lunes, 6 de abril de 2009

Adiós a las ondas

Como si todo hubiese sido un sueño, nada más. Así se fueron los tres meses ante los micrófonos de Andalucía. Esta tarde, recogiendo mis cosas apenas hace una hora de la mesa de la redacción, hacía un esfuerzo para no derramar una lágrima. Desde que crucé esta mañana el torno sabía que algo se me iba con esa última entrada, con ese último pitido de la puerta al reconocer mi tarjeta de becario.
Lunes Santo para despedir la que ha sido mi segunda casa del 2009, la sección de deportes de Canal Sur Radio. Los Reyes me trajeron unas prácticas con las que me metía en la boca del lobo, y la Semana Santa me las ha arrebatado, ahora que la fiera no era sólo dócil, sino una fiel mascota a la que le tienes cariño.

Se acabaron las 5 horas diarias, y con ellas se va una parte de mi. Lo que no me transformó el Diario, me ha transformado la radio... y de forma totalmente inesperada. Me llevo del Pabellón de Andalucía tesoros de incalculable valor: la espontaneidad, la alegría, la profesionalidad, la naturalidad y lo genuino de unos compañeros geniales.


El deporte ha sido sólo el vehículo (insospechado vehículo) que me ha llevado hasta la siguiente parada de mi vida profesional. Y hay tanto por lo que dar las gracias, tantos momentos de risas y de tensión, de nervios, de emoción y de recuerdos, de enhorabuenas y de broncas. Y todos ellos no los cambiaría por nada. El deporte, mi bestia negra, me ha hecho no sólo mejor profesional, sino un mejor ser social. Y procedo inmediatamente a dar todas esas gracias que nunca dejaré de dar cuando me vengan los recuerdos a la mente.

Gracias a Manolo Martín, el gran genio del Sevilla, por llevarme en volandas a mi primera rueda de prensa, a conocer a ese Manolo Jiménez al que sólo conocía de oídas, y por presentarme a los compañeros de la profesión. Por tantas llamadas pidiendo que grabara la rueda de prensa y porque fue a él a quien acudí cuando me quedé afónico.

Gracias al enorme Tato Furest, porque es cierto que "tenías tanto que darme". En ti he conocido la experiencia, el valor de una trayectoria que yo ahora mismo sólo puedo soñar. El respeto por la sabiduría del que se ha forjado un nombre con el esfuerzo de cada día. Que aún recuerdo aquel día que le dijiste a María José que no me enseñara nada porque era sevillista... quien volviera a aquellos inicios.

Gracias a Santi Roldán, el que fue mi jefe y para mí podría serlo siempre. Infinitas gracias, a ti te lo debo todo, por no haberme permitido cambiarme de sección cuando llegué con el miedo de no tener ni idea de deportes. Sin aquel instante nada de esto habría sucedido. Te seguiré en el Estadio. Y gracias a Javier Pardo, el jefe de mi último mes, porque siguió la línea de Santi, y primó la enseñanza mía propia dejándome hacer a mis anchas.

Gracias a Juan Bustos. Fuiste el primero que me echó una bronca gorda, pero también el primero que me diste trabajo. Confiaste en mi y me mandaste a mi primera rueda de prensa solo, me permitiste entrar en directo en el informativo local, dar la información del Sevilla en La Jugada y gracias a ti en parte me forjé como un periodista de verdad y no en un esclavo que hace y calla.


Gracias a David Hidalgo. Tú me enseñaste el primer día como funcionaba todo: los programas, las máquinas... Entro cada día en los ordenadores con tus claves porque no tengo mía propia, y a fuerza de cachondeo y pullitas me hiciste una voz de radio que no teme a nada en sólo tres mesecitos.

Gracias a Nuria Gaciño, por su frescura, su cariño, su apoyo cuando estaba de bajón, esas piezas que me encargabas y que me han hecho periodista radiofónico le pese a quien le pese. Una galleguiña que luchó por ser deportiva y que ahora no se amilana a pesar de ser la única mujer entre tanto hombre.

