Dejamos atrás el desierto. El autobús se dirige al lago salado de Chot-el-Jerid o algo así. Por si fuera poco, el día se va oscureciendo lentamente conforme el viaje avanza. Yo con la gorra en la mochila y el chubasquero en la maleta... maldito optimismo. Nos bajan en un páramo desolador, en una carretera recta de las que se ven en las películas que no tienen fin. A ambos lados, el horizonte recto, al final de lagunas de sal y fango. La verdad es que no me hace demasiada gracia el paisaje, pero algo nos llama la atención. A un lado de la carretera, una choza con techo de paja llena de rosas del desierto (cristales de sal) custodiada por dos ermitaños cubiertos de piel de dromedario. Nos dicen que el método de compra es el trueque. Mis compañeros se vuelven locos: bolígrafos, barajas de cartas, mecheros, gomas del pelo... todo vale por llevarse los cristales. ¡Hasta un bote de Licor del Polo!
El día continúa con un zoco. Nos acercamos hasta la medina de una de esas ciudades de las que no recuerdo ni tan siquiera el nombre. Voy con Pris intentando hacerme con alguna baratija. El truco es hacernos pasar por hermanos, así ella está protegida y yo gozo de sus tremendas habilidades para el regateo. El secreto está en empezar por medio dinar, lo que hace inmediatamente que el morito le diga a mi "hermana" que está loca, algo que se repetirá en todas y cada una de las tiendas, donde nos iremos forjando enemigos, ya que en la mayoría de ellas, tras discutir durante un buen rato, no compraremos nada. Tampoco ayuda que Gema vaya calentando a los moritos anteriormente pidiéndole también medio dinar por cada cosa que le ofrecen (es una gitana en toda regla, en el buen sentido de la palabra).
Al final compro una chilaba y poco más: el look Lawrence de Arabia del día anterior me ha dejado marcado. Nos llevan a comer al que será nuestro segundo hotel en ruta, hecho a base de apartamentitos que dan a patios comunes. Todo muy mediterráneo (mediterráneo de Benidorm, no de calita solitaria de Almería). Después nos fijamos en que los catalanes han vuelto, y que están rodeando nuestras habitaciones. Los vemos chapotear en la piscina exterior, tiritando por el viento frío que hace. Perilla ha descubierto el pasaje que lleva hasta una piscina climatizada y nos callamos como muertos. Descubrimos un piscinón con una cúpula y zonas de jacuzzi, a la que vamos llegando todos poco a poco. El suelo resbala a morir (recordemos la tremebunda caída de Javi, después de haber advertido la peligrosidad del pavimento varias veces, y viéndonos venir el suceso), y cualquiera se sale de la piscina. Prácticamente estamos los 41 en la piscina, chapoteando como si nunca hubiésemos visto el agua, y empezamos a jugar a "la llevas". Se produce uno de los momentos mágicos del viaje, culminado en una foto que ya pondré por aquí, y en la que lucimos "cuerpazos". Almorzamos. El buffet al que ya nos estamos acostumbrando, pero que le vamos a hacer.
La tarde enfila con el paseo en 4x4. El panorama no promete nada. Hacemos los equipos de los coches. Nada más saber mis compañeros de viaje, ya sé que si no divertido, al menos va a ser sorprendente. El canario, Sherry man, Emilín, Juanjo y Perilla me acompañan en el jeep junto a un moro que parecía tranquilito, pero que luego resulta un desfase. Nada más salir, nos damos cuenta de que el tío conduce como le da la gana (para variar, como Habibe, nuestro conductor de autobús). En el paseo por la ciudad, va a toda leche, haciendo quiebros para intentar atropellar a los peatones, frenando cuando pasamos al lado de mujeres (sea descubiertas o forradas por el velo) para que bajemos la ventanilla y les gritemos y silbemos, acelerando detrás de una motillo pa que se asuste el muchacho, que por poco se cae del ciclomotor de tanto amago de embiste. No me puedo reir más, y todo aderezado por una música pastillera de la que acabamos aprendiéndonos el estribillo. Un tal Hakim, del que nos compraríamos el CD en Sousse, y cuyo tema principal es "Ma ma ma, ay ay aaaa!!". Como veréis, un poeta.
Salimos a la carretera y la cosa se calma, pero llegamos a las montañas. El moro pone la tracción 4x4 y nos volvemos locos: carreteras que serpentean en las que vamos derrapando por el asfalto, recorridos campo a través que amenazan con volcar el jeep entre tanta roca, adelantamientos imposibles... a todo esto, mientras todos los demás coches van en filita india y en silencio, a una velocidad moderada. Vaya viajazo.
Finalmente, con la adrenalina a mil, y unas ganas de hacer puenting o lo que sea impresionantes, llegamos a lo que llaman "la gran cascada". Lo cierto es que son dos chorritos inofensivos en medio de un cañón de piedra caliza. Nos hacemos varias fotos con la cámara de Isa, nuestra fotógrafa de Hinojos siempre mirando a través del objetivo. Mientras tanto, JJ se desnuda en lo alto de un peñasco e imita a Cristo crucificado. Me pregunto qué he hecho yo para merecer tanta blasfemia, pero lo cierto es que en este viaje mi lado escandalizado está anulado por completo por mi lado festivo, así que pelillos a la mar. Cuando subimos de la cascada, tras los matorrales, un hombre con mala pinta acecha con una hoz enorme y una cuerda. Pasamos rápido como si no lo hubiésemos visto, y aceleramos hasta los jeep. No pasa nada.
Nuestra siguiente parada es un oasis. Las palmeras cubren una enorme extensión junto a un pueblo derruído y abandonado hecho de adobe. Paseamos entre los escombros y aprovechamos el silencio. Pris sigue regateando a medio dinar, pero con menos fuerzas.
