Es el año del Titanic y de su orquesta. Esa que se mantuvo hasta el último segundo del hundimiento tocando el himno Nearer my God to Thee. Y últimamente siento que cada reportaje, cada línea que escribo, cada compositor del que me enamoro en cada historia, es una de esas notas que suenan en la noche helada del Atlántico.
Quizá para mi más de dos años ya son suficientes. Quizá los icebergs que no paran de embestir al buque me estén dando el aviso para que suelte el violín y me monte en el bote que me lleva a una nueva vida de la que no sé nada. Pero todo viene aderezado con ese "quizá" que me hace dudar de todo.
¿Es volver a Sevilla un paso atrás? ¿Compensa una vida en la que me voy a dormir cada noche pensando que todo puede acabarse en cualquier momento? ¿Compensa escribir sobre lo más hermoso que has conocido nunca si llega un momento en el que ya no disfrutas con ello? Este barco me está poniendo a prueba. Aquí o allí estaré bajo el mismo cielo, pero quizá la tierra no me trate igual, puede que necesite cambiar de calles o volver a las mismas que ya conocí. Puede que más que nunca de este mes de mayo dependa mi vida entera.
En estos años (Dios mío, años ya...) en Madrid me he convertido en una persona más fuerte, más decidida, mejor profesional... pero por el camino me he dejado la alegría, el buen humor, demasiadas cosas hermosas y hasta el pelo. El carácter se me ha agriado hasta convertirme en alguien que me repugna a mí mismo: nunca había pedido tantas veces perdón, nunca había hecho tanto daño, nunca había dejado de lado tantas cosas que consideraba importantes... Madrid me ha convertido en alguien distinto, pero no estoy seguro de que me haya convertido en alguien mejor. Profesionalmente, probablemente sí, personalmente, lo dudo.
Recuerdo una conversación en una playa de Portugal con un amigo de pelo rizado y gorro de paja que me hizo reflexionar sobre qué quería de mi vida. Si quería consagrarme a mi trabajo y que fuera en sí mi vida, o trabajar para que me diera de comer y tener una vida fuera, formar una familia y ser feliz con las cosas sencillas. También recuerdo la charla con una compañera periodista que me dijo que huyera antes de que se hundiera el barco, que retornara a la música yo que podía, y que me hace soñar con un proyecto con un joven violonchelista con el que sé que podría hacer algo grande. Aún no sé qué quiero, pero me temo que es el momento de dar el siguiente paso hacia esa decisión. Quizá dejar de fumar, volver a escribir relatos, colaborar desde Sevilla, volver a adquirir destreza en las manos para poder tocar las obras del Superior al arpa, hacer un curso, montar en bici todos los días... quién sabe, soñar es gratis.
Y volver a escuchar todas aquellas conversaciones que me quejaba porque decía que me las contaban una y otra vez aunque ni siquiera las estaba escuchando. Y escucharlas de verdad. Y sorprenderme y recordarlas para poder aprender de ella. Y vivir, sin angustias por el futuro, sin el dolor de la supervivencia. Solo vivir.
lunes, 30 de abril de 2012
viernes, 30 de marzo de 2012
¡Que nos vamos de gira!
Si el año pasado Sevilla28 trajo hasta Madrid su recorrido a través de la historia, este año le toca a Granada acoger nuestra tercera función. ¿Tercera? Sí, porque una semana antes estaremos repitiendo esta Vuelta al mundo en 80 días en la Parroquia del Santísimo Redentor por los 50 años del edificio.
El Santuario del Perpetuo Socorro de Granada acogerá nuestra ilusión, nuestras ganas, nuestras mejores intenciones (decir que acogerá nuestro arte me parece un tanto exagerado) para hacerle pasar a los granaínos una buena tarde por una buena causa. Acercaros sin dudarlo, porque la ocasión lo merece, y llegamos amparados por la ONGD Asociación para la Solidaridad. No es porque lo hagamos nosotros, pero este coro/orquesta cada año se supera a sí mismo.
Puedes seguir las novedades en nuestro Twitter y estas son las fechas:
Concierto de Sevilla: 13 de abril a las 21.00. Parroquía del Santísimo Redentor. Calle Espinosa y Cárcel, 53.
Concierto de Granada: 21 de abril a las 21.00. Santuario de Nuestra Señora del Perpetuo Socorro. Calle San Jerónimo, 35.
Twitter: @Sevilla28
Tuenti: http://www.tuenti.com/#m=Profile&func=index&user_id=67007793
Web: http://www.sevilla28.com/
domingo, 18 de marzo de 2012
¿Qué queda de lo que fuímos?
Pasaron los años -cuántos ya, Dios mío- y nos volvimos a encontrar, en una estación neutral. De ninguno de los dos era aquel cielo, aunque uno de nosotros quería verlo como futuro y otro como pasado. El sol de Madrid nos premiaba y el viento frío nos castigaba en aquella terraza, y las gafas de sol sirvieron de metáfora para un encuentro en el que pasamos por las banalidades una a una, por los comentarios sin más trasfondo que el de nuestras tazas de café. Y con aquel cielo y en aquella ciudad extraña, comenzó un reencuentro.
Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.
No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.
La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.
Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.
No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...
Bien saben mis 25 años que sé distanciar con maestría a aquellos que traspasan mis umbrales con su cercanía. Si siento que hay alguien que empieza a importarme con fuerza, lo castigo al destierro a través del silencio y de rabietas sin sentido, como bien saben algunos. Y algunos vuelven para quedarse y otros se marchan para no volver. Es el precio que tengo que pagar.