A José Pardo, por todas esas tardes quitándonos la mesa. Porque de él aprendí que la dulzura y los buenos modales te abren la puerta de cualquier sitio. Gracias por todo ese cariño y por toda la paciencia.

Gracias a Rubén Hergueta, por la buena acogida y la sonrisa en todo momento, por todos los "por favor". Recuerdo los momentos en los que confundías mi voz con uno de los locutores de Canal Plus, y volvías la cabeza hacía la tele porque te creías que era yo leyendo en alto y que me había vuelto loco. Y por abrirme un futuro.

Gracias a Juan Miguel Vega, el flamante profesional que confíó en mi para que en La Jugada del Fin de Semana pudiera dar no sólo el baloncesto, sino la segunda B y, hasta que terminaron los carnavales, la Premier y el Calcio. Prodigioso aprendizaje.

Gracias a los del otro lado de la mampara: Angelito (por dotarme de mi propia sintonía, por el sonido de grillos, por el Probe Migue...y muchas cosas más), Mamen Gil (la productora más tierna con su tesis interminable y la pasión profunda por su Sevilla FC), Marcos Barón (por ponerme Canal Plus cuando no lo encontraba en la tele) y muchos otros.

Gracias a Jesús Márquez, por demostrarme lo que es una retransmisión perfecta, por mostrarme que la radio no se aprende sino que sale de dentro, y por llamarme siempre Miguelito en lugar de "el nuevo".

Gracias a MªÁngeles y a Antonio Ortega, mis maravillosos becarios predecesores, que me dieron comprensión, apoyo y mucho cariño, sabiendo por lo que han pasado y queriendo volver a aquellos días que he tenido la suerte de disfrutar.

Gracias a los de los titulares (Valentín, Charo y Cattoni), a los de las delegaciones (es imposible nombrarlos a todos, sois demasiados!) y a todos los que supieron transmitirme ese amor por la radio que yo desconocía.

Y GRACIAS a ti. Al impresionante, original, genuino, inocente, imaginativo, eterno, curioso como un chiquillo, alegre siempre hasta cuando hay resaca, feliz, flamenco y tremendamente popular, mi jefe de programa (eres el jefe aunque no quieras) David Gallardo. Sublime en todas sus facetas, en todos los momentos, inesperado, un monstruo de la radio que sabe reinventar lo reinventado hasta converirlo en un desmadre. Un Groucho Marx de las ondas. Me enganchó desde el primer día y "me sacó la poca vergüenza". Hasta comvertirme en lo que soy hoy.


Geniales todos como una sorpresa inesperada. Más que compañeros, aliados. Porque cuando ellos me dicen "el nuevo" o suena la música de Hitchcock sé que detrás hay unos lazos que me han hecho mejor periodista que los 5 años de carrera. Tremendas gracias a Canal Sur y a esta oportunidad. Ya sólo queda el recuerdo, bello, pero recuerdo.

sábado, 28 de marzo de 2009

Nos vemos en los Jamones

Hay gente que no entiende los porqués de mi profunda pasión por la Semana Santa. No entiende que me sobrecoja una fiesta ancestral, folclórica y, sobre todo, que no está de moda. Pero es muy sencillo: no ven lo que yo veo. No pueden sentir lo que yo siento, porque mi forma de ser, mi personalidad y mis recuerdos también los forman esbozos de primaveras pasadas de corneta y de tambor, de horizonte de capirotes blancos y de olor a azahar.

Semana Santa de reencuentro. De Domingo de Ramos caluroso a las 12 de la mañana, quedando en donde siempre, en los Jamones, una pequeña tasca más o menos céntrica pasando el parque. Allí se produce la magia. Los mismos personajes, que algunos pueden haberse visto dos veces al cabo del año, se reúnen como un antiguo rito delante del bar. Enchaquetados, peinados, perfumados, ellas con los vestidos de alegre primavera; y sobre todo enjoyados con una sonrisa del que sabe que el reencuentro siempre es hermoso. Después de meses distantes, separados, impracticables, la mañana de abril nos reúne, una vez más para visitar el Porvenir. La Paz por el parque es una tradición que ya es nuestra, que es todo un símbolo de lo que significamos. Da igual si nos gusta o nos deja de gustar más o menos la Semana Santa. Lo que importa es esa pertenencia, ese camino cruzando la Pirotecnia hasta las calles estrechas de la Borbolla. La Paz con su cortejo blanco inmaculado, y nosotros unidos de nuevo ante un hecho tan maravilloso como lo es un palio casi transparente.



