Mi calle es uno de los ejes del barrio. Larga como ella sola, se extiende hasta la Cruz del Campo. Dependiendo de la dirección que cojas, a escasos metros de mi portal hallarás la residencia de mis dos vecinas. Cada una de ellas con su propia farmacia, allá donde veas una cruz verde, hallarás sus casas.
Mi 'cuñaíta' es entrañable. Probablemente cuando la conocí le eché tres edades distintas en 10 minutos. Es imposible, como conmigo, descifrar lo que cruza por sus pensamientos. Tiene un genio y una personalidad que ya quisiera yo para mí, es tajante, pero en ningún momento la verás olvidar ese espíritu de niña que sólo se ve desde fuera si miras el brillo de sus ojos, esa luz que desprenden sus retinas, ese destello de cristal que te da envidia y te hace preguntarte por qué olvidaste esa parte de tí. Sin embargo, no creas que elude responsabilidades. Si te ve flaquear, antes de que se aflojen los tornillos del andamio y creas caer al vacío, ella lo ve, sintoniza el movimiento, y con un acto más sentido que reflejo, te agarra fuerte del brazo y le mete un empujón a tus inseguridades. Quien le diga que no sabe de lo que habla ni lo que hace porque es del 90 es que no sabe lo que se esconde detrás de sus mechones intrépidos, de su cabellera rebelde pero profundamente carismática. Si muestra debilidad es por pura bondad, no se siente menos por flaquear, ni un rubor es una derrota, es que la niña que lleva dentro le pide a gritos salir. No olvidaré estas conversaciones en persona y sobre todo vía tuenti, porque no dejaremos de tenerlas.
Si bajas la calle en dirección contraria te encontrarás con la bocacalle de Laura. La Poyatos, la siempre sorprendente Poyatos es todo lo que nunca te imaginarías. La primera impresión te hace pensar que es quizá una de esas estilosas jovencitas que no piensa en otra cosa que en mirar por encima del hombro a los demás y hacer lo correcto cual libro de protocolo. Cómo nos equivocamos cuando prejuzgamos, ¿verdad?. Laura es divertida, espontánea, juvenil, nostálgica de hoja caduca de otoño y tren que se marcha de la estación al vuelo de pañuelos blancos de despedida (como yo), y cariñosa de rubor en las mejillas, como la otra vecina. Madrid fue un antes y un después y ahora es sólo un mientras, porque nada cambiará lo que pase a partir de mañana. Has ganado tantos puntos desde la famosa frase del 10 en Farmacia, que te me sales de los baremos de media ponderada. De nuevo los prejuicios que me dan un bofetón, no hay quien aprenda. ¿Qué hago contigo? Eres otra de las que se mantiene conmigo hasta las tantas de parloteo en el chat, la que se queda siempre hasta la última en las cervecerías y la que cierra las discotecas literalmente...
Cuando abandone la calle, ya no buscaré vuestras ventanas encendidas, porque desde mi balcón de Madrid sólo veré gente correr con la cabeza agachada por el frío. No os veré cruzar, no tendré vuestros desgarros flamencos en el primer banco del coro, ese coro que se vuelve rociero, que toca las palmas por rumbas y bulerías porque le sale del alma, sólo por eso, porque esas cosas no se ensayan, sino que se deciden sobre la marcha. ¿Ya estáis llorando? No esperaba menos, más lloraré yo en el exilio.
jueves, 14 de enero de 2010
miércoles, 13 de enero de 2010
Siempre nos quedará Sevilla

¿Es posible presentir antes de marcharte que la ciudad en la que naciste te dice adiós? ¿Es una locura? Esta noche, fría y seca después de semanas lloviendo, volvía de una charla enriquecedora con un amigo, cuando he sentido que la Sevilla a la que había dicho que no echaría de menos me despedía. Durante los 15 minutos que he estado caminando hasta mi casa no he visto ni un coche ni un alma por las calles de mi barrio. Sólo silencio, sólo los sonidos que la ciudad se reserva como su música particular y que interpreta únicamente cuando nosotros dormimos, ajenos a lo que sucede más allá de nuestros sueños.
La humedad, esa que sube desde las veredas del Guadalquivir, de tardes de césped en Capote al sol de la vega de este río de mentira que cruza la ciudad, me calaba los huesos a la una de la madrugada, cuando caminaba hacia casa. Y de repente, algo me hace estremecerme. No es miedo, ni dolor, sólo es una extraña comunión entre esta urbe caprichosa y yo.
Me detengo en la esquina de la parroquia, junto al buzón y me paro a contemplar los semáforos. Cambian sus brillantes luces de color y no hay coches que obedezcan sus señales. Nada hay que indicar, nadie que los vea, pero siguen centelleando, del verde Esperanza al amarillo albero de esa feria que este año no se si veré, pasando por el rojo de la bandera hispalense sobre la que se tatúa el 'Nomadejado' de aquél que reconquistó la ciudad. Me voy y la vida sigue, no sé qué esperaba. Los semáforos seguirán destellando aunque no haya nadie que los mire.
Sigo detenido, a pesar de que tirito, y puedo escuchar al búho molesto que no me deja dormir algunas noches porque canta en la madrugada, veo algún que otro gato entre los coches y puedo sentir el susurro del viento entre las hojas mojadas de los naranjos. Parece mentira que nada, ni una sola moto, enturbie el momento. Sevilla me dice adiós, me pide perdón por las semanas lluviosas y por no poder disfrutar de sus tardes de sol antes de irme, me dice que vuelva con historias que contar y que nunca la olvide.
Sevilla, la de mi pequeño barrio, la de las calles de mi infancia y los edificios de mi día a día, la de mi colegio y mis tardes de universidad, la de las confesiones en sus cafeterías y las risas en las barras de sus bares. La Sevilla sentimental me dice en silencio que me echará de menos, y es precisamente esta Sevilla atípica y sin monumentos, la que no forma parte del skyline que llevo semanas memorizando en mi retina, la que me despide en el descuento. Silencio para una despedida que a estas alturas ya no esperaba. Adiós Sevilla, mi Sevilla, la que nunca duerme, la que me habla a través de los ecos, de las fuentes y las ráfagas de viento que juegan entre las columnas y las rejas. No hace falta que digas nada, tú también me contarás todo lo que vivas en mi ausencia.
domingo, 10 de enero de 2010
A los cuatro vientos

Helados como estamos con esta ola polar, era casi obligada en esta entrada la utilización de una alegoría meteorológica. Si hay un símbolo de antaño de la climatología que me fascina es esa estrella de innumerables puntas y variados colores que ilustra los cuadernos de bitácora y refulge detrás de los cristales empañados de las brújulas. Siendo una estrella en toda regla, es llamada de manera casi poética La Rosa de los Vientos. La recuerdo tremenda, gigante y hermosa, hecha de piedra, altanera ante el oleaje coruñés a los pies de la Torre de Hércules. Y me resulta fascinante un símbolo tan claro que define que en todo hay extremos, y también puntos intermedios, que hay direcciones y cambios de rumbo. Y me cambian el rumbo en menos de una semana, y la aguja de mi brújula no quiere olvidar en este caso, los puntos cardinales. Cada uno de ellos representa a uno de los vientos, el hálito que me susurra al oído, que me grita eufórico, que me riñe y me sermonea, el que se ríe descaradamente con sólo una mirada, el que reposa una mano en la espalda en un momento de agobio.