Volvemos al jeep con nuestro morito. Parecía que no podía haber más sorpresas, de hecho hasta Perilla y Juanjo dan una cabezadita. Sin embargo, a mitad de camino de nuestro hotel, el conductor desfasao decide cambiar de cinta. Nadie puede imaginar lo que va a sonar. El ritmo de rumba que sale de la radio nos desconcierta, pero más nos emparanoya cuando lo que suena es la letra de "Obí, obá, cada día te quiero más" en perfecto andaluz. Nos volvemos locos. El flanco flamenco del jeep encabezado por Perilla y Ale empieza a tocar las palmas y al momento somos todos un cuadro flamenco. Paramos en una gasolinera y los moritos se quedan locos cuando se bajan las ventanillas y estamos cantando a gritos. Volvemos a arrancar y vamos detrás de un autobús escolar: Sherryman va delante y las niñas del bus le hacen señales de que les ha gustado. Primera conquista aunque sea de vehículo a vehículo. Volvemos al hotel con ganas de fiesta: esta noche nos espera la cena bereber en el palmeral, y hay vino gratis. Demasiado peligro veo yo aquí...
domingo, 3 de mayo de 2009
sábado, 2 de mayo de 2009
Túnez Dreams II : Andaluces en el desierto
Llegamos a Túnez. El avión toma tierra y unos policías con bastante cara de mala leche nos reciben en un aeropuerto de reminiscencias moriscas (allí no son reminiscencias, son lo típico y cotidiano). Por fin pisamos suelo africano y vamos corriendo hasta el autobús cargados de maletas. Nos conducen hasta el hotel que está a más de hora y media del aeropuerto. Pasamos Túnez y nos enseñan una torre un poco Tim Burton a la que llaman el "Big Ben" tunecino. Será lo único que veamos de la capital en todo el viaje.
Nos habían dicho que no íbamos a encontrar qué comer al llegar a nuestra residencia, pero el hotel nos recibe con un fastuoso buffet para un grupo tan hambriento como el nuestro. Devoramos más que cenar y nos preparamos para nuestra primera noche de fiesta. Nos enteramos que en el mismo hotel se hospedan unos recientemente conocidos catalanes que no nos han dejado dormir en el avión. Una promoción barcelonesa de Ciencias Políticas.
Como siempre, nuestro cuarto, el que habitábamos Pablo, Emilio, Ale (más conocido como Sherryman) y yo; se convierte en el centro neurálgico del botellón. La habitación se llena de gente, de humo, y por supuesto de decenas de botellines de coca cola (tunecina por supuesto) y una fanta que más sabía a Trina o al Tang de naranja de sobre. Los catalanes insisten en unirse a la fiesta, y conocemos a uno de los seres pintorescos del viaje, el brasileño Rodrigo. Con el ordenador Apple en su mano izquierda y la música a toda voz en el iTunes, se pasea por el hotel haciendo amigos. Pasan las horas y después de bailar en la discoteca temazos como "Gloria" (se creían que éramos italianos) las niñas, que comparten la habitación contigua a la nuestra, duermen. De repente, se oye un ruido: nos asomamos a la puerta y vemos a toooodo el hotel entrando en el cuarto de nuestras durmientes compañeras. Abrimos la puerta que conecta nuestras habitaciones y vemos al responsable del hotel, un moro al que luego bautizaríamos como Grifa, intentando quitarle la botella que lleva en la mano el brasileño. Grifa va con una papa en lo alto que no se lo cree ni él, y miramos en derredor, y observamos como a las niñas les acaba de dar una angina de pecho. Grifa se marcha, y con él, el público. Cerramos la puerta y nos quedamos sólo nosotros y Rodrigo. Es entonces cuando escuchamos que dice a las sevillanas un piropo inaudito: "estáis más buenas que ver el Chavo del Ocho bebiendo un Nesquik". ¡Sencillamente brillante!
La noche sigue y decidimos unirnos a la supuesta fiesta que hay organizada en la piscina. En realidad estamos todos los sevillanos excepto un par de catalanes y por supuesto, nuestro colega del Apple. Grifa sigue discutiendo con él mientras se tambalea por la papa, y decide bañarse en la piscina al aire libre. Fue el único momento en que soltó el Apple. Tras los gritos de Grifa para que no se bañara nos trasladamos a un salón, a oscuras, en el que Grifa no sacaba nada de beber (de hecho se estaba bebiendo nuestros chupitos), pero aún así sacaba a bailar al brasileño con una sexualidad ambigua que sólo da la borrachera.
Es en este momento de la noche cuando aparece un personaje que marcaría el resto del viaje; un amigo de Isa que estudia en Salamanca pero que es de Hinojos: José Juan (o JJ). En unos maceteros lejanos montan el belén, y no contentos con eso, se pasea en el carrito de las maletas por todo el salón mientras Grifa le grita que se baje. El momento de tensión viene cuando Grifa le coge del cuello, momento en el que nosotros entendemos que la fiesta va a terminar, por nuestro bien. Volvemos al cuarto tras una ligera despedida y, por supuesto, con toda la papa. Mañana será otro día.
A la mañana siguiente nos recibe nuestro guía: Uni. Como dice Emilio, con el tiempo nos daremos cuenta de que es un hombre bipolar: lo mismo te cuenta un chiste de Lepe que amenaza a José Juan. Yo creo que el licor de palmera y tanta cachimba pueden tener algo que ver... Es domingo, y nos llevan al anfiteatro de El Jem, dicen que el más grande de África y que puede competir con el Coliseo romano. Nos hacemos fotos mil, a pesar de que hay que pagar un dinar para poder echarlas. Un dato curioso: en el pueblo de El Jem no vemos ni una mujer, todos los vendedores y viandantes son hombres, morenos, profundos, y ofreciéndote cualquier cosa por un dinar.
Durante el día, se va complicando la climatología. Y nos llueve a mediodía cuando llegamos a comer a la casa cavernicola, una casita al estilo de las del Sacromonte granadino en la que comemos las ya conocidas tortillas de perejil y pollo que llevamos comiendo desde que llegamos y unos espaguetis picantes que se repetirán a lo largo de los buffet de todo el viaje. Tras esto y un té cortesía de los habitantes de la casa troglodita, marchamos hacia el desierto, donde pasaremosla noche. Sigue lloviendo y rezamos para que no nos coja un chaparrón cuando nos montemos en los dromedarios. Uni nos dice que en el sur no llueve, y para variar, nos echamos una siestecita.
Llegamos al desierto a media tarde. Nos han dicho que aquí es donde se rodó "El paciente inglés", y recordando los paisajes el desierto promete. No tiene nada que ver con el paisaje lunar en el que nos han dicho hace un rato que se grabó "Star Wars"...este desierto es imponente. Nos atavian con una chilaba rayada blanca y negra y nos ponen el turbante. Voy con Copete, porque los dromedarios van de dos en dos. Al principio lo único que pienso es "verás que salgo en Punicheando como me caiga del camello...", pero todo marcha bien. Después de intentar reflexionar con convivencias, pascuas y etcéteras y no conseguirlo, de repente la inmensidad del desierto me deslumbra. No soy capaz de articular palabra en todo el camino. El que lleva nuestros dromedarios nos para en lo alto de una duna y nos bajamos: nada más sentir la arena bajo mis pies me recorre un escalofrío, y el desarraigado paisaje me parece una de las cosas más hermosas que he visto nunca. Chapurreando un poco de francés (mucho mejor Copete que yo) comentamos con nuestro bereber la dureza de vivir en un entorno así, mientras evitamos meter el pie en las arenas movedizas. No se me ocurre nada más que el silencio, y no hablo. Mientras, Emilio e Inma meten sus caras en la arena y salen rebozados: dicen que hasta sabe bien y todo.