Semana Santa de magia. Que no hay más magia, o gracia como dice la Iglesia, que la de una ciudad mandando a callar. De repente, la Alfalfa se queda muda. Siseos que vienen del final de la plaza hacen que todo se quede en silencio, porque viene el palio de la Virgen del Rocío con su candelería empezando a consumirse, y está llegando el solo de la marcha de Vidriet. La flauta y el tamboril esbozan los compases que compusiera en su día Turina para la romería onubense, y los extranjeros que se han callado sin saber por qué, ahora lo comprenden. El susurro de los instrumentos flota delicado entre varal y varal, azotado dulcemente por cada bambalina, y sientes que toda la bulla merece la pena.

Semana Santa de emoción. Emoción de Martes Santo, cuando por el mediodía, adelantamos a El Cerro por la calle San Fernando para llegar al Rectorado, de donde sale mi hermandad. Voy vestido de negro, nazareno sobrio y silencioso, como dicen las reglas que juré siendo un chiquillo. Termina la estación de penitencia por la noche y no sólo estoy conmocionado por el día, sino que salgo rápido dispuesto a marchar hasta la Plaza Nueva. Allí pasa la otra hermandad de mi corazón: la Bofetá. Y aunque me duelen los pies y no puedo con las lumbares, me quedo allí esperando a aquellos a los que dediqué mi marcha, y siento que la espera ha valido la pena. Mi madre nunca quiso meterme en su hermandad para que no me sintiese obligado, y resulta que hace 15 años me hice hermano porque quise. Paradojas de la vida.


Semana Santa de búsqueda. De Madrugá profunda en el Arco del Postigo, lugar clave en el que no puedes caminar ni aunque quieras, porque el bullicio espera ver al Señor de Sevilla, y no consiente que nadie se lo impida. Y yo mientras, no busco el mejor sitio para ver al Señor de Sevilla, que sé que me perdona, sino para buscar entre los idénticos nazarenos los ojos de mi padre y de mi hermano. Y me veo con la botella de agua y los caramelos en la mano por si quieren y mirando a los ojos, uno a uno, a cada nazareno. Hasta que los encuentro y recuerdo mi infancia, cuando era un monaguillo y mi madre me perseguía durante todo el día para que no me faltara de nada en la estación de penitencia.

Semana Santa de encrucijadas. Siempre llevo a los niños a ver la Macarena en una calle estrecha y desconocida: Santa Bárbara. Allí nos colocamos durante horas, de pie, con el frío de la madrugada, avanzando filas conforme la gente se va cansando. No se ve la calle por la que viene la Señora, así que sólo podemos imaginar los sonidos de la banda para saber cuánto queda. Es la calle del Conservatorio, el enclave central que cruza entre el Turina y el Falla, los dos edificios en los que echaba las tardes de mi juventud. Y allí de repente se oye un murmullo, destellos en los edificios de la calle Trajano, y unos ciriales que aparecen de la nada. Y llega ella, como la perfección de lo que esta fiesta significa: belleza absoluta y sobrecogimiento que pasa en apenas unos segundos. Se marcha la banda y nos embarga la emoción, y echamos a correr hasta un pasaje que tiene el mismo ancho que el palio, dando la vuelta a la manzana. Y al momento, la magia en un suspiro: la Macarena queda enmarcada en las líneas del pasaje como una instantánea.

Semana Santa de sueños. De sueños que se marchan cuando el palio toma la esquina, de recuerdos que se vuelven color sepia cuando ves la Candelaria marchar por los Jardines para no volver, de lágrimas contenidas cuando los elementos se alían para crear el momento perfecto. Eso es para mi la Semana Santa. Una parte de mi vida, de mis recuerdos, de mi infancia, de mi identidad. Una parte de mí que no puedo negar porque viene dada por el nacimiento y que establece unos lazos emocionales demasiado fuertes.

