has sido testigo del llanto contenido cuando suena una canción que trae recuerdos dolorosos y que el oído aún no ha tenido tiempo para transformar en algo bello de nuevo. Desde tu altura has visto partir a la comitiva camino del Sobrón y los has acogido de nuevo al llegar reventados a casa, hechos peazos, como un vigía que no quiere descuidar al que está a su cargo. Has visto al que cree sin ver y al que apoya al que no ve para que los demás puedan caminar. Qué ejemplo de hermandad habéis dado, Granada...
Dios hecho espadaña, tu piedra es demasiado fría como para que te haga caso. Demasiado inmóvil, demasiado dura. Para hablarme de la gloria te revistes de carne y de pupila viva, te encarnas en abrazo y en beso, en palabra que sale del corazón mientras la voz lucha por no transformarse en quebranto. Tienes tantos nombres que me da vértigo: Clara, Ana, Pablo, Juanfer, Jorge, Quique, Jesús, Marta, Joaquín, Cayetana, Ángel, María, Lourdes, Laureano, Javi, David, Jose, Carlos, Carolina, Íñigo, Rafa... Tantos nombres en los que esconderte, como un juego, para hacer un año más que tu palabra sea cercana, que vaya directa al corazón como un dardo.
¡Que han vuelto a abrirnos las puertas de la gloria! ¡Que ya está aquí de nuevo la esperanza! Con lo que te gusta pasar desapercibido, has encontrado en la ilusión de esta juventud tu escondite perfecto. Los has hecho fuertes para soportar el dolor de la muerte, tiernos para consolar al que pierde al ser querido, valientes para buscar su felicidad a pesar de las barreras, despiertos para asimilar tu palabra como una forma de vida, soñadores para creer que un mundo mejor y más justo es posible, risueños para reír y abrazar sin tener que buscar motivos de peso, desprendidos para amar a aquellos con los que convive... Porque de eso iba esto este año: de Con_Vivir. Vivirlo todo como una gran familia, que somos uno, más allá de esa estúpida burbuja que superamos el año pasado contra todo pronóstico. Que esto empieza ahora, cuando arranca el reto de vivir en esa búsqueda de la felicidad todo el año, sin importar los kilómetros que nos separan.
La espadaña se pierde en el horizonte pero el sonido de las campanas se lleva en el corazón, bordado como un salmo que nos recuerda como un toque de queda que es hora de despertar. Un año más, me vuelvo con el corazón lleno de gracias y de frases, el pecho cálido de abrazos y la mandíbula dolorida de sonreír. Si el objetivo de este espino era hacernos sentir más vivos que nunca, el objetivo se ha superado con creces. Ahora comienza la vida real, y tenemos fuerzas para comérnosla a dentelladas, como esa fruta a media mañana o de madrugada que ayudaba a pasar el tiempo. El reloj vuelve a tocar la medianoche. Doce campanas suenan y doce meses comienzan la cuenta atrás para demostrar que todo esto tiene sentido más allá del monasterio. Y que Dios sigue presente en esa ristra de nombres de arriba. Porque la verdadera comunidad se queda unida, se demuestra en el día a día, en esa hermandad tan real como la de sangre que hemos implantado a golpe de cruz redentorista en el pecho. Empieza de nuevo el reto: tenemos un año para seguir siendo hermanos en cada momento.
Los que hemos estado a tu amparo, espadaña, tenemos los mismos nombres que hace unos años... pero ya no somos los mismos. Nos has ido cincelando con el tañer de tus campanas como aquel maestro que con la gubia talla en la madera unos ojos vivos. Y en ese proceso de creación a las órdenes del Creador has construído dentro de nosotros un templo sencillo. Algunos tenemos en las paredes pinturas barrocas, otros grandes ventanales cubiertos de coloridas vidrieras, otros tienen cálidos suelos de madera y otros techos altos y desnudos. Pero cada uno tiene su templo, ese que has ido ayudando a levantar poco a poco, como una obra maestra consagrada a la creación de un mundo más humano.
Qué magia la tuya... Nos has visto congraciarnos y superar nuestros miedos, pasar por encima de nuestros rencores para festejar la felicidad del hermano, ese que vive en la calle que lleva el nombre de la ciudad más hermosa que han visto los tiempos. Ese que un año más ha compartido contigo la misión, como muchos otros. Porque sabes reconciliar lo que parecía imposible, sabes calmar la tormenta, sofocar la inundación, poner orden de nuevo y volver a transformarnos en una familia. Incorporando a los nuevos miembros que van llegando y que abren la puerta para que entre el aire fresco, aquellos que vienen de la mano de tu hermano y que se transforman en personas importantes para ti.
