miércoles, 2 de julio de 2014

Testamento de verano

¿Cuántas etapas hemos cerrado y cuántas nuevas abierto? Pienso que cada vez usamos más aquello de cerrar una etapa y abrir un tiempo nuevo, y no sé si con ello somos mejores o le damos un espaldarazo a lo invertido y vivido, aunque haya salido mal.

De vez en cuando nos gusta aquello de sentir que volvemos a tener el control, y por eso nos gusta demasiado eso de recordar a todos que acabamos de cerrar una puerta. Porque Puedo. Porque quiero. Porque creo que ya era hora. Pero no te olvides de abrir la ventana, y de asegurarte de que lo que hay al otro lado es lo que quieres antes de colarte por ella.

A veces pienso si esto no va de puertas y de ventanas. Esto es una sola habitación, con muchas puertas y ventanas. Ninguna abierta de par en par pero tampoco cerrada con llave. Habrá gente que entre sin llamar y puede que se queden contigo, otras veces saldrán por la puerta, quieras tú o no. Entrarán problemas y entrará el dolor, porque quizá el dolor nunca se va de la habitación: duerme tras las paredes esperando verte caer.

Pero siempre se nos olvida entonces mirar al cielo. No en vano las lámparas más luminosas se cuelgan del techo, porque la luz siempre está arriba, esperando que la miremos para deslumbrarnos y dar claridad. La esperanza vive allá arriba, donde viven las estrellas y el sol, y cuando el dolor sale de las paredes, cuando la fatiga se filtra por el suelo, cuando la mediocridad nos cubre con un manto... Siempre está la luz.

Y esa luz se escapa también por las rendijas de las mismas puertas por las que entran los problemas, y se asoma a los alféizares de las ventanas de las decepciones, esperando darte un destello. No sé si una vez más decir que cerramos otra puerta, no sé si decir que se abre otra ventana, un tragaluz, una escotilla o un boquete en la pared mismo. Quizá esto no va de ventanas y de puertas, quizá esto va de vientos que entran y salen en esa habitación, de luz y de voces amigas y enemigas que vienen a torpedearte la cabeza y el corazón, para hacerte más fuerte o hacer que te derrumbes.

Puedes cambiar la decoración, abrir y cerrar ventanas a tu antojo, colocarte donde quieras, pero este es el espacio que tienes para sacarle el mayor partido posible. Y no olvides que hay estrellas allá arriba, y canciones que se cuelan por la ventana desde la planta de abajo. Que hay personas que entran a tomar un café, otras que pasan a dejarte un regalo inesperado y otras que vienen a arroparte cuando estás tan absorto en tu día a día que ni siquiera te das cuenta que tienes frío. Y que el frío duele.

A veces se nos olvida que respirar hondo es en sí una maravilla. O compartir una canción, o pasear escuchando el rumor de la ciudad, o picotear de un plato. Y se nos olvida que en esas cosas se nos va escapando la vida, y que cuando llegue la noche y nos paremos a pensar, abatidos, si el día ha merecido la pena... No nos acordaremos de los folios escritos, ni las labores hechas como una máquina, ni los correos enviados. Nos acordaremos de esas pequeñas cosas, y pensaremos cuál es la siguiente que queremos hacer. Y nos rendiremos al sueño... Y al despertar, a la mañana siguiente, tendremos la opción de decidir si queremos seguir abriendo puertas, cerrando ventanas, quedarnos sentados, construyendo en seco los muros de una vida que no sabemos siquiera si queremos vivir... O si, por otra parte, queremos vivir en cada una de esas pequeñas cosas, sin trazar caminos aburridos ni sentar cátedra, solo vivirlas y llenarnos poco a poco. Y peldaño a peldaño, ir trazando un mapa de pequeños momentos que puedan llevarnos a esa sonrisa que se escapa cuando el cansancio aprieta y la noche te gana en la batalla por seguir despierto.

viernes, 11 de abril de 2014

Tiempo

"No tengo tiempo" y "no puedo" creo que son frases que digo, al menos, una vez al día. Eso demuestra lo triste que quiero hacer mi vida, que no es que no me de cuenta, es que me cavo el hoyo yo solito.