No fue la última vez que nos vimos, pero para mí aquella noche en tu terreno fue la revelación. La bofetada que necesitaba (porque me la merecía). La lección a gritos en una discoteca que me dejó con la impotencia de no poder contestarte porque no tenía nada que reprochar ni rebatir. Llevábamos meses sin hablarnos, por culpa mía, lo admito, porque me ofusqué en magnificar una estupidez de la que esta noche ni siquiera me acordaba (fíjate si era importante...). Y me pregunto, aunque ya para nada, qué hubiera sido de nosotros si hubiese continuado aquella bonita tradición que tenías de llamarme tras el Espino cada dos días para hablar largo y tendido. Si yo no hubiese dejado un día de esperar aquellas llamadas, si alguna vez hubiese sido yo el que llamaba... Pero de nada sirve lamentarse de lo que no se puede arreglar.
La última vez fue en mi terreno, en mi Sevilla en fiestas. Una noche de caprichos y estampas a la luz de la candelería de un paso de palio. Y aquella noche, quizá por necesidad, sentí que volvíamos a empezar de cero. Y como espejo de aquella noche, un año después la noche fría se trasladó de la Plaza de San Pedro a la puerta de un hotel de Alonso Martínez. Y en esta noche, me doy cuenta de que poco queda de aquel sevillano y aquel granaíno que renunciaron aquella última noche de Espino a dormir para ver la noche estrellada. Esta noche sincera, sin exaltaciones de amistad exageradas, sin imposturas. En la que solo quedamos tú y yo. Solo queda lo que somos, porque ya hemos pasado lo nuestro como para andarnos con más gilipolleces. Desprovistos de armazones, escudos y máscaras, compartimos sueños ante un presente que nos ahoga. Porque hemos crecido y, con nosotros, nuestras inquietudes.
Y en esa puerta de hotel a mí empieza a entrarme migraña -puede que por un par de gintonics tomados a destiempo- y a ti te entra la tos. Ya sin gafas de sol, sin las banalidades de la tarde. Que quedan pocas horas para que tú vuelvas a marchar a esa ciudad que sabes que ya echas de menos, y yo regrese a mi música, a mis páginas y a mis llamadas de teléfono. No hay tiempo para fingir. Y con eso me quedo. Porque creo que aquella 'bronca' sirvió para mucho más de lo que te piensas, porque el hecho de que haya olvidado aquello por lo que te olvidé es señal de que el tiempo me ha perdonado, porque he ido tachando los días esperando que vinieras. Y cuando te he visto en el semáforo se me ha iluminado la cara.
No quería que esto fuera una exaltación mayúscula de lo que han sido unas horas contigo. Pero es que miro atrás y me da vértigo, y siento que quizá la mejor excusa para actualizar este blog es dedicarte esas palabras que creo que nunca te dije. Y que pasan los años y al final queda lo que tiene que quedar: la irremediable y sincera alegría del reencuentro. Vuelve a Granada y vuelve a soñar, yo intentaré recuperar mis sueños en estas tierras. Y quizá un día nos crucemos en el camino, y vuelva a ser Alonso ese territorio neutral, esta vez sin gafas de sol desde el principio. Solo tú y solo yo, sin ese barroco que nos gusta a los dos. Gracias por estas horas y perdona mi diarrea verbal, pero la gente que me importa también me hace escribir sin parar...
miércoles, 29 de febrero de 2012
El mes más corto y el más largo
Dios mío, qué febrero... Qué de días en casa inventándome maneras de entretenerme en esta ciudad que no duerme ni un lunes a las cuatro de la mañana.
Entre las noches hasta las cinco de la mañana fumando sin parar para acabar ese pregón que me pesa en los hombros ha pasado este mes en el que la Semana Santa tenía que brillar en mi salvapantallas, en mis páginas de Word, en las marchas que ponía en Youtube para acercar esa primavera florida a mi casa de Madrid. Qué difícil encontrar inspiración cofrade para llenar 34 folios en Chamberí...
Pero lo he logrado, y ya estoy entre retoques de versos y cambios de expresiones para un texto que me temo que nunca quedará perfecto, como tantas cosas en esta vida. Pero han aliviado estos días las continuas visitas. Visitas de todo tipo, desde la de un joven Quesada que ya me saca más de una cabeza a una vecina que está siempre presente, pasando por un amigo del colegio al que pienso que no he echado lo suficiente de menos.
Visitas para hacer que mi casa vuelva a estar llena de vida, que estas calles tengan acento andaluz, sea ese acento precioso de Graná o el seseo que me suena como una nana de mi Sevilla. Y sin olvidar ese deje que es a la vez marcado y delicado del soniquete de mis vecinos de Chamberí, a los que a veces veo menos que a mis paisanos.
No olvidaré esa única noche, fugaz e intensa, que comenzó donde comenzó todo hace unos años, ante la boca de metro de Manuela Malasaña, ese día que el imponente edificio del Ocaso nos hizo adorar esta ciudad trasnochadora. Qué complicado ha sido llegar hasta este reencuentro, pero qué satisfactorio y qué oportuno este viaje exprés. Parece mentira lo que pueden hacer unas cervezas y oir una respiración cercana para hacer que te levantes con otra perspectiva...