Como el Norte llegaba Antonio. Más que llegar volvía ante una súplica, ante una necesidad inminente que él sin dudarlo atendió. Sabiendo que su coordinador no sólo era su antiguo compañero de nivel, sino también alguien mucho más joven que él. Y no importaba. Con su amplia experiencia, seguía aportando nuevas ideas, poniendo ilusión, recordándome aquella pascua a la que fuímos a regañadientes, y en la que mirábamos el reloj cada día imaginándonos las cruces de guía en Campana, los misterios de costero a costero y las fanfarrias hermosas y valientes en cada uno de los barrios detrás de cada templo de bambalina que baila y flor fresca trepando a cada varal que llega hasta el cielo. Eres el último de los que quedábamos, el primero que empezó de catequista en su vida y el que aún sigue en esta labor encomiable, dura y sólo a veces satisfactoria. Al Norte de mi Rosa de los Vientos, porque tu corazón desde hace tiempo también mira al Norte, más allá de mis madriles, casi donde acaba este país. Al Norte porque en tu día a día miras hacia arriba, allá donde acaban las nubes, y tienes presente lo que a nosotros se nos olvida a pesar de que lo enseñamos cada domingo.
En el este alguien a quien conozco hace demasiado y por fuerza aunque no a disgusto. Mi hermano se sitúa en el punto cardinal que designa al demostrativo más cercano. A mi lado siempre, con él soy como soy, un esquizofrénico profundamente perturbado, pueril, con un pavo y una torrija encima que no puedo con ellas, así, todo mezcladito, lo dulce con lo salado, todo sobre mi cabeza. Con él ni finjo ni me escondo ni pienso en las consecuencias, a él le grito y le puteo la existencia, lo voy a buscar a su cuarto para reírnos a carcajadas, y como el Este, es mi diestra, la mano que todo lo sabe, hasta lo que hace la izquierda. Es mi hermano, el que más me visitará en los madriles, el que me aguanta y el que me recuerda que dentro de mí nada está cuadriculado y que soy impredecible a pesar de todo lo que pueda parecer.
En el Oeste, el catequista modelo, el catecúmeno que todos quisimos tener y no tuvimos, perfecto en todas y cada una de sus facetas, da tanto el perfil que a veces da hasta miedo. Y aún así, Tomás tiene la cabeza llena de líneas, de diálogos, de disfraces y telones, de pasión y de sonrisas, cuando te suelta algo te lo dice porque lo siente y no porque lo finja. Teatrero, actor y vocación artística en persona, ese Peer Gynt de boina y mechones rubios, se toma tan en serio cada cosa que hace que es normal que a menudo lo veas con el entrecejo fruncido, porque para él todo puede salir siempre mejor. Al Oeste como yo te desplazas para ir a la Universidad, a esa Cartuja solitaria en la que conocí de primera mano el teatro universitario de la msno de mis amigos periodistas, y veo en tus ojos la misma ilusión que ví en los ojos de ellos, y me encanta montar teatrillos en catequesis porque me apasiona verte metido en el papel, que lleves el teatro en las venas como algo que es una alegría de vivir. Echaré de menos todas las funciones que no veré y en las que me dolerían las manos de aplaudirte, quién iba a decirme a mí que detrás de tu porte serio y cortés se escondía alguien tan genuino.
Y por último el Sur, con olor a mar, a Caleta gaditana llena de arte, porque no se puede definir a la única chica que tengo en esta Rosa de los Vientos con otra palabra que no sea "arte". Eres espontánea, y quizá porque a mí me cuesta mucho serlo, es por lo que me fascina tu forma de ser, abierta y a la vez callada, tímida y desprendida al mismo tiempo, sincera y gentil, pasional y modosita... otra bipolar para la lista en la que ya estamos unos pocos y de la que no quiero salir. De la brusquedad más chocante, tu felicitación de cumpleaños fue la más sincera, porque no hay que inventarse historias no vividas, sino vivir momentos para que luego se conviertan en recuerdos. Nos quedan tantos sueños y nostalgias que vivir que me da vértigo, porque ésto promete aunque no te lo creas, y al final, por mucho que me vaya a la capital, tengo una cuerda en la muñeca que me tira y me dice "vuelve al Sur". A ese Sur que representas tú, a ese Sur lleno de alegría y de vida, de luz del sol que se convierte en oro si sus rayos atraviesan una Cruzcampo fresquita en la barra de un bar. A ese Sur que una vez conocido lo único que se puede hacer es echarlo de menos.
Cuatro direcciones tatuadas, la Rosa de los Vientos a la que quise tanto porque sabía que la perdía tan prontito... Fue como todo lo bueno, que dicen que si es breve es dos veces bueno. Tres meses de confianza, de mediación, de diplomacia y de ilusión, de mucha ilusión. Porque me quedo tranquilo porque sé que no os hago falta, pero me duele tanto la espinita de saber lo que podría haber sido y no será, el día a día, las reuniones a las que no podré ir... espero que me lo contéis todo. Volveré cuando cambie el viento, con el barco cargado de historias rumbo a casa, a buscar mi brújula, la que me recuerda que hay cosas que me dejé aquí y a las que le debo una.
