domingo, 25 de septiembre de 2011

Las piedras de Praia da Luz

Podría haber titulado esta entrada 'Obrigado' y haber dejado que el espíritu eufórico de mi recién terminado viaje a Portugal me llevara en volandas hasta una crónica más entusiasta que reflexiva. Sin embargo, he preferido tomar la metáfora de las piedras de Praia da Luz, donde hemos estado durante seis días, para arrancar esta entrada.

En la zona más alejada de la turística (y fatídicamente recordada por la desaparición de Madeleine McCann) Praia da Luz, virando hacia el oeste en dirección a Lagos, nos encontramos una zona rocosa a la orilla del mar. En el paseo vimos primero cómo varias piedras redondeadas se apilaban formando una especie de pirámide. Creyendo que sería algo anecdótico, seguimos adelante, con la sorpresa de que sobre cada roca grande había decenas de castilletes iguales elaborados con cantos rodados. Inmóviles, desafiando a los fuertes vientos marinos, las pirámides se erguían orgullosas ante el océano.

Esas pirámides son el reflejo de este viaje. Un viaje improvisado llevado a cabo con ninguna pretensión y con muchas esperanzas. Y, como las piedras en equilibrio, los miembros participantes en este viaje son piedras que siempre han estado en la misma playa, a la espera de que alguien las reuna, y que por los devenires de la vida han acabado apiladas, unidas, formando un solo pilar que desafía a lo que haya de venir mañana. No digo que seamos un pilar indestructible sino que, como en Sevilla28, somos un grupo de personas que han tenido la suerte de coincidir en un mismo lugar y en un mismo tiempo. Cosas del destino, supongo.

Nunca imaginé que nos veríamos viviendo bajo el mismo techo durante una semana, y sin embargo, a eso hemos llegado. No niego que echaré de menos vuestras risas, que Ana se acerque con una sonrisa y te de un beso antes de irse a dormir, la continua vitalidad del Canina y ese ingenio que solo "en el barrio" podría encontrarse ("no me había yo terminado las uvas y ya iba mi colega bajando la escalera con los petardos tirándolos a las puertas de las casas: pa, pa, pa, pa..."), las discusiones y las charlas con Jose (Yoooosiiiiiii) en la que probamos a ver cuál de los dos puede ser más cabezón a la hora de defender lo que cuenta, la ilusión desbordante y apasionante de Lucho plasmada en un momento en el que te susurra desde abajo de la escalera si quieres escuchar la armonía que acaba de ocurrírsele para una canción, cuando Tere cambia de tono porque lo que te cuenta ya es algo más serio que una simple bordería gaditana (salada como el mar, ingeniosa como un pueblo que a base de palos ha aprendido a reírse de sí mismo), las charlitas cortas con tu hermano cuando ya estás rendido en la cama y a punto de cerrar los ojos (tanto los cerramos que perdiste el autobús y ninguno de los cuatro escuchamos la alarma).

Apilamos las piedras de nuestras agendas de exámenes, distintas ciudades y vacaciones y construímos una torre en un dúplex de la parte alta de Vila da Luz. Y confiamos en que el tiempo y el mar no nos llevase por delante, a pesar de que estuvimos a punto de perder el equilibrio (yo más que nadie en variados boquetes en la arena, calles empedradas y escaleras) y en que ningún animal despistado (llámese perro de la playa, llámese la desidia y nuestras ocupaciones que nos alejen) viniese a llevarse por delante nuestro osado equilibrio de una semana de lucimiento y meses de trabajo.

Como en la tarde en los acantilados de Lagos, como piedras que viajan juntas y confían plenamente en que el tiempo respete su formación, miramos al mar, a ese infinito océano hermoso y dorado por uno de los atardeceres más evocadores que he visto nunca. Y en ese océano enterramos nuestros mosqueos de última hora, nuestro humor negro y nuestras bromas que no siempre sientan bien, nuestras diferencias de edad y los distintos momentos por los que estamos pasando, enterramos nuestros demonios y sacamos a flote nuestra paciencia, nuestra esperanza, nuestro cariño y los buenos momentos. El océano nos da la luz para seguir, el aliento para olvidarnos del móvil y pensar solo en esa casa del Algarve, nuestra casa. La de la sombrilla voladora, la de aprender a liar tabaco, la del círculo de la muerte, la de hablar en portugués porque, ante todo, somos rrraudos y rrrepetitivos; la de los desayunos de una barra de pan entera en la cocina con la cara de otro, la de las barbacoas en la terraza con cinco obreros mirándote desde el andamio, la de las noches de tranquileo bebiéndose sus cubatas con los colegas...

