
Pocas veces me sucede, pero cuando pasa es como una espinita que se clava en el corazón. Ayer me enteraba de la noticia, el padre del optimismo sencillo, el poeta sudamericano Mario Benedetti, nos dejaba para subir al Parnaso.
Gracias a mi profesor de literatura, Miguel Guerrero (un amante de los versos al que le cortaron las alas, desencantado con el mundo desagradecido y banal que había relegado la literatura a un rincón del plan de estudios), lo descubrí. Mi profesor solía colgar cada semana en el corcho de la clase un poema de un escritor (le encantaba la poesía del siglo XX), y allí lo dejaba para que fuésemos nosotros los que lo leyéramos en el momento que quisiéramos. Y un día fue un poema del gran Mario. Recuerdo que era No te salves, una prodigiosa retahíla de versos que llamaban a no quedarse inmóviles ante este mundo que puede tragarnos en cualquier momento. Aquel poema se convirtió desde entonces en mi favorito, y suelo releerlo muy a menudo para recordarme que no puedo pararme y adormecerme al borde del camino.
Ayer se fue aquel que me ascendió un estadio en mi concepción de la literatura, aquel que me abrió las puertas de la poesía (grande) sudamericana. Es del único que poseo varios libros, y al único que regreso cuando el día me puede y, antes de dormir, necesito la palmadita en el hombro.
Quién hubiese pasado cinco horas con Mario... ahora sólo nos queda su obra, tremenda, grandiosa, sencilla como una hoja de papel en blanco pero poderosa, clamorosa, un enorme canto a la vida, una epopeya al optimismo más inocente. Aquí os dejo el No te salves, aquel poema que me cambió. Buenas noches, Don Mario.
No te quedes inmóvil
al borde del camino
no congeles el júbilo
no quieras con desgana
no te salves ahora
ni nunca
no te salves
no te llenes de calma
no reserves del mundo
sólo un rincón tranquilo
no dejes caer los párpados
pesados como juicios
no te quedes sin labios
no te duermas sin sueño
no te pienses sin sangre
no te juzgues sin tiempo
pero si
pese a todo
no puedes evitarlo
y congelas el júbilo
y quieres con desgana
y te salvas ahora
y te llenas de calma
y reservas del mundo
sólo un rincón tranquilo
y dejas caer los párpados
pesados como juicios
y te secas sin labios
y te duermes sin sueño
y te piensas sin sangre
y te juzgas sin tiempo
y te quedas inmóvil
al borde del camino
y te salvas
entonces
no te quedes conmigo.