Como el Norte llegaba Antonio. Más que llegar volvía ante una súplica, ante una necesidad inminente que él sin dudarlo atendió. Sabiendo que su coordinador no sólo era su antiguo compañero de nivel, sino también alguien mucho más joven que él. Y no importaba. Con su amplia experiencia, seguía aportando nuevas ideas, poniendo ilusión, recordándome aquella pascua a la que fuímos a regañadientes, y en la que mirábamos el reloj cada día imaginándonos las cruces de guía en Campana, los misterios de costero a costero y las fanfarrias hermosas y valientes en cada uno de los barrios detrás de cada templo de bambalina que baila y flor fresca trepando a cada varal que llega hasta el cielo. Eres el último de los que quedábamos, el primero que empezó de catequista en su vida y el que aún sigue en esta labor encomiable, dura y sólo a veces satisfactoria. Al Norte de mi Rosa de los Vientos, porque tu corazón desde hace tiempo también mira al Norte, más allá de mis madriles, casi donde acaba este país. Al Norte porque en tu día a día miras hacia arriba, allá donde acaban las nubes, y tienes presente lo que a nosotros se nos olvida a pesar de que lo enseñamos cada domingo.
En el este alguien a quien conozco hace demasiado y por fuerza aunque no a disgusto. Mi hermano se sitúa en el punto cardinal que designa al demostrativo más cercano. A mi lado siempre, con él soy como soy, un esquizofrénico profundamente perturbado, pueril, con un pavo y una torrija encima que no puedo con ellas, así, todo mezcladito, lo dulce con lo salado, todo sobre mi cabeza. Con él ni finjo ni me escondo ni pienso en las consecuencias, a él le grito y le puteo la existencia, lo voy a buscar a su cuarto para reírnos a carcajadas, y como el Este, es mi diestra, la mano que todo lo sabe, hasta lo que hace la izquierda. Es mi hermano, el que más me visitará en los madriles, el que me aguanta y el que me recuerda que dentro de mí nada está cuadriculado y que soy impredecible a pesar de todo lo que pueda parecer.
En el Oeste, el catequista modelo, el catecúmeno que todos quisimos tener y no tuvimos, perfecto en todas y cada una de sus facetas, da tanto el perfil que a veces da hasta miedo. Y aún así, Tomás tiene la cabeza llena de líneas, de diálogos, de disfraces y telones, de pasión y de sonrisas, cuando te suelta algo te lo dice porque lo siente y no porque lo finja. Teatrero, actor y vocación artística en persona, ese Peer Gynt de boina y mechones rubios, se toma tan en serio cada cosa que hace que es normal que a menudo lo veas con el entrecejo fruncido, porque para él todo puede salir siempre mejor. Al Oeste como yo te desplazas para ir a la Universidad, a esa Cartuja solitaria en la que conocí de primera mano el teatro universitario de la msno de mis amigos periodistas, y veo en tus ojos la misma ilusión que ví en los ojos de ellos, y me encanta montar teatrillos en catequesis porque me apasiona verte metido en el papel, que lleves el teatro en las venas como algo que es una alegría de vivir. Echaré de menos todas las funciones que no veré y en las que me dolerían las manos de aplaudirte, quién iba a decirme a mí que detrás de tu porte serio y cortés se escondía alguien tan genuino.
Y por último el Sur, con olor a mar, a Caleta gaditana llena de arte, porque no se puede definir a la única chica que tengo en esta Rosa de los Vientos con otra palabra que no sea "arte". Eres espontánea, y quizá porque a mí me cuesta mucho serlo, es por lo que me fascina tu forma de ser, abierta y a la vez callada, tímida y desprendida al mismo tiempo, sincera y gentil, pasional y modosita... otra bipolar para la lista en la que ya estamos unos pocos y de la que no quiero salir. De la brusquedad más chocante, tu felicitación de cumpleaños fue la más sincera, porque no hay que inventarse historias no vividas, sino vivir momentos para que luego se conviertan en recuerdos. Nos quedan tantos sueños y nostalgias que vivir que me da vértigo, porque ésto promete aunque no te lo creas, y al final, por mucho que me vaya a la capital, tengo una cuerda en la muñeca que me tira y me dice "vuelve al Sur". A ese Sur que representas tú, a ese Sur lleno de alegría y de vida, de luz del sol que se convierte en oro si sus rayos atraviesan una Cruzcampo fresquita en la barra de un bar. A ese Sur que una vez conocido lo único que se puede hacer es echarlo de menos.
Cuatro direcciones tatuadas, la Rosa de los Vientos a la que quise tanto porque sabía que la perdía tan prontito... Fue como todo lo bueno, que dicen que si es breve es dos veces bueno. Tres meses de confianza, de mediación, de diplomacia y de ilusión, de mucha ilusión. Porque me quedo tranquilo porque sé que no os hago falta, pero me duele tanto la espinita de saber lo que podría haber sido y no será, el día a día, las reuniones a las que no podré ir... espero que me lo contéis todo. Volveré cuando cambie el viento, con el barco cargado de historias rumbo a casa, a buscar mi brújula, la que me recuerda que hay cosas que me dejé aquí y a las que le debo una.
sábado, 2 de enero de 2010
Risk
Comienza el 2010. Este año ni lo dudé. Desde el principio sabía que quería rememorar aquel fin de año de "El misterioso caso de la puerta quebrada", que nos llevó a una actividad detectivesca que terminó con final feliz y un desembolso de billetitos por cabeza para comprar una puerta nueva al cuarto de baño del chalet del Chino. Desde que sonó el teléfono en casa el día 28, ya sabía que el adiós al 2009 lo pasaría en la casa de la carretera de Coria.
Lo que sí que se constata es que cada año somos menos y cada año estamos más acomodados en eso que podríamos llamar madurez (¿realmente podemos llamarla así? ¿no sería más correcto acomode?). Ni me molesta ni me deja de molestar... en cierto modo pienso que muchas veces en determinados acontecimientos tienen que estar los que tienen que estar. Del año pasado que yo recuerde, sólo añoro a Lora y Laura (curioso, acabo de darme cuenta de que si lees Laura en francés, se pronuncia Lora... cosas del destino), y me consta que ellos también estaban donde tenían que estar.
Lo cierto es que, debido a un retraso en la llegada de las niñas, sólo Peri, Pinilla, Chino y yo partimos hacia el chalet. Llegamos en el más absoluto silencio. Somos 4 pero por ahora no hace falta más. A lo tonto a lo tonto, nos llevamos un buen rato con la música puesta y jugando con los numerosos globos que hay repartidos por el suelo (tanta madurez y seguimos con la bonita costumbre de entretenernos con lo más sencillo). La noche se desvirtúa en espera de Cristina y Samara, y empezamos con un juego que he visto cada Navidad anunciado en los catálogos, pero al que admito que nunca he jugado.