Que tú has visto desde allá arriba cómo llora ante la cruz el soberbio y has sonreído cuando una hermana escucha emocionada cantar a su hermano guitarra en mano con el crucificado presente. Tras tus muros se alojan las historias de dolor en las que ya no hay lágrimas, sino vida. Esa vida que regalas a borbotones para todo aquel que acepta el reto de pasar bajo tus campanas y arrodillarse ante la virgen gótica. Tras tus muros me has permitido ver a mis hermanos hacerse hombres y mujeres llenos de dones y olvidarme de las diferencias de edad hasta el punto de no importarme.
Has visto el abrazo hermoso y espontáneo entre palabras de paz y has sido testigo del llanto contenido cuando suena una canción que trae recuerdos dolorosos y que el oído aún no ha tenido tiempo para transformar en algo bello de nuevo. Desde tu altura has visto partir a la comitiva camino del Sobrón y los has acogido de nuevo al llegar reventados a casa, hechos peazos, como un vigía que no quiere descuidar al que está a su cargo. Has visto al que cree sin ver y al que apoya al que no ve para que los demás puedan caminar. Qué ejemplo de hermandad habéis dado, Granada...
Dios hecho espadaña, tu piedra es demasiado fría como para que te haga caso. Demasiado inmóvil, demasiado dura. Para hablarme de la gloria te revistes de carne y de pupila viva, te encarnas en abrazo y en beso, en palabra que sale del corazón mientras la voz lucha por no transformarse en quebranto. Tienes tantos nombres que me da vértigo: Clara, Ana, Pablo, Juanfer, Jorge, Quique, Jesús, Marta, Joaquín, Cayetana, Ángel, María, Lourdes, Laureano, Javi, David, Jose, Carlos, Carolina, Íñigo, Rafa... Tantos nombres en los que esconderte, como un juego, para hacer un año más que tu palabra sea cercana, que vaya directa al corazón como un dardo.
¡Que han vuelto a abrirnos las puertas de la gloria! ¡Que ya está aquí de nuevo la esperanza! Con lo que te gusta pasar desapercibido, has encontrado en la ilusión de esta juventud tu escondite perfecto. Los has hecho fuertes para soportar el dolor de la muerte, tiernos para consolar al que pierde al ser querido, valientes para buscar su felicidad a pesar de las barreras, despiertos para asimilar tu palabra como una forma de vida, soñadores para creer que un mundo mejor y más justo es posible, risueños para reír y abrazar sin tener que buscar motivos de peso, desprendidos para amar a aquellos con los que convive... Porque de eso iba esto este año: de Con_Vivir. Vivirlo todo como una gran familia, que somos uno, más allá de esa estúpida burbuja que superamos el año pasado contra todo pronóstico. Que esto empieza ahora, cuando arranca el reto de vivir en esa búsqueda de la felicidad todo el año, sin importar los kilómetros que nos separan.
La espadaña se pierde en el horizonte pero el sonido de las campanas se lleva en el corazón, bordado como un salmo que nos recuerda como un toque de queda que es hora de despertar. Un año más, me vuelvo con el corazón lleno de gracias y de frases, el pecho cálido de abrazos y la mandíbula dolorida de sonreír. Si el objetivo de este espino era hacernos sentir más vivos que nunca, el objetivo se ha superado con creces. Ahora comienza la vida real, y tenemos fuerzas para comérnosla a dentelladas, como esa fruta a media mañana o de madrugada que ayudaba a pasar el tiempo. El reloj vuelve a tocar la medianoche. Doce campanas suenan y doce meses comienzan la cuenta atrás para demostrar que todo esto tiene sentido más allá del monasterio. Y que Dios sigue presente en esa ristra de nombres de arriba. Porque la verdadera comunidad se queda unida, se demuestra en el día a día, en esa hermandad tan real como la de sangre que hemos implantado a golpe de cruz redentorista en el pecho. Empieza de nuevo el reto: tenemos un año para seguir siendo hermanos en cada momento.
lunes, 1 de julio de 2013
Carta al Miguelito de julio de 2012
No te asustes por lo que está pasando por tu cabeza. Esto acaba de empezar. Estás solo en tu piso de Madrid, las luces de la calle hacen la noche demasiado activa como para pensar, pero el tráfico no impide que una idea ronde por primera vez en serio tu cabeza. Quieres volver. Y es comprensible. Poco te ata a la gran ciudad y en Sevilla hay demasiado que te llama a voces.