Volvemos a montar: nos espera el campamento en el que dormiremos, unas jaimas blancas de lona tapizadas en lana por dentro. Escojemos la 7, en la que dormiremos Ignacio, Emilio, David, Pablo y yo. No sabíamos lo que nos arrepentiríamos...
Cenamos al aire libre iluminados con velas. Todo parece maravilloso y mágico. Tras la cena nos dirigimos a lo que llaman "el bar". Es una choza grande en la que venden cerveza y cachimbas. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos una cachimba suavita. En esta noche se producirá el desmadre: sevillanas rocieras y cerveza Celtia junto con cachimbas de vodka nos mantendrán casi hasta el amanecer. Afuera lo inaudito: diluvia en el desierto. El jefe del campamento, un ricachón que nos observa como un experimento, dice que para honrar a la diosa de la lluvia nos invita a todos a cerveza. Os podéis imaginar el aplauso que le dimos.
José Juan tiene su noche estelar. No para de contar chistes e historias que nos hacen llorar de risa: tiene la choza a reventar. A lo largo de la noche, perseguirá a un bereber bajo la lluvia de rodillas a los gritos de "San Juan Bautista, bautízame", y le haremos un exorcismo a Flora mientras duerme (con JJ vestido de cura) que casi terminará en bronca.
No puedo parar de reir, pero todo se me quita al momento. En nuestra jaima, las ventanas están rotas, las mosquiteras también, y las numerosas goteras han empapado las camas dejándolas inservibles. Intentamos moverlas, pero no hay gotera que no nos dé: no tenemos donde dormir. De repente, la salvación viene vestida de cura y nos propone a Emilio, David y a mi dormir en la jaima de JJ, Pris e Isa. No lo dudamos. Aqui viene lo bueno: durante una hora, movemos camas, nos reimos, se va la luz, nos desnudamos, tapamos con mantas las goteras del techo y clamamos a la Virgen de la Bola. Dormimos con una humedad flipante (recordemos que llevamos día y medio sin ducharnos y con la misma ropa...), a pesar de que JJ nos habia arropado uno a uno!!
A la mañana siguiente nos duelen los huesos... pero ha merecido tantísimo la pena, que nos vamos a desayunar con toda la cara de otro y punto. El desayuno se retrasa media hora porque el Uni de los huevos se creía que no nos íbamos a levantar y nos había dicho media hora antes a la real del desayuno. Comemos rápidamente y para ir al autobús, de nuevo en dromedario, pero esta vez empapaítos, porque han dormido a la interperie. Nos despedimos de una noche mágica con el culo como una sopa y el cuerpo cortao. Nos espera un siestón en el autobús, que las butacas no son tan incómodas. Esperemos que el camino sea largo...
Nos habían dicho que no íbamos a encontrar qué comer al llegar a nuestra residencia, pero el hotel nos recibe con un fastuoso buffet para un grupo tan hambriento como el nuestro. Devoramos más que cenar y nos preparamos para nuestra primera noche de fiesta. Nos enteramos que en el mismo hotel se hospedan unos recientemente conocidos catalanes que no nos han dejado dormir en el avión. Una promoción barcelonesa de Ciencias Políticas.
Como siempre, nuestro cuarto, el que habitábamos Pablo, Emilio, Ale (más conocido como Sherryman) y yo; se convierte en el centro neurálgico del botellón. La habitación se llena de gente, de humo, y por supuesto de decenas de botellines de coca cola (tunecina por supuesto) y una fanta que más sabía a Trina o al Tang de naranja de sobre. Los catalanes insisten en unirse a la fiesta, y conocemos a uno de los seres pintorescos del viaje, el brasileño Rodrigo. Con el ordenador Apple en su mano izquierda y la música a toda voz en el iTunes, se pasea por el hotel haciendo amigos. Pasan las horas y después de bailar en la discoteca temazos como "Gloria" (se creían que éramos italianos) las niñas, que comparten la habitación contigua a la nuestra, duermen. De repente, se oye un ruido: nos asomamos a la puerta y vemos a toooodo el hotel entrando en el cuarto de nuestras durmientes compañeras. Abrimos la puerta que conecta nuestras habitaciones y vemos al responsable del hotel, un moro al que luego bautizaríamos como Grifa, intentando quitarle la botella que lleva en la mano el brasileño. Grifa va con una papa en lo alto que no se lo cree ni él, y miramos en derredor, y observamos como a las niñas les acaba de dar una angina de pecho. Grifa se marcha, y con él, el público. Cerramos la puerta y nos quedamos sólo nosotros y Rodrigo. Es entonces cuando escuchamos que dice a las sevillanas un piropo inaudito: "estáis más buenas que ver el Chavo del Ocho bebiendo un Nesquik". ¡Sencillamente brillante!
La noche sigue y decidimos unirnos a la supuesta fiesta que hay organizada en la piscina. En realidad estamos todos los sevillanos excepto un par de catalanes y por supuesto, nuestro colega del Apple. Grifa sigue discutiendo con él mientras se tambalea por la papa, y decide bañarse en la piscina al aire libre. Fue el único momento en que soltó el Apple. Tras los gritos de Grifa para que no se bañara nos trasladamos a un salón, a oscuras, en el que Grifa no sacaba nada de beber (de hecho se estaba bebiendo nuestros chupitos), pero aún así sacaba a bailar al brasileño con una sexualidad ambigua que sólo da la borrachera.
Es en este momento de la noche cuando aparece un personaje que marcaría el resto del viaje; un amigo de Isa que estudia en Salamanca pero que es de Hinojos: José Juan (o JJ). En unos maceteros lejanos montan el belén, y no contentos con eso, se pasea en el carrito de las maletas por todo el salón mientras Grifa le grita que se baje. El momento de tensión viene cuando Grifa le coge del cuello, momento en el que nosotros entendemos que la fiesta va a terminar, por nuestro bien. Volvemos al cuarto tras una ligera despedida y, por supuesto, con toda la papa. Mañana será otro día.