Como las piedras, nunca nos imaginamos que alguna vez nos reuniríamos en septiembre en una playa solitaria de Portugal y que seríamos capaz de hacer de la normalidad y la naturalidad nuestras armas para aguantar la semana. He de admitir que esta semana de vacaciones ha sido la mejor de mi vida. No estoy exagerando ni me he pasado, aunque tiendo a la exageración y a recordar las cosas como yo quiero que hayan sido (¡ay, que la realidad no te estropee un buen reportaje!). Estas vacaciones han sido las mejores porque creo que este año ha sido cuando más las he necesitado, y porque me lo jugaba todo a una carta: un viaje y una sola semana para triunfar y desconectar o para fracasar y perder mi única semana libre del año. Y me lo habéis servido en bandeja de plata y he disfrutado del sabor de la victoria (que sabe a Sagres, a carne a la plancha y a agua de mar).

'Obrigado' era la palabra para esta entrada, pero han ganado las piedras y el afán de hacer algo profundo. Al final, me he puesto nostálgico y emotivo como siempre. Pero es que merece la pena emocionarse cuando se os tiene cerca, igual que es inevitable echaros de menos cuando se os tiene lejos. Las piedras se quedaron en Praia da Luz y vendrán durante meses distintos paseantes que las verán como algo curioso. Nosotros pasaremos el otoño refugiados en nuestras rutinas y en nuestras decisiones (curso nuevo, propósitos nuevos), y cuando llegue el septiembre que viene elegiremos un nuevo reto y recorremos el camino de vuelta que siempre pasa por la incertidumbre.

Este año todo comenzó con un estado kamikaze de Tuenti en el que pedía un viaje con quién sea y a dónde fuera, el año que viene habrá que seguir nuevas pistas. Lo que sé es que este año habéis sido vosotros y he sentido que en el Algarve estaba mi casa. Gracias por abrirme las puertas, por invitarme a sentarme, por recibirme con una mirada profunda y una sonrisa sincera, y por dejarme que me quede. Porque me abrísteis una puerta y entré con miedo hasta que me invitásteis a sentarme, y desde entonces, quise volver siempre a aquel sillón en el que me siento tan cómodo, en el que me siento como en casa.

domingo, 28 de agosto de 2011

Te has quedado conmigo

Corría el año 2005. Yo acababa de terminar primero de carrera y el Espino era un momento en el que me preguntaba cómo podía ser un periodista bueno para la comunidad -los médicos y los profesores lo tenían claro, pero para mí era un dilema...-. El grupo, hecho al azar, había sido un conjunto de personas que, probablemente, no seguirían hablando una vez que volviésemos a nuestras comunidades de origen. Hablábamos en el grupo, pero luego no compartíamos apenas nada una vez que salíamos del grupo. Nada que esperar.

Sin embargo, algo cambió aquel año. Montamos en el autobús de vuelta y, cosas de la vida, un asiento libre a la mitad del vehículo me llamó. Silencio al principio hasta que, tras una semana de indiferencia, al fin Andrés y yo hablamos. Hablamos de la Carlos III, de vivir en Madrid, y a mi me entró esa fiebre por la ciudad que ahora me acoge. Tú me hiciste venir a Madrid, para bien o para mal, y gracias a ti no tuve miedo a arriesgarme y pude estar donde estoy hoy.

Parece paradójico que en aquel Espino también estuviera Sergio, el chico mayor que se metía conmigo, y también Emi, la chica entonces tímida e insegura que nunca más fue. Y de su historia no hace falta hablar porque es la mía propia. Curiosamente aquel espino bajo el lema "¿Te estás quedando conmigo?" podría no haber sido nada más, un espino más del que despertar al llegar a Sevilla, cuando se rompiese la burbuja. Pero aquella semana lo desencadenó todo.