No te has vuelto loco, o quizá sí. Quizá esta locura de vez en cuando es buena. Enhorabuena, has vuelto a ser un soñador. Poco a poco irás descubriendo que Madrid te ha cambiado, que ya no eres el mismo. Poco a poco asumirás que esta ciudad te ha convertido en mejor profesional pero, quizá, en peor persona. Sabes que hay cosas de tu antiguo yo que te gustaban, y quieres recuperarlas aunque no sabes cómo. Quieres volver a soñar, pero bajo el sol de Andalucía. Date la vuelta en la cama y duerme, aún te quedan días para decidirlo por completo.
Cuando llegue mediados de julio te encontrarás en un patio de una iglesia y volverás a encontrarte con esa Granada que no sabes qué piensa de ti ni qué piensas tú de ellos. Es solo un espejismo: con el tiempo te darás cuenta que había demasiados malentendidos como para que esa relación fuese bien hasta ahora. y prepárate: porque vas a embarcar con ellos y con muchos más un viaje de un año que es un dardo al corazón. Puede que ahora no te lo creas, pero esas personas van a convertirse en luces en tu vida, y no querrás soltarlos.
No sufras por todo lo que va a venir, no sufras por la decisión que vas a tomar en un monasterio de Burgos, porque todo saldrá bien. Cuando hagas la maleta por última vez, llora. Es normal que te de pena cerrar este capítulo de tu vida viendo tu piso vacío, viendo tus discos y tus libros metidos en cajas. Aunque en el coche de vuelta a casa sientas que traes el abrigo de fracasos puesto, no es así. Cuando llegues a Sevilla lo entenderás todo.
Empiezan las ofertas: no rechaces ninguna, porque todas y cada una te harán más grande. Te llamarán para un proyecto surrealista de montar un coro de niños en el Polígono Sur. Ni te lo pienses, porque funcionará. En la entrevista creerás que la has cagado, pero las entrevistas siempre crees que no se te dan bien. Todo saldrá adelante, porque como te dirán después, siendo tú mismo es como se llega a los sitios. Te propondrán volver a colaborar en la parroquia y te harán coordinador, y te darán un equipo. Cuida a ese equipo, a esas seis personitas que verás crecer día a día como un enorme castillo que se levanta sobre cimientos sólidos. Los que no confían, podrán hacerlo; los que quieren abandonar, se quedarán; los que crees que no pueden soportar la presión, soportarán sobre sus hombros la más dura de las pruebas; los que creías que no podían ya sorprenderte, volverán a hacerlo. No los dejes.
Un día te escribirán por Twitter, una de esas personas con las que hablas de música pero a las que no conoces en persona. Y te pedirán un texto, y de repente publicarás en una revista de Barcelona y tu amigo virtual se convertirá en tu jefe y tu consejero, porque esa es la magia también de esto de los 140 caracteres. Y luego buscarás fecha para ir a Barcelona porque necesitas conocerlo.
Y en enero vendrán de Úbeda a verte y tú no tendrás ganas de quedar, pero tienes que ir. Porque allí, entre botellines, el soñador volverá. Y fundarás dos diarios hiperlocales con los mejores amigos que guardas de la facultad, y formarás dos equipos y todo será alucinante, porque sentirás que no tienes ayuda de nadie pero todo va hacia delante. Y te sentirás satisfecho, y la gente hablará de lo que has creado con el sudor de tu frente... Y los compañeros te darán la enhorabuena. Porque eres valiente, y tú antes no lo eras. Porque te has cansado de esperar y has pasado a la acción.
Y poco a poco se te irá olvidando el fracaso aquel que te trajiste de Madrid y sentirás un poco que esa casualidad de la que se viste Dios a veces ha hecho que todo cuadre y te demuestre que este es lugar en el que tienes que estar. Porque aquí tienes todo que ganar y poco que perder. Y no te pierdas esos viajes a Granada de vez en cuando, porque te servirán de terapia cuando la presión te pueda. Y volverás reforzado, con ganas de comerte el mundo de nuevo.