Últimamente, justo después de decir esa frase, me paro a pensar si realmente no tengo tiempo. Si realmente no podría haber sacado un hueco, si no podría haber dejado de lado algo accesorio para dedicarle media hora a algo realmente importante.

El problema, como siempre, es tener una pirámide de prioridades equivocada. Hay veces que me enfrasco en el trabajo, que a ti también te pasa. Y a ti. Y a ti. Ninguno creo que seamos totalmente inocentes de no haber colocado como escudo ante situaciones la excusa del trabajo.

Trabajar está bien, pero a veces nos ocupamos con cosas que nos dan pocas satisfacciones pero que nos ocupan mucho tiempo. El tiempo ha vuelto. Lo importante es ocupar el tiempo, porque con tiempo pensamos, y con tiempo afrontamos la vida, y nos arriesgamos y tenemos tiempo para comprometernos y para luchar por lo imposible.

Pero sin tiempo, todo pasa. Se nos quedan atrás los riesgos, los encontronazos, las discusiones, las meteduras de pata.... pero también las oportunidades, las alegrías, las cosas nuevas, las conversaciones y las nuevas estampas que nos vuelven a enamorar de la ciudad.

Realmente creo que sí tengo tiempo. Tiempo para recorrer la ciudad en bici, para escuchar música sin estar tecleando al mismo tiempo, tiempo para reír y para acompañar a un amigo a un 'mandao', tiempo para decirte que te quiero.

Y será porque ahora hay gente que no tiene tiempo para mí que pienso que todo esto es absurdo. Porque, como hoy he dicho al dejar una colaboración con una revista, da igual el dinero que no haya ganado durante este tiempo... Lo que nadie me devolverá es el tiempo que he invertido en esto, ese tiempo en el que probablemente me perdí muchas cosas y dejé escapar a gente que quizá ahora se hayan ido para siempre.

Si no tengo tiempo, no tengo vida. Porque no hay risas, ni experiencias nuevas, ni nuevos ojos de lo que enamorarte, ni conversaciones en las que escuchas frases que nunca pensaste escuchar, ni paseos tranquilos viendo que lo que hay a tu alrededor es un milagro. Si no hay tiempo para hacer lo que realmente te llena el alma y no el bolsillo... ¿Vale la pena esta vida? ¿Vale la pena dejar que pasen los días sin tener ninguna historia que contar que no sea de trabajo?

El tiempo está ahí, y quizá haya que vivirlo como un torero. Como ese hombre que se mira al espejo mientras reza, traje de luces puesto, antes de salir a luchar con la muerte a la plaza. Quizá haya que dejar el traje gris y ponerse un traje de luces brillantes que digan que soy feliz y que quiero ser feliz contigo, salir al ruedo y ponerse la vida por montera, enfrentarse a la bestia que venga con bravura y lidiar capote en mano las tempestades que puedan venir, apoyarte en tus compañeros -que son tu familia- porque ellos han bajado contigo a ese infierno de arena aún sabiendo que por salvarte pueden quedarse en el ruedo... y mirar al toro, a ese destino extraño que siempre es cambiante e inesperado, a los ojos. Sin miedo, con tiempo para disfrutar de las alabanzas que vengan desde el tendido y de la música que hace de esta vida más hermosa. Con tiempo para coger al toro por los cuernos, con tiempo para preparar el siguiente paso y para saber reaccionar rápido ante los contratiempos. 

Pero sobre todo con tiempo para disfrutar de todo, de los detalles y de lo que encierra una tremenda grandeza, con tiempo para un 'tú' que ya es un 'nosotros', con tiempo para echar de menos a esas luces del mundo discretas que se esconden donde menos te lo esperas. Las que, como Dios en las casualidades, quieren pasar desapercibidos. Y dejar tiempo para dejarte sorprender, porque en cada esquina de la ciudad, de la pantalla del ordenador, en cada mensaje, espera un milagro.