El Risk es la señal inequívoca de que éste es un fin de año distinto a todos los anteriores. De nuevo volviendo a la traducción (Cristina bien sabe de esto), el nombre del juego significa 'riesgo' en inglés. El riesgo de lanzar toda tu artillería contra la adversidad para lograr tus objetivos, sabiendo que puedes salir herido en la batalla y que no será fácil. Riesgos como los que he decidido correr en este 2010, el Risk simboliza que nunca es tarde para aprender a lanzarse a la piscina, que siempre hay oportunidades para aquel que realmente desea cumplir lo que quiere en la vida.
Y en lugar de un desfase sonado, una fiesta memorable y a la vez olvidada y llena de lagunas por el alcohol, esto ha sido un encuentro lleno de algo para mí mucho más valioso: normalidad. Todo lo que ha pasado ha sido natural, sin artificios ni enrevesados preparativos. Yo no quería una fiesta tremenda, ni el lugar me importaba, ni el frío de nuestra habitación que el Peri ha acertado a denominar la cripta, ni me molestaban las horas muertas en el salón. Nada.
Me quedo con los gestos naturales, con los momentos que no se planean, con las frases que se dicen sin pensar pero que esta cabeza mía bibliotecaria por defecto, selecciona, clasifica y almacena. Quizá no recuerde dentro de unos años lo que bebimos o lo que comimos, ni la música que bailamos, pero sí me quedaré con esos reflejos de normalidad, los que me recuerdan por qué vuelvo cada fin de año, cada día de la cabalgata y cada Domingo de Ramos al lado de la gente que me vió crecer.
Recordaré de estos días lo entrañable, porque realmente no ha habido nada que no lo haya sido. A su modo, al modo tranquileo-bohemieo (Peri, te robo el término) todo ha sido perfecto, en ningún momento me he acordado que llevaba un libro en la mochila por si acaso. Me quedaré con la barbacoa-chimenea y con los silencios mirando el fuego con este "Peri light 0,0" que tanto me gusta; me quedaré con cocinar a la luz de las velas porque no hay luz en la cocina con Samara y Cristina; con desvelar mi objetivo en la segunda tirada del Risk porque a mi no me sale eso de ser estratega; con el Chino preguntándome sin cesar si quiero otra de esas Lager que se desenroscan en lugar de abrirse con abridor; con Guillermo mientras sacamos los acordes de las canciones con la guitarra, como gramolas andantes, no en vano tiene oído absoluto; con el rato haciendo balance de nuestras vidas, contándole batallitas a Cristina de nuestra infancia frente a la chimenea; con la Princess de Samara compitiendo con el amor propio del Peri que iba a encender la barbacoa de carbón sí o sí; con el Pinilla cantando la canción de "Mocasines saltarines" del Sr. Burns; con mi función de diccionario pedante diciendo palabras como "territorio limítrofe" o "crepitar de la leña"... y muchísimos momentos más, pero todos buenos.
Este fin de año podría haber sido un fracaso si no hubiese sido este Miguelito de ahora mismo el que ha ido. Quizá hace unos años me hubiese parecido que había echado a perder 2 días, pero no en este momento. He llegado a casa con una sensación de tranquilidad, de confianza y de confort. A pesar del frío, de tener en la cabeza metido el CD de Alejandro Sanz de tantas veces que lo ha puesto Cris de arriba a abajo, de pincharnos con los rosales para coger la leña, de traer toda la ropa ahumada y el pelo encrespado debido a la ausencia de agua caliente, para mí todo ha sido perfecto. Entiendo que el Chino no se haya creído que me lo he pasado "muy bien" tal y cómo le he dicho en el coche de vuelta, porque no ha sido este un fin de año al uso, pero es que para mí todo ha sido mejor que la idea preconcebida que tenía en la cabeza. Un fin de año de 7 personas pero del que no cambio nada. Ha sido más perfecto que muchas nocheviejas del pasado, y lo único que hemos hecho ha sido ser naturales, lo que me ha permitido empaparme de todas esas frases, gestos, chistes e historias que no tendré a partir del 16 de enero.
A veces, las cosas te sorprenden y por eso escribo. Yo, que abuso en determinadas ocasiones de un lenguaje complicado y una expresión barroca, hoy me siento desarmado, pero enorgullecido por la lección aprendida. A veces la esencia, lo sencillo, lo puro, una simple charla frente al fuego, una partida a un juego de mesa o preparar una cena, puede ser lo que necesitas, lo demás es todo adorno y artificio, que al fin y al cabo no hacen otra cosa que esconder y camuflar lo que realmente quieres, que en este caso era poder pasar unas horas ajenos del mundo con aquellos a los que llamo demasiado poco pero que nunca han dejado de estar ahí.
Sinceramente, no creo que el año que viene seamos menos. Creo que seremos más, aunque no muchos. El grupo se ha cerrado prácticamente y creo que la alineación no permite más retoques, somos un Dream Team, y como decís vosotros, lo firmo.
Lo que sí que se constata es que cada año somos menos y cada año estamos más acomodados en eso que podríamos llamar madurez (¿realmente podemos llamarla así? ¿no sería más correcto acomode?). Ni me molesta ni me deja de molestar... en cierto modo pienso que muchas veces en determinados acontecimientos tienen que estar los que tienen que estar. Del año pasado que yo recuerde, sólo añoro a Lora y Laura (curioso, acabo de darme cuenta de que si lees Laura en francés, se pronuncia Lora... cosas del destino), y me consta que ellos también estaban donde tenían que estar.
Lo cierto es que, debido a un retraso en la llegada de las niñas, sólo Peri, Pinilla, Chino y yo partimos hacia el chalet. Llegamos en el más absoluto silencio. Somos 4 pero por ahora no hace falta más. A lo tonto a lo tonto, nos llevamos un buen rato con la música puesta y jugando con los numerosos globos que hay repartidos por el suelo (tanta madurez y seguimos con la bonita costumbre de entretenernos con lo más sencillo). La noche se desvirtúa en espera de Cristina y Samara, y empezamos con un juego que he visto cada Navidad anunciado en los catálogos, pero al que admito que nunca he jugado.
El Risk es la señal inequívoca de que éste es un fin de año distinto a todos los anteriores. De nuevo volviendo a la traducción (Cristina bien sabe de esto), el nombre del juego significa 'riesgo' en inglés. El riesgo de lanzar toda tu artillería contra la adversidad para lograr tus objetivos, sabiendo que puedes salir herido en la batalla y que no será fácil. Riesgos como los que he decidido correr en este 2010, el Risk simboliza que nunca es tarde para aprender a lanzarse a la piscina, que siempre hay oportunidades para aquel que realmente desea cumplir lo que quiere en la vida.