A la mañana siguiente nos recibe nuestro guía: Uni. Como dice Emilio, con el tiempo nos daremos cuenta de que es un hombre bipolar: lo mismo te cuenta un chiste de Lepe que amenaza a José Juan. Yo creo que el licor de palmera y tanta cachimba pueden tener algo que ver... Es domingo, y nos llevan al anfiteatro de El Jem, dicen que el más grande de África y que puede competir con el Coliseo romano. Nos hacemos fotos mil, a pesar de que hay que pagar un dinar para poder echarlas. Un dato curioso: en el pueblo de El Jem no vemos ni una mujer, todos los vendedores y viandantes son hombres, morenos, profundos, y ofreciéndote cualquier cosa por un dinar.
Durante el día, se va complicando la climatología. Y nos llueve a mediodía cuando llegamos a comer a la casa cavernicola, una casita al estilo de las del Sacromonte granadino en la que comemos las ya conocidas tortillas de perejil y pollo que llevamos comiendo desde que llegamos y unos espaguetis picantes que se repetirán a lo largo de los buffet de todo el viaje. Tras esto y un té cortesía de los habitantes de la casa troglodita, marchamos hacia el desierto, donde pasaremosla noche. Sigue lloviendo y rezamos para que no nos coja un chaparrón cuando nos montemos en los dromedarios. Uni nos dice que en el sur no llueve, y para variar, nos echamos una siestecita.
Llegamos al desierto a media tarde. Nos han dicho que aquí es donde se rodó "El paciente inglés", y recordando los paisajes el desierto promete. No tiene nada que ver con el paisaje lunar en el que nos han dicho hace un rato que se grabó "Star Wars"...este desierto es imponente. Nos atavian con una chilaba rayada blanca y negra y nos ponen el turbante. Voy con Copete, porque los dromedarios van de dos en dos. Al principio lo único que pienso es "verás que salgo en Punicheando como me caiga del camello...", pero todo marcha bien. Después de intentar reflexionar con convivencias, pascuas y etcéteras y no conseguirlo, de repente la inmensidad del desierto me deslumbra. No soy capaz de articular palabra en todo el camino. El que lleva nuestros dromedarios nos para en lo alto de una duna y nos bajamos: nada más sentir la arena bajo mis pies me recorre un escalofrío, y el desarraigado paisaje me parece una de las cosas más hermosas que he visto nunca. Chapurreando un poco de francés (mucho mejor Copete que yo) comentamos con nuestro bereber la dureza de vivir en un entorno así, mientras evitamos meter el pie en las arenas movedizas. No se me ocurre nada más que el silencio, y no hablo. Mientras, Emilio e Inma meten sus caras en la arena y salen rebozados: dicen que hasta sabe bien y todo.
Volvemos a montar: nos espera el campamento en el que dormiremos, unas jaimas blancas de lona tapizadas en lana por dentro. Escojemos la 7, en la que dormiremos Ignacio, Emilio, David, Pablo y yo. No sabíamos lo que nos arrepentiríamos...
Cenamos al aire libre iluminados con velas. Todo parece maravilloso y mágico. Tras la cena nos dirigimos a lo que llaman "el bar". Es una choza grande en la que venden cerveza y cachimbas. Nos sentamos en una de las mesas y pedimos una cachimba suavita. En esta noche se producirá el desmadre: sevillanas rocieras y cerveza Celtia junto con cachimbas de vodka nos mantendrán casi hasta el amanecer. Afuera lo inaudito: diluvia en el desierto. El jefe del campamento, un ricachón que nos observa como un experimento, dice que para honrar a la diosa de la lluvia nos invita a todos a cerveza. Os podéis imaginar el aplauso que le dimos.
José Juan tiene su noche estelar. No para de contar chistes e historias que nos hacen llorar de risa: tiene la choza a reventar. A lo largo de la noche, perseguirá a un bereber bajo la lluvia de rodillas a los gritos de "San Juan Bautista, bautízame", y le haremos un exorcismo a Flora mientras duerme (con JJ vestido de cura) que casi terminará en bronca.
No puedo parar de reir, pero todo se me quita al momento. En nuestra jaima, las ventanas están rotas, las mosquiteras también, y las numerosas goteras han empapado las camas dejándolas inservibles. Intentamos moverlas, pero no hay gotera que no nos dé: no tenemos donde dormir. De repente, la salvación viene vestida de cura y nos propone a Emilio, David y a mi dormir en la jaima de JJ, Pris e Isa. No lo dudamos. Aqui viene lo bueno: durante una hora, movemos camas, nos reimos, se va la luz, nos desnudamos, tapamos con mantas las goteras del techo y clamamos a la Virgen de la Bola. Dormimos con una humedad flipante (recordemos que llevamos día y medio sin ducharnos y con la misma ropa...), a pesar de que JJ nos habia arropado uno a uno!!
A la mañana siguiente nos duelen los huesos... pero ha merecido tantísimo la pena, que nos vamos a desayunar con toda la cara de otro y punto. El desayuno se retrasa media hora porque el Uni de los huevos se creía que no nos íbamos a levantar y nos había dicho media hora antes a la real del desayuno. Comemos rápidamente y para ir al autobús, de nuevo en dromedario, pero esta vez empapaítos, porque han dormido a la interperie. Nos despedimos de una noche mágica con el culo como una sopa y el cuerpo cortao. Nos espera un siestón en el autobús, que las butacas no son tan incómodas. Esperemos que el camino sea largo...
jueves, 30 de abril de 2009
Cuando la camiseta le gana la batalla a la camisa
Hace tiempo peleaba, reñía, discutía (como queráis llamarle, al fin y al cabo fue sólo simple diálogo) con un amigo sobre la indumentaria adecuada para acudir a la Feria. En pleno viaje a Túnez, pudimos pasar una hora tranquilamente tratando temas feriantes como el clasismo, la importancia de arreglarse, la condición social de los que van a la casetas y la hospitalidad del Real.
Una hora calentita en la que nos encendimos para nada. Para acabar confirmando lo que todos ya sabíamos de antemano: la Feria es tu Feria, la que tú quieras construir.
En aquel momento, cierto es que el alcohol me convenció de que mi opción era la correcta: la Feria era para vestirse de chaqueta. Pero resulta que llega el lunes del Alumbrao, y me encuentro ante una duda: llevo 9 días estando en camiseta, cómodo, natural, feliz... y de repente llego a un mundo artificial, ficticio, recargado... Un mundo en el que yo siempre he vestido chaqueta y corbata, y a veces incluso traje. Y resulta que este año me parece extravagante, artificial como ya he dicho, tremendamente antinatural. Miro a mi alrededor y soy capaz de ver por primera vez en mi vida la simpleza de la fiesta por encima de tanto ornamento. Curioso momento para darme cuenta.