Y si no tienes tiempo para ver los milagros, los prodigios, la emoción... ¿cómo vas a poder defender la alegría cuando tú ni siquiera tienes tiempo de buscarla?

lunes, 31 de marzo de 2014

Costalero

"¿Qué es lo que se siente cuando vas ahí debajo?", fue una de las preguntas que hice cuando vi que se acercaba el día. Una vez memorizados los consejos, la técnica y la posición, solo quedaba la gran pregunta: ¿Qué es ser costalero?.

Lo que viví ayer debajo de esa estructura cargada de vigas del palio de la Merced no sé si puedo describirlo con palabras. No sé si hay palabras exactas para poder llevaros allí debajo, para que podáis sentir lo que es el dolor, la concentración extrema, el miedo... y a la vez la gloria. La gloria de compartir, sobre todo, algo que es importante para los que quieres, acompañarlos y entenderlos, eliminar de tu mente los prejuicios que hayas podido construirte y vivir. Solo vivir.

Claro que hay costaleros y costaleros, pero igual que hay nazarenos y nazarenos... Igual que hay de todo en todas partes. Pero, ¿qué sentido tiene para nosotros ser costalero sin sentir algo más, sin creer en que lo que llevamos arriba es Camino, Verdad y Vida? Este fin de semana, a pesar de que fuera solo un ensayo, me ha servido para entender. Entender que lo que mueve al que carga en su cuello la devoción de un pueblo entero es algo que no es de este mundo... Y por eso la fuerza que los mantiene ahí abajo no es la física, sino la fuerza de una creencia en algo que no podemos tan ni siquiera comprender.

El palio de la Merced, en este caso, encierra un misterio indescifrable. El del poder cuando ya no puedes, cuando crees que no hay fuerza para levantar ese peso. Qué escalofrío pensar que por unas horas mueves por las calles la fe, el amor y la esperanza para llevarla a aquellos que se sienten agotados por un mundo que no para de ponerle duras pruebas. Lo que sucede allí debajo, en las bodegas de la Semana Santa, es algo que solo puede explicarse desde allí abajo.No hay adjetivos que pueda ponerle a algo que es dolor, pasión y diría que hasta una forma de vivir.

Qué penitencia añadida además la de, como el nazareno de silencio, no poder ver lo que sucede más allá de los faldones. Igual que el nazareno que no puede volverse para ver al Gran Poder porque se lo impiden sus reglas, tampoco puede el costalero ver a Dios o a su madre caminar, porque solo son sus pies, y su espalda, y su cabeza impulsada por no se sabe bien qué luz de otro mundo, los que consiguen que cada primavera se vuelva a hacer posible la maravilla. La maravilla de un Dios que, como recogen los Evangelios, va en busca de aquel que no puede o no sabe encontrarlo.

No creo que Dios vaya solo más allá de la canastilla, allí arriba. Creo que Dios va derramado en haces de luz por todo el cortejo, engarzado como un alfiler en la filigrana de una mantilla, y creo que Dios va como un destello en las piernas y en las espaldas de aquellos caminantes misteriosos que se esconden tras los respiraderos. Dios dijo "coge tu cruz y sígueme", y el costalero se echó el madero al cuello.

Por supuesto, como digo siempre: no es tan importante lo que vives como con quién lo compartes. Y allí estuvo la familia de Granada, apoyando, pendiente del que se estrenaba, atenta y arropando al que no tenía ninguna experiencia, dando el calor suficiente para eliminar los miedos y sembrar la confianza. Y el costalero nuevo se sintió más fuerte que nunca, en un mar de costales desconocidos, entendiendo los porqués y los cómos de una particular visión de esta semana de gloria que nunca imaginó vivir.

Desde allí abajo no eres consciente del tiempo y tampoco del espacio. No hay distracciones porque la calle no existe, solo el frío adoquín que marca el camino a seguir. Sé que esto es un punto y aparte. Sé que después de este domingo de emoción insostenible, inexplicable; hay un cambio radical en la manera de ver la fiesta y el dolor, la vida y la muerte, la cruz que conduce siempre a la vida y no a la muerte.

