jueves, 3 de enero de 2013

La historia de un nuevo comienzo

Aquella mañana del 30 de diciembre Marta y yo nos levantamos temprano. Cargados con kilos de ropa y con mucho sueño, en parte fruto de los nervios del viaje, llegamos a la estación de Plaza de Armas con tiempo de sobra. Volvía a Granada prácticamente dos semanas después, qué locura... El autobús nos deparó dos niños delante jugando con sus Nintendo DS con el volumen a tope todo el camino, lo que hizo imposible la siesta, pero nos mantuvo hablando todo el camino. Sobre lo que dejábamos atrás y lo que esperábamos encontrar.

Tres horas después llegábamos a aquella estación fría de Granada -"qué avanzadas que están las obras del tranvía, oye"- y nadie vino a recibirnos. Empezábamos bien. Hasta que llegó Anita con su coche recién estrenado y sus estreses fruto de ese miedo al volante que tengo yo de siempre. Era la primera vez que pasaba la cena de Nochevieja fuera de casa, y un poco de vértigo sí que daba. Al rato llegó Jose, que ha dejado de ser el pequeño de los Quesada para ser simplemente él, mi anfitrión, mi amigo. Llegó cojeando. Seguíamos mal. Cargadas las maletas, a Anita se le caló dos veces el coche por el camino. Más contratiempos. Nos habíamos repartido por las casas de los granaínos como una pequeña plaga que asiste a una convención imaginaria: Rafa con Quique y Jesús, Ana en casa de Lucho, Marta con Ana y yo en casa de Jose. Sin contar los que vendrían a su propio piso dos calles más arriba de nuestra casa: 'El niño' y sus amigos. Despliegue absoluto para unos días que prometían mucho, a pesar de los malos augurios de los primeros momentos.

A partir de ahí todo fue magia, como suele serlo últimamente. La subida a San Miguel Alto y la foto contemplando las vistas -que te digan "muchas gracias" y contestar tú "thank you" tras hacer la foto-, el orgullo de hermano de Jose que tiene colgado en su cuarto el proyecto de Emi para el templo universitario, el cartel y la foto que me daban la bienvenida sobre su escritorio. ¡Y qué momentos, madre mía! Caminar con Pablo del brazo porque las calles mojadas de Granada y mis zapatos con suela de material convertían las calles en una pista de patinaje, Ana y Marta cambiándose una y otra vez de vestido antes de la cena y viniendo a preguntar -como es ya tradición casi-, el desayuno en esa casa que con permiso de Jose voy a nombrar como "nuestra casa", subir el Albaicín con Quique demostrándome que puede ser un guía excepcional, el lomo con orejones que se transformó en petróleo fusionado con alquitrán tras diez minutos de olla exprés y achicharrarme la mano con el aceite... Las risas cocinando que convirtieron en un éxito la cena de Nochevieja desde las seis de la tarde -convivir contigo estos días ha sido como compartir las vivencias de 20 espinos-, la comida en casa de Ana -prodigiosa tortilla al horno- y descubrir que no tenemos ni idea de vinos, la mujer del Covirán que nos vendió seis kilos de uvas diciendo que eso era para cuatro personas, el calendario sexy de la rubia en 2005 y llamar Enrique a su padre...

Y las miradas, siempre tan importantes, las miradas que lo dicen todo, las estampas que parecen hechas para reflejar la ternura. Los cuatro viendo la tele abrazaditos el día 1 por la noche, como si fuera lo que hacemos cada noche, como si aquello no fuera excepcional -y estar tan cómodos aunque nos costara coger la postura-. Y una frase de Jose, de esas que parece que a él le salen mejor que a nadie, que vaya piquito tiene el niño, cuando decíamos que no estábamos cenando en familia y el respondió: "Yo estoy cenando con mi familia". Empezar a echarnos de menos antes de habernos ido, Ricardo y ese brindis por la noche en el que se abrió como un libro para demostrarnos que el que guarda silencio no significa que no tenga nada que decir. El brindis posterior a las uvas -Ana atragantándose en la décima uva y haciéndonos reír a carcajadas- en el que acabamos derramando una lágrima más de uno. Las risas en la mesa de la gran cena intentando no desvelar la historia de la carne con chapapote hasta que las niñas se la hubieran comido.

El café en Las niñas y esa pareja entrañable que son Ana y Lucho a los que quiero a morir -"Qué risas, ¿no?"-. Comer de sobras el día uno y olvidarnos de lo malo, porque este 2013 tiene que ser infinitamente mejor que ese 2012 que se marcha y que nos deja dudas, inquietudes, paranoias, incertidumbres laborales, viajes de ida y vuelta, regresos a casa, desamores... Pero que también nos deja reencuentros, viajes de locura, música, muchos abrazos que ahora han pasado a ser besos, nuevas caras que nos hacen sonreír, lazos forjados a contracorriente, confesiones y momentos de confianza y muchos recuerdos. 2013 nos abre la puerta de un año en el que tenemos que ser felices, porque nos lo merecemos. Un año comenzado en Granada, en familia, con todo lo bueno y lo malo que pueda traer consigo. La nostalgia maldita ya está aquí, y más después de haber visto que Jose me ha mandado con cariño en mi mochila el cartel con el que me dio la bienvenida el primer día.

Puede que no haya cenado en mi casa de Sevilla en Nochevieja, ni haya estado sentado a la mesa con mi familia de sangre. Pero tengo claro que comencé el 2013 cenando en familia, y que luego seguí bebiendo en familia, y riendo en familia en "nuestra casa", la que Jose ha compartido conmigo estos días, y en la que me he sentido uno más -ya me sé hasta donde están las cosas en la cocina-. Cada comida en casa, cada agobio entre pucheros, cada plato fregado, cada rato en torno al brasero, han sido momentos en familia. Han sido días para asumir que esto no tiene nada que ver con nada que hayamos vivido antes a nivel espinero.

Por eso cuando nos hemos montado en el autobús, o quizá antes, cuando ha comenzado el rosario de despedidas desde San Juan de Dios al andén, hemos sentido mucho agradecimiento pero también rabia. Rabia por el hecho de que no vivamos más cerquita, rabia por no poder bajar la calle y encontrarnos, rabia familiar, supongo. Montarte en el autobús y saber que no puedes garantizar no soltar una lágrima si miras a los que se quedan en el andén...