Y luego llegó la corte andaluza. Qué maravilla esos viajes en metro si era por encontrarme con vosotros en una parroquia que solo piso cuando os dejáis caer por la capital. Y en casa, la familia, mientras yo dormía en el sofá cama entre excursión y excursión dejándome los riñones en unas tablas que no se las deseo a nadie... Y todo bañado por ese exquisito acento que a mí me suena a campanillas: ese acento tan distinto entre dos ciudades hermosas que miran desde sus altas torretas la gloria de un pasado mejor -almohade y nazarí-. Un acento que esta vez es lo que más echo de menos, curiosamente. Que en Madrid nos llamen brutos, paletos, aldeanos... a mi eso me da igual. Eso es porque seguro que no han oido palabras bonitas dichas por esos labios a caballo entre los reden y la parro, porque no han grabado en el aguafuerte de su memoria frases dichas con sinceridad, desde el corazón, porque lo que se siente nunca ha hecho falta pensarlo.
Y porque echaba de menos esos acentos, que esta vez son los que provocan mi nostalgia, he tenido la necesidad de rememorar aquella tarde por el Paseo de los Tristes, y recuperar los buenos recuerdos. Y he quedado con una chica, otra Quesada, que siempre habla de su mala follá, pero que yo no me la creo. Quizá con los años a mí ya no me engañas. Tú tienes mala follá y yo soy un saborío. Pero eso solo a ojos de la gente, la misma que no sabe ver más que ordinariez en nuestros acentos. Donde estén las vocales abiertas del campo granaíno -de Alfacar a Otura, de La Zubia al Albaicín- y el aspirar orgulloso de finales nervionense, allí estarán mis recuerdos.
Entre las noches hasta las cinco de la mañana fumando sin parar para acabar ese pregón que me pesa en los hombros ha pasado este mes en el que la Semana Santa tenía que brillar en mi salvapantallas, en mis páginas de Word, en las marchas que ponía en Youtube para acercar esa primavera florida a mi casa de Madrid. Qué difícil encontrar inspiración cofrade para llenar 34 folios en Chamberí...
Pero lo he logrado, y ya estoy entre retoques de versos y cambios de expresiones para un texto que me temo que nunca quedará perfecto, como tantas cosas en esta vida. Pero han aliviado estos días las continuas visitas. Visitas de todo tipo, desde la de un joven Quesada que ya me saca más de una cabeza a una vecina que está siempre presente, pasando por un amigo del colegio al que pienso que no he echado lo suficiente de menos.
Visitas para hacer que mi casa vuelva a estar llena de vida, que estas calles tengan acento andaluz, sea ese acento precioso de Graná o el seseo que me suena como una nana de mi Sevilla. Y sin olvidar ese deje que es a la vez marcado y delicado del soniquete de mis vecinos de Chamberí, a los que a veces veo menos que a mis paisanos.
No olvidaré esa única noche, fugaz e intensa, que comenzó donde comenzó todo hace unos años, ante la boca de metro de Manuela Malasaña, ese día que el imponente edificio del Ocaso nos hizo adorar esta ciudad trasnochadora. Qué complicado ha sido llegar hasta este reencuentro, pero qué satisfactorio y qué oportuno este viaje exprés. Parece mentira lo que pueden hacer unas cervezas y oir una respiración cercana para hacer que te levantes con otra perspectiva...
Y luego llegó la corte andaluza. Qué maravilla esos viajes en metro si era por encontrarme con vosotros en una parroquia que solo piso cuando os dejáis caer por la capital. Y en casa, la familia, mientras yo dormía en el sofá cama entre excursión y excursión dejándome los riñones en unas tablas que no se las deseo a nadie... Y todo bañado por ese exquisito acento que a mí me suena a campanillas: ese acento tan distinto entre dos ciudades hermosas que miran desde sus altas torretas la gloria de un pasado mejor -almohade y nazarí-. Un acento que esta vez es lo que más echo de menos, curiosamente. Que en Madrid nos llamen brutos, paletos, aldeanos... a mi eso me da igual. Eso es porque seguro que no han oido palabras bonitas dichas por esos labios a caballo entre los reden y la parro, porque no han grabado en el aguafuerte de su memoria frases dichas con sinceridad, desde el corazón, porque lo que se siente nunca ha hecho falta pensarlo.
Y porque echaba de menos esos acentos, que esta vez son los que provocan mi nostalgia, he tenido la necesidad de rememorar aquella tarde por el Paseo de los Tristes, y recuperar los buenos recuerdos. Y he quedado con una chica, otra Quesada, que siempre habla de su mala follá, pero que yo no me la creo. Quizá con los años a mí ya no me engañas. Tú tienes mala follá y yo soy un saborío. Pero eso solo a ojos de la gente, la misma que no sabe ver más que ordinariez en nuestros acentos. Donde estén las vocales abiertas del campo granaíno -de Alfacar a Otura, de La Zubia al Albaicín- y el aspirar orgulloso de finales nervionense, allí estarán mis recuerdos.
sábado, 28 de enero de 2012
No contaban con la magia de febrero
Un año más desfilaron por el escenario del Gran Teatro Falla: en forma de versos, de descaradas coplillas, aparecieron en los labios de los artistas callejeros más canallas que tiene este país. Los políticos, los Borbones, los asesinos de mujeres, los jueces, los delincuentes, alcaldes y presidentes, los que agonizan en su lecho de muerte, los parados y los famosos. Un año más, se encontraron de bruces con sus nombres desfilando en una letanía hermosa y crítica en el rincón con más duende de España. No contaban con la magia de febrero.
He de admitir que mi afición por los carnavales no es desde chiquitito. A pesar de que mi padre, año tras año, ponía chirigotas, coros y comparsas en Canal Sur para ver si nos picaba el gusanillo. Pasaron los años y, lo que al principio no entendía, se convirtió en una adicción y una necesidad cuando la Cuaresma ya asomaba sus orejas de castidad y santidad por las páginas del calendario.