Cuatro años después nos volvimos a encontrar, una mañana de noviembre. Yo venía a hacer unas pruebas para un master al que era prácticamente una odisea acceder. Venía a no perder nada y con la ilusión de poder ganarlo todo. Aquel primer día de pruebas fue Andriu el que me llevó en coche hasta el campus de la Autónoma. El segundo día, Sergio fue mi piloto para la segunda tanda de pruebas. La mañana de la tercera prueba, Emi me mandó un mensaje deseándome suerte y dando por hecho que lo iba a hacer bien. De nuevo los tres.

Volví a Sevilla con la ilusión, simplemente, de haberos visto. Y seguí mirando masters dando por hecho que había intentado algo imposible. Llegó diciembre y entré en el master. Ahí se cumplió mi amenaza de hacer de Madrid mi casa, el sueño que me había metido en la cabeza un amigo en un autobús cuatro años antes. Y, por fin, me vine a Madrid un 13 de enero de 2010 para cumplir una promesa hecha a mi mismo.

En todo este proceso, hasta esta semana de agosto de 2011, solo coincide una cosa: vosotros. Yo ya no tengo demasiado que ver con aquel chaval que no quería arriesgar de 2005, y vosotros tampoco con aquellos que conocí, y pienso que ahora tengo la respuesta para aquella pregunta que no supe responder aquel año, porque pensé que no sabía o que era mejor no contestarla.

La respuesta es sí. Te has quedado conmigo. Porque me importaba que te quedaras, porque en el fondo tú tampoco te fuiste nunca, ni yo quería que te fueras. Te has quedado, Andriu; te has quedado, Sergio; te has quedado, Emi. Lo demás, se ha ido con el viento.

Pero esta última semana he podido revivir aquel Espino, haya sido un viernes, un martes o un sábado; en una procesión, en un bar de pinchos o en el teatro; mientras trabajaba, de descanso o después de la jornada laboral. Aquella semana en la que pensé que tenía ir a Madrid, porque allí me esperaba algo grande. Aquella semana en la que creí que podía ser un buen periodista siempre que me agarrara a vosotros como a un clavo ardiendo. En 2009 me dísteis la razón. Y ahora, en 2011, yo os doy las gracias.

miércoles, 24 de agosto de 2011

Volver, al fin volver


No sé si será por estos días. Casi seguro que sí. Quizá por las conversaciones con un escocés ateo que hay en mi sección pero con el que da gusto hablar, quizá por ambas cosas, pero he vuelto. Al fin he echado de menos esa cruz del Espino que acumula polvo en una de mis estanterías en Sevilla.

Porque después de la vorágine papal viene la esperanza. Y esa esperanza me ha llegado como un bofetón cuando me he dado cuenta de lo que significa 'comunidad'. Ese grupo de gente, ese estilo de vida, ese hombro que sabes que siempre estará cercano para llorar cuando lo necesites. Y se me han venido a la mente en estos días de invasión peregrina de Madrid tantos momentos, que he recobrado la esperanza. Aquella tarde en la que Pulido me llevó de la mano hasta el voladizo del santuario de Granada porque yo tenía vértigo, aquellas noches de pizza con el coro dando los últimos retoques al concierto, aquellas mañanas de desayunos en Ramón y Cajal con las 5 personas, catequistas y amigos, que durante aquellos años fueron como mi familia; aquel paseo en aquella Pascua en el que me di cuenta que aquel que yo creía un golfillo y poco más iba a ser alguien importante en mi vida...

La comunidad es lo más hermoso que me ha dado llevar la cruz al cuello y es lo que me ha hecho volver, al fin volver, al redil que no debí abandonar nunca. Quizá haya sido por despecho viendo que todo lo que tenía alrededor esta semana papal estaba en mi contra, quizá me haya atrevido al fin a rebelarme y a decir que todo en lo que he creído merece la pena. Esta Jornada Mundial de la Juventud es mi Jornada Personal de la Esperanza, y en ella me he dejado las horas de sueño y las luchas internas para entregarme por completo a aquellos recuerdos. ¡Por qué los dejaría atrás sin miramientos!