Creo que Sevilla ha hecho un esfuerzo para ir a Granada, eso no lo niego, a compartir la apertura de un nuevo año que va a ser increíble. Pero hay que dar gracias y una y otra vez, hasta que duela, porque da igual que no pasemos nuestro mejor momento, da igual que a veces nos sintamos solos, que nos agobie la vida, que no creamos en nosotros, que pensemos que este año va a ser igual que el anterior... Dan igual las frases de los sobres de azúcar que nos dan ganas de suicidarnos o esos dos minutos de tensión en San Juan de Dios en los que apareció la violencia, dan igual los momentos de bajón que nos llevan al lado oscuro, dan igual las quemaduras en la mano, los cortes en el dedo y las lesiones en el pie; porque todo eso no es nada comparado con esta experiencia maravillosa que sin duda es fruto del que está allí arriba. Y creo que aquí también vale aquello de "lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre". No nos separemos, que lo que tenemos entre Granada y Sevilla me hace demasiado feliz como para perderlo.

Y en el bus de vuelta, entre lágrima reprimida y lágrima reprimida, he querido despedirme de la única forma que sé: la cursi pero sincera, la mía. "Nos llevaron al Espino diciéndonos que haríamos amigos que durarían una semana y nosotros decidimos traernos una familia". Ahí queda, hermanos, muchas gracias y os quiero más de lo que lo que soy capaz de expresar. ¡Hasta pronto!

lunes, 17 de diciembre de 2012

Carta a mis granaínos



17 de diciembre de 2012, Sevilla


Hermanos:

Se acabó otro viaje, y ya os escribo desde mi Sevilla, esa tierra que gracias a Dios es también vuestra casa desde hace unos meses, aunque pienso que lo ha sido siempre.

Acabó la aventura, esta vez con excusa laboral y en solitario. Se acabó vivir en la gloria granaína, que tiene sus matices respecto a mi gloria sevillana. Os escribo mientras escucho la marcha Hosanna in excelsis que me descubrió Quique hace unas semanas, porque pienso que es la música con la que mejor puedo escribir estas líneas. 

Lo primero que quiero deciros es que conforme avanzan nuestras visitas lo extraordinario ha dejado de atraerme. Entended lo extraordinario como aquello de visitar monumentos, lo de ir de tapas a sitios nuevos, la actividad cultural... Después de subir tantas veces a la Alhambra -ese palacio que nunca se ha visto demasiadas veces-, he empezado a creer que no necesito eso. Que me vale con compartir una siesta, con comer en familia en casa, con echaros una mano sirviendo una cena a 300 desconocidos... Y que no me importa irme con vosotros de convivencia si hace falta, ni estar presente en vuestros grupos, ni ayudaros a coger ideas para una catequesis. Que no me cuesta trabajo acompañaros a comprar lo que haga falta, ni ayudaros en una prueba de la gymkhana, ni me importa levantarme a las ocho de la mañana un domingo. Porque lo realmente extraordinario es que no me siento un forastero, que este fin de semana me he sentido uno más. Que no ha hecho falta que estuviérais pendientes de mí, porque ya no soy un invitado. Que ya no soy un extraño. O al menos así me siento yo.

Este fin de semana ha sido como estar dentro de vuestro circuito, dentro de vuestras vidas reales, y no de esas vidas excepcionales y en cierto modo protocolarias de cuando íbamos de visita. Este fin de semana ha sido en familia, olvidándonos de lo turístico, de lo curioso, de lo excepcionalmente cortés. Hemos sido como somos, como somos cada día, y nos ha ido más que bien.

Quique, gracias por darme un techo, una cama en tu cuarto, a pesar de que creí que llegaba en el peor momento posible. Ana me dijo una de las frases más bonitas que me han dicho en mis 26 años de vida y entendí que estaba allí por algo, aunque yo no fuera consciente. No desesperes, hermano. La vida nos da mazazos inexplicables de vez en cuando, no sé si para darnos un toque de atención o para probar nuestra fuerza. Tú tienes más que suficiente, Rafa y yo no nos cansamos de decirte que creemos en ti, y es porque lo sentimos de verdad. Cada vez que se te plantea un reto, saber salir de él. Y con esto no va a ser diferente. Como decía más arriba, da igual las charlas que queden pendientes, porque esto ha dejado de ser extraordinario. Cuando hay sueño, hay que dormir, y cuando hay que estar montando una convivencia o estudiando, es porque es lo que hay que hacer. No se para el mundo porque yo vaya. Y en eso consiste también convivir en familia, como me he sentido este fin de semana. Tampoco yo quise apartarte de mi vida normal, y por eso quería llevarte conmigo al Albaicín a que me vieras en acción, en parte para que entendieras que mi trabajo es más hermoso de lo que se pueda imaginar, y porque quería compartir contigo un momento mágico que acabaron siendo dos horas únicas. Y creo que lo conseguimos. Sigue adelante Quique, con esas ganas que le pones a todo lo que haces, sin perder la sonrisa. Sigo creyendo en ti, quizá cada vez más. Dale duro, que puedes. Palabra de decano.

A ti Jose, sobre todo tengo que decirte que me gusta tu alegría, esa nueva y que para mi es más de verdad. No la de la eterna sonrisa que esconde más de lo que enseña, sino la que me muestra momentos mejores y peores. Que todos somos humanos y tenemos días mejores y peores, que todos estamos cansados en algún momento y tenemos ganas de apuñalar en otros. Que la vida es así. No te dejes llevar por los que cargan todo el peso de los Reden a tus espaldas. Claro que los coordinadores estamos ahí para sacar las ruedas del carro del barro, para intentar arreglar lo que nadie tiene tiempo para arreglar, pero no puedes cargar con todo eso. La vida es la vida, y va mucho más allá de los muros del despacho. Sigue con ese entusiasmo voraz, pero delega también. Muchas veces es mejor enseñar a los demás a superar los momentos de crisis solos, aunque tú estés siempre pendiente por si se les va de las manos. Delega, reparte, quítate peso, pero no pierdas esa iniciativa que te hace único.

Aunque me has dado por saco, porque sabes que lo das, porque es parte de tu encanto, creo que tienes un lado que no había descubierto aún, Jesús. Has sido mi anfitrión y, a pesar de que tu hermano te gana en responsabilidad y te lleva la ventaja de lo que he vivido con él, te estás ganando un hueco en el corazón del decanito. Eso seguro. Igual que Ricardo, que yo soy el decano de nombre y poco más, que no hace falta que me hagas la pelota, miarma. Que no hace falta. Que ya me tienes ganao, y no hace falta que te sigas esforzando, aunque sé que te sale solo.