Gracias a todos los que con su voz, con su costal, con sus indicaciones, con su interés por saber cómo estaba, hicieron de la mañana de ayer una experiencia religiosa. Creo que ayer, desde allí abajo, entendí que hay otro camino que lleva hasta los cielos, un camino de sufrimiento pero también de corazones llenos, como la vida misma, pero resumida en una chicotá.

Me empeño en buscar a Dios cada Semana Santa, qué cosas, en nuevos matices de la fiesta. Creo que en eso consiste, en parte, esta semana. En reencontrarse con la luz y en hacerla tuya de nuevo. Me han echado una mano para llegar hasta la trabajadera y nunca en la vida podré agradecer lo suficiente que me hayan llevado hasta ella. Una nueva manera de entender el alfa y el omega, el comienzo y el fin, la verdad, la gloria y la penitencia.

A pesar de lo que muchos puedan pensar, puedo decir que allí abajo está Dios. Escondido, sudoroso y doliente, con los que cargan con la devoción de nuestras ciudades y la llevan a la ciudad de nuevo. Con los que consiguen que Dios, más que nunca, esté en las calles y en las plazas, camuflado de gloria barroca y de bordado. Todos los costaleros que van allí debajo no lo ven igual, pero sé que los que me llevaron a mí allí y los que me acompañaron en el camino sí. Y ahora sé que hay algo más, que hay una manera de vivir y de sentir, de creer sin ver, de sentir tranquilidad aunque el yugo se pose en el cuello, de encontrar la paz en medio del dolor. Sé que hay Dios y que cada costal lleva colgados unos sufrimientos y unas razones para estar allí. Y que, con todo eso, soportan el dolor. El mismo dolor del mundo que lleva el nazareno en sus pies descalzo y el saetero en su garganta destrozada por la noche de abril. El dolor como camino para alcanzar una gloria que ahora sé que está en cada golpe de martillo, como una llamada a recordarnos que esta fiesta sufriente es el camino tortuoso más hermoso para llegar al Paraíso.

lunes, 10 de febrero de 2014

Sal

Dicen que una pizca de sal en un buen dulce no solo no es una locura, sino que, por ejemplo, potencia el sabor del chocolate. Su efecto es incluso más poderoso en las recetas dulces que en las que llevan ya sal de por sí, como pueden ser pescados y carnes. La sal siempre potencia, aunque es inapreciable a simple vista. No puedes saber si algo lleva esos granos de mar hasta que lo pruebas.También la sal tiene el poder de arruinar cualquier plato si aparece en una cantidad exagerada.

Pues bien, en este mundo todos llevamos algo de sal dentro. Y, al mismo tiempo, nuestras relaciones son como esos alimentos que hay que potenciar con una pizca de esos cristales. En este mundo encuentras gente que te potencia, que sabe sacar lo mejor de tu "sabor" propio, el que has tenido siempre, tus puntos fuertes. Y luego hay otra gente que pretenden salar a toda costa, inundar de su condimento todo lo que tienen alrededor, aniquilando el sabor ajeno a golpe de su sabor autoritario.

Siempre he pensado que hay gente que no sabe ver ese sabor ajeno, y por eso prefiere inundarlo todo salando a conciencia. Como las sales minerales son gérmen de fertilidad en la tierra en la que crecen los frutales, también la sal es la perdición del náufrago, que a falta de agua dulce, bebe la salada y muere de deshidratación por beber agua precisamente. Maldita paradoja.

Quiero gente que ponga sal en mis conversaciones, que ponga sal en las cosas que hago, que me mejoren y me hagan crecer. No quiero a aquellos que piensan que su sal es el único sabor auténtico, aquellos que aniquilan el sabor ajeno, tan personal, de cada uno. Quiero a aquellos que me hagan grande, y no a aquellos que me hagan invisible.