Cádiz es una gloria bendita: pensar que la gente más sencilla es la que tiene ese arte capaz de dejar a un rey a la altura del betún o proclamar las grandes verdades, o denunciar las tremendas injusticias que la crisis ha multiplicado llevándonos a una tristeza y una angustia perpetuos. Me llama la atención cómo los periódicos son ajenos a todo eso: hacen su misma función, la de denunciar, la de controlar al poder, la de decir bien alto que esta sociedad en la que vivimos no puede ser así por un millón de razones.
Qué escalofríos te recorren por la espalda cuando estos poetas del pueblo claman, por ejemplo, contra la violencia contra las mujeres en una letanía de nombres de mujer que van recorriendo el vía crucis vergonzoso que las lleva hasta la tumba. Qué rotunda y desnuda belleza la de unas voces que alcanzan sus límites para gritar contra un mundo político corrupto, y que alegoría tan barroca y maravillosa la de esos hermanos Márquez Mateos más conocidos como hermanos Carapapa en una representación de las absurdas reuniones de los países más ricos del mundo ("Esta cumbre se termina y el que piense que ha servido para algo, que levante la mano"). Qué imaginación, que amor por la historia de Cádiz la que demuestra Quiñones cada febrero rescatando en sus comparsas la historia de la Tacita. Cómo duele si el periódico decano, aquella Pensadora Gaditana te dice en labios de Quiñones que la prensa española ha cumplido 100 años y sigue siendo igual de injusta que entonces, cuando los periódicos eran oficiales. Cómo duele esa espinita si la cantan las mejores voces de Cádiz ("La libertad de la prensa es tenerme informao, y aunque han pasao cien años yo no me he enterao"). Qué bonito como una comparsa da marcha atrás, como hace suyo el "detrás vendrá quien bueno te hará" y alaban al alcalde gaditano que criticaron hace solo unos años y le dan su espacio: qué señorío y qué buen hacer.
Y qué decir de la reina de la fiesta, la traca absoluta, la muestra del genio más genuino de Cádiz: la chirigota. Del cuplé más descarado al pasodoble que hace saltar las lágrimas pasando por la hilarante presentación para culminar en un popurrí que es un derroche de ingenio. De la representación del Código da Vinci en versión viñera (cuadro de la Última Cena de por medio) a una tremeda peluquería en la que hasta los catalanes se llevan su ración de sarcasmo de la mano del Tijerita, en relación a las declaraciones ofensivas de la parlamentaria catalana sobre los andaluces ("Y lávese bien la boca, diputada caradura, con mi sangre y mi cultura, con mi sangre y mi cultura"). Y luego hay que pasar por esa gracia de Carmona que se instaló en Cádiz porque eso demuestra que el carnaval no tiene fronteras, porque es patrimonio inmaterial de nuestra memoria. Y lo demuestra ese Falla puesto en pie para aclamar a el Canijo, el que lo mismo se viste de la Fiona de Shrek que de pera que de feto en la placenta, y que canta esos pasodobles que se te clavan en el alma como un arma de doble filo, porque así es el carnaval: denuncia y arte a partes iguales (recuerden ese alegato reivindicativo y esclarecedor de Andalucía: "Andaluz, ay mi indígena del sur, todavía en España déjame que te recuerde: nos tachan de flojos y nos siguen poniendo verdes"). Y tantos otros, como el Selu, iluminadísimo cada año, gracioso hasta morir, que este año se atreve con las limpiadoras del Oratorio de San Felipe, donde se juró la Constitución de 1812, de la que cumplimos el Bicentenario. Una magistral muestra de talento: tanto arte que duele.
Qué hermosa fiesta, que alegría sin límites, que patrimonio tenemos sin saber valorarlo. Viva el Carnaval: que el Teatro Falla siga cayéndose de aplausos por los siglos de los siglos. En el nombre del arte. Amén.
He de admitir que mi afición por los carnavales no es desde chiquitito. A pesar de que mi padre, año tras año, ponía chirigotas, coros y comparsas en Canal Sur para ver si nos picaba el gusanillo. Pasaron los años y, lo que al principio no entendía, se convirtió en una adicción y una necesidad cuando la Cuaresma ya asomaba sus orejas de castidad y santidad por las páginas del calendario.
Cádiz es una gloria bendita: pensar que la gente más sencilla es la que tiene ese arte capaz de dejar a un rey a la altura del betún o proclamar las grandes verdades, o denunciar las tremendas injusticias que la crisis ha multiplicado llevándonos a una tristeza y una angustia perpetuos. Me llama la atención cómo los periódicos son ajenos a todo eso: hacen su misma función, la de denunciar, la de controlar al poder, la de decir bien alto que esta sociedad en la que vivimos no puede ser así por un millón de razones.