Rubia, solo dos fotos, pero para mí valen un mundo. En serio. Me has dicho que he sido uno más, y hoy en el autobús de vuelta creo que lo he comprendido del todo. He vivido lo mismo que vosotros, y cómo has dicho, no ha hecho falta vigilarme. Que ya somos mayorcitos para saber que la vida sigue aunque alguien venga de viaje. Yo he trabajado y tú también, y la vida es así. Un cúmulo de obligaciones entre las que asoman momentos de verdadera ilusión y recuerdos.Y eso ha sido este fin de semana. No hay más. Y por eso ha sido nada extraordinario y totalmente extraordinario al mismo tiempo. Que me habéis abierto las puertas, las ventanas y todo lo que ha hecho falta. Escaleras arriba y abajo cargados de platos, esperando niños en la plaza de la catedral o comiendo con ancianitos -y recibiendo un bofetón de realidad, como dice Jose- como uno más. 

Y a los demás, qué deciros. Que aunque Pablo sea el fucker virtual del santuario, sigue teniendo la sonrisa y la ilusión de un niño siempre presente. No la pierdas nunca, porque a cualquiera le devuelves la vida con ella. Y Ángel, que no te creas que tengo las respuestas a las preguntas difíciles, que como le he dicho a Ricardo, lo de decano es más por edad que por otra cosa. Tú te vales más que solo para conseguir lo que quieras, y lo has demostrado esta tarde misma. Sigo riéndome lo mismo contigo, y eso es algo que no estoy dispuesto a perder ni sacrificar.

Y después de esta parrafada infernal, y quizá creáis que innecesaria, deciros que perdonad si algunas veces he sido más un estorbo que una ayuda. Que sé que he ido en el peor de los fines de semana posibles, pero que creo que todo ha salido más que bien. Aunque esté completamente reventado y os escriba esto entre bostezos. Y deciros de nuevo gracias mil veces, que me habéis dejado compartir vuestra vida, la de verdad. La de las obligaciones y los follones, la de los estudios y los trabajos. La vida real. Y cuando uno se siente uno más es la mejor señal posible, porque significa que ha dejado de ser excepcional para ser cotidiano.

Gracias por convertir un improvisado viaje de trabajo en una estancia en familia. Para lo que queráis, en Sevilla tenéis vuestra casa, ya lo sabéis. Ya os echo de menos, y solo acabo de irme. 

Hasta pronto y cuidaros mucho!

Miguelito

lunes, 3 de diciembre de 2012

Contradiciendo a la burbuja

Nos hemos llevado años adoctrinando a nuestros niños: "Cuando vayáis al Espino, no os emocionéis. Aquello es una burbuja, una situación irreal. Al regresar a vuestras ciudades de origen las amistades que parecían eternas y lo allí vivido se quedará con toda probabilidad entre los muros del monasterio". Y una vez alcanzado el decanato, cuando era lógico pensar que la profecía se cumpliría de nuevo, llega la sorpresa.

Esta historia comienza hace tres semanas. El regreso de Valencia con una espinita clavada, sin tiempo a recuperarnos, nos llevó en volandas a un nuevo proyecto. El más ambicioso, el más agotador de los que los chicos del coro se habían planteado hasta ahora. ¿Quién dijo que los cuentos eran tarea fácil? Pudimos soñar que podíamos respirar bajo el mar o imaginar que el simple hecho de poner la mesa podía convertirse en una gran cabalgata de derroche imaginativo. Pero no fue sencillo. Semanas ensayando día tras día, a pesar de que el flautista de Hamelín nos intentaba llevar siempre por buen camino y la hormiga reina trabajaba incansable cuadrando horarios y haciendo cuadrantes para que la enorme tela del concierto se fuera tejiendo poco a poco. Semanas en las que, poco a poco, como siempre pasa en estas cosas, nos fuimos transformando hasta convertirnos en "alguien que solíamos conocer". Que entre bambalinas, muchas veces, hay que callar y morderse la lengua, que la procesión, aunque hermosa, siempre va por dentro.

Pedíamos al reloj que detuviese su camino mientras los cocos marcaban el tic tac y nos acercaban al viernes del estreno, y cada vez veíamos más claro que la tortuga, ese lastre de la complejidad de las corales y de los disfraces, podía ganar a la liebre, esa desesperanza fanfarrona que se cernía sobre nosotros. Hasta que llegó 'El ciclo de la vida'. Y luego el concierto se fue deshaciendo, poco a poco, marchándose las tensiones, reforzándose los lazos ante un público entusiasmado, que se emocionó hasta al ver salir las servilletas dando saltitos en fila en 'Qué festín'. Y luego solo quedó la emoción, el derroche, la alegría, para terminar diciéndonos a nosotros mismos en aquel final de los Payasos de la tele que lo que acabábamos de hacer era "magistral y sensacional".


Y, volviendo a la burbuja, en la platea, sobre la moqueta (porque eso también lo hemos aprendido en el reino burgalés de la burbuja), estaban los que habían hecho kilómetros para venir a ver nuestro regalo solidario. Bien fuera desde Madrid o desde Graná, nos honraron con su presencia, a pesar de que los focos nos impidieron cantarles a la cara, ya que solo veíamos una espesa nube de cabecitas. Y después del éxito, nos tocó darles las gracias. Cada uno con los suyos, acogidos en nuestras propias casa, como familias que por unos días tienen un hermano más o, en el caso de Rafa, familia supernumerosa.

Nos tocaba devolverles la entrega, devolverles la ilusión que nos habían dado, los ánimos minutos antes de comenzar el concierto. Y volvimos a las charlas paseando por el centro, algunas postergadas durante meses y más que necesarias, a mirar a los ojos al Gran Poder, a la paz tras las puyas hirientes del proceso de construcción del concierto, volvimos a las noches de risas y nos unimos ante la adversidad (30 personas buscando un bolso robado hasta encontrarlo bajo un coche).

¿Momentos? Todos los del mundo. La vista hermosa desde el mirador de las Setas de la Encarnación, la vuelta a casa andando con los gritos de 'Decano' resonando por la calle San Fernando, los cigarritos que calientan la noche fría de la Calle Betis, el maratón de vídeos rumbo a Triana, las luces de Navidad, la historia del cinturón imperdible de Ile de France, la Catedral haciéndonos la cobra cuando intentábamos entrar, las 27 tapas de solomillo en la Tabernita, las buenas noches con nuevas voces en cada una de nuestras casas, los sandwiches en la cripta después del subidón, los abrazos del adiós...

¿Quién nos contó lo de la burbuja? ¿Quién nos hizo creer que aquello era inevitable? Hemos roto la maldición: no podemos vivir sin la burbuja, y por eso nos hemos propuesto mantenerla, haciéndola de cristal transparente para que no se rompa. Y a golpe de visita de este a oeste y de oeste a este, poco a poco vamos consagrando lo impredecible. Que Si tienes fe, puedes pegarle una patada a la desesperanza, que al fin y al cabo, 'Nostalgia' lleva dentro la palabra 'regreso', y eso solo puede significar que la mejor despedida es un 'Hasta luego'.