Pregunto a mi alrededor si es normal que haya perdido de repente este interés por arreglarme como un señorito andaluz. Me dicen que con mi edad lo raro es cómo no me lo he planteado antes. Me planto mi vaquero claro, mi camisa y aún así sigo siendo un poco señorito... pero por ahora es lo máximo que voy a arriesgar, teniendo en cuenta lo que me cuesta asumir riesgos.
Al final resulta que estos 5 años sí que me están transformando, volviéndome menos barroco, eliminando tanta palabrería de mis principios y resumiéndolos en lo más simple. Este año la camiseta le ha ganado la batalla a la camisa y la corbata. Nunca había caído en que lo importante, el verdadero espíritu de la Feria, es el compartir, el ser hospitalario, el tener siempre los brazos abiertos de par en par. Bonita moraleja la de este año. Posiblemente una de las más inciertas ferias de los últimos años me ha dejado una de las enseñanzas más valiosas en tantos años de sevillanía. Al final los trianeros me han llevado, muy a gusto, a su terreno...
Una hora calentita en la que nos encendimos para nada. Para acabar confirmando lo que todos ya sabíamos de antemano: la Feria es tu Feria, la que tú quieras construir.
En aquel momento, cierto es que el alcohol me convenció de que mi opción era la correcta: la Feria era para vestirse de chaqueta. Pero resulta que llega el lunes del Alumbrao, y me encuentro ante una duda: llevo 9 días estando en camiseta, cómodo, natural, feliz... y de repente llego a un mundo artificial, ficticio, recargado... Un mundo en el que yo siempre he vestido chaqueta y corbata, y a veces incluso traje. Y resulta que este año me parece extravagante, artificial como ya he dicho, tremendamente antinatural. Miro a mi alrededor y soy capaz de ver por primera vez en mi vida la simpleza de la fiesta por encima de tanto ornamento. Curioso momento para darme cuenta.
Pregunto a mi alrededor si es normal que haya perdido de repente este interés por arreglarme como un señorito andaluz. Me dicen que con mi edad lo raro es cómo no me lo he planteado antes. Me planto mi vaquero claro, mi camisa y aún así sigo siendo un poco señorito... pero por ahora es lo máximo que voy a arriesgar, teniendo en cuenta lo que me cuesta asumir riesgos.
Al final resulta que estos 5 años sí que me están transformando, volviéndome menos barroco, eliminando tanta palabrería de mis principios y resumiéndolos en lo más simple. Este año la camiseta le ha ganado la batalla a la camisa y la corbata. Nunca había caído en que lo importante, el verdadero espíritu de la Feria, es el compartir, el ser hospitalario, el tener siempre los brazos abiertos de par en par. Bonita moraleja la de este año. Posiblemente una de las más inciertas ferias de los últimos años me ha dejado una de las enseñanzas más valiosas en tantos años de sevillanía. Al final los trianeros me han llevado, muy a gusto, a su terreno...
martes, 28 de abril de 2009
A veces
A veces me siento como en un gran teatro en el que todo sucede ante mi impotencia. A veces intento traspasar la mampara cristalina que me impide intervenir. A veces te preguntas por qué estuviste allí en ese momento y si hubiera sido mejor haberse esfumado como la niebla. A veces desearía tintar los cristales y no querer adivinar lo que hay al otro lado.
A veces el azar me anula por completo, y desmonta mis andamios contra todo pronóstico, y me expone a pecho descubierto a la dureza de este mundo que no termino de comprender y en el que todo es tan frágil... A veces se me escapa una lágrima sincera en la noche, y su humedad me destroza al derramarse por mi cara. Y a veces desearía no tomarme este mundo tan en serio como para sufrir, como para desgastarme a fuerza de martillo y yunque.
A veces me miro al espejo y deseo que, por un segundo, sea un hombre de piedra el que aparezca al otro lado. Pero nunca sucede.
A veces el azar me anula por completo, y desmonta mis andamios contra todo pronóstico, y me expone a pecho descubierto a la dureza de este mundo que no termino de comprender y en el que todo es tan frágil... A veces se me escapa una lágrima sincera en la noche, y su humedad me destroza al derramarse por mi cara. Y a veces desearía no tomarme este mundo tan en serio como para sufrir, como para desgastarme a fuerza de martillo y yunque.
A veces me miro al espejo y deseo que, por un segundo, sea un hombre de piedra el que aparezca al otro lado. Pero nunca sucede.
domingo, 26 de abril de 2009
Túnez Dreams I : el prólogo del Kabul
"41 Sun Riadh, s'il vous plaît". Así terminó la aventura. El bar del Riadh Palms abarrotado por la promoción tunecina de Periodismo de Sevilla pidiendo aquel cóctel naranja tan extraño que nos había acompañado durante nuestra estancia en Sousse. Pris de fondo animaba a los indecisos con demasiada resaca como para seguir bebiendo: "el último frezizuiiii".
Nueve dias. Nueve días que comenzaron con la estancia de una noche en Barcelona. En un hostal pintoresco a más no poder, europeo e impregnado de un espíritu Beverly Hills que lo flipas, el Kabul. ¿Mi cuarto? Un despiporre. Y más, cuando a las 11 de la noche, creyéndonos que todo está ya tranquilo, suena la puerta. Las niñas estaban con nosotros haciendo botellón en el cuarto con vistas a la Plaza Real, y de repente asoman por la puerta tres guiris de cabello oxigenado, probablemente las más feas de California, y nos quedamos muertos. Son nuestras compañeras de cuarto. Huimos despavoridos botellas en mano hasta el cuarto de Glo, Flora, Inma y Laura. Bebemos rápido y bajamos rumbo a algún lugar no demasiado caro. Por el camino, mojito calentorro a buches, y con nosotros, un americano surfero llamado Matt al que nosotros hemos bautizado como Zack Morris. Por el puerto deambulamos y una chavalilla nos ofrece pintas a un euro: con la mentalidad ya puesta en el regateo tunecino, le decimos que no. La chavala se queda loca, y al momento reaccionamos y nos damos cuenta del chollo. Pasamos la noche en la tasca a chupitos de tequila con el guiri y de pinta en pinta.