Ya sólo queda una semana. Os veo en los Jamones, amigos; y a los demás, en cualquier bulla.

sábado, 21 de marzo de 2009

Filosofía

Sucede a veces que en las situaciones más inesperadas, es cuando te encuentras tratando los temas más complejos que han acaparado la mente de los hombres. Resulta que sales un día de botellón y de repente te hallas ante el mayor de los misterios, intentando desentrañar nada más y nada menos que el secreto de la felicidad.

Con una pasión que sólo puedes comparar con los debates entre cielo y tierra que entablas en tu grupo de catequesis, te introduces en una dinámica de querer y no poder. De querer acercar todo aquello que crees a los que te rodean. Y te encuentras con tus amigos alrededor hablando sobre la bondad y si es innata o no en el ser humano. Y tratamos de un mundo perfecto, y de las suposiciones que derivan de una Humanidad feliz por naturaleza. Y me echo a temblar.

Entre los momentos de lucidez que mi mente atormentada me concede, expido comentarios por esta boca siempre silenciosa. Y me hallo con un Yo desconsolado, desesperanzado, que no cree en la Humanidad como pensaba. Y en frente mía, un tío con las ideas claras, con los horizontes tan lejanos, tan utópicos, que no parece él. Quizá alguien le haya contagiado esa filantropía tan maravillosa que yo antes tenía y que ya no tengo. No sé por qué esa confianza en la raza humana se ha esfumado de un plumazo, y no consigo encontrarla. Me hallo perdido.

Dicen que el alcohol saca la verdad, pero también los delirios. Y esta noche me he encontrado con un Yo que se aleja de los antiguos patrones y se acerca a un universo nuevo y desesperanzador. ¿En quién me he convertido? ¿Por qué no lo advertí antes? ¿Qué ideas o frases me hicieron cambiar sin yo saberlo?

Mi mundo soleado que puede convertirse en un mundo mejor se derrumba, y no se por qué. No entiendo a qué se debe esta agonía que esta noche he descubierto... ¿Acaso no he sido siempre un optimista?

Ahora parece que se intercambian los papeles, y como últimamente siempre me pasa, mis encuentros contigo son más que encuentros. Son revelaciones. La sinceridad a veces rompe las contraventanas y deja ver esa luz que ya creíamos que no existía. ¿Es posible ese mundo mejor? ¿Se puede ser feliz siendo un ingenuo?

Maldita sea... aunque supongo que si no me hicieras replantearme todas estas cosas que a menudo doy por hecho, no te apreciaría tanto como te aprecio.

*Al bebedor de SevenUp compulsivo y filósofo a su pesar...

martes, 17 de marzo de 2009

Prejuicios

Desde que comenzara mi andadura hace tres años ya en el grupo de Juvenal, he predicado con el ejemplo. O al menos eso me creía. Vamos de maduros, de sabihondos, de doctos solucionadores de problemas. Y lo cierto es que no he hecho otra cosa que mirar sin ver, observar el grupo a través de una mampara de cristal que me permitía colaborar con la causa sin implicarme emocionalmente. Esa eterna defensa contra el riesgo de lo desconocido.


Ensimismado en mi propia visión de la realidad, me he cargado al hombro lo que yo pensaba que eran verdades, y he escrito mi manifiesto a partir de una lista larga de prejuicios. Y resulta que llego a la última convivencia y, de repente, se me caen los palos del sombrajo. Yo era el primero que no quería cambiar los grupos, y de repente me hallo en solitario con un conjunto de jóvenes a los que conozco de vista. Y me digo que hay que respirar hondo y dejarse llevar. Y el grupo me lleva, me agita, me sacude directo al corazón y me deja con la cabeza llena de inquietudes. Ese grupo de la mañana me da a entender que estoy cargado de prejuicios, precisamente por mirar desde el otro lado del cristal de esa mampara. Y se me abren las entrañas aunque intento evitarlo, y me sumerjo en un grupo que me está dejando tocado, que no hundido. Nos desviamos, hablamos de alcohol, de familia, de postcolonialismo, de enfrentamiento de culturas, de toros, de psicología, de filosofía, de religión, de política, y de las intimidades más íntimas. Curioso: llevo 3 años midiendo mis palabras en el grupo, moderando cada uno de mis comentarios, que son pocos; y de repente este grupo de "desconocidos" me desarma, y no me deja fingir. Se rompe el cristal de la mampara y me quedo desprotegido ante la realidad.


