jueves, 18 de febrero de 2010

Diario de Madrid_ Bello Danubio Azul


Hoy me he llevado una tremenda sorpresa al cambiar de línea en la céntrica estación de Alonso Martínez. Hacía mucho que no me bajaba solo en esta estación, últimamente siempre me han acompañado María, Fabrizio o Javier. Pero hoy los horarios se han roto definitivamente y cada uno ha tirado para casa a la hora que le ha venido en gana.

Agotado, subía yo la escalera tras recorrer el andén, cuando entre el gentío y sus claqueteos subiendo escalones, señal irritante del compás arrítmico de esta ciudad, escucho un rumor de orquesta. Se escucha música sinfónica desde el pasillo superior, y aligero el paso para contemplar con mis propios ojos a qué se debe esta ilusión. He de decir que desde hace semanas mi escasa relación con la música me está desquiciando. Redoblo con los nudillos compases de bulerías y malagueñas en las sillas de la clase, sobre el metal de las taquillas, tintineo con las uñas en las barras del vagón de metro y, cuando estoy sentado en un bar, me descubro a mí mismo tocando el piano sobre el mantel, traicionado por mi inconsciente de la manera más ingenua.

Pero, volviendo a Alonso Martínez, aún me hallaba yo apretando el paso para llegar a la parte superior del túnel, cuando entre la muchedumbre escucho la lejana melodía de un violín acompañando a una orquesta grabada. Me traslado de repente, eufórico como nunca me ha sucedido con esta pieza, a las salas de conciertos que ya no tengo tiempo de pisar, a las salas de los teatros, a la terraza verde y nogal del Maestranza. Y a pesar de que el rumano moreno que toca el violín no es Paganini, es como si tocara sólo para mí, como si se hubiese detenido el tiempo mientras decenas de personas me adelantan y me empujan en el descansillo abarrotado.

Nadie se para a mirarlo, mientras el Bello Danubio Azul, de obstinatos clamorosos y accelerandos emocionantes, discurre como una reina enjoyada y soberbia por los túneles de Alonso. Tengo ganas de bailar, a pesar de que nunca en mi vida he intentado un vals, se me van los pies con la orquesta de ese pequeño reproductor atado con cuerda a un altavoz portátil.

Con la respiración agitada me monto en la escalera mecánica para subir hasta la línea 4, y se aleja la música. El Bello Danubio Azul, glorioso y revelador, como envuelto en un halo de misterio, va alejándose sin dejar de acelerar, se diluye en el túnel mientras me voy, y todo queda en silencio, como si todo hubiese sido un sueño... Y me despierto. Y vuelvo a estar en Alonso Martínez, con mi maleta llena de periódicos y la cara de idiota del que acaba de percibir un pellizquito de gloria.

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