Pero la historia no acaba aqui: al llegar al hotel de vuelta nos damos cuenta de que los que se fueron temprano no están. Llamamos y vamos a buscarlos. La sordidez de las ramblas nos coge por sorpresa a Emilio y a mi. Detenidos frente a la Plaza de Cataluña, nos ofrecen de todo de manera alterna. Aqui no hay control, ni un policía, es un terreno sin ley. Los camellos le han tomado el relevo a los mimos y los acróbatas en pleno bulevar. Finalmente encontramos a los demás, y al llegar al cuarto, sorpresa: ¡las guiris han vuelto!. A partir de aqui todo se vuelve turbio, lo mismo chapurreamos inglés con las rubias que nos reimos de ellas en español. Ellas, por supuesto, no se enteran de nada. Curioso cuadro...
A la mañana siguiente, Sagrada Familia y Paseo de Gracia. Nos contagiamos del espíritu de grupo y salimos ya con nuestras camisetas de Túnez. Día tranquilo comparado con todo lo que pasaría después con sabor a bocadillo de butifarra de la Boquería. Pero como siempre, en el momento crítico, llega la emoción: nos perdemos en el metro barcelonés, y queremos asesinar al que diseñó un subterráneo con tantas escaleras. 20 kilos de maleta cargada a cuestas corriendo porque perdiamos el tren. Y lo perdimos. Una hora sentados en el suelo de la estación de Sants esperando a un tren que debe llegar pronto si no queremos perder el avión a Túnez. Comemos frutita para no explotar de nerviosismo e Inma, aprovechando la ocasión, entabla conversación con una mujer musulmana, que nos enseña las palabras básicas para manejarnos en árabe.
Por fin llegamos al Prat, y nos reunimos los 41. La suerte está echada. Va a comenzar el viaje de nuestras vidas con altos pronósticos de lluvia y un elevado índice de ganas de hacerlo inolvidable. Desde las ventanas del aeropuerto vemos el aparato de Air Europa. Estamos embarcando. Hasta dentro de una semana, España.
Nueve dias. Nueve días que comenzaron con la estancia de una noche en Barcelona. En un hostal pintoresco a más no poder, europeo e impregnado de un espíritu Beverly Hills que lo flipas, el Kabul. ¿Mi cuarto? Un despiporre. Y más, cuando a las 11 de la noche, creyéndonos que todo está ya tranquilo, suena la puerta. Las niñas estaban con nosotros haciendo botellón en el cuarto con vistas a la Plaza Real, y de repente asoman por la puerta tres guiris de cabello oxigenado, probablemente las más feas de California, y nos quedamos muertos. Son nuestras compañeras de cuarto. Huimos despavoridos botellas en mano hasta el cuarto de Glo, Flora, Inma y Laura. Bebemos rápido y bajamos rumbo a algún lugar no demasiado caro. Por el camino, mojito calentorro a buches, y con nosotros, un americano surfero llamado Matt al que nosotros hemos bautizado como Zack Morris. Por el puerto deambulamos y una chavalilla nos ofrece pintas a un euro: con la mentalidad ya puesta en el regateo tunecino, le decimos que no. La chavala se queda loca, y al momento reaccionamos y nos damos cuenta del chollo. Pasamos la noche en la tasca a chupitos de tequila con el guiri y de pinta en pinta.
Pero la historia no acaba aqui: al llegar al hotel de vuelta nos damos cuenta de que los que se fueron temprano no están. Llamamos y vamos a buscarlos. La sordidez de las ramblas nos coge por sorpresa a Emilio y a mi. Detenidos frente a la Plaza de Cataluña, nos ofrecen de todo de manera alterna. Aqui no hay control, ni un policía, es un terreno sin ley. Los camellos le han tomado el relevo a los mimos y los acróbatas en pleno bulevar. Finalmente encontramos a los demás, y al llegar al cuarto, sorpresa: ¡las guiris han vuelto!. A partir de aqui todo se vuelve turbio, lo mismo chapurreamos inglés con las rubias que nos reimos de ellas en español. Ellas, por supuesto, no se enteran de nada. Curioso cuadro...
A la mañana siguiente, Sagrada Familia y Paseo de Gracia. Nos contagiamos del espíritu de grupo y salimos ya con nuestras camisetas de Túnez. Día tranquilo comparado con todo lo que pasaría después con sabor a bocadillo de butifarra de la Boquería. Pero como siempre, en el momento crítico, llega la emoción: nos perdemos en el metro barcelonés, y queremos asesinar al que diseñó un subterráneo con tantas escaleras. 20 kilos de maleta cargada a cuestas corriendo porque perdiamos el tren. Y lo perdimos. Una hora sentados en el suelo de la estación de Sants esperando a un tren que debe llegar pronto si no queremos perder el avión a Túnez. Comemos frutita para no explotar de nerviosismo e Inma, aprovechando la ocasión, entabla conversación con una mujer musulmana, que nos enseña las palabras básicas para manejarnos en árabe.
Por fin llegamos al Prat, y nos reunimos los 41. La suerte está echada. Va a comenzar el viaje de nuestras vidas con altos pronósticos de lluvia y un elevado índice de ganas de hacerlo inolvidable. Desde las ventanas del aeropuerto vemos el aparato de Air Europa. Estamos embarcando. Hasta dentro de una semana, España.
lunes, 13 de abril de 2009
Pascua
Muchas veces he vivido lo que se puede denominar como "Dios con nosotros". Es esa parte de mi fe que afirma que Dios no reside en los sagrarios, ni entre los muros pesados de las iglesias, sino que se reparte como el viento, en cada uno de los corazones. A veces he creído que había gente especial, que determinadas personas poseen unas cualidades y una personalidad mejor que la de los demás, pero nunca había llegado a vivir esa muestra de "Dios con nosotros" de una manera tan clara como lo he hecho en estos días.
La desierta San José del Valle nos recibía el pasado Miércoles Santo como una casa helada y solitaria, desacogedora y funcional. Yo aún creía estar ante el paso del Cristo de La Sed en Eduardo Dato, y me arrepentía enormemente de haberme montado en el autobús.
Pero pasaron los días, y me dí cuenta de que estaba allí para disfrutar del momento, y que debía olvidar mi Semana Santa para retornar a aquella experiencia que yo no conocía. De que tenía que dejar de echarle la culpa a aquellos que me forzaron a ir, y comenzar a vivir aquello dispuesto a dejarme sorprender.