Qué escalofríos te recorren por la espalda cuando estos poetas del pueblo claman, por ejemplo, contra la violencia contra las mujeres en una letanía de nombres de mujer que van recorriendo el vía crucis vergonzoso que las lleva hasta la tumba. Qué rotunda y desnuda belleza la de unas voces que alcanzan sus límites para gritar contra un mundo político corrupto, y que alegoría tan barroca y maravillosa la de esos hermanos Márquez Mateos más conocidos como hermanos Carapapa en una representación de las absurdas reuniones de los países más ricos del mundo ("Esta cumbre se termina y el que piense que ha servido para algo, que levante la mano"). Qué imaginación, que amor por la historia de Cádiz la que demuestra Quiñones cada febrero rescatando en sus comparsas la historia de la Tacita. Cómo duele si el periódico decano, aquella Pensadora Gaditana te dice en labios de Quiñones que la prensa española ha cumplido 100 años y sigue siendo igual de injusta que entonces, cuando los periódicos eran oficiales. Cómo duele esa espinita si la cantan las mejores voces de Cádiz ("La libertad de la prensa es tenerme informao, y aunque han pasao cien años yo no me he enterao"). Qué bonito como una comparsa da marcha atrás, como hace suyo el "detrás vendrá quien bueno te hará" y alaban al alcalde gaditano que criticaron hace solo unos años y le dan su espacio: qué señorío y qué buen hacer.
Y qué decir de la reina de la fiesta, la traca absoluta, la muestra del genio más genuino de Cádiz: la chirigota. Del cuplé más descarado al pasodoble que hace saltar las lágrimas pasando por la hilarante presentación para culminar en un popurrí que es un derroche de ingenio. De la representación del Código da Vinci en versión viñera (cuadro de la Última Cena de por medio) a una tremeda peluquería en la que hasta los catalanes se llevan su ración de sarcasmo de la mano del Tijerita, en relación a las declaraciones ofensivas de la parlamentaria catalana sobre los andaluces ("Y lávese bien la boca, diputada caradura, con mi sangre y mi cultura, con mi sangre y mi cultura"). Y luego hay que pasar por esa gracia de Carmona que se instaló en Cádiz porque eso demuestra que el carnaval no tiene fronteras, porque es patrimonio inmaterial de nuestra memoria. Y lo demuestra ese Falla puesto en pie para aclamar a el Canijo, el que lo mismo se viste de la Fiona de Shrek que de pera que de feto en la placenta, y que canta esos pasodobles que se te clavan en el alma como un arma de doble filo, porque así es el carnaval: denuncia y arte a partes iguales (recuerden ese alegato reivindicativo y esclarecedor de Andalucía: "Andaluz, ay mi indígena del sur, todavía en España déjame que te recuerde: nos tachan de flojos y nos siguen poniendo verdes"). Y tantos otros, como el Selu, iluminadísimo cada año, gracioso hasta morir, que este año se atreve con las limpiadoras del Oratorio de San Felipe, donde se juró la Constitución de 1812, de la que cumplimos el Bicentenario. Una magistral muestra de talento: tanto arte que duele.
Qué hermosa fiesta, que alegría sin límites, que patrimonio tenemos sin saber valorarlo. Viva el Carnaval: que el Teatro Falla siga cayéndose de aplausos por los siglos de los siglos. En el nombre del arte. Amén.
lunes, 2 de enero de 2012
Año nuevo, dilemas nuevos
Acabó el año, acabó El País, las jornadas maratonianas, los devaneos en la redacción y Madrid. Se acabó lo que ha sido mi vida durante dos años y me he quedado como vacío por dentro.
Sí, empieza una nueva etapa, vuelve a comenzar la caída de la arena en el reloj, en un reloj nuevo que no se parece a ninguno que haya tenido hasta ahora. Y en ese nuevo reloj empieza a caerme la arena encima y a cubrirme los pies. El cristal me ofrece dos salidas: una tiene vistas a la Gran Vía y por el asfalto se desplazan implacables mares de automóviles que pueden llevarme por delante en cualquier momento, y la otra da a los Jardines de Murillo, y es una calle desierta en la que se alza majestuoso un convento barroco en cuya puerta pone que quien entra no siempre sale.

Otra vez: Sevilla y Madrid, Madrid y Sevilla. La vocación y la vida tranquila, la seguridad y la incertidumbre, la metrópoli y la ciudad apacible, el sol y la nieve, el hogar y el exilio. De nuevo se enfrentan y cada una me tira de un brazo reclamándome. Dos semanas para tomar uandecisión que, una vez más, volverá a marcar lo que será de mí el día de mañana. Una me reclama con un concierto de puertas abiertas, con orquestas de todo el mundo resonando solo para mi, con teatros colosales y gloria. La otra con la paz, la garantía de no hipotecar mi vida, la posibilidad de vivir más allá del trabajo y el sol del sur.
Pero soy un estúpido vocacional, y creo que el riesgo es ahora la única carta que puedo jugar con 25 años. Algún día llegará esa vida tranquila, esa paz interior, pero no sé si es el momento. Soy masoquista, pero adoro esa vida de esclavo contándole a los demás por qué deben ir a un auditorio a escuchar la música más hermosa que han visto los siglos. Dos semanas para decidir, para escoger antes de que me ahogue la arena de un reloj que me oprime la cabeza y el corazón. Dos semanas. Dos ciudades. Dos posibles vidas. Pongo en marcha la máquina.
Sí, empieza una nueva etapa, vuelve a comenzar la caída de la arena en el reloj, en un reloj nuevo que no se parece a ninguno que haya tenido hasta ahora. Y en ese nuevo reloj empieza a caerme la arena encima y a cubrirme los pies. El cristal me ofrece dos salidas: una tiene vistas a la Gran Vía y por el asfalto se desplazan implacables mares de automóviles que pueden llevarme por delante en cualquier momento, y la otra da a los Jardines de Murillo, y es una calle desierta en la que se alza majestuoso un convento barroco en cuya puerta pone que quien entra no siempre sale.
