miércoles, 1 de mayo de 2013

Diario del Polígono: Virgilio


Vuelvo al Polígono, no a esa parte que puede parecer un barrio más de Sevilla. Sino a sus entrañas profundas, a la zona limítrofe con Las Vegas, la zona más degradada. No tengo miedo. No me lo digo a mi mismo, es que me lo creo. No lo tengo. La puerta del primer colegio está cerrada, y no me asusta bajarme del coche en plena calle para intentar empujar la puerta. No hay suerte, y por eso buscamos el siguiente colegio al que debemos presentarnos, el Colegio Andalucía.

Al contrario que el cercano Altolaguirre, este colegio no parece una fortaleza inexpugnable. Aquí no hay grandes puertas metálicas ni vallas inmensas y muros rodeando el perímetro. La puerta está abierta y varias personas salen del edificio: no sé si serán profesores o padres de alumnos. En el interior nos espera la directora, y tras ella aparece un pequeño niño, al que han puesto un nombre tan literario como mitológico: Virgilio.

Virgilio tiene la piel morena, como el color del café recién molido. En sus ojos está esa fuerza que solo tienen los niños del pueblo gitano, su mirada de un marrón profundo es capaz de adentrarse en ti y hacerte sentir un escalofrío. El pelo lacio entre castaño y rubio le cae sobre la frente y le pone en la cara un gesto de adulto travieso. Virgilio tiene ocho años y hoy lleva en el colegio desde las tres porque su madre no ha venido a recogerlo. Son las seis y media y el niño lucha contra el aburrimiento a la espera de que su madre coja el teléfono y venga a recogerlo. No da señales. La directora atiende el teléfono un momento y nos quedamos a solas con él, y nos cuenta que su cuento favorito es El gato con botas. Lo tiene delante y se le dibuja una sonrisa cuando mira su portada.

Cuando vuelve la directora, Virgilio sigue allí durante toda la reunión. La directora lo trata como si fuese su propio hijo y el niño obedece sin rechistar. Durante toda la reunión, no puedo evitar observarlo. Este niño de ocho años es uno de los candidatos a estar en las bancadas del coro. En este centro educativo el 95% de los alumnos pertenecen al pueblo gitano, al contrario que en el resto de colegios. Lo miro y me emociono, porque me veo enseñándole música a este pequeño, me lo imagino cantando y riendo con sus amigos en los ensayos. Y eso me da más fuerzas. Virgilio representa a ese crisol de culturas que va a integrar el coro y que estoy deseando ver en una misma habitación bajo mi supervisión, con sus botellitas de agua con sus nombres en etiquetas, entonando sus voces. Y llamándome "maestro", que al parecer así es como llaman los niños a los profesores en esta zona. Que bonita palabra: maestro. Aquel que enseña, no solo materias, sino la vida, el que se encarga de tutelar a los niños, el que los cuida y les enseña a comportarse. Maestro. Qué gran palabra, qué profesión tan desprestigiada cuando tiene en sus manos el futuro de la civilización. Qué injusto...

Espero estar altura, y que cuando me llamen maestro, sea porque lo soy de verdad. Porque soy capaz de enseñarles todo lo que yo he aprendido, en el conservatorio, en el colegio o en la calle. Me temo que aquí el maestro voy a ser yo, pero los que me van a enseñar son ellos.

Al salir del colegio, recuerdo a Virgilio y me pregunto si en media hora su madre lo recogerá antes de que cierren el centro. Al montarme en el coche, miro a la acerca de enfrente, donde las viviendas lucen macetas cuajadas de flores en sus balcones, y pienso que en esos pequeños gestos es donde se ve la vida que nace en un terreno baldío. De lejos llega el olor de la madera quemada, la de las hogueras que pronto se encenderán en medio de la calle. Hoy hace algo de frío y pronto el fuego tomará esa zona del barrio. Es hora de volver, la noche cae. Y mientras yo vuelvo a casa, a la vida que llamamos "normal", los soleares y los fandangos quedan en las calles del Polígono y la ciudad no puede escucharlos. La música está aquí viva y brota a raudales de cada esquina. Estoy deseando descubrirla.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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