Te advierto que tendrás que olvidarte de algunos temas que llevas arrastrando años, aunque te cueste y no encuentres el cómo. Vas a llorar y a sufrir, vas a esperar y a dar vueltas en la cama pensando en coger un tren y salir pitando. Pero todo pasa y al final solo te queda un tú más fuerte que el de antes. Te costará olvidar, pero sabrás que todo ha vuelto a su cauce el día que le preguntes a un amigo la receta infalible para ser feliz... y la hagas tuya.
Te queda un año por delante. La aventura solo acaba de empezar y te quedan muchas alegrías y muchas lágrimas, te esperan charlas en la barra de una discoteca y lágrimas al salir de ella, te esperan encuentros incómodos y un inicio de año con sabor agridulce, te queda llegar a querer a gente como a tu vida misma, que las habrá; te quedan peleas y rencores de los que aprenderás a ser más tolerante y también a marcar tu territorio cuando crees que alguien te está puteando las noches. Te quedan caídas y levantás, te quedan lugares nuevos y lugares viejos que se convierten en tu mundo cotidiano, te queda Nervión y Triana, Granada y Sevilla, la nostalgia de Madrid y la revelación de El Espino que vuelve a reclamar al Decano un año más. Te queda un año de cambios brutales y un año de búsquedas extenuantes, pero puedes con todo, porque sé como acaba el cuento. Como alguien me dijo una vez: "Sé tú mismo, deja en manos de Dios lo que es de Dios y nunca te rayes por algo que no merezca la pena. El don más grande que nos han dado los cielos es ser feliz y ser capaces de hacer felices a los demás".
Suerte en este año, que vienen curvas. Nunca te rindas, que de los cobardes nunca se ha escrito nada.
Te espero en casa.
No te has vuelto loco, o quizá sí. Quizá esta locura de vez en cuando es buena. Enhorabuena, has vuelto a ser un soñador. Poco a poco irás descubriendo que Madrid te ha cambiado, que ya no eres el mismo. Poco a poco asumirás que esta ciudad te ha convertido en mejor profesional pero, quizá, en peor persona. Sabes que hay cosas de tu antiguo yo que te gustaban, y quieres recuperarlas aunque no sabes cómo. Quieres volver a soñar, pero bajo el sol de Andalucía. Date la vuelta en la cama y duerme, aún te quedan días para decidirlo por completo.
Cuando llegue mediados de julio te encontrarás en un patio de una iglesia y volverás a encontrarte con esa Granada que no sabes qué piensa de ti ni qué piensas tú de ellos. Es solo un espejismo: con el tiempo te darás cuenta que había demasiados malentendidos como para que esa relación fuese bien hasta ahora. y prepárate: porque vas a embarcar con ellos y con muchos más un viaje de un año que es un dardo al corazón. Puede que ahora no te lo creas, pero esas personas van a convertirse en luces en tu vida, y no querrás soltarlos.
No sufras por todo lo que va a venir, no sufras por la decisión que vas a tomar en un monasterio de Burgos, porque todo saldrá bien. Cuando hagas la maleta por última vez, llora. Es normal que te de pena cerrar este capítulo de tu vida viendo tu piso vacío, viendo tus discos y tus libros metidos en cajas. Aunque en el coche de vuelta a casa sientas que traes el abrigo de fracasos puesto, no es así. Cuando llegues a Sevilla lo entenderás todo.
Empiezan las ofertas: no rechaces ninguna, porque todas y cada una te harán más grande. Te llamarán para un proyecto surrealista de montar un coro de niños en el Polígono Sur. Ni te lo pienses, porque funcionará. En la entrevista creerás que la has cagado, pero las entrevistas siempre crees que no se te dan bien. Todo saldrá adelante, porque como te dirán después, siendo tú mismo es como se llega a los sitios. Te propondrán volver a colaborar en la parroquia y te harán coordinador, y te darán un equipo. Cuida a ese equipo, a esas seis personitas que verás crecer día a día como un enorme castillo que se levanta sobre cimientos sólidos. Los que no confían, podrán hacerlo; los que quieren abandonar, se quedarán; los que crees que no pueden soportar la presión, soportarán sobre sus hombros la más dura de las pruebas; los que creías que no podían ya sorprenderte, volverán a hacerlo. No los dejes.
Un día te escribirán por Twitter, una de esas personas con las que hablas de música pero a las que no conoces en persona. Y te pedirán un texto, y de repente publicarás en una revista de Barcelona y tu amigo virtual se convertirá en tu jefe y tu consejero, porque esa es la magia también de esto de los 140 caracteres. Y luego buscarás fecha para ir a Barcelona porque necesitas conocerlo.