Creo que después de esta visita, de este fin de semana de concierto solidario en plan boda gitana -tres días de celebración-, nos queda sobre todo, algo más de concordia. Concordia por las conversaciones que tardaron meses en llegar y que al final han puesto los temas importantes sobre la mesa, concordia por la eterna promesa de venir a Sevilla que al final se cumple, concordia por haber escuchado al corazón pero también a la razón. Concordia porque estos momentos te hacen más fuerte, porque te llevan hasta los límites de la cordura para probar lo fuerte que eres. No puedes permitir que te ganen la partida. Parece que una vez más lo hemos superado, y el llevar nuestros cuerpos y mentes hasta el límite ha dado un fruto de 3.700 semillas de esperanza.

Hoy nos queda el vacío, la morriña y la vuelta a la realidad. Esa en la que los cuentos vienen en blanco y negro y se venden en los quioscos, en la que los finales felices hace tiempo ya que pasaron casi a mejor vida.  La realidad en la que los malos no se transforman con la fe, sino que siguen martilleando al que tiene ilusión. Que la ilusión no cotiza en bolsa ni vende en las televisiones. Pero que nos quiten los sueños, que eso sí que no pueden. Ya lo decía Chema en el concierto. Que los cuentos no viven en nuestros viejos libros, ni están hechos de papel y tinta, que los cuentos no se pueden destruir si seguimos creyendo en ellos y nos aferramos a la esperanza. Porque los cuentos, sean de los hermanos Grimm o nuestros propios sueños, viven en ti. Y eso es algo que ni la bestia más despiadada puede arrebatarte.

lunes, 29 de octubre de 2012

Granada tags


Muchas veces, cuando vuelvo de un viaje, y más si es tan intenso como este último, con pocos momentos para coger aire y pensar, se me vienen a la cabeza ideas en forma de tags de blog. Como temas o frases que dicen más solo dando pinceladas que exponiéndolos, como si estuviera mejor así. Ideas que pasan por mi mente, y que prefieren quedarse solo como un bombardeo doloroso y festivo de aspectos concretos. Esta es la nube de tags de este viaje.

El café antes de salir bebido en dos buches. La historia del triángulo y el paso hacia la caja china. El sol reflejándose sobre la nieve en la sierra. Los postigos de madera en las ventanas del santuario. El Paseo de los Tristes bajo el agobiante cielo espeso de nubes. El qué dirán. Los diez cigarrillos buscados en la puerta de la taberna y el porqué de la grandeza de la música de Mozart. Los gin tonics de media tarde. El pacto de no-agresión y la tregua firmada con un apretón de manos. La llovizna al bajarse del coche.

La sonrisa de los voluntarios al rememorar lo que han cambiado sus vidas. El móvil rugiendo de tanto tuitear. El #EncuentroVoluntarios. "¿Dónde coño duerme Marta?". Las medias noches preparadas a las siete de la mañana para que estuvieran tiernas. El hombre de la tarta que nos deja a Quique y a mí con las ganas. Las lágrimas en la capilla. La botella con un mensaje dentro.

La luna reflejada en los cristales del santuario al rozar la medianoche. El abrazo. La inseguridad y las siete horas de sueño que nos mantuvieron vivos todo el fin de semana. La escalera de madrugada que guarda el secreto. Bailar salsa. Los mensajes que no vinieron en una botella. Las risas en las presentaciones. La paellera que no cabía por la puerta y la cola para disfrutar de la barbacoa. La presidenta y la otra presidenta.

Las dos tartas heladas y el número 23. Ver cómo el más echao palante se pone colorao cuando le cantan el 'Cumpleaños Feliz'. El pasado y el presente. El pregonero joven de la Semana Santa y el paseo con Fidel y Loreto hasta Plaza Nueva. El compromiso y el vértigo de ver que no hay marcha atrás. "Enamorado de la moda juvenil". El encargo del obituario que llega durante la cena. La mala cara al despertar.

La desconfianza. Las conversaciones que sustituyen a las siestas por muy cansados que estemos. La vista hermosa de las cubiertas del santuario que hasta duele. Instagram. La canción en francés en el coche de vuelta. La rueda que vuelve a poner el contador a cero y que provoca que el ciclo vuelva a empezar. La conversación inesperada en el baño que pasa de una frase a 20 minutos. AS y esa nueva visión de la vida.

Compartir y sentirte parte del proyecto. La gente que pasados cinco años en silencio se convierten en una buena compañía de nuevo. La terraza de Los Jerónimos y los vellos de punta por el frío. La luz de tus ojos y tu voz que hipnotiza cuando susurras. Kaliche para todos. Cantar con la garganta destrozada. La foto-lluvia en el photocall de Galería. El sueño y la extenuación. Comprender que no hay que criticar tanto a la luz del mundo, sino empezar a meterle combustible a tu candil para empezar a dar luz tú también. Decir 'Nosotros' en lugar de 'Yo'. Cuestionar la altura de la catedral. Las estampas del Gran Poder que fueron de viaje conmigo y no volvieron.

La confianza como pilar fundamental para sentirte vivo y útil. Ser menos tajante. El frío. Los ronquidos y dormir con 'los vocales' en el cuarto. El cuaderno del Espino con mi nombre con la cubierta llena de mierda de tanto llevarlo de un lado a otro. El jardín chill-out. El americano borracho que nos suspira en la cara al pasar. La sede del Granada Hoy cerrada. La llamada a la puerta a las seis de la mañana. La melancolía del regreso. La mirada como herramienta certera de lectura del alma. Cuidar del niño.. y de la niña. Estrella de Galicia en la tierra de la dulce Alhambra. La amistad. La incomprensión. El hombro listo para ser usado. La llave y las correcciones de Shakespeare.

Granada. El reencuentro. La fachada y los cimientos. La tormenta. Las gracias al cielo por haber puesto a ciertas personas en mi camino. La paz y la inquietud. La vida. Y el último abrazo preguntando cuándo será la próxima visita. El abrazo colectivo. Y la esperanza.

martes, 16 de octubre de 2012

El bofetón de realidad de Valencia

¿Para qué estamos aquí? ¿A dónde nos llevan los caprichosos bandazos de la vida? Quizá demasiada retórica para un día de resaca de cansancio posconcierto. Acabamos de volver de Valencia, los del coro de siempre, Sevilla28. Y creo que nunca me imaginé que este concierto, después de todos los que llevamos, fuera a ser el más especial.

Nazaret es un barrio de esos que nadie quiere ver. Oculto, pasando el último puente del Turia, en una zona de terrenos bajos y rodeado por huertas que un día fueron el esplendor comercial de la zona, se muestra como una especie de suburbio con poco que ver con la cercana Avenida del Puerto o la Ciudad de las Artes y las Ciencias. En el centro de este barrio, una parroquia que lleva el nombre de la patrona de la ciudad, pero también el de una advocación que refleja muy bien a los habitantes de la zona: los Desamparados.