Tres años ya y yo pensaba que ninguno de ellos había crecido. Y de repente, son ellos los que nos echan la bronca a nosotros, porque se han sentido solos e Isa y yo no hemos estado ahí porque creíamos que había cosas más importantes en las que ocuparnos. Y en vez de mostrarnos soberbios, agachamos la cabeza, porque nos damos cuenta de que ellos sabían cada momento lo que pasaba, y que ven más allá de nuestro teatro en el grupo cuando nos encontramos mal. Y que han crecido más por dentro que por fuera, y eso hace que me de un escalofrío, porque ya son como nosotros.


Y me sorprendo, porque el que puedan hacerles daño nos hierve la sangre. Y ahi está ese vínculo que llevamos ocultando tanto tiempo. Se ha destapado el pastel en esta última convivencia, y nos ha cogido por sorpresa. A menudo nos preguntamos qué será de esta relación entre ellos y nosotros cuando acabe el rito del aceite y el Espíritu. Y normalmente asumíamos que se acabaría como todo acaba algún día. Hoy no estoy seguro de querer que acabe. Siento que se me han quedado demasiadas cosas en el tintero, y que quiero compartirlas.


A un mes y medio de las Confirmaciones, por fin me creo que esto es sólo un paso más y no el final. Estaba tan empeñado en llegar al 15 de mayo, que no me he dado cuenta que muchos de estos personajes a los que prejuzgué ya han pasado lo que esa fecha significa, y siguen adelante.


El rito del aceite del sábado por la noche me dejó tocado. Con una simple cruz sobre la frente, me tiembla el pulso, y pasa por mi cabeza todo lo hablado en el día. Las broncas, los testimonios, las cruel realidad, el dolor, la dureza de la verdad y la tristeza de la mentira. Y necesito respirar hondo porque una decepción lo cambia todo a sólo dos meses del gran día. En un sólo sábado me enfrento a mi pasado, a mi presente y a mi futuro, y necesito aguantar una lágrima cuando pienso que, a pesar de haber dicho que esto no significaba apenas nada para mi, resulta que ahora es algo que no sólo me llena, sino que ha convertido a unos jovencitos perdidos en hombres del mañana, algunos más maduros y consecuentes que yo. Y se me llena la boca de palabras que susurro porque estoy afónico de tanta euforia, y en este silencio obligado me siento en cierto modo orgulloso, porque aunque pensáramos que no, el grupo nos ha tomado de la mano a Isa y a mi, y nos la ha devuelto. Ya nos somos catequistas y catecúmenos: el grupo se ha apoderado de nuestra energía y nos ha dejado sin respuesta. Touché.


Ya sólo nos queda luchar. Luchar unidos entre nosotros por un futuro que se nos echa encima. Problemas y disputas las que nos aguardan hasta ese 15 de mayo, al que hay que llegar contra viento y marea. Nos queda la etapa más dura de los 3 años, y nos ha cogido por sorpresa. Y nosotros que pensábamos que lo peor había pasado ya... Paso firme: sólo nosotros podemos. Y lo haremos.