Y en enero vendrán de Úbeda a verte y tú no tendrás ganas de quedar, pero tienes que ir. Porque allí, entre botellines, el soñador volverá. Y fundarás dos diarios hiperlocales con los mejores amigos que guardas de la facultad, y formarás dos equipos y todo será alucinante, porque sentirás que no tienes ayuda de nadie pero todo va hacia delante. Y te sentirás satisfecho, y la gente hablará de lo que has creado con el sudor de tu frente... Y los compañeros te darán la enhorabuena. Porque eres valiente, y tú antes no lo eras. Porque te has cansado de esperar y has pasado a la acción.
Y poco a poco se te irá olvidando el fracaso aquel que te trajiste de Madrid y sentirás un poco que esa casualidad de la que se viste Dios a veces ha hecho que todo cuadre y te demuestre que este es lugar en el que tienes que estar. Porque aquí tienes todo que ganar y poco que perder. Y no te pierdas esos viajes a Granada de vez en cuando, porque te servirán de terapia cuando la presión te pueda. Y volverás reforzado, con ganas de comerte el mundo de nuevo.
Te advierto que tendrás que olvidarte de algunos temas que llevas arrastrando años, aunque te cueste y no encuentres el cómo. Vas a llorar y a sufrir, vas a esperar y a dar vueltas en la cama pensando en coger un tren y salir pitando. Pero todo pasa y al final solo te queda un tú más fuerte que el de antes. Te costará olvidar, pero sabrás que todo ha vuelto a su cauce el día que le preguntes a un amigo la receta infalible para ser feliz... y la hagas tuya.
Te queda un año por delante. La aventura solo acaba de empezar y te quedan muchas alegrías y muchas lágrimas, te esperan charlas en la barra de una discoteca y lágrimas al salir de ella, te esperan encuentros incómodos y un inicio de año con sabor agridulce, te queda llegar a querer a gente como a tu vida misma, que las habrá; te quedan peleas y rencores de los que aprenderás a ser más tolerante y también a marcar tu territorio cuando crees que alguien te está puteando las noches. Te quedan caídas y levantás, te quedan lugares nuevos y lugares viejos que se convierten en tu mundo cotidiano, te queda Nervión y Triana, Granada y Sevilla, la nostalgia de Madrid y la revelación de El Espino que vuelve a reclamar al Decano un año más. Te queda un año de cambios brutales y un año de búsquedas extenuantes, pero puedes con todo, porque sé como acaba el cuento. Como alguien me dijo una vez: "Sé tú mismo, deja en manos de Dios lo que es de Dios y nunca te rayes por algo que no merezca la pena. El don más grande que nos han dado los cielos es ser feliz y ser capaces de hacer felices a los demás".
Suerte en este año, que vienen curvas. Nunca te rindas, que de los cobardes nunca se ha escrito nada.
Te espero en casa.
Tu Yo de julio de 2013
lunes, 20 de mayo de 2013
Magna Granada
1. La locura. El momento del que voy pero que no voy. Que si es porque te lo ha dicho el uno o por si te lo ha dicho la otra. La sombra, el miedo, el temor a si podrás ir o no, el posible dolor del encuentro en la esquina traicionera. Ir, que es lo importante, porque a veces no es un capricho, sino una necesidad.
2. Mercedarios de las Descalzas. Puerta del Nazareno, las caras conocidas, los amigos, se abrigan con el costal de la penitencia, el que protege las heridas del alma, la única corona que se admite en las galeras de este barco de plata. Costales en bonanza luchan contra el viento de una tarde desapacible, pero todo indica que habrá Triunfo, y Esperanza y Alegría, que veremos la Aurora de esta tarde en la que el cielo nos concederá Misericordia para calmar las Penas. Y así fue, la ciudad se puso el hábito de Victoria para que Granada hiciera a su Merced la Maravilla.
3. Encuentros. Hay días en los que en la esquina más inesperada aparece de repente. No llama ni pide permiso para entrar, da igual que intentes evitarlo, porque siempre te alcanza por mucho que corras o muy bien que te escondas. Lo olvidado regresa siempre con fuerza a menos que estés preparado para hacer como que no lo has visto.
4. Like a Virgin. Como una virgen nos sentimos al inicio del Paseo de los Tristes. Nosotros, intentando escapar de tanto palio para llegar a Plaza Nueva. La virgen del palio salmón -"acoralado" según Clara- pidiendo paso por la estrechez de la calle, y una petalada que no estaba tan en pétalos como los que la lanzaban pensaban. ¿Petalada al palio? No. Petalada a nosotros, que salimos de allí como de un cuadro de Botticelli. Bien perfumaditos.