Llegamos allí con nuestros instrumentos, con las ganas de hacer lo que mejor sabemos hacer y, por qué no decirlo, con un poco de nudo en el estómago por lo que nos podíamos encontrar allí. Los preparativos fueron bien, adaptando el concierto al nuevo escenario, ensayos sin parar, preparación del vestuario en la "trastienda" de un colegio y retoques a la distribución para que entrásemos todos en un escenario que para 14 personas siempre se hace pequeño. Valencia, encabezada por Matute, Víctor y los postulantes, había dado todo lo que podían dar -y más aún- para que Sevilla28 fuera allí. Ya solo con entrar en los pisos donde íbamos a dormir nos dimos cuenta que aquello era algo más serio de lo que pensábamos. Habitaciones más que de hotel para nosotros, que no éramos nadie... Pagadas por una parroquia más que modesta, que nos ha tratado como reyes solo porque vamos a actuar a su barrio.

Valencia me ha tocado, creo que nos ha tocado a todos, en el fondo de nuestro ser. El bofetón de realidad ha sido tremendo, y creo que nos hemos dado cuenta de que el coro es más que música, más que el dinero que recaude -algo que aquí no importaba-, que es evangelización, que es fe viva, una muestra de lo mejor de nosotros sobre un escenario. El concierto de Valencia ha sido leer el entusiasmo de un barrio en los ojos de la gente a la que la crisis ha azotado con más fiereza, gente excluída por designio social y por castigo. Y ese entusiasmo vale más que cualquier riqueza tangible del mundo. En cierto modo, como decía San Agustín, hemos predicado con la música, una música más sencilla, muy lejos de esa música de las esferas planetarias que suponía para el Padre de la Iglesia una celestial muestra de la grandeza y la perfección de la creación.

Volvemos tocados, tocados por una música que no entiende de pentagramas, la de las risas sinceras de aquellos que en un concierto de 14 sevillanos ven un motivo para sonreír cuando todo te induce a llorar. Creo que en Valencia hemos sido misioneros, sin creernos nada, nos hemos demostrado a nosotros mismos que en las periferias de nuestras ciudades está la gente que más necesita un soplo de aliento. Y en la periferia valenciana, allí donde Víctor y Manolo tienen su campo de acción, entre prostitutas e inmigrantes, con el mundo de la droga cerniendo su oscura sombra sobre las calles del barrio, creo que hemos visto a Dios entre los muros de un colegio. Y nos ha cogido por los hombros para zarandearnos y despertarnos, para decirnos que Sevilla28 es un estandarte, pero sobre todo un sentimiento, una fórmula para sacar lo mejor de nosotros y que eso no se nos puede olvidar.

Hay que darle gracias al coro pero, las gracias que nunca dejaremos de dar son para Valencia, para aquellos que nos acogieron en su casa y nos hicieron darnos cuenta, bofetón de por medio, de que cuando ponemos toda la carne en el asador, podemos lograr grandes cosas. Que las cosas importantes no se cuentan por fajos de billetes ni por aplausos, sino por gestos. Una sonrisa de aquel que hace meses que no sonríe es el mejor logro de este coro, de este grupo de chavales acomodados que han jugado a ser misioneros un fin de semana. Que los verdaderos misioneros se quedan allí, en la plaza de Nazaret, en la casa de acogida para presos de La Punta, en el colegio en el que nosotros actuamos... Con este concierto nos llevamos un pellizco en el corazón, lo más importante sin duda. Y una conclusión, que me hizo ver Carlitos Galán esta mañana: "Que cada uno con lo que ha recibido se ponga al servicio de los demás...".

lunes, 8 de octubre de 2012

Cerrar la herida de San Lorenzo

Fueron apenas unos minutos. Quizá ni siquiera llegaran a ser cinco, un simple acercamiento, bajo la concha de mármol rosado de la parte posterior del camarín, esa que se repite en la capilla trasera de San Lorenzo, como un palio árabe y marino. Subiendo las escaleras más por obligación que por deseo, cada peldaño me conducía a una estampa que mi mente había borrado para atesorar otros momentos, quizás menos importantes.

Como un forastero en algo que es tan mío como de cualquier otro sevillano -sevillano universal, de esos que sienten Sevilla sin importar cuál ser el lugar de nacimiento que aparezca en su DNI-, me dispuse sobre la pared marmórea del camarín y observé. Y me pregunté por qué esas caras, por qué ese fuego en los ojos de aquellos que me acompañaban, por qué lo que para mí siempre había sido un tema secundario era para otros una Meca, un lugar al que acudir llueva o truene en la plaza de San Lorenzo.

Y me vi a mí mismo pensando qué significaba aquella escultura de madera, aquel retrato de Dios venerado por los siglos de los siglos. Y me vi de pequeño, subiendo al camarín más con miedo que con devoción, porque aquel hombre de madera con la cara oscura y una corona de espinas excesiva me daba más que respeto. Y me vi en los besamanos previos a la Semana Santa, con mi padre cogiéndome en brazos para alcanzar a aquellas manos torturadas por el tiempo y el humo de las velas.

Y sentí que algo me había perdido en todos estos años en los que no he visitado San Lorenzo -años en los que veía a mi familia sentir verdadera devoción mientras yo hacía caso omiso, y me iba separando poco a poco de aquella pasión familiar-, y me pregunté si sería capaz de sentir lo que sentía aquel Quique que me había puesto como única necesidad de venir a Sevilla "ir a ver al Señor". Y entonces hice una foto, y se la envié a mi padre, ese que sé que siempre ha tenido una espinita clavada por el hecho de que no me pase por la basílica. No para resarcirme con él, que ya me ha aguantado bastante con mis idas y venidas en San Lorenzo, sino porque quería mandársela. Y la respuesta de mi padre fue sencilla: "Él no te lo tiene en cuenta. Ha escogido un buen amigo para que regreses a él".Y se me escapó una lagrimilla irremediablemente, y miré la espalda de aquel hombre de madera que tenía ante mí. Y luego a Quique, y me dije a mí mismo que a veces la respuesta para un problema está en la persona que menos lo esperas, y que hace unos meses no habría ni tan siquiera adivinado que volvería por él a pisar el suelo de la basílica.