domingo, 1 de marzo de 2009

Cuesta abajo y sin frenos

Ha llegado. Ese punto del curso en el que sientes que has llegado a lo más alto, que lo difícil y lo lejano desaparece y sólo puedes esperar que los días pasen cada vez más rápidos. Es el punto de inflexión del curso, y ha llegado hoy cuando regresábamos en coche de la playa.
Con los ojos hinchados y como tomates porque se me había olvidado tomarme las pastillas de la alergia, miraba la carretera irritablemente recta que va de Matalascañas a El Rocío. De pronto, oigo en el asiento de atrás a Isa recitando fechas. Me vuelvo y me sorprendo al ver que hojea la agenda. Uno a uno, desglosa los fines de semana que quedan, y se encadenan en mi cabeza una serie de acontecimientos que me hacen sentir vértigo.
La reunión de padres, el fin de semana de la convivencia, el fin de mis prácticas en Canal Sur, Semana Santa, el posible estreno de la marcha, el viaje a Túnez de la carrera, la última Feria como universitario, el encuentro internacional de Taizé y las confirmaciones... y a partir de ahí los exámenes y la Graduación... y FIN. Y se acaba lo que llevo 5 años llamando rutina para embarcarme en algo a lo que todavía no le he dado forma, pero que sé que tiene destino anglosajón.
Ya todo es cuesta abajo. He pasado la hoja de febrero del calendario y no me he dado ni cuenta de que ha acabado el mes más corto del año. Todo se acaba señores, y me temo que más rápido de lo que pensaba.
En ese mismo momento en el coche, he preguntado aún sabiendo la respuesta: "Creéis que volveremos a repetir esto?", refiriéndome al fin de semana. "No", ha contestado Isa tajante y sabiendo que mi pregunta es sólo la confirmación de un grupo de seis que tiene fecha de caducidad. Se van los minutos por el desagüe y soy incapaz de frenar este torrente que me arrastra. El 15 de mayo se acaba una etapa, es una ruptura queramos o no. Las cadenas que nos han mantenido atados a un proyecto durante 3 años llenos de risas y sinsabores, nos dejan libres y volamos irremediablemente hacia paraderos insospechados. Lanzados a un futuro que no conocemos pero que nos hará más difícil el seguir unidos.
¿Pesimista? Puede. Pero ahora cabeza alta, que aún hay mucho que hacer y grandes momentos por viir.

lunes, 16 de febrero de 2009

El Síndrome de Peter Pan (II)

Conforme más mayor me hago, más entiendo a aquellos que se estancan en la juventud a pesar de que su nómina de años no para de crecer. Y es que yo, el tranquilo, el silencioso, el discreto, el cortés, me estoy volviendo un poco todo aquello que no fui.

Con el tiempo me voy rodeando de gente que me demuestra que lo mejor está por venir. Y eso me sume en una desconcertante esperanza. Por un lado, tengo mis agobios del fin de carrera, mis cabreos porque saco menos nota de la que sé que puedo sacar y mis pensamientos sobre lo que será de mí dentro de 5 meses; y por otro, me rondan la cabeza extraños devaneos, distracciones, seducciones en las que es fácil caer y que no me molesto en evitar.

Y parándome a pensar, es cuando me doy cuenta de que todos a nuestra manera, huimos del aburrimiento como podemos. Lo mismo nos apuntamos a una piscina, aunque los que nos acompañen sean abuelitos, y nos empeñamos en dar la vuelta al terminar los largos como esos nadadores olímpicos que parecen auténticos delfines. Lo mismo nos compramos una tabla de surf y soñamos con, algún día, poder clavar nuestra madera en las blancas arenas de Santa Mónica. Lo mismo nos embarcamos en un grupo de rock que no sabemos por dónde saldrá, o nos atrevemos a ser actores si es nuestro sueño, o soñamos con viajes lejanos sin saber lo que nos depara ni cómo nos mantendremos, sea en Buenos Aires, Bruselas, Dublín o Barcelona.


Todas esas ideas que parecen locuras, son las que aunque no me he dado cuenta, me han mantenido vivo. Y son esas ideas que nos hacen creer que podemos ser surferos, nadadores, actores, músicos de rock o viajeros sin rumbo, las que me sumen en esa esperanza alucinante.