No ha sido una Pascua de reflexión, porque la elaboración de las partes del día, y la colaboración con las diversas tareas necesarias no lo han permitido. Pero mis ocasiones para mí pasaron, y ahora estoy sirviendo, intentando desde mi escasa experiencia guiar a estos pequeños que llevaba a mi cargo. Y ha sido espectacular. Cuando les miré a los ojos ayer en la despedida de los amigos de Granada, y vi que lloraban como lo hago yo al final de cada Espino... supe que todo había merecido la pena. El ciclo se había cerrado satisfactoriamente. Ya son como yo, y eso me enorgullece.
Mi vía para acercarme a Dios esta Semana Santa ha sido la eternamente olvidada, pero cercana a mi: la música. Luis (la muestra viva de cómo ha de llevarse un coro desde la humildad y la ilusión, todo entrega), Carmen (la que llegó como yo, sin ganas de hacer amigos y se encontró con dos sevillanos que la tomaron de cantora principal para que renaciese), Emi (una voz preciosa aunque ella no se lo crea y el eterno retorno a la pregunta ahora contestada: existe vida después del Espino y puede durar los años que quieras, sólo depende de ti), Juanito (mi discípulo de Emaús, con el que llevaba una trayectoria de desencuentros que han desembocado en una magnífica amistad, una de las personas que me han dado la bofetada para decirme que Dios no está en las relexiones siempre, sino que reside en el corazón de los que te rodean; y que me puso los vellos de punta con ese Siente cómo llora Dios) y David, por supuesto, que huyó del coro de Sevilla porque dejó de ver a Dios en los pentagramas, como me estaba pasando a mi, y con este maravilloso conjunto de Granada, ha conseguido reengancharse a esa escalera de sonidos que llegan directos a los oídos del Creador.
Los 5 magníficos que me acompañan en esta aventura de ser catequista incluyendo a mi coordinador, el embolicador nato de Trigo; los 5 polluelos que han resultado ser águilas en esta convivencia y a los que, en principio, iba a acompañar, aunque después resulta que me han acompañado a mi; los 5 años que llevo compartidos con Sergio y Emi en los espinos y que me han hecho mejor persona y que sólo me salga de la boca la palabra GRACIAS; los 5 esplendorosos componentes de este coro que me ha recargado las pilas para trabajar por una música que le saque una sonrisa a los cielos; los 5 días que me han sorprendido y me han dado lo que yo le pedía a la Pascua: valentía para afrontar mis proyectos y recuperar mi buen humor después de tanto estrés vivido.
Ahora no queda el recuerdo, queda la ilusión, la esperanza que siempre hemos transmitido esta semana más humana que santa. Quedan los momentos que viviremos, las risas que echaremos y la música, siempre la música, como un dardo directo al corazón que lo supera todo. Fui a la Pascua para cerrar el expediente definitivamente y resulta que he pedido ampliación de matricula. Cosas de la vida...
La desierta San José del Valle nos recibía el pasado Miércoles Santo como una casa helada y solitaria, desacogedora y funcional. Yo aún creía estar ante el paso del Cristo de La Sed en Eduardo Dato, y me arrepentía enormemente de haberme montado en el autobús.
Pero pasaron los días, y me dí cuenta de que estaba allí para disfrutar del momento, y que debía olvidar mi Semana Santa para retornar a aquella experiencia que yo no conocía. De que tenía que dejar de echarle la culpa a aquellos que me forzaron a ir, y comenzar a vivir aquello dispuesto a dejarme sorprender.
No ha sido una Pascua de reflexión, porque la elaboración de las partes del día, y la colaboración con las diversas tareas necesarias no lo han permitido. Pero mis ocasiones para mí pasaron, y ahora estoy sirviendo, intentando desde mi escasa experiencia guiar a estos pequeños que llevaba a mi cargo. Y ha sido espectacular. Cuando les miré a los ojos ayer en la despedida de los amigos de Granada, y vi que lloraban como lo hago yo al final de cada Espino... supe que todo había merecido la pena. El ciclo se había cerrado satisfactoriamente. Ya son como yo, y eso me enorgullece.
Mi vía para acercarme a Dios esta Semana Santa ha sido la eternamente olvidada, pero cercana a mi: la música. Luis (la muestra viva de cómo ha de llevarse un coro desde la humildad y la ilusión, todo entrega), Carmen (la que llegó como yo, sin ganas de hacer amigos y se encontró con dos sevillanos que la tomaron de cantora principal para que renaciese), Emi (una voz preciosa aunque ella no se lo crea y el eterno retorno a la pregunta ahora contestada: existe vida después del Espino y puede durar los años que quieras, sólo depende de ti), Juanito (mi discípulo de Emaús, con el que llevaba una trayectoria de desencuentros que han desembocado en una magnífica amistad, una de las personas que me han dado la bofetada para decirme que Dios no está en las relexiones siempre, sino que reside en el corazón de los que te rodean; y que me puso los vellos de punta con ese Siente cómo llora Dios) y David, por supuesto, que huyó del coro de Sevilla porque dejó de ver a Dios en los pentagramas, como me estaba pasando a mi, y con este maravilloso conjunto de Granada, ha conseguido reengancharse a esa escalera de sonidos que llegan directos a los oídos del Creador.
Los 5 magníficos que me acompañan en esta aventura de ser catequista incluyendo a mi coordinador, el embolicador nato de Trigo; los 5 polluelos que han resultado ser águilas en esta convivencia y a los que, en principio, iba a acompañar, aunque después resulta que me han acompañado a mi; los 5 años que llevo compartidos con Sergio y Emi en los espinos y que me han hecho mejor persona y que sólo me salga de la boca la palabra GRACIAS; los 5 esplendorosos componentes de este coro que me ha recargado las pilas para trabajar por una música que le saque una sonrisa a los cielos; los 5 días que me han sorprendido y me han dado lo que yo le pedía a la Pascua: valentía para afrontar mis proyectos y recuperar mi buen humor después de tanto estrés vivido.
Ahora no queda el recuerdo, queda la ilusión, la esperanza que siempre hemos transmitido esta semana más humana que santa. Quedan los momentos que viviremos, las risas que echaremos y la música, siempre la música, como un dardo directo al corazón que lo supera todo. Fui a la Pascua para cerrar el expediente definitivamente y resulta que he pedido ampliación de matricula. Cosas de la vida...
lunes, 6 de abril de 2009
Adiós a las ondas
Como si todo hubiese sido un sueño, nada más. Así se fueron los tres meses ante los micrófonos de Andalucía. Esta tarde, recogiendo mis cosas apenas hace una hora de la mesa de la redacción, hacía un esfuerzo para no derramar una lágrima. Desde que crucé esta mañana el torno sabía que algo se me iba con esa última entrada, con ese último pitido de la puerta al reconocer mi tarjeta de becario.Lunes Santo para despedir la que ha sido mi segunda casa del 2009, la sección de deportes de Canal Sur Radio. Los Reyes me trajeron unas prácticas con las que me metía en la boca del lobo, y la Semana Santa me las ha arrebatado, ahora que la fiera no era sólo dócil, sino una fiel mascota a la que le tienes cariño.