Si tienes una única manera de comprender las cosas, si crees que tu forma de ver la vida es la única posible, entonces, como decía Benedetti, no te quedes conmigo. Quiero que seas no la sal que sala, sino la que adereza, la que despierta lo que hay en mí y lo lleva a un nivel superior. Si vas a imponerte, no te acerques, inténtalo con otro. Si vas a arrancar lo sembrado para sembrar lo que tú quieres, busca otras tierras.

Me cansan las fórmulas mágicas, las soluciones perfectas para cada movimiento, que sé que no existen... Me cansan los salvadores y los que te miran como a una barca varada en el océano. Creo que debe haber un lugar mejor, una red de personas en la que impere la concordia por encima del pisotón, en la que predomine la mano tendida antes que la mano que esclaviza.

Sé que hay gente que potencia tu sabor, porque la he conocido. Lo que no entiendo es esa otra gente, que siempre está esperando en el camino, dispuesta a salar sin medida. Yo intento ver lo bueno en las personas y potenciarlo, aunque no siempre me salga. Aprended a cuidar vuestra influencia y medid de vez en cuando, que no es tanto pedir, que ningún derroche es bueno, y un plato salado es un plato arruinado.

lunes, 30 de diciembre de 2013

Defender la alegría

Permítanme que coja este título del poema de Mario Benedetti, el poeta de la alegría, porque en él está todo aquello que quiero poner en mi carta de los Reyes Magos de este año. Quiero defender la alegría, aquella de las cosas que construyen el currículum emocional, el que realmente importa, el que te hace más grande por dentro, el que reviste tus mediocridades de auténticas joyas sin pulir. Déjenme defender la alegría.

Defenderme a mí mismo de mis inseguridades. Que sí, que soy inseguro, que soy un mar de dudas, un edificio a punto de derrumbarse. Un rascacielos construido con cimientos de barro, que lucha por mantenerse erguido y decente. Déjenme defenderme de mi poca confianza en mí mismo, de lo que me pesan los fracasos y lo poco que me dura el entusiasmo de los triunfos.

Déjenme que me olvide de pensar tanto y empezar a vivir más. Déjenme mirar al mañana sin miedo y vivir el presente sin tener que mirar a ese mañana. Déjenme que les aconseje, aunque esos consejos no los aplique yo mismo, y grítenme sin tapujos, y échenme en cara que no cumplo esos consejos que vendo.

Déjenme que quiera cambiar, y abrirme la camisa y quitarme la chaqueta, y dejar que el viento me dé un escalofrío en el pecho, y que viva más sencillo, más claro, más alegre. Déjenme que defienda la alegría que me provocan las cosas pequeñas. Que defienda y se me salten las lágrimas con aquellos que dicen no cantar y luego te sacan las lágrimas con una canción cantada en voz baja, cuando creen que nadie los ve. Déjenme que llore: que renuncio a mil discografías cantadas a la perfección por una sola frase cantada con el corazón, que me recuerda los porqués verdaderos que me hicieron enamorarme de la música.

Déjenme que me abra, déjenme que les cuente aquello que quizá no les importa pero que yo quiero compartir. No se asusten si les pregunto a veces directamente lo que piensan o sienten, pero la profesión va por dentro, y tienen el derecho de no contestarme, pero tengan por seguro que no dejaré de insistir, y que cada respuesta que me deje intranquilo el corazón será una pequeña herida abierta que llevaré conmigo.

Déjenme que deje de pensar en lo que debería ser y piense más en lo que quiero que sea. Permítanme que escuche un poco menos a la cabeza y más al corazón, que tenga miedo. Porque el que siente miedo y el que sufre... pues es porque ha querido jugar, ha querido arriesgar y ha creído que podía ganar. No me hablen de distancias irreconciliables, ni me digan que los amigos son los que viven en el piso de al lado, ni me digan qué música escuchar, no me digan nunca que eso es así porque "ha sido así siempre", no me vengan con desconfianzas y no se vistan de hipócritas cuando se pongan ante mí. Déjenme ser yo, que no es poco.