Otra vez: Sevilla y Madrid, Madrid y Sevilla. La vocación y la vida tranquila, la seguridad y la incertidumbre, la metrópoli y la ciudad apacible, el sol y la nieve, el hogar y el exilio. De nuevo se enfrentan y cada una me tira de un brazo reclamándome. Dos semanas para tomar uandecisión que, una vez más, volverá a marcar lo que será de mí el día de mañana. Una me reclama con un concierto de puertas abiertas, con orquestas de todo el mundo resonando solo para mi, con teatros colosales y gloria. La otra con la paz, la garantía de no hipotecar mi vida, la posibilidad de vivir más allá del trabajo y el sol del sur.
Pero soy un estúpido vocacional, y creo que el riesgo es ahora la única carta que puedo jugar con 25 años. Algún día llegará esa vida tranquila, esa paz interior, pero no sé si es el momento. Soy masoquista, pero adoro esa vida de esclavo contándole a los demás por qué deben ir a un auditorio a escuchar la música más hermosa que han visto los siglos. Dos semanas para decidir, para escoger antes de que me ahogue la arena de un reloj que me oprime la cabeza y el corazón. Dos semanas. Dos ciudades. Dos posibles vidas. Pongo en marcha la máquina.
martes, 6 de diciembre de 2011
12 meses, 12 estampas
Llega el final. No querría, pero llega. Y por el camino me dejo 12 meses de via crucis y de gloria, de momentos vibrantes y tensión. Estos son mis recuerdos, que en enero echaré de menos.
Enero: la ilusión
Ahí empezó todo. Nueva sección, nuevos compañeros, nuevo estatus. Empezaba una nueva etapa para demostrar lo que soy. En ese mes me dediqué a ubicarme, a enontrar mi lugar, a acostumbrarme a las reuniones de los lunes, a hablar con los jefes y a tomar la iniciativa. Y a descubrir que Madrid era más grande de lo que parecía.
Febrero: los primeros triunfos
Conseguía llevar hasta el final mis primeros reportajes, a acostumbrarme a la calle, a vivir en una sección en la que no hay hora de comienzo ni de fin. A acostumbrarme a no tener vida. El periodismo era mi vida y mi religión, y a partir de ahí articulaba mis escasas horas de sueño y aprendí que comer era un privilegio si podía realizarlo en un lugar que no fuera la mesa de trabajo.
Marzo: el trato
Colaboradores, especialistas, expertos, becarios. Aprendimos los distintos escalafones, esos insalvables escalones que vertebran una redacción en una pirámide inabarcable. Comenzamos a entender cómo funcionaba todo y los reportajes de Cultura vinieron a mi como algo natural. Era el comienzo de mi intención de especializarme, de abarcar ese mundo hermoso de música con el que siempre he vivido.
Abril: la caída
Mis primeros días de libranzas, que no vacaciones, aparecieron en abril. Unos días en Semana Santa y un fin de semana de Feria me reencontraron con Sevilla y con mi gente. Abril sería el mes de los sueños y del análisis: llevaba cuatro meses en la sección y tenía la sombra alargada de nuestros predecesores en el becariado pesándome sobre los hombros. No estaba haciendo lo suficiente, y eso había que cambiarlo.
Mayo: el proyecto
Mayo comenzó con fuerza. El proyecto de la web de Política nos llevó a algunos de nuestras secciones de origen a ese nuevo contenedor que iba a ser la joya de la corona de cara a las elecciones atuonómicas y locales. Una semana antes de abrir las urnas, explotó la bomba: una juventud indignada surcaba Madrid un 15 de mayo para exigir un futuro que les había sido robado. Esa misma noche comenzó la aventura de la Puerta del Sol. Luego vino el grito mudo en la jornada de reflexión, la foto de la plaza abarrotada en la portada del New York Times, los guiños a la Primavera árabe y el modelo asambleario. La bestia había salido de su cárcel y había mostrado sus garras: la clase política temblaba desconcertada. Mientras nosotros coordinábamos la información de los indignados de toda España, mis heroicas compañeras de Local hacían guardias durante 24 horas en Sol. El infierno hecho crónica.
Junio: la imagen
Reservo dos imagenes de ese primer mes de la república independiente de la Puerta del Sol. Una es la del contagio: las distintas acampadas en toda España. La otra es la de tener la noticia ante tus ojos mostrándose de manera brutal. La constitución del Ayuntamiento de Madrid me pilló en la calle Sacramento. Un solo periodista, una sola versión. Vi las porras cargar contra una masa de gente pacífica sentada a la salida de un párking, gente mayor arrastrada por los suelos, amas de casa tiradas como sacos de patatas a las aceras para despejar la calle. La noticia desnuda, la realidad descarnada ante tus ojos, y solo yo para contarlo. Aprendí de aquel día que los nervios son un cuchillo afilado para la veracidad y que no puedes dejar que te afecte lo que ves si quieres seguir adelante.
Julio: la competencia
Llegaron los nuevos becarios de verano y comenzó a vaciarse la redacción por las vacaciones. En los ojos de esa nueva generación más joven y más ambiciosa leímos una amenaza. Ellos eran los que debían sustituirnos a final de año, serían nuestros sucesores y estaban solo dos meses para jugárselo todo a una carta. Ahí comprendimos, como nos dijo un compañero, que era el momento de dejarse vencer o de seguir adelante. Menos personal y más páginas provocaban también que el trabajo fuera despiadado y sin medida. La vida del periodista, al fin y al cabo.