5. La búsqueda del costalero en la última levantá. Gran momento el que nos dejó esa parejita. Ella, que busca al costalero que ya está a punto de afrontar el gran reto de la tarde con la complicidad de la noche. Él, agotado por la caminata, por llevar sobre su cuello el peso de una devoción. Un último momento: se encuentran, se miran, se buscan en la profundidad oscura de la trabajadera y se encuentran. Y ya hay fuerzas de nuevo para subir la rampa y afrontar la más estrecha puerta.
6. La discusión de la puerta. Viernes por la noche y, como siempre en Granada, el tabaco sirve de excusa para decirnos las cosas a la cara. Que si tú esto, que si yo lo otro, que si te odio, que si te quiero. Y al final, el mar en calma y ya estamos a punto para el fin de semana. Que no va a ser fácil, que lo sabemos, pero cerveza de un trago y avanti.
7. El diluvio milagroso. Cansancio extenuante. Última parada en Santo Domingo. Entra la Victoria y se aleja el palio blanco tras la puerta de madera. Detrás, un Rosario de plata viene pidiendo paso. La banda se la juega y con el paso parado toca una salve antes de entrar. Tras eso, levantá y hacia adentro, que el cielo está pidiendo guerra. Y la profecía se cumple, porque se cierran las puertas de la iglesia y comienza el diluvio. La tarde se salva, y nosotros nos empapamos de vuelta a casa.
8. San Francisco. No hablamos de santos, sino de un bocadillo. El mismo que en el Aliatar nos reconforta del frío helador de la tarde tras ver durante cuatro horas el paso de 24 palios, soledades, piedades y glorias varias. El que nos devuelve a la vida y nos enseña cómo aguantan en Graná las largas tardes de Semana Santa. El mismo bocadillo con el que se cierra la noche en familia cerca de Pedro Antonio. Hay que reconfortar al que trae el cuello hecho polvo y compartir la tarde en la trabajadera. Quizá algún día de verdad, con el costal y la faja puestos. Quién sabe...
9. Las miradas. "Sé que con lo que te voy a decir te vas a rallar pero...". Y así empieza de nuevo a girar la rueda. Que lo que yo pienso a veces no es lo mismo que tú piensas, que lo que yo veo no es lo que tú ves. Pero esta vez coinciden y ya se nos descuadran los esquemas. Por la tarde la espera entre palios nos aclarará algo más la situación.
10. Dormidor social. Sí, soy un dormidor social. Si me despierto y veo que el de al lado sigue dormido, allá que cierro los ojos yo otra vez, y así hasta que Quique se despierte.Y si me da el arrebato, siento que la cama se me queda pequeña y me pongo en pose 'Piedad del Baratillo' y te quito la mitad del colchón. Que yo siempre he sido de sacar los pies del tiesto y de meterme en lo que no es mío. Hasta durmiendo. Pero no va con mala intención. Si me desato es señal de que estoy cómodo y me siento como en casa.
11. Crecer. Con la tontería ya llevamos un tiempo que nos conocemos en nivel intenso. Y cómo habéis cambiado. Poquito a poco, os habéis ido haciendo grandes, que no mayores. Grandes de espíritu, de actitud, grandes en el fracaso, fuertes en el olvido. Y qué envidia, yo quiero también ese crecimiento, cómo han cambiado los Avecilla que parecen otros, hasta Angelito está centrado. Y poco a poco, siguen adelante. Ya me han enseñado cuál es el camino, vamos a ponernos en marcha.
12. La foto ante la Merced. No sé si somos parte o no de aquello, pero en la foto tras el encierro de la Merced, creo que sentí que algo de mí se había quedado entre las bambalinas de aquel palio. Como le dije a Ana, que grande que algo que para ti no significa nada pueda convertirse en algo tan tuyo. Simplemente porque para las personas a las que quieres es importante, y con eso basta. Aquella noche después del disparo de la cámara, sentí que lo que se vivía allí también era algo mío, de una u otra forma.
13. ¿A por qué había venido yo aquí? Cuarto de Jesús. Jacinta está recogiendo. Me quedo en la puerta pensando. No sé a por qué venía al cuarto, algo se me olvida. Jacinta no lo duda: la toalla. Exacto. Una madre es una madre. Siempre.