Y en lugar de un desfase sonado, una fiesta memorable y a la vez olvidada y llena de lagunas por el alcohol, esto ha sido un encuentro lleno de algo para mí mucho más valioso: normalidad. Todo lo que ha pasado ha sido natural, sin artificios ni enrevesados preparativos. Yo no quería una fiesta tremenda, ni el lugar me importaba, ni el frío de nuestra habitación que el Peri ha acertado a denominar la cripta, ni me molestaban las horas muertas en el salón. Nada.
Me quedo con los gestos naturales, con los momentos que no se planean, con las frases que se dicen sin pensar pero que esta cabeza mía bibliotecaria por defecto, selecciona, clasifica y almacena. Quizá no recuerde dentro de unos años lo que bebimos o lo que comimos, ni la música que bailamos, pero sí me quedaré con esos reflejos de normalidad, los que me recuerdan por qué vuelvo cada fin de año, cada día de la cabalgata y cada Domingo de Ramos al lado de la gente que me vió crecer.
Recordaré de estos días lo entrañable, porque realmente no ha habido nada que no lo haya sido. A su modo, al modo tranquileo-bohemieo (Peri, te robo el término) todo ha sido perfecto, en ningún momento me he acordado que llevaba un libro en la mochila por si acaso. Me quedaré con la barbacoa-chimenea y con los silencios mirando el fuego con este "Peri light 0,0" que tanto me gusta; me quedaré con cocinar a la luz de las velas porque no hay luz en la cocina con Samara y Cristina; con desvelar mi objetivo en la segunda tirada del Risk porque a mi no me sale eso de ser estratega; con el Chino preguntándome sin cesar si quiero otra de esas Lager que se desenroscan en lugar de abrirse con abridor; con Guillermo mientras sacamos los acordes de las canciones con la guitarra, como gramolas andantes, no en vano tiene oído absoluto; con el rato haciendo balance de nuestras vidas, contándole batallitas a Cristina de nuestra infancia frente a la chimenea; con la Princess de Samara compitiendo con el amor propio del Peri que iba a encender la barbacoa de carbón sí o sí; con el Pinilla cantando la canción de "Mocasines saltarines" del Sr. Burns; con mi función de diccionario pedante diciendo palabras como "territorio limítrofe" o "crepitar de la leña"... y muchísimos momentos más, pero todos buenos.
Este fin de año podría haber sido un fracaso si no hubiese sido este Miguelito de ahora mismo el que ha ido. Quizá hace unos años me hubiese parecido que había echado a perder 2 días, pero no en este momento. He llegado a casa con una sensación de tranquilidad, de confianza y de confort. A pesar del frío, de tener en la cabeza metido el CD de Alejandro Sanz de tantas veces que lo ha puesto Cris de arriba a abajo, de pincharnos con los rosales para coger la leña, de traer toda la ropa ahumada y el pelo encrespado debido a la ausencia de agua caliente, para mí todo ha sido perfecto. Entiendo que el Chino no se haya creído que me lo he pasado "muy bien" tal y cómo le he dicho en el coche de vuelta, porque no ha sido este un fin de año al uso, pero es que para mí todo ha sido mejor que la idea preconcebida que tenía en la cabeza. Un fin de año de 7 personas pero del que no cambio nada. Ha sido más perfecto que muchas nocheviejas del pasado, y lo único que hemos hecho ha sido ser naturales, lo que me ha permitido empaparme de todas esas frases, gestos, chistes e historias que no tendré a partir del 16 de enero.
A veces, las cosas te sorprenden y por eso escribo. Yo, que abuso en determinadas ocasiones de un lenguaje complicado y una expresión barroca, hoy me siento desarmado, pero enorgullecido por la lección aprendida. A veces la esencia, lo sencillo, lo puro, una simple charla frente al fuego, una partida a un juego de mesa o preparar una cena, puede ser lo que necesitas, lo demás es todo adorno y artificio, que al fin y al cabo no hacen otra cosa que esconder y camuflar lo que realmente quieres, que en este caso era poder pasar unas horas ajenos del mundo con aquellos a los que llamo demasiado poco pero que nunca han dejado de estar ahí.
Sinceramente, no creo que el año que viene seamos menos. Creo que seremos más, aunque no muchos. El grupo se ha cerrado prácticamente y creo que la alineación no permite más retoques, somos un Dream Team, y como decís vosotros, lo firmo.
jueves, 31 de diciembre de 2009
Ojalá
Ojalá estuviésemos más cerca. Ojalá los días nos hicieran sentirnos más cerca y creer en que la rutina que un día odiábamos puede volver. Ojalá regresasen las matriculaciones, las vigilias de miércoles en el 100 montaditos, las tardes al sol del jardín de detrás de la facultad, escuchar una y otra vez como tu profesora de medios te cuenta cómo cubrió la boda de la infanta...
En este año la mayoría de nosotros (en cualquiera de las múltiples convocatorias), ha ido diciendo adiós a lo que ha sido una de las etapas más bonitas de nuestra vida. La Fcom, esa que no promete nada, esa que se hunde más y más en el ránking nacional hasta que un día la echen definitivamente, ha vuelto a demostrarnos que lo de menos es el lugar, si tenemos la mejor de las compañías.
Y ahora la incertidumbre, esa que en realidad nunca se ha despegado de nuestra profesión, porque el que se mete en Periodismo sabe que le toca sufrir. Y en este 2009 parece que, aunque sea a ratos, hemos bloqueado la maldición. No sé quién habrá intercedido por nosotros, si la Virgen de la Bola, Servando o "el Dios de Migue" como dice Emilín... pero en este quinto año nos hemos despedido a lo grande. Cenas, viajes, barbacoas y eventos de gala como la graduación que nos han hecho más fuertes. Un año de sueños, de soñar despiertos: por eso nos fuimos juntos de vacaciones unos días en agosto, por eso hablábamos Londres-Sevilla por el tuenti, por eso bicheamos en los blogs ajenos para ver qué es de los compañeros y amigos, por eso de vez en cuando escucho en MySpace las canciones de Naked Nana. Por eso sufrimos cada momento de no saber qué hacer y nos volvimos a repartir por la geografía española, de Torredonjimeno a Santa Marta, de Prado del Rey a Madrid, de Sevilla a Las Palmas... y a tantos otros destinos, hogares y nuevas tierras por conquistar.