Echo de menos mi cruz y echo de menos esa comunidad que arropa, que nos recuerda que somos más humanos de lo que muchas veces dejamos ver, y que, cuando se produce el reencuentro, todo merece la pena. Estos días me han hecho darme cuenta de que os necesito, y que hay esperanza para mí y para la cruz que acumula polvo en Sevilla, porque esto es un nuevo comienzo.

Ya sé que de buenas intenciones están llenos los nuevos comienzos, pero espero que esto no se quede aquí. He recordado lo que soy y he barajado si merece la pena recuperar lo que deje atrás. Y sí que lo merece. Merece la pena mantener el contacto, aunque nos veamos poco, merece la pena preguntar de vez en cuando al cielo si el de arriba sigue ahí y si aún hay un hueco para mí entre los bancos de sus iglesias, merece la pena volver a intentarlo. La vida es demasiado corta para vivirla sin esperanza, y por eso esto es un regreso a por mis libros, a por la gente que dejé atrás, un intento para ver si puedo salvar algo de los escombros de este incendio que lleva quemando mi pasado durante un año y medio. Los recuerdos me indicarán el camino de vuelta y entonces, solo entonces, sabré si aún puedo volver al punto de partida y volver a engancharme a este tren. El tren de lo que nunca he dejado de creer, y que ahora brama con fuerza en el andén esperando a que suba a sus vagones de alegría peregrina.

Ya os contaré cómo me va, por el momento, el domingo me introduje casi de incógnito en la catedral castrense y me dejé llevar por su silencio. Allí me encontré cómodo, como alguien que vuelve a dormir después de mucho tiempo en su cama de siempre. Y supe que había vuelto.

domingo, 7 de agosto de 2011

Alegoría de un momento

El rosal de mi casa muere. Agoniza lentamente por culpa de una araña que no sé por dónde entró, pero que se ha colado en mi terraza y ha hecho que el rosal se haya quedado solo en los troncos, en las ramas desnudas cubiertas de telarañas.

Supongo que es solo una metáfora de este agosto. Este agosto en el que me he quedado seco, ya no sé de qué escribir ni se me ocurren nuevos temas que sacar a la luz. No me lo puedo permitir. Por eso he quitado las hojas y las telarañas del rosal y he recogido los escombros de su antigua vida. Y ahora trabajaré, seguiré regando esta oportunidad para que vuelva a florecer, para renovar mi creatividad y demostrar que puedo ir hacia arriba hasta diciembre. Es el momento. Mañana ya veremos que sucede, pero el camino es limpiar para volver a empezar. Quien se rinde, nunca gana.

domingo, 24 de julio de 2011

Palabras robadas al tiempo

Llegan dos autobuses y empiezan a bajar chicos vestidos de rojo, caras familiares. Solo tenemos tres horas mermadas por un viaje interrumpido y una agenda infranqueable. Solo quedan minutos entre vaguedades y torpezas que nos hacen perder tiempo. Estas son conversaciones fragmentadas, frases rotas, desgajadas, robadas al tiempo y ganadas para la memoria.


En la puerta

Marta ha tenido esta vez más complicaciones que de costumbre. El cargo de acompañante no es cualquier cosa y siempre supone un reto que te hace pensar si valdrás o no para esto. Es un salto de madurez.

- Invítame a un cigarro, anda.

Ha vuelto la Marta de siempre, pero con algo distinto. Sabe que ha pasado la prueba y eso siempre da un subidón. Sin más compañía que el chunda chunda de los coches que paran en el semáforo, comienza la puesta al día y la calle de Aluche se transforma, por el tiempo que tarda en consumirse un cigarro, en la esquina de La Espumosa de Sevilla.


En el atrio


Prometió que nunca más volvería, pero volvió. Quizá para romper para siempre la maldición de este viaje de la segunda semana de julio, para olvidar los momentos de incomprensión y los jarros de agua fría.