¿Quién sabe lo que ha de venir y para qué se cruzan las personas en tu camino? Creo que acabo de cerrar una de las cuestiones abiertas desde hace años, que la herida se cerró cuando Quique fue la excusa perfecta para volver a ver a Dios cara a cara. Y creo que sentí cierta envidia de aquella mirada fija, de aquel rostro que cambió completamente cuando miró al Gran Poder desde el lateral del camarín. Sentí envidia y me pregunté por qué yo no iba a verlo con lo cerca que lo tenía, cuando había gente que viajaba desde Granada un par de días con el objetivo de tenerlo más cerca solo unos minutos. Y volví a emocionarme, algo que en esta basílica nunca me había sucedido, para bien o para mal. Volví por obligación, pero creo que porque los hilos de ese plan que tienes para mí me llevaron aquella tarde de sábado hasta tu pequeña habitación al final de la escalera. Y me pediste, a través de los ojos de Quique y Jesús que me reconciliara, que volviera, que me echabas de menos, y que, como me dijo mi padre, lo pasado no me lo tenías en cuenta.

martes, 4 de septiembre de 2012

Abecedario pollúo

Llega un momento en el que se te acaban las expresiones que utilizar, las formas de reinventarte cada día, y de repente, aparece una nueva idea. Una solución válida que sale de lo más esencial que tenemos los seres humanos para comunicarnos -además de la música-, las propias letras que forman nuestras complejas palabras. "¡Un abecedario!", me dije a mí mismo después de estos cinco días en Graná y el vértigo de contar un viaje con tantos matices que temía que la mitad se me quedaran en el tintero. Una de las cosas que más me gusta de esa ciudad de los sueños es su manera de convertir las palabras en música, de darle a cada frase una entonación. Porque, al igual que en la música, el acento es el que le da a las palabras la vida y la emoción. Hasta entonces no son nada. Así que una de las opciones es contar y hacer balance de este viaje a Graná con un abecedario, un abecedario pollúo, por supuesto.

A. Este ha sido el viaje de la provincia, y la A debe ser de Alfacar. Desde el primer día nos hemos dedicado a recorrer los pueblos, y la casa de los Quesada estaba en nuestra apretada agenda. Atracón de comer y siesta en la franja de Gaza -nunca sabes de dónde puede venir el disparo que te ponga empapado de agua en pleno sueño-. Alfacar, la casa de campo con piscina que suena a rumor de acequia, y en la que las excursiones de trabajo quedan relegadas a un lado, que ya habrá tiempo de ver la acequia de Aynadamar, porque lo que toca es estar con esa gente por la que has realizado este viaje. Que Graná es su gente, esa ristra de nombres que hemos aprendido en un monaaterio de Burgos. Y lo demás, es lo de menos.


B. Sí, Graná es una de esas ciudades en las que el modelo de Botellódromo funciona. Y la mejor forma de celebrar un cumpleaños es desplazarse hasta allí después de haberse metido entre pecho y espalda una de esas tapas con las que cenas por dos euritos. Y echo de menos, en Madrid y en Sevilla, ese rollo de estar con todo el mundo, al aire libre. Y encontrarte con los de ayer y los de hoy, vaso de plástico en mano. Y si hace falta, alguno se va calentito y otros se van antes de tiempo, o llegan tarde -bien porque está en su naturaleza, bien porque se han cambiado de vestido cinco veces antes de salir-, o se apuntan en el último momento. Pero lo que importa es que estén.

C. La Chana ha sido nuestra casa y nuestro punto de partida. Que quizá la A de este abecedario debería haber sido para Ana, pero es mucho mejor explicar que ha sido nuestra anfitriona en su piso. Y que desde el primer momento, tuvimos un chófer muy familiar, unos desayunos inolvidables de los que hablaremos luego y unas vistas increíbles de una ciudad más que eterna. Y una anfitriona de excepción a la que le debemos buena parte del éxito de esta aventura. Que por unos días hemos sido compañeros de piso, Martita, ella y yo. Y que lo podría haber sido otros cinco días más. Si realmente hemos servido para traer alegría a tu verano, no sabes la alegría que tú has traído al nuestro.

D. Y hablando de Desayunos. Los de este viaje no es solo que hayan sido atípicos, es que han tenido su propia banda sonora y sus invitados especiales. Mientras Marta se mostraba con el moño en lo alto de la cabeza y a mí se me caían los párpados sobre unas ojeras cada vez más marcadas, pasaron por nuestra cocina Jose y el hermano de Anita. De fondo, lo más friki que se nos ocurría, desde Andy y Lucas a Melendi, pasando por Alejandro Sanz o Kiko y Shara. Desayunos distintos, desde luego, mientras Ana corría como una loca hiperactiva por toda la casa. Nadie tiene esa energía tan temprano.

E. Esta letra es más bien por ausencia, porque se refiere al Estrés. Estrés inexistente a pesar de que estoy cerrando etapa y que tenía que trabajar desde Graná, a pesar de que me habían ofrecido un trabajo en Caracas... Y se me ha olvidado todo a golpe de la paz que se respira en esta ciudad de calles de ensueño y acentos marcados que siempre me sacan una sonrisa.

F. Estar como en Familia, sea dónde sea. Bien sea en Alfacar, en Periate, en La Chana o en los Reden, nos hemos sentido como esos primos lejanos que rara vez vienen de visita pero a los que se les acoge con los brazos abiertos. Una especie de hijos pródigos que nunca fueron hijos, pero que en un momento se sienten como parte de la familia. Hemos estado tan acogidos que no se ha hecho raro: un día nos llamábamos Rojas, otro Martínez y otro Quesada. Y nosotros encantados con la acogida. Así debería ser de sencillo siempre.

G. En este mundo en el que parece que un plato de comida no es Gourmet si no contiene virutas de jamón ibérico, está hecho espuma o se esconde tras un nombre de tres renglones, Quique desconfiaba paseando por el centro del concepto de Pionono Gourmet. Y es normal. Eso ni es pionono ni es ná (¡Qué pollah!). Porque en este viaje me he desintoxicado de esa comida extrema y superelaborada que ha sido incapaz de superar a platos como las maravillosas migas de la madre de los Quesada, a ese pan de Alfacar que es gourmet por méritos propios o a la propia Milnoh, esa cerveza exquisita que es un brebaje mágico y suave.

H. Una de las expresiones que me he traído a Sevilla es "estar hecho peazos". Porque en ese maravilloso habla de Graná, uno no está reventao, sino hecho peazos; no tiene hambre, sino está ehmayao; no te dan por culo, sino tras tras que te dan por detrás; y todos los adjetivos intentan terminar en -illo o -ico, que así parece que están dichos solo para ti. Qué maravillosa habla que tenéis, quien os dija que no se os entiende es que no os ha escuchado bien.