Y precisamente por esa necesidad de volver a ser personajes al estilo de la Fcom, pues en estas fechas se os echa especialmente de menos, y añoro una macrocena de Navidad a la antigua usanza. Y quizá por eso, este año he puesto el Belén sobre papel de periódico en lugar de sobre tela o sobre la arenita típica de la playa que he usado otros años. Porque es mi manera de teneros un poco más presentes en estas navidades en las que ya no tengo la cabeza en trabajos o prácticas, sino en encontrar la manera más fácil de decir un "hasta luego" que espero que lo sea.
En este 2010 sólo os deseo Justicia, porque siendo justos, todos nos merecemos un puesto maravilloso, de hecho nos merecemos hasta crear una radio y que todos trabajemos juntos en ella. Nos merecemos seguir siendo lo que somos pero en versión mejorada, y si somos justos, nos merecemos volver a vernos las caras cada día, nuestras caras de dormidos, de resaca, de euforia, de nerviosismo y de cabreo, porque detrás de cada una seguro que hay una historia que no quiero escuchar por teléfono, sino en persona. La gente nos dice que nos hemos equivocado de profesión o que lo que hacemos lo hace cualquiera, pero gracias a esta carrera en la que tanto hemos invertido (sobre todo risas) este 2010 va a ser un año para recordar... y no porque estemos en paro, sino porque será el año de lanzarnos a la piscina (como en agosto el Perilla lanzaba a to cristo a la mía) y darnos a valer. Y por tanta ilusión, digo que nos merecemos Justicia. Hermanos periodistas, guerrilleros del despiece y la ironía, críticos por ansia vital y devoradores de noticias, aquí acaba un año brillante. Lo que no sabéis, es que el que empieza es mucho mejor.
En este año la mayoría de nosotros (en cualquiera de las múltiples convocatorias), ha ido diciendo adiós a lo que ha sido una de las etapas más bonitas de nuestra vida. La Fcom, esa que no promete nada, esa que se hunde más y más en el ránking nacional hasta que un día la echen definitivamente, ha vuelto a demostrarnos que lo de menos es el lugar, si tenemos la mejor de las compañías.
Y ahora la incertidumbre, esa que en realidad nunca se ha despegado de nuestra profesión, porque el que se mete en Periodismo sabe que le toca sufrir. Y en este 2009 parece que, aunque sea a ratos, hemos bloqueado la maldición. No sé quién habrá intercedido por nosotros, si la Virgen de la Bola, Servando o "el Dios de Migue" como dice Emilín... pero en este quinto año nos hemos despedido a lo grande. Cenas, viajes, barbacoas y eventos de gala como la graduación que nos han hecho más fuertes. Un año de sueños, de soñar despiertos: por eso nos fuimos juntos de vacaciones unos días en agosto, por eso hablábamos Londres-Sevilla por el tuenti, por eso bicheamos en los blogs ajenos para ver qué es de los compañeros y amigos, por eso de vez en cuando escucho en MySpace las canciones de Naked Nana. Por eso sufrimos cada momento de no saber qué hacer y nos volvimos a repartir por la geografía española, de Torredonjimeno a Santa Marta, de Prado del Rey a Madrid, de Sevilla a Las Palmas... y a tantos otros destinos, hogares y nuevas tierras por conquistar.
Y precisamente por esa necesidad de volver a ser personajes al estilo de la Fcom, pues en estas fechas se os echa especialmente de menos, y añoro una macrocena de Navidad a la antigua usanza. Y quizá por eso, este año he puesto el Belén sobre papel de periódico en lugar de sobre tela o sobre la arenita típica de la playa que he usado otros años. Porque es mi manera de teneros un poco más presentes en estas navidades en las que ya no tengo la cabeza en trabajos o prácticas, sino en encontrar la manera más fácil de decir un "hasta luego" que espero que lo sea.
En este 2010 sólo os deseo Justicia, porque siendo justos, todos nos merecemos un puesto maravilloso, de hecho nos merecemos hasta crear una radio y que todos trabajemos juntos en ella. Nos merecemos seguir siendo lo que somos pero en versión mejorada, y si somos justos, nos merecemos volver a vernos las caras cada día, nuestras caras de dormidos, de resaca, de euforia, de nerviosismo y de cabreo, porque detrás de cada una seguro que hay una historia que no quiero escuchar por teléfono, sino en persona. La gente nos dice que nos hemos equivocado de profesión o que lo que hacemos lo hace cualquiera, pero gracias a esta carrera en la que tanto hemos invertido (sobre todo risas) este 2010 va a ser un año para recordar... y no porque estemos en paro, sino porque será el año de lanzarnos a la piscina (como en agosto el Perilla lanzaba a to cristo a la mía) y darnos a valer. Y por tanta ilusión, digo que nos merecemos Justicia. Hermanos periodistas, guerrilleros del despiece y la ironía, críticos por ansia vital y devoradores de noticias, aquí acaba un año brillante. Lo que no sabéis, es que el que empieza es mucho mejor.
sábado, 26 de diciembre de 2009
Per secula seculorum
Por los siglos de los siglos, amén. Como biblias abiertas de par en par algunos de nosotros, que hemos vivido la experiencia de ser catequistas, hemos sufrido la tentación de hablar ex cátedra, de pronunciar sentencias irrefutables a pesar de que apenas superamos la veintena. Es imposible ser tajante en esto que vivimos en el día a día y que llamamos cristianismo. La duda no es la antagonista de la fe, sino que es parte intrínseca de lo que nos hace cristianos, de ese impulso, de ese soplo que da vida, como el que recitó al oído de San Gregorio Magno las notas del canto más místico que han escuchado los cielos (reflejo, no olvidemos, de aquella 'música de las esferas' tan profana y científica que recuperó San Agustín de los clásicos griegos).
Como prodigios de la naturaleza, sentimos la necesidad de dar ejemplo por encima de decir lo que se nos pasa por la cabeza. La prudencia y aludir a la "respuesta correcta y oficial" a veces nos hace separarnos de esos pequeños que nos escuchan una hora a la semana. Poco más vivido tenemos que ellos, sin embargo somos responsables del enfoque de sus vidas. Por algunos pasaremos como la lluvia pasa por los adoquines de una calle, a otros los decepcionaremos, porque no somos lo que esperan de nosotros, a otros los heriremos quizá porque sienten que no somos auténticos, y a otros, los menos, les haremos que den una vuelta a sus vidas.
Qué tremenda labor ésta, la de ser hombres del hoy y crear hombres del mañana sin entrar a menudo en contradicción con determinadas facetas de lo que creemos. A pesar de que pueda parecer que le doy a la religión una dimensión únicamente utilitarista, lo cierto es que para mí la religión debe existir para cambiar el mundo. Para hacer un mundo mejor. Si no conlleva esa faceta como el eje maestro en torno al cual giran los ritos, los textos, los símbolos y los cantos... ¿qué sentido tiene? No es el adorar, no es la estética, no es el placer propio, es sólo el afán de crear un mundo mejor, el creer que estamos aquí por una sencilla razón.