Déjenme defender las charlas a la hora de la siesta, las nuevas tradiciones que a veces pueden ser simplemente compartir el momento de lavarte los dientes, déjenme ser borde pero atícenme con la misma fuerza para que me dé cuenta de lo que duele, déjenme que defienda mis inseguridades y que tenga miedo, déjenme soñar y anímenme a intentarlo una y otra vez hasta caer rendido -porque necesito que me recuerden que nunca he de dejar de luchar-, déjenme que cante aunque no tenga buena voz, déjenme que les abrace y les busque cuando necesite de sus palabras... Déjenme que les diga 'Te quiero', porque no es una frase que diga si no la siento de verdad.

Déjenme intentar cambiar, aunque luego no me salga. Déjenme soñar, que lo de ser soñador lo llevo bien. Y déjenme defender la alegría que me hace añicos por dentro, la que quiere poner luz en cada oscuro sótano de mi interior. Esa que quiere cargarse a golpe de recuerdos y vivencias cada una de las partes tenebrosas que hay en mí. Déjenme que me quede con una mañana con los ojos llenos de legañas en coche para ir a la estación, con une verborrea inagotable la noche de Nochebuena, con aquellos que se menosprecian cuando están cambiando sin saberlo la vida de la gente, con las noches entre pucheros y peroles, con el silencio de un campo en el que ni hay datos ni cobertura, con los que te meten un puro en el bolsillo como regalo antes de partir... Déjenme que me quede con la alegría, ahora que ha vuelto a mi vida.

Y ayudadme, vosotros mis mosqueteros, porque movéis los engranajes oxidados del corazón para volver a poner en marcha la máquina... Sin vosotros soy peor, mucho peor. Y con vosotros soy un candil que ilumina y no se apaga, un farol que alumbra la noche más oscura cuando bebe de ese carburante que me dais en esas ciudades donde habitan los sueños. Prometo no defraudaros, como vosotros nunca me defraudásteis cuando me miré en vosotros para descubrirme a mí mismo. La alegría la aprendí de vosotros, y cuando os falte... yo os regalo un poco de la mía.

miércoles, 16 de octubre de 2013

El confesionario más grande del mundo

Recuerdo cuando pensaba que no te enterabas de nada... que estabas empanaíllo, y que tampoco se podía hacer mucho por solucionarlo. Pero a ver si va a resultar que el que no se entera de nada soy yo. O que estamos igual de empanaos... Quién sabe.

Hace un mes ya casi que estuviste por aquí. Volviste a Sevilla, volviste a tu centro, a tus calles estrechas, a tus capillas abiertas de barroco deslumbrante, a tus naranjos ya sin flor y a tus paseos, esos que he aprendido de ti que sirven para pensar y para arreglar todo lo que creemos que no tiene solución. Y llegó la tarde de agotamiento tras el paseo intenso, y cada uno regresaba ya. Y volvimos a quedarnos allí solos y volvimos a coger aquella calle de mi conservatorio para enfilar el camino hacia una plaza eterna.

Y veníamos hablando de nuestras cosas, tú más que yo, que a mí me cuesta soltarme, ya sabes... Y sin darme cuenta entramos en la basílica. Creía que íbamos a cortar la conversación, pero seguiste. Yo miraba al altar, pensando cuando cortarías, pero no lo hiciste. De hecho nos sentamos en el primer banco del lateral, y miraba alrededor para ver si no estaríamos importunando a los que estaban allí para rezar.

Y al rato me dijiste que te gustaba hablar las cosas allí, porque sentías que no solo te escuchaba yo, sino también el que todo lo puede. Y entonces miré alrededor y me percaté de algo nuevo, algo que había estado allí siempre probablemente pero en lo que yo no había caído: a nuestro alrededor la gente estaba hablando como tú y yo. Allí no había el silencio sepulcral de otras capillas, ni nadie lo echaba de menos.

La gente hablaba, pero como nos han dicho tantas veces... Hablaban con los cielos a través de los ojos de los que tenemos alrededor. Y entonces entendí que aquello era realmente lo más natural: hablarle a Dios a través de la gente que tenemos cerca. Y quizá por eso la gente iba a la basílica, aunque tuvieran muchas iglesias que estuvieran más cerca de sus casas. Porque aquello es el confesionario más grande del mundo, en el que no se va a pegarse golpes en el pecho, sino a hablar con el que tenemos al lado siempre. Porque en ese que tenemos tan cerquita también está Dios.