14. Habemus conclusiones. Si al volver de uno de estos viajes tienes conclusiones, o más bien te las ponen en bandeja, pues podemos dar el viaje por completado. Que aunque sea a través del móvil, pues la terapia no está mal, siempre y cuando te ayude a seguir adelante. Y si tenemos conclusiones, significa que el siempre viaje terapéutico, sea con la excusa que sea, ha funcionado.
15. No hay buenas noches. Cuando hay tanto cansancio no te da tiempo ni a decir "buenas noches". La noche del sábado, a oscuras, no llegamos a decirlo. Cuando nos dimos cuenta, ambos estábamos roncando como si no hubiera un mañana. Magno cansancio el de aquel día.
16. Darlo todo por hecho. Lo mejor es cuando no hay que preguntar, cuando se actúa con normalidad y no hablamos de lo que es más que evidente. Porque no hace falta hacer comunicados oficiales a cada segundo, y en aquel desayuno entre costales del sábado temprano, no hizo falta explicar nada. Porque estamos en familia y nadie a estas alturas va a poner el grito en el cielo por nada. Lo importante es ser feliz. Lo demás nada importa.
17. La luz de la catedral. No creo que haya una catedral más luminosa por dentro que la Catedral de Granada. Dentro de sus muros parece que siempre sea mediodía. La luz entra a raudales por sus vidrieras claras y los 33 palios y el paseo recorriéndolos uno a uno se convierten en casi un paseo al aire libre. Esta debe ser la luz de la fe de la que hablan, que aquí es casi un grito a los cielos.
18. Con las yemas de los dedos. Era la única ocasión de las hermandades de los pueblos de ver procesionar a sus patronas por la capital. Y se notó. Algunos iban dándolo todo levantando los tronos de sus vírgenes. Recordamos por Gran Vía a la patrona de Loja llevada por sus hijos solo con las yemas de los dedos. Alucinante.
19. Las sevillanas. No me aclaro cuál bailar. No me decido porque todo, absolutamente todo, está en el aire. Más un juego que otra cosa quizá. Hablamos de bodas y de derechos por antigüedad, pero al final nada en claro. Poquito a poco, que hace mucho que no bailo y no vaya a ser que me pegue el batacazo del siglo.
20. Maravillas. Lo que aquí es una entrada, en Graná es un encierro. Y algunos tienen un carácter casi mágico. Es el caso de la Virgen de las Maravillas entrando en San Pedro y San Pablo que, aunque algunos se dieran cuenta entonces de que entra a ruedas, sigue siendo mágico porque el escenario es incomparable. Arriba, la Alhambra, al otro lado las calles sinuosas del Albaicín, como arteria el Paseo de los Tristes y de banda sonora, el rumor del Darro. ¿Quién da más?
21. Trianeros hay en todas partes. Hasta tienen el mismo nombre: la cofradía del Tres Caídas de Granada es trianera porque así lo han querido sus hermanos. Palio de derroche, andares de entrar y salir una y otra vez, dorado por todas partes, bailes y más bailes para los pasos (que eso no son mecidas, no nos engañemos). Y me pregunto por qué, si aquí en Graná no hay Triana, sino que tienen un Realejo autóctono que vale un millón. Que esto no es Sevilla, ni debería serlo. Porque el encanto está en que sea diferente y fiel a la tierra.
22. La patrona, lo primero. Es curioso lo que quieren a la Virgen de las Angustias en su tierra. Aquí la procesión extraordinaria de la Virgen de los Reyes modo rosario de la Aurora fue casi un erial. La gente aquí no siente que la Virgen de los Reyes sea la encargada de velar por los designios de Sevilla. Y qué pena...
23. Alhambra de recuerdos. Pasa Santa María de las Angustias de la Alhambra y se me hace un nudo en el estómago. Qué mal me lo hiciste pasar el Sábado Santo... Angustias las mías viendo cómo los que iban debajo de ti se dejaban el espinazo para recorrer las cuestas hasta tu insigne morada. Esta vez te vi más tranquilo, no llevabas a los niños denajo y pude disfrutarte. Hasta el año que viene.
24. Diferente no es peor. Palio de cobre para la Reina del Sacromonte y a esos puristas les parecerá una aberración. Pero es distinto, original y muy del Sacromonte. Es genuino y por eso creo que es más hermoso. Porque esto no lo hay en ninguna parte y quien lo quiera ver tiene que venir aquí a verlo.