Agosto: el triunfo
Y llegó el Papa, y nos pilló con la redacción medio vacía. Despliegue de vértigo para cubrir los días del Pontífice en España, y petición a título personal para cubrir el Vía Crucis y la posterior procesión. Protocolo y boato para conseguir llegar hasta la grada de prensa, orgulloso, con mi acreditación colgada. Y cuando volvía el Vía Crucis tranquilo una vez entrada la noche, algo pasó. El 15-M y los peregrinos, tras varios encontronazos anteriores, se habían sentado a hablar en la Puerta del Sol. No lo dudé: me salté los cordones policiales, y corrí hacia Sol dejando a mis amigos atrás. Allí estuve viviendo aquella asamblea, viendo como el Palio de la Virgen de Regla asomaba ya por la esquina de Alcalá. La asamblea era una marisma de entendimiento, y cuando el paso pasó es tragabolas del Cercanías, se levantó como un fantasma. Aquella noche escribí desde Sol hasta las 2 de la mañana. Solo yo lo conté: las visitas en la web subieron como la espuma.
Septiembre: el paréntesis
Las mejores vacaciones de mi vida, quizá porque eran las que más necesitaba. Tras ocho meses de becariado intenso, llegaron mis nueve días de vacaciones y las desiertas playas de Portugal se me antojaron un paraíso lejano del que no querría salir nunca. También fue el momento de pensar que comenzaba la cuenta atrás: la beca iba agotándose y no había resolución alguna. El mosntruo de la incertidumbre comenzó a devorar nuestra tranquilidad.
Octubre: la oportunidad
Con el nuevo mes llegó el lavado de cara, y comenzamos a sacar un cuadernillo nuevo de Cultura y ocio los fines de semana. Metrópoli nos hacía sombra y el Cultural también, y era necesario apostar por algo nuevo. Me encargaron una sección de Clásica para cada semana, un par de temas en los que yo me muevo como pez en el agua, mis encasillamiento soñado, lo que realmente quiero contar al mundo: por qué la música no debe morir nunca, y permanecer joven por los siglos de los siglos. Llegaron las primeras felicitaciones y el peso de la responsabilidad, los dobles turnos para llegar al viernes con los deberes hechos. Una luz esperanzadora se veía al final del túnel, pero no era momento de confiarse.
Noviembre: la agonía
Lo que me preocupaba a la mitad de este noviembre lluvioso no eran precisamente las elecciones. La web estaba totalmente dominada y el trabajo solo durante el verano me había convertido en un gestor bastante eficaz de la versión digital de Madrid. Pero faltaba algo más de un mes, y las noticias económicas nos deparaban un futuro negro. La beca era un billete de ida y vuelta a nuestras ciudades, a una vida que aún no sabíamos cómo sería. Era el mes de las preguntas, de los cuchicheos en los pasillos, de compartir currículums... Era el momento de la agonía.
Diciembre: no va más
Es la última apuesta, con el riesgo del Blackjack y la inexactitud de la ruleta. El todo o la nada más absoluta. El tiempo apremia y estamos más pendientes de una llamada que de hacer todo eso que no nos dió tiempo a hacer y que ahora queremos terminar para engrosar el portafolio lo más posible. Es el mes de la cuenta atrás más cruel, del suspiro cuando compras el último abono transporte, del sueño que se rompe, de la vida que se nos escapa entre los dedos. Es el momento de la espera y de la acción al mismo tiempo: solo el destino sabe qué será de nosotros cuando den las campanadas y el 2012 entre entre deseos pedidos a las estrellas. Diciembre es el cierre de una etapa, y probablemente la apertura de otra que aún no sabemos en qué consiste...
Enero: la ilusión
Ahí empezó todo. Nueva sección, nuevos compañeros, nuevo estatus. Empezaba una nueva etapa para demostrar lo que soy. En ese mes me dediqué a ubicarme, a enontrar mi lugar, a acostumbrarme a las reuniones de los lunes, a hablar con los jefes y a tomar la iniciativa. Y a descubrir que Madrid era más grande de lo que parecía.
Febrero: los primeros triunfos
Conseguía llevar hasta el final mis primeros reportajes, a acostumbrarme a la calle, a vivir en una sección en la que no hay hora de comienzo ni de fin. A acostumbrarme a no tener vida. El periodismo era mi vida y mi religión, y a partir de ahí articulaba mis escasas horas de sueño y aprendí que comer era un privilegio si podía realizarlo en un lugar que no fuera la mesa de trabajo.
Marzo: el trato
Colaboradores, especialistas, expertos, becarios. Aprendimos los distintos escalafones, esos insalvables escalones que vertebran una redacción en una pirámide inabarcable. Comenzamos a entender cómo funcionaba todo y los reportajes de Cultura vinieron a mi como algo natural. Era el comienzo de mi intención de especializarme, de abarcar ese mundo hermoso de música con el que siempre he vivido.
Abril: la caída
Mis primeros días de libranzas, que no vacaciones, aparecieron en abril. Unos días en Semana Santa y un fin de semana de Feria me reencontraron con Sevilla y con mi gente. Abril sería el mes de los sueños y del análisis: llevaba cuatro meses en la sección y tenía la sombra alargada de nuestros predecesores en el becariado pesándome sobre los hombros. No estaba haciendo lo suficiente, y eso había que cambiarlo.