I. Y por las noches, parece que no has estado en Graná si no pasas aunque sea un rato por Los Italianos en busca de un cucurucho. Y qué descubrimiento la Casata, un helado que no se sabe muy bien en qué consiste, es como el helado total hecho en plan popurrí de todo lo que se te ocurra. Recomendación del pequeño de los Quesada y un acierto total en una noche en la que descubrí que las azucenas y los lirios son lo mismo... Fíjate tú.

J. Con J empiezan dos nombres que han tenido un momento especial en este viaje. Uno es Juan, que parece que ha dejado de enfadarse con el mundo y ha decidido volver a la gente que un día fue su familia y que ha estado esperándolo para que les alegre la vida, que es lo que mejor sabe hacer. Y el segundo muchas veces se me olvida que se llama Jesús, porque solo lo llamo por su nombre cuando me pongo serio. El costalerito que ahora va de modernete, Pulido, el de las idas y las vueltas, el de las broncas trascendentales en las discotecas y las charlas en pijama en la puerta de un hotel de Madrid. Porque siempre está ahí, aunque a veces se nos olvide a ambos.

K. Kilos son los que he cogido yo, y eso que hemos subido cuestas a más no poder. Que subir al Albaicín a las dos de la tarde debería ser una prueba del triatlón, o bajar de la Alhambra con alpargatas. Pero es que, aunque suene tópico, ese rollo del tapeo y del barbacoismo rural extremo son cosas que no se pueden rechazar. Y así he vuelto a Sevilla, que como dice Rafa, llevamos una semana hidratando con frutas y gazpacho...

L. La vín. Nada resume la sorpresa y la exageración como esas dos palabras. Y es que esas exageraciones nos unen a los sevillanos y a los granaínos. Que hay que ser exagerado para que con subir a una terraza a tomar a un café ya nos creamos en el paraíso. O hay que ser exagerado para pensar que una cuesta del Realejo merece decenas de fotos porque la escalera que la recorre te hipnotiza. Pero hay que ser exagerado, porque eso significa que nos importan los detalles, y eso, amigo, es lo que forma la vida.


M. Por fin lo conseguimos: después de haber ido muchas veces a Graná y visitar la Alhambra una y otra vez, llegamos a la Mae West. Discoteca con pretensiones, por supuesto, en lo alto de una escalinata que para algún que otro chavalín seguro que es la escalera a los cielos una noche de sábado cualquiera, la Mae West no es más importante que cualquier otro sitio de cualquier lugar del mundo. Lo que lo hace diferente es con quien vayas, quien te dé una charla interesante a gritos intentando ganar en decibelios a la música, o quien te conceda un rato agradable con sabor a gintonic en su terraza bajo el manto de estrellas, en el que un cigarrillo se convierta en tres seguidos y una copa debatiendo sobre el futuro y sobre música.

N. Si en Graná hay un mirador, ese es San Nicolás. El mirador que Clinton le descubrió al mundo, la mejor puesta de sol del planeta, o al menos eso dicen. Y volver a San Nicolás parece una obligación desde que pones el pie sobre el cálido suelo de la ciudad. Pero ha habido mucho mirador esta vez, y no solo el de San Nicolás. Acercarse de noche al Paseo de los Tristes para que Marta pueda ver la hermosa nocturnidad de la Alhambra, alevosamente bella. Subir a los escalones de la catedral para contemplar la plaza de las Pasiegas, correr a la terraza de Los Jerónimos para ver el monasterio del mismo nombre, o pasear por sus calles, que son miradores de por sí, sin necesidad de altura. Que nuestras ciudades se miran desde el suelo, que no hay cielo más alto que ellas.

Ñ. Y aunque un poco forzado, la Ñ es de mañanas. Las mañanas que, a pesar de ser solo cuatro, instauraron a fuerza de anécdotas sus propias tradiciones. Esa Ana intentando bajar poco a poco la persiana de mi cuarto (que en realidad es el suyo) para que no me dé el sol en la cara mientras yo le contesto frases sin sentido, por aquello de contestarle algo. Esa hiperactividad absoluta con la que se levanta -porque yo creo que duerme con un ojo abierto, siempre alerta- y te trae un vasillo de agua, que sabe que la noche ha sido larga, y el despertar con la boca como un esparto es inevitable. Y a golpe de tradición, ahora llego a casa y busco mi vaso de agua por las mañanas. Que decirle a mi madre que me lo traiga me parece un poco abuso...

O. Quizá el más rebuscado, me he dado cuenta en este viaje que peco de un soberbio Ombliguismo urbano. ¿Que eso qué es? Más sencillo de lo que parece. Mi absoluto desconocimiento de la vida en el campo me ha hecho ver lo pictórico del discurrir de una acequia, el mejor de los sabores -el más sencillo, el del agua de un pilón, agua que seguro que si metes en una botella y envasas no sabe igual- o la maravillosa experiencia de bañarse bajo una cascada -pequeñita, eso sí, pero con fuerza-. Estoy tan centrado en la ciudad, que bañarme en una piscina viendo un campo de olivos o ver las montañas al levantarme son cuestiones absolutamente exóticas para mí. Y yo que lo lamento, porque qué maravilla la que me estoy perdiendo.

P. ¿Alguien sabe lo que es Periate? Mucha gente de Graná tampoco. Digamos que es una gran parcela donde, a modo de cortijo, viven una serie de familias ligadas entre sí a media hora escasa de la capital. Pero, como Alfacar, ese lugar desconocido también fue una parada de nuestra estancia. Acogidos por los Martínez Avecilla no sin agobios de por medio, el domingo en Periate fue una auténtica barbacoa rural, como proponía el evento. No morimos en el descenso a la cascada y, como en todos mis días felices, me quemé -parece que si no me quemo, si no acabo con heridas de guerra por el sol, es como si no hubiera estado allí-. Hasta charla periodística con el tío de Quique y Jesús hubo, él como un experimentado profesional y yo como un pupilo respetuoso que escucha atento. Y sé el esfuerzo que hicieron nuestros anfitriones por nosotros, que lo que se jugaban en septiembre no era poca cosa, pero adaptaron sus agendas para acogernos, y eso es lo más importante que han podido hacer por nosotros, el mayor sacrificio. Gracias.

Q. Es un apellido que nombro bastantes veces, que ya es habitual en este blog desde hace años, pero es que a esa familia hay que quererla o morir. Los Quesada, sí, los de la sonrisa profidén y los ojos expresivos. Los mismos de siempre, a través de tres generaciones en las relaciones Sevilla-Graná-Madrid y lo que se tercie. Y el cuñao, como dice Jose, que ya es uno más de la familia y que será una de las cosas que más echaré de menos con el traslado. Y por fin conocer a Doña Emilia en persona, lectora de mi blog, una de las más ilustres, que nos hizo unos platos de migas para caerse de espaldas. Esos Quesada del "todo saldrá bien" y del "lo que queráis vosotros", los de la mano siempre dispuesta para ayudar. La arquitecta, el médico y el maestro, qué parecidos y qué diferentes, pero qué familia entrañable e inolvidable. Se os quiere. Y mucho.