25. ¿Cómo estás tú? Que frase tan sencilla y qué difícil es a veces hacer la pregunta si sabes lo que viene a continuación. Pero se agradece, sobre todo porque ya has dejado de decir que "bien" siempre y has aprendido a dejar entrever un poco más, has comenzado a comprender que es importante compartir y no dejar tranquila a la persona que te pregunta. Mejor una verdad a tiempo que una mentira que te deja el alma llena de inquietudes.
26. El cruce de caminos de la churrería. Me gusta comer churros porque es algo excepcional. Me gusta que cuando entre en una churrería sea un momento que recuerde un tiempo. Comer churros todas las semanas por norma no tendría sentido, porque no puede haber una historia detrás de cada rueda de churros si conviertes lo excepcional en costumbre. Aquella mañana de sábado fue especial porque era una mañana de traslados y de costales en los percheros. Y porque el dueño de aquella churrería recordaba a la abuela de Ana y su tienda de patatas. El mundo, sobre todo el de ayer, es un pañuelo.
27. El saludo de la emoción. El beso entre hombres es el saludo de la emoción. Creo que con la euforia del costal, la vara, el capirote y la mantilla todos nos sentimos, de una manera u otra, más hermanos. Y el saludo del hermano es el beso, sin duda. Por eso en este ambiente cofrade no se hace raro que el cariño de un paso más, y al hermano se le trate como al hermano. El beso es bien recibido, porque se sabe que viene del corazón.
28. Noche resuelta en Macarena. He de decir que me gustan las marchas que Pulido, Jesús y Quique me van desgranando a lo largo de los meses. Llevan años haciéndolo, y por eso ahora no me resultan ajenas Mi amargura, Merced u Hosanna in excelsis, ni Valle de Sevilla ni Lloras en tu soledad. La música compartida es más música. Pero no puedo evitar que se me pongan los vellos de punta cuando suenan en las calles de Granada Coronación de la Macarena, Jesús de las Penas o La Madrugá. El músico siempre ve a Dios con más claridad entre los pentagramas.
29. Soberbia pizzera. Amigos que estáis en Santo Domigno cuando nosotros estamos hambrientos: podéis compraros unas pizzas, pero no os paseéis por delante nuestra con las cajas abiertas mientras las mordéis con lujuria, porque llevamos mucho caminado y no respondemos de nuestros actos. Primer aviso.
30. La vida sin móviles. En Granada se puede vivir sin móviles, al menos en días de procesiones. Eso es una gran noticia y algo impensable en Sevilla, o al menos eso creo. Nuestras baterías se fueron agotando, una a una, los móviles apagándose hasta que quedamos incomunicados. Aún así, todos nos encontramos, y no nos hizo falta más tecnología que la intuición. La verdad es que da que pensar...
31. El rinconcito de la basura. Nos creímos los más civilizados del mundo y fuimos acumulando en un rinconcito toda la basura que íbamos teniendo. Sí, sí, después la recogemos. Luego vino la lluvia y la tiritona, las niñas con los pañuelos por la cabeza y yo que ya no atinaba ni al botón de la cámara con los temblores. Los buenos propósitos se nos fueron con el frío, y la basurilla se quedó allí olvidada.
32. "Como lo dice tu Quiqui...". No te pongas celosa, que aunque tú no quieras admitirlo, es al que más caña le doy. No se por qué, quizá porque lo del decanato se me está subiendo a la cabeza o solo porque soy idiota (ambas cosas no son incompatibles). Veo que ya estás ampliando el rencor a los Martínez Avecilla. No te columpies con los niños, o no habrá primogénito. Miarmita malafollá depende de que te cortes un poquito y creas que te quiero de verdad.
33. Lo normal supera a las lágrimas. Estación de autobuses de Granada. Más allá de la Chana, zona residencial, dominios del gran Ricardo. Lo mejor de todo esto es cuando te subes al autobús, abrazos sentidos y corazón reconfortado. Y ya no te salen las lágrimas, porque cada vez que te marchas de esta ciudad ya no sientes pena. Sientes la alegría de unos días en la gloria, la alegría del reencuentro y la esperanza del siguiente. Ya no duele marcharse de Granada, al menos no tanto, porque la alegría vivida ha pisoteado la nostalgia. Y eso no tiene explicación alguna. Y creo que por eso es grande, porque es incomprensible. Misterios de la A-92, la arteria que nos une y al mismo nos separa, la de la alegría y la tristeza, la de la nostalgia y los deseos. El camino más corto hacia la felicidad, sin duda.
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