Nuestra labor no es la de ser biblias andantes, sino la de ser Palabra viva, acción, movimiento, realidad. Espadas que corten las vendas del pasado de los ojos del mundo. Dejemos de defender nuestras creencias con textos que no están al día y que Jesús nunca pronunció, defendamos esta maravillosa forma de ver la vida con el estandarte de la sensatez, con discusión y no con asentimiento por vagancia, recemos con el corazón y con el pensamiento, dudemos hasta caer agotados y no caigamos en lo que todos quieren oír. Demostremos con nuestras propias manos que los estereotipos no existen, que somos gente del hoy, hablemos de medicina, de política, de periodismo, de las artes... Renovemos, renovemos y renovemos: el Evangelio nunca se queda antiguo, siempre es nuevo.
Si la Iglesia vive un tanto desfasada es normal si evaluamos el peso que tiene en la sociedad, el enorme engranaje que posee y la gente que carga a sus espaldas en esta Vía Dolorosa de preciosa comunidad directa hasta los cielos. Pero catequistas, los que a veces creemos que venimos de vuelta de todo, la mitra también la llevamos nosotros. La democratización de la Iglesia de Pedro nos hace tan partícipes como culpables de sus errores: su responsabilidad es la de cada uno de nosotros, y somos nosotros los encargados de reconducir, de defendernos con armas limpias, de abrir los oídos para escuchar lo que nos grita el planeta.
Catequistas como yo: la solución no está en poner barreras, sino en encontrar los rayos de luz del otro lado del muro y abrirles paso para que entren en este hermoso proyecto. Si sentimos que nos alejamos del mundo actual, algo estaremos haciendo mal. No creemos periódicos sólo para católicos, eso es como si para sentirnos integrados nos separáramos cada vez más; no creemos partidos políticos, no pongamos trabas a los que no creen como nosotros, no nos distanciemos y nos sumerjamos en la cueva. Nadie nos persigue: no hay necesidad de catacumbas en el mundo libre. Seamos predicadores de la Buena Nueva (Buena porque es hermosa y adora por encima de todo al Ser Humano y a la Creación, y Nueva porque siempre resiste a los tiempos, porque su mensaje es universal y trasciende todas las eras y gobiernos).
Somos afortunados de poder clamar a los cuatro vientos un mensaje tan prodigioso, pero a veces nuestro conformismo, paradójicamente, nos hace decir que sí sin pensar, y con ello perdemos el entusiasmo y la lucidez para transmitir Vida. La Vida que reside en la alegría y en la sencillez de ese mensaje que vive en el HOY, en este preciso momento, y que siempre es moderno y avanzado.
Pero nos empeñamos en rizar el rizo, en poner el pan de oro por encima del servicio, el incienso por encima de la mano agrietada por el trabajo. Y por eso, además de cristianos, tenemos la necesidad y la obligación de ser profesionales libres, porque seguir a Cristo es libertad. Y podemos ser médicos y no asistir a manifestaciones del Foro de la Familia y creer que el debate es el camino, y podemos ser periodistas y saber que la Iglesia se equivoca y que los medios de la Conferencia Episcopal le hacen más daño a la sede de Pedro que favores, y podemos ser maestros y enseñar a los herederos del mañana algo más que el Padre Nuestro, y educar en valores y en que el servicio es la base de nuestra fe.
Podemos ser marionetas que asienten por costumbre o podemos ser auténticos, despojarnos de la máscara y convencer no con literatura y boato, sino porque realmente nos arde el fuego del Evangelio en el pecho, y nos duele la responsabilidad. Sólo podemos seguir adelante: no dejemos que el Amor con mayúsculas desaparezca porque preferimos encerrarlo en una jaula antes que exponerlo orgullosos al mundo.
Como prodigios de la naturaleza, sentimos la necesidad de dar ejemplo por encima de decir lo que se nos pasa por la cabeza. La prudencia y aludir a la "respuesta correcta y oficial" a veces nos hace separarnos de esos pequeños que nos escuchan una hora a la semana. Poco más vivido tenemos que ellos, sin embargo somos responsables del enfoque de sus vidas. Por algunos pasaremos como la lluvia pasa por los adoquines de una calle, a otros los decepcionaremos, porque no somos lo que esperan de nosotros, a otros los heriremos quizá porque sienten que no somos auténticos, y a otros, los menos, les haremos que den una vuelta a sus vidas.
Qué tremenda labor ésta, la de ser hombres del hoy y crear hombres del mañana sin entrar a menudo en contradicción con determinadas facetas de lo que creemos. A pesar de que pueda parecer que le doy a la religión una dimensión únicamente utilitarista, lo cierto es que para mí la religión debe existir para cambiar el mundo. Para hacer un mundo mejor. Si no conlleva esa faceta como el eje maestro en torno al cual giran los ritos, los textos, los símbolos y los cantos... ¿qué sentido tiene? No es el adorar, no es la estética, no es el placer propio, es sólo el afán de crear un mundo mejor, el creer que estamos aquí por una sencilla razón.
Nuestra labor no es la de ser biblias andantes, sino la de ser Palabra viva, acción, movimiento, realidad. Espadas que corten las vendas del pasado de los ojos del mundo. Dejemos de defender nuestras creencias con textos que no están al día y que Jesús nunca pronunció, defendamos esta maravillosa forma de ver la vida con el estandarte de la sensatez, con discusión y no con asentimiento por vagancia, recemos con el corazón y con el pensamiento, dudemos hasta caer agotados y no caigamos en lo que todos quieren oír. Demostremos con nuestras propias manos que los estereotipos no existen, que somos gente del hoy, hablemos de medicina, de política, de periodismo, de las artes... Renovemos, renovemos y renovemos: el Evangelio nunca se queda antiguo, siempre es nuevo.
Si la Iglesia vive un tanto desfasada es normal si evaluamos el peso que tiene en la sociedad, el enorme engranaje que posee y la gente que carga a sus espaldas en esta Vía Dolorosa de preciosa comunidad directa hasta los cielos. Pero catequistas, los que a veces creemos que venimos de vuelta de todo, la mitra también la llevamos nosotros. La democratización de la Iglesia de Pedro nos hace tan partícipes como culpables de sus errores: su responsabilidad es la de cada uno de nosotros, y somos nosotros los encargados de reconducir, de defendernos con armas limpias, de abrir los oídos para escuchar lo que nos grita el planeta.