Mayo: el proyecto
Mayo comenzó con fuerza. El proyecto de la web de Política nos llevó a algunos de nuestras secciones de origen a ese nuevo contenedor que iba a ser la joya de la corona de cara a las elecciones atuonómicas y locales. Una semana antes de abrir las urnas, explotó la bomba: una juventud indignada surcaba Madrid un 15 de mayo para exigir un futuro que les había sido robado. Esa misma noche comenzó la aventura de la Puerta del Sol. Luego vino el grito mudo en la jornada de reflexión, la foto de la plaza abarrotada en la portada del New York Times, los guiños a la Primavera árabe y el modelo asambleario. La bestia había salido de su cárcel y había mostrado sus garras: la clase política temblaba desconcertada. Mientras nosotros coordinábamos la información de los indignados de toda España, mis heroicas compañeras de Local hacían guardias durante 24 horas en Sol. El infierno hecho crónica.
Junio: la imagen
Reservo dos imagenes de ese primer mes de la república independiente de la Puerta del Sol. Una es la del contagio: las distintas acampadas en toda España. La otra es la de tener la noticia ante tus ojos mostrándose de manera brutal. La constitución del Ayuntamiento de Madrid me pilló en la calle Sacramento. Un solo periodista, una sola versión. Vi las porras cargar contra una masa de gente pacífica sentada a la salida de un párking, gente mayor arrastrada por los suelos, amas de casa tiradas como sacos de patatas a las aceras para despejar la calle. La noticia desnuda, la realidad descarnada ante tus ojos, y solo yo para contarlo. Aprendí de aquel día que los nervios son un cuchillo afilado para la veracidad y que no puedes dejar que te afecte lo que ves si quieres seguir adelante.
Julio: la competencia
Llegaron los nuevos becarios de verano y comenzó a vaciarse la redacción por las vacaciones. En los ojos de esa nueva generación más joven y más ambiciosa leímos una amenaza. Ellos eran los que debían sustituirnos a final de año, serían nuestros sucesores y estaban solo dos meses para jugárselo todo a una carta. Ahí comprendimos, como nos dijo un compañero, que era el momento de dejarse vencer o de seguir adelante. Menos personal y más páginas provocaban también que el trabajo fuera despiadado y sin medida. La vida del periodista, al fin y al cabo.
Agosto: el triunfo
Y llegó el Papa, y nos pilló con la redacción medio vacía. Despliegue de vértigo para cubrir los días del Pontífice en España, y petición a título personal para cubrir el Vía Crucis y la posterior procesión. Protocolo y boato para conseguir llegar hasta la grada de prensa, orgulloso, con mi acreditación colgada. Y cuando volvía el Vía Crucis tranquilo una vez entrada la noche, algo pasó. El 15-M y los peregrinos, tras varios encontronazos anteriores, se habían sentado a hablar en la Puerta del Sol. No lo dudé: me salté los cordones policiales, y corrí hacia Sol dejando a mis amigos atrás. Allí estuve viviendo aquella asamblea, viendo como el Palio de la Virgen de Regla asomaba ya por la esquina de Alcalá. La asamblea era una marisma de entendimiento, y cuando el paso pasó es tragabolas del Cercanías, se levantó como un fantasma. Aquella noche escribí desde Sol hasta las 2 de la mañana. Solo yo lo conté: las visitas en la web subieron como la espuma.
Septiembre: el paréntesis
Las mejores vacaciones de mi vida, quizá porque eran las que más necesitaba. Tras ocho meses de becariado intenso, llegaron mis nueve días de vacaciones y las desiertas playas de Portugal se me antojaron un paraíso lejano del que no querría salir nunca. También fue el momento de pensar que comenzaba la cuenta atrás: la beca iba agotándose y no había resolución alguna. El mosntruo de la incertidumbre comenzó a devorar nuestra tranquilidad.
Octubre: la oportunidad
Con el nuevo mes llegó el lavado de cara, y comenzamos a sacar un cuadernillo nuevo de Cultura y ocio los fines de semana. Metrópoli nos hacía sombra y el Cultural también, y era necesario apostar por algo nuevo. Me encargaron una sección de Clásica para cada semana, un par de temas en los que yo me muevo como pez en el agua, mis encasillamiento soñado, lo que realmente quiero contar al mundo: por qué la música no debe morir nunca, y permanecer joven por los siglos de los siglos. Llegaron las primeras felicitaciones y el peso de la responsabilidad, los dobles turnos para llegar al viernes con los deberes hechos. Una luz esperanzadora se veía al final del túnel, pero no era momento de confiarse.
Noviembre: la agonía
Lo que me preocupaba a la mitad de este noviembre lluvioso no eran precisamente las elecciones. La web estaba totalmente dominada y el trabajo solo durante el verano me había convertido en un gestor bastante eficaz de la versión digital de Madrid. Pero faltaba algo más de un mes, y las noticias económicas nos deparaban un futuro negro. La beca era un billete de ida y vuelta a nuestras ciudades, a una vida que aún no sabíamos cómo sería. Era el mes de las preguntas, de los cuchicheos en los pasillos, de compartir currículums... Era el momento de la agonía.
Diciembre: no va más
Es la última apuesta, con el riesgo del Blackjack y la inexactitud de la ruleta. El todo o la nada más absoluta. El tiempo apremia y estamos más pendientes de una llamada que de hacer todo eso que no nos dió tiempo a hacer y que ahora queremos terminar para engrosar el portafolio lo más posible. Es el mes de la cuenta atrás más cruel, del suspiro cuando compras el último abono transporte, del sueño que se rompe, de la vida que se nos escapa entre los dedos. Es el momento de la espera y de la acción al mismo tiempo: solo el destino sabe qué será de nosotros cuando den las campanadas y el 2012 entre entre deseos pedidos a las estrellas. Diciembre es el cierre de una etapa, y probablemente la apertura de otra que aún no sabemos en qué consiste...
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