Se acabaron las 5 horas diarias, y con ellas se va una parte de mi. Lo que no me transformó el Diario, me ha transformado la radio... y de forma totalmente inesperada. Me llevo del Pabellón de Andalucía tesoros de incalculable valor: la espontaneidad, la alegría, la profesionalidad, la naturalidad y lo genuino de unos compañeros geniales.

El deporte ha sido sólo el vehículo (insospechado vehículo) que me ha llevado hasta la siguiente parada de mi vida profesional. Y hay tanto por lo que dar las gracias, tantos momentos de risas y de tensión, de nervios, de emoción y de recuerdos, de enhorabuenas y de broncas. Y todos ellos no los cambiaría por nada. El deporte, mi bestia negra, me ha hecho no sólo mejor profesional, sino un mejor ser social. Y procedo inmediatamente a dar todas esas gracias que nunca dejaré de dar cuando me vengan los recuerdos a la mente.
Gracias a Manolo Martín, el gran genio del Sevilla, por llevarme en volandas a mi primera rueda de prensa, a conocer a ese Manolo Jiménez al que sólo conocía de oídas, y por presentarme a los compañeros de la profesión. Por tantas llamadas pidiendo que grabara la rueda de prensa y porque fue a él a quien acudí cuando me quedé afónico.
Gracias al enorme Tato Furest, porque es cierto que "tenías tanto que darme". En ti he conocido la experiencia, el valor de una trayectoria que yo ahora mismo sólo puedo soñar. El respeto por la sabiduría del que se ha forjado un nombre con el esfuerzo de cada día. Que aún recuerdo aquel día que le dijiste a María José que no me enseñara nada porque era sevillista... quien volviera a aquellos inicios.
Gracias a Santi Roldán, el que fue mi jefe y para mí podría serlo siempre. Infinitas gracias, a ti te lo debo todo, por no haberme permitido cambiarme de sección cuando llegué con el miedo de no tener ni idea de deportes. Sin aquel instante nada de esto habría sucedido. Te seguiré en el Estadio. Y gracias a Javier Pardo, el jefe de mi último mes, porque siguió la línea de Santi, y primó la enseñanza mía propia dejándome hacer a mis anchas.
Gracias a Juan Bustos. Fuiste el primero que me echó una bronca gorda, pero también el primero que me diste trabajo. Confiaste en mi y me mandaste a mi primera rueda de prensa solo, me permitiste entrar en directo en el informativo local, dar la información del Sevilla en La Jugada y gracias a ti en parte me forjé como un periodista de verdad y no en un esclavo que hace y calla.

Gracias a David Hidalgo. Tú me enseñaste el primer día como funcionaba todo: los programas, las máquinas... Entro cada día en los ordenadores con tus claves porque no tengo mía propia, y a fuerza de cachondeo y pullitas me hiciste una voz de radio que no teme a nada en sólo tres mesecitos.
Gracias a Nuria Gaciño, por su frescura, su cariño, su apoyo cuando estaba de bajón, esas piezas que me encargabas y que me han hecho periodista radiofónico le pese a quien le pese. Una galleguiña que luchó por ser deportiva y que ahora no se amilana a pesar de ser la única mujer entre tanto hombre.
A José Pardo, por todas esas tardes quitándonos la mesa. Porque de él aprendí que la dulzura y los buenos modales te abren la puerta de cualquier sitio. Gracias por todo ese cariño y por toda la paciencia.
Gracias a Rubén Hergueta, por la buena acogida y la sonrisa en todo momento, por todos los "por favor". Recuerdo los momentos en los que confundías mi voz con uno de los locutores de Canal Plus, y volvías la cabeza hacía la tele porque te creías que era yo leyendo en alto y que me había vuelto loco. Y por abrirme un futuro.
Gracias a Juan Miguel Vega, el flamante profesional que confíó en mi para que en La Jugada del Fin de Semana pudiera dar no sólo el baloncesto, sino la segunda B y, hasta que terminaron los carnavales, la Premier y el Calcio. Prodigioso aprendizaje.
Gracias a los del otro lado de la mampara: Angelito (por dotarme de mi propia sintonía, por el sonido de grillos, por el Probe Migue...y muchas cosas más), Mamen Gil (la productora más tierna con su tesis interminable y la pasión profunda por su Sevilla FC), Marcos Barón (por ponerme Canal Plus cuando no lo encontraba en la tele) y muchos otros.
Gracias a Jesús Márquez, por demostrarme lo que es una retransmisión perfecta, por mostrarme que la radio no se aprende sino que sale de dentro, y por llamarme siempre Miguelito en lugar de "el nuevo".
Gracias a MªÁngeles y a Antonio Ortega, mis maravillosos becarios predecesores, que me dieron comprensión, apoyo y mucho cariño, sabiendo por lo que han pasado y queriendo volver a aquellos días que he tenido la suerte de disfrutar.
Gracias a los de los titulares (Valentín, Charo y Cattoni), a los de las delegaciones (es imposible nombrarlos a todos, sois demasiados!) y a todos los que supieron transmitirme ese amor por la radio que yo desconocía.
Y GRACIAS a ti. Al impresionante, original, genuino, inocente, imaginativo, eterno, curioso como un chiquillo, alegre siempre hasta cuando hay resaca, feliz, flamenco y tremendamente popular, mi jefe de programa (eres el jefe aunque no quieras) David Gallardo. Sublime en todas sus facetas, en todos los momentos, inesperado, un monstruo de la radio que sabe reinventar lo reinventado hasta converirlo en un desmadre. Un Groucho Marx de las ondas. Me enganchó desde el primer día y "me sacó la poca vergüenza". Hasta comvertirme en lo que soy hoy.

Geniales todos como una sorpresa inesperada. Más que compañeros, aliados. Porque cuando ellos me dicen "el nuevo" o suena la música de Hitchcock sé que detrás hay unos lazos que me han hecho mejor periodista que los 5 años de carrera. Tremendas gracias a Canal Sur y a esta oportunidad. Ya sólo queda el recuerdo, bello, pero recuerdo.
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