Muchas veces pienso si la Semana Santa no es más que ornamento, si no hemos olvidado lo sustancial para dar paso a raudales al espectáculo. Pero entonces vuelvo aquí, a esta basílica que antes no me decía nada, y vuelvo contigo, y todo cambia. Y quién sabe si en el banco de atrás hay reconciliándose un padre y un hijo, o en el atrio una pareja intenta solucionar sus problemas ante el altar del Señor de Sevilla, o si en el camarín dos mujeres mayores comentan las tristezas de sus hijos que no encuentran trabajo y que a ellas no les dejan dormir... Aquí se habla con Dios a través del hermano, y el que escucha guarda silencio y comparte, escucha y responde, porque aquí parece que hay una fuerza que te ilumina.

Y por eso creo que aquí el que no se entera de nada soy yo... Y qué gusto da descubrir cosas nuevas de gente que tiene menos recorrido que tú.. O al menos, menos años vividos. Que la edad no siempre significa que tu maleta esté más llena. Y me quedo con aquel momento de aquel fin de semana, contigo y con cada palabra, porque creo que a veces esa conversación con Dios no está necesariamente en las oraciones o en las vigilias, sino en el banco del parque, en el ascensor, en esta iglesia en la que me parecía que no había respeto... pero lo que no había era muros ni trabas entre el cielo y la tierra. Bajo la cúpula blanca de la basílica solo hubo aquella tarde almas que se desnudaban, que se dejaban herir a quemarropa porque no había nada que esconder. Allí sentí que todo aquello debía ser la verdad, la sencillez, y la sinceridad; la naturalidad, la mejor forma de hacerlo, la más lógica y la más fácil. Y entonces entendí qué quería decir aquel hombre de Nazaret cuando dijo aquella tarde, como una sentencia irrefutable que desprende una luz cegadora, que él era el camino, la verdad y la vida.

martes, 30 de julio de 2013

Crecer bajo la espadaña

¿Qué vigilas tú desde allá en lo alto? ¿Qué secreto guardas, espadaña del Monasterio del Espino? ¿Cuántas vidas has visto pasar por debajo de tus campanas, cuántas lágrimas has visto verterse sobre la madera de tu iglesia? ¿Qué historias guardas entre tus piedras? Has visto tanto que ya solo te queda repicar. Cada vez que suenan tus campanas eres un pregonero que proclama que ha vuelto a cerrarse el círculo, que vuelve a girar la rueda de los deseos, que nuestras vidas vuelven a dejarse seducir por la vorágine de lo que sucede a tus pies.

Los que hemos estado a tu amparo, espadaña, tenemos los mismos nombres que hace unos años... pero ya no somos los mismos. Nos has ido cincelando con el tañer de tus campanas como aquel maestro que con la gubia talla en la madera unos ojos vivos. Y en ese proceso de creación a las órdenes del Creador has construído dentro de nosotros un templo sencillo. Algunos tenemos en las paredes pinturas barrocas, otros grandes ventanales cubiertos de coloridas vidrieras, otros tienen cálidos suelos de madera y otros techos altos y desnudos. Pero cada uno tiene su templo, ese que has ido ayudando a levantar poco a poco, como una obra maestra consagrada a la creación de un mundo más humano.

Qué magia la tuya... Nos has visto congraciarnos y superar nuestros miedos, pasar por encima de nuestros rencores para festejar la felicidad del hermano, ese que vive en la calle que lleva el nombre de la ciudad más hermosa que han visto los tiempos. Ese que un año más ha compartido contigo la misión, como muchos otros. Porque sabes reconciliar lo que parecía imposible, sabes calmar la tormenta, sofocar la inundación, poner orden de nuevo y volver a transformarnos en una familia. Incorporando a los nuevos miembros que van llegando y que abren la puerta para que entre el aire fresco, aquellos que vienen de la mano de tu hermano y que se transforman en personas importantes para ti.