Catequistas como yo: la solución no está en poner barreras, sino en encontrar los rayos de luz del otro lado del muro y abrirles paso para que entren en este hermoso proyecto. Si sentimos que nos alejamos del mundo actual, algo estaremos haciendo mal. No creemos periódicos sólo para católicos, eso es como si para sentirnos integrados nos separáramos cada vez más; no creemos partidos políticos, no pongamos trabas a los que no creen como nosotros, no nos distanciemos y nos sumerjamos en la cueva. Nadie nos persigue: no hay necesidad de catacumbas en el mundo libre. Seamos predicadores de la Buena Nueva (Buena porque es hermosa y adora por encima de todo al Ser Humano y a la Creación, y Nueva porque siempre resiste a los tiempos, porque su mensaje es universal y trasciende todas las eras y gobiernos).
Somos afortunados de poder clamar a los cuatro vientos un mensaje tan prodigioso, pero a veces nuestro conformismo, paradójicamente, nos hace decir que sí sin pensar, y con ello perdemos el entusiasmo y la lucidez para transmitir Vida. La Vida que reside en la alegría y en la sencillez de ese mensaje que vive en el HOY, en este preciso momento, y que siempre es moderno y avanzado.
Pero nos empeñamos en rizar el rizo, en poner el pan de oro por encima del servicio, el incienso por encima de la mano agrietada por el trabajo. Y por eso, además de cristianos, tenemos la necesidad y la obligación de ser profesionales libres, porque seguir a Cristo es libertad. Y podemos ser médicos y no asistir a manifestaciones del Foro de la Familia y creer que el debate es el camino, y podemos ser periodistas y saber que la Iglesia se equivoca y que los medios de la Conferencia Episcopal le hacen más daño a la sede de Pedro que favores, y podemos ser maestros y enseñar a los herederos del mañana algo más que el Padre Nuestro, y educar en valores y en que el servicio es la base de nuestra fe.
Podemos ser marionetas que asienten por costumbre o podemos ser auténticos, despojarnos de la máscara y convencer no con literatura y boato, sino porque realmente nos arde el fuego del Evangelio en el pecho, y nos duele la responsabilidad. Sólo podemos seguir adelante: no dejemos que el Amor con mayúsculas desaparezca porque preferimos encerrarlo en una jaula antes que exponerlo orgullosos al mundo.
miércoles, 23 de diciembre de 2009
Castigao a pensar
Recuerdo de pequeño que, había en ocasiones que la manera más trágica de ser castigado era la de que te mandaran a pensar a un rincón o a tu cuarto. En aquel momento era lo más aburrido que me podía ocurrir, pero ahora soy el que de manera voluntaria me autoenvío a pensar a veces, en este caso al Rincón del Café.

Esta noche me han mandado a pensar. Como un castigo, el pupilo ha mandado a pensar al maestro, el acompañado al acompañante. Como debe ser. Tanto aprende el mayor del pequeño como el pequeño del mayor, la verdadera enseñanza es en las dos direcciones: nadie tiene la verdad absoluta ni conoce la perfección.
Un día largo en el que he aprendido que, por este año, ya había agotado toda la buena suerte (demasiada he tenido, diría yo), y que tendré que esperar al 2010 para poder seguir siendo afortunado, al menos en lo académico. Y termina el día, agotado, abatido, y me echan una bronca con más razón de la que soy capaz de admitir.
Me diagnostican un grave trastorno de absorción por parte de la sociedad. Un asentimiento por costumbre que me puede convertir en una sombra más, en un número más... y un pavor doloroso a levantar la voz cuando hace falta. Como a los periodistas radiofónicos, el momento me pide un cambio de tono, una rebelión contra mí mismo. Evidentemente, no puedo ni debo ni quiero renunciar a lo que soy, pero creo que sí que es un buen momento para dar una vuelta de tuerca más, y por eso estoy aquí, castigado, mirando al Rincón, y pensando.
Esto está claro que es sólo una reflexión en voz alta, una pequeña declaración de intenciones. Lo complicado es ponerlo en marcha. ¿Riesgos? Que la mitad de la gente me odie o me cuestione, y la otra mitad me entienda y le guste. Hay algunos que sueñan con que un día les dé un grito: parece poco pero no saben lo que piden. Muy mosqueao tengo que estar para que deje atrás la diplomacia y me tire a la piscina de la espontaneidad.
Esto ha sido sólo el primer paso. Me queda aún mucho que pensar mirando a la pared. Es lo que tiene los castigos cuando uno sabe que se los merece, que siente una irrefrenable necesidad de cumplirlos.

Esta noche me han mandado a pensar. Como un castigo, el pupilo ha mandado a pensar al maestro, el acompañado al acompañante. Como debe ser. Tanto aprende el mayor del pequeño como el pequeño del mayor, la verdadera enseñanza es en las dos direcciones: nadie tiene la verdad absoluta ni conoce la perfección.
Un día largo en el que he aprendido que, por este año, ya había agotado toda la buena suerte (demasiada he tenido, diría yo), y que tendré que esperar al 2010 para poder seguir siendo afortunado, al menos en lo académico. Y termina el día, agotado, abatido, y me echan una bronca con más razón de la que soy capaz de admitir.
Me diagnostican un grave trastorno de absorción por parte de la sociedad. Un asentimiento por costumbre que me puede convertir en una sombra más, en un número más... y un pavor doloroso a levantar la voz cuando hace falta. Como a los periodistas radiofónicos, el momento me pide un cambio de tono, una rebelión contra mí mismo. Evidentemente, no puedo ni debo ni quiero renunciar a lo que soy, pero creo que sí que es un buen momento para dar una vuelta de tuerca más, y por eso estoy aquí, castigado, mirando al Rincón, y pensando.
Esto está claro que es sólo una reflexión en voz alta, una pequeña declaración de intenciones. Lo complicado es ponerlo en marcha. ¿Riesgos? Que la mitad de la gente me odie o me cuestione, y la otra mitad me entienda y le guste. Hay algunos que sueñan con que un día les dé un grito: parece poco pero no saben lo que piden. Muy mosqueao tengo que estar para que deje atrás la diplomacia y me tire a la piscina de la espontaneidad.
Esto ha sido sólo el primer paso. Me queda aún mucho que pensar mirando a la pared. Es lo que tiene los castigos cuando uno sabe que se los merece, que siente una irrefrenable necesidad de cumplirlos.
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