R. Y la R ha de ser de Reencuentro. No solo con esa Graná que se está convirtiendo en una obsesión como un día se convirtió Madrid, sino con la gente que hace que aquella ciudad tenga cada vez más lazos con esa capital soberbia y esplendorosa que es Sevilla -Majestuosa que decía Ele-.Y reencuentro también con mi gente, que se creían Marta y Rafa que en esta entrada los iba a obviar. Reencuentro con los que serán mi familia una vez más ahora que he vuelto a la tierra, que me llevaron en volandas a la ciudad de la Alhambra -porque si me lo pienso, no voy-, y me dieron paz y alegría. Que en este viaje no ha hecho falta pedir ayuda, Rafaé, que cuando se está con buena gente todo va sobre ruedas. Y Martita, que me iría contigo al fin del mundo, que has demostrado más que nunca que sabes defenderte y que no eres una más. Tienes coraje y vulnerabilidad a partes iguales, y eso te hace alguien imprescindible en este regreso a Sevilla.

S. Y estando en Graná, y sin olvidar que el pregonero lo es para siempre, aunque él no quiera, salió la Semana Santa. Y salió la tertulia cofrade profunda, nada menos que en el botellódromo, y entre comentarios que se me escapaban de lo frikis que eran -no os lo toméis a mal, chavales-, un par de miradas. Una para decirle a un apollardao recién conocido que mejor se largara por donde había venido, y otra en busca de una salida con destino Quique. Que ni aquello era el Tabernáculo ni el Garlochi, y que necesitaba que me sacara de aquel jardín en el que me habían metido de palios, andares de una u otra manera y años de fundación de hermandades. Y tras aquella noche, una promesa. La de abandonar mi barroca Sevilla en la semana grande un solo día para conocer la Semana Santa granaína. Pero conocerla a través de estos niños que se ponen el costal por abril al igual que nosotros nos ponemos el capirote. A través de los ojos de los que la aman.

T. ¿Y a dónde volvíamos siempre? ¿A dónde eché la última mirada antes de marcharme de Graná? A la Terraza. La tarraza de la teoría de los nombres compuestos, de las latas de Alhambra a la mañana siguiente calientes por el sol, la terraza en la que ay si las plantas hablaran... La terraza de las confesiones y el epicentro de la casa, sin duda. Que en mi cuarto era imposible porque parecía aquello el Bershka y en el de las niñas era demasiado incómodo charlar a dos alturas de litera. Y hablar del pasado, el presente y el futuro mirando a las vías del tren, que no hay metáfora tan acertada en el mundo para comparar el pasar de la vida. La terraza en la que nos daban las cinco de la mañana mientras hablábamos de la nada y el todo entre risas y llamadas, conversaciones virtuales y reales. La terraza de planear futuros viajes y comentar el presente. La terraza. Y nada más.


U. Y sonaba esa última mañana 'Ese último momento' de Alejandro Sanz en el ordenador. Que ya sabemos que nos gusta revestir el momento de la nostalgia de más nostalgia. Y con esa canción se acercaba el final, la despedida por wasap desde el autobús, las lágrimas luchando por salir y esa estación de autobús tan diáfana que hacía que a Ana se la viera terriblemente sola al otro lado del cristal. Ese último adiós a los cielos limpios, a las montañas, a las colinas de casa blancas y al castillo imponente y romántico que es la Alhambra.

V. Aunque pueda parecer imposible, sí, la V es por Voldemort. Porque Ana se convirtió en "la que no debe ser nombrada" durante una comida en el Albaicín en la que un costalerito se metió en un jardín del que no supo salir. Y es que el costalerito, como recordaba con él mismo, no es tan diferente a aquel chavalín que conocí en un espino y al que le sigo guardando un cariño especial. A pesar de que intentara asesinarnos subiendo el Albaicín con 40 grados a la sombra, el costalerito es tan personaje como entonces. Y tan cambiante. Y por esos jardines en los que se mete sin pensarlo, hay que quererlo.

X. El lugar marcado en el mapa, la X que señala el paraje donde todo vuelve a empezar. La cruz que marcada sobre los Reden señalaba el lugar del concierto de la pasada primavera, es de nuevo el punto en el que confluye todo un domingo por la tarde. Parece que la ciudad se doblega ante las campanas que señalan que la misa está próxima, y tras salir de la iglesia, todo vuelve a su cauce. Y en el bar sabes que Graná y Sevilla son lo mismo, solo que allí la cerveza va con tapa, y en Sevilla son solo botellines de Cruzcampo. Y que somos dos mundos que conviven paralelos hasta que un viaje los une y se crea la magia. Y que en esa cerveza nadie se acuerda de que eres forastero, porque eso es lo de menos.

Y. Cambiar el Yo por Nosotros. Ese es el secreto. Porque si hubiera pensado solo en mí en este viaje, nada habría sido como ha sido. Vamos todos a todos los sitios, comer mientras más personas mejor es más divertido, porque comerse unos tallarines chinos no es nada del otro mundo si no es por la compañía; y un batido de helado te lo puedes tomar en cualquier sitio de España, pero no con la gente que estaba sentada en la mesa aquella tarde. Lo importante es el Nosotros, que es lo que hace de cada momento una experiencia inolvidable y añade un nudo más a esta relación Sevilla-Granada que seguiremos alimentando en octubre a más tardar.

Z. Y acabamos donde empezamos, en La Zubia. Porque aunque no estaba su más ilustre morador, el joven @lucho_masats, la piscina con el colgador feng-shui obró el primer milagro: ver a Ele y a Juanito. Además de a Ana, por supuesto, y a Jose, que se ha ganado el título compartido de anfitrión, porque solo le faltaba quedarse a dormir. Y después de La Zubia, ya se nos habían olvidado las prisas, a mí las de Madrid y a Marta las de Sevilla. Tanto que, esperando a que llegara el autobús, no cayó una cerveza, sino dos, y se nos pasaron tres autobuses. Pero esa es la grandeza de estos viajes: desconectar tanto que llegues a olvidarte de tu vida real, olvidarte de las obligaciones y las penas, que Graná es un gran bálsamo de buena vida. Y nuestros doctores, sean Quesada, Martínez, Rojas o del apellido que sean, saben cómo tratarnos para curarnos de la rutina. Pronto necesitaremos revisión médica: os esperamos en nuestra consulta a los pies de la Giralda. No tenemos Alhambra ni tapas, pero prometemos atención personalizada y muchas risas, que es la única medicina que cura el alma.