Que tú has visto desde allá arriba cómo llora ante la cruz el soberbio y has sonreído cuando una hermana escucha emocionada cantar a su hermano guitarra en mano con el crucificado presente. Tras tus muros se alojan las historias de dolor en las que ya no hay lágrimas, sino vida. Esa vida que regalas a borbotones para todo aquel que acepta el reto de pasar bajo tus campanas y arrodillarse ante la virgen gótica. Tras tus muros me has permitido ver a mis hermanos hacerse hombres y mujeres llenos de dones y olvidarme de las diferencias de edad hasta el punto de no importarme.

Has visto el abrazo hermoso y espontáneo entre palabras de paz y has sido testigo del llanto contenido cuando suena una canción que trae recuerdos dolorosos y que el oído aún no ha tenido tiempo para transformar en algo bello de nuevo. Desde tu altura has visto partir a la comitiva camino del Sobrón y los has acogido de nuevo al llegar reventados a casa, hechos peazos, como un vigía que no quiere descuidar al que está a su cargo. Has visto al que cree sin ver y al que apoya al que no ve para que los demás puedan caminar. Qué ejemplo de hermandad habéis dado, Granada...

Dios hecho espadaña, tu piedra es demasiado fría como para que te haga caso. Demasiado inmóvil, demasiado dura. Para hablarme de la gloria te revistes de carne y de pupila viva, te encarnas en abrazo y en beso, en palabra que sale del corazón mientras la voz lucha por no transformarse en quebranto. Tienes tantos nombres que me da vértigo: Clara, Ana, Pablo, Juanfer, Jorge, Quique, Jesús, Marta, Joaquín, Cayetana, Ángel, María, Lourdes, Laureano, Javi, David, Jose, Carlos, Carolina, Íñigo, Rafa... Tantos nombres en los que esconderte, como un juego, para hacer un año más que tu palabra sea cercana, que vaya directa al corazón como un dardo.

¡Que han vuelto a abrirnos las puertas de la gloria! ¡Que ya está aquí de nuevo la esperanza! Con lo que te gusta pasar desapercibido, has encontrado en la ilusión de esta juventud tu escondite perfecto. Los has hecho fuertes para soportar el dolor de la muerte, tiernos para consolar al que pierde al ser querido, valientes para buscar su felicidad a pesar de las barreras, despiertos para asimilar tu palabra como una forma de vida, soñadores para creer que un mundo mejor y más justo es posible, risueños para reír y abrazar sin tener que buscar motivos de peso, desprendidos para amar a aquellos con los que convive... Porque de eso iba esto este año: de Con_Vivir. Vivirlo todo como una gran familia, que somos uno, más allá de esa estúpida burbuja que superamos el año pasado contra todo pronóstico. Que esto empieza ahora, cuando arranca el reto de vivir en esa búsqueda de la felicidad todo el año, sin importar los kilómetros que nos separan.

La espadaña se pierde en el horizonte pero el sonido de las campanas se lleva en el corazón, bordado como un salmo que nos recuerda como un toque de queda que es hora de despertar. Un año más, me vuelvo con el corazón lleno de gracias y de frases, el pecho cálido de abrazos y la mandíbula dolorida de sonreír. Si el objetivo de este espino era hacernos sentir más vivos que nunca, el objetivo se ha superado con creces. Ahora comienza la vida real, y tenemos fuerzas para comérnosla a dentelladas, como esa fruta a media mañana o de madrugada que ayudaba a pasar el tiempo. El reloj vuelve a tocar la medianoche. Doce campanas suenan y doce meses comienzan la cuenta atrás para demostrar que todo esto tiene sentido más allá del monasterio. Y que Dios sigue presente en esa ristra de nombres de arriba. Porque la verdadera comunidad se queda unida, se demuestra en el día a día, en esa hermandad tan real como la de sangre que hemos implantado a golpe de cruz redentorista en el pecho. Empieza de nuevo el reto: tenemos un año para seguir siendo hermanos en cada momento.