He cambiado el silencio por las palabras, la prudencia por la risa, la vergüenza por el desparpajo, la cortesía por el cariño y la tranquilidad por la actividad. Si quiero algo, nadie me lo va a regalar, así que, manos a la obra. Puedo ser lo que quiera, siempre que no me rinda por el camino. Ese es el secreto de la juventud. El joven no es un rebelde, es sólo un soñador que no olvida lo que quiere cuando abre los ojos y salta de la cama. Y encima tengo la suerte de rodearme de soñadores sin descanso que usan su sonrisa como la mejor arma para el desánimo. Y creedme, funciona.

De nuevo, la culpa de todo esto lo tienen aquellos que me compraron un billete a la aventura. En su momento les eché la bronca y quise no montarme en el avión, pero ya tengo un pie dentro. Como dije al principio de este curso, quiero cambiar para mejor, poco a poco. Dejar esta actitud siempre a la defensiva. Todo lo que escondo, abierto de par en par…le duela a quien le duela.

*A la bañista, el surfista, el actor y la trotamundos

lunes, 2 de febrero de 2009

Las lágrimas del campeón

Ayer me levanté temprano para ver lo que llevaba esperando toda la semana: la final del Open de Australia. Ya me había perdido el impresionante partido entre Nadal y Verdasco porque estaba en la biblioteca estudiando, y no quería dejar pasar la ocasión de ver al manacorí enfrentarse de nuevo al genio suizo de Roger Federer.

Casi 5 horas entre partido y entrega de premios, una final ajustada, decidida en un trepidante quinto set (a pesar de lo emocionante que había sido el cuarto). Una mañana (una noche allí en Melbourne) en la que las antípodas se rindieron al deporte de la raqueta en el primer Gran Slam de la temporada.

Todo fuerza, gritos, emoción y adrenalina. Llega la entrega de premios, y Federer, que ya sabía su derrota ante Nadal, se aproxima a recoger su bandeja de plata de manos de Rod Laver, la leyenda que da nombre al pabellón en el que se disputa el torneo. Se acerca al micrófono entre aplausos y se dispone a hablar... pero no puede. Tiene el corazón encogido y por los altavoces sólo se oye una respiración angustiosa. El suizo reprime las lágrimas mientras dice quedamente que Rafa se merecía ganar. Una lágrima traicionera le resbala por la mejilla ante los ojos del planeta, y se dice a sí mismo "that's killing me". A continuación se retrae, y sin que nadie lo espere, empieza a sollozar mientras se aleja del micrófono. Nadal de fondo aprieta los labios y mira al cielo. Sabe que si Federer llora, él llorará también.


El tenista español ha roto su sueño de igualar el récord de 14 grandes torneos de Pete Sampras. La presión de ser el mejor del mundo ha estado coartando a Federer durante toda la final, y ahora rompe a llorar. Rafa pasa ante él para recoger el premio, y le da una palmadita en el estómago: tiene la cara desencajada.

Nadal se acerca al micro ya con la copa argentada en las manos y agradece el premio, mientras no deja de mirar a su compañero, a su amigo Roger. Y sus palabras lo dicen todo: "Lo siento mucho. Pero no te preocupes, no se acaba aquí. Superarás el récord de Sampras, porque eres el mejor tenista de la Historia". El Rod Laver Arena se viene abajo, y a mí, sentado en mi sofá, después de tanta emoción contenida, se me escapa un suspiro. Acabo de descifrar la grandeza del deporte.



Nadal vuelve a su sitio, con la copa, y abraza a Federer con ternura. Apoya su cabeza contra la del suizo, y el número 2 del mundo sonríe. Tantas finales enfrentándose, y la humanidad y el cariño están por encima de todo. Los torneos, las medallas, los títulos, no valen de nada si detrás no hay momentos como estos. Quizá estoy descubriendo más de lo que esperaba al enfrentarme a mi bestia negra.

Los tenistas saben que en la final de ayer daba igual quien ganara. Son tan grandes los que se enfrentaron en Australia, que el resultado no importaba tanto como el camino recorrido. Ahora a esperar la siguiente ronda de la Davis, y luego Roland Garros. Me parece que la bestia me está ganando la partida...