- ¿Cuando vienes a Sevilla?- pregunta mientras nos abrazamos en una bienvenida demasiado postergada.

- Como mínimo no bajaré hasta septiembre. A ver si puedo bajarme algún finde de agosto, pero no sé.

- Tengo ganas de que salgamos todos- confiesa entre nostálgica e inocente.

Es LA voz, la voz que mi memoria retiene como bastión de la etapa gloriosa del coro que no quiero que acabe nunca. Este año hay demasiadas bajas en este Espino, y eso te hace sentirte mayor. El abrazo se acaba, aunque me resisto un poco y ella me sigue un poco el rollo por un segundo, luego quedan las sonrisas y la pregunta de si el próximo encuentro estará cerca o no. El periodismo no entiende de amigos ni de familia, solo quiere exprimirte hasta que te consagres a él en cuerpo y alma.


En la escalera

Juan no sabía que yo estaría allí, ni yo sabía que él bajaría del autobús. La sorpresa es mutua y no puedo evitar un grito de sorpresa.

- ¡Has venido!- digo en una afirmación tan obvia que resulta estúpida. Pero es que cuando los sentimientos toman las riendas de tu conciencia, la cabeza deja de funcionar.

- ¿Qué dise, cabesa?- contesta como siempre, como solo él contesta, con ese descaro maravilloso (sigues siendo Maravilla, por los siglos de los siglos), mientras me fijo en su pelo y él en mi barba, demasiado largos ambos. La conversación sigue pendiente, quizá la próxima vez. Es fantástico tener una razón, sea cual sea, para volver a verlo. Sea donde sea y con el motivo que sea, se producirá, porque aunque pasen los meses, al final se alinean los planetas. Y entonces llega esa conversación hasta que amanece o en una cafetería a primera hora de la mañana. Y vuelve a girar la rueda de esta relación cíclica, en la que siempre fijamos un próximo abrazo que no tiene fecha.


En el pasillo

- Oye, a ver si encuentro un momento, que te quiero presentar a Marta- me dice mi hermano mientras avanza entre la multitud abriéndose paso con la funda de su guitarra.

- Eso, que tengo que darle la bienvenida a la familia- contesto en una broma que no es tan broma.

Es emocionante ese momento en el que tu hermano pequeño te presenta a su novia, esa a la que solo conoces por fotos, pero de la que has oído hablar mil veces. La busca con la mirada y la encuentra tres filas por delante de nosotros. También es emocionante poder verlo a él, aunque solo sea unos minutos, en esta ciudad que dice acoger a todo el mundo pero a la que no pertenece nadie. Ciudad de paso, cruce de caminos. Dice que volverá en agosto. Habrá que verlo. Yo ya voy mirando fechas. La casa a veces se hace enorme, aunque solo tenga 40 metros cuadrados...


En la acera

El autobús se despide y te preguntas si podrías cometer una locura, meterte en él y volar a Sevilla, regresar a esa casa que no pisas desde hace tres meses. Pero la puerta se cierra y, una vez más, te quedas en la acera, mirando como un idiota, con la lagrimilla puñetera asomando por el ojo derecho, queriendo salir. Desde las ventanas, se despiden de ti los recuerdos y solo te quedan esas conversaciones robadas al tiempo. La gente se va retirando y vuelven, poco a poco, a sus vidas. Yo no puedo. Mi vida, la que me ha hecho lo que soy y la que me hace sonreír, se ha ido en el autobús que acaba de partir.

martes, 14 de junio de 2011

Herederos del hoy y el ahora


Después de una semana con carga policial y desalojo en el Ayuntamiento de Madrid, vivir con los indignados en la puerta del Sol el día del desmontaje del campamento y manifestación sorpresa con sus correspondientes cortes de tráfico un domingo por la noche, por fin estoy de libranza.

Han sido unos días de reencontrarme con el Movimiento 15M y de ver cómo dejaban como una patena la Puerta del Sol (comportamiento ejemplar, todo hay que decirlo, la plaza está reluciente), y se te queda un extraño sabor de boca y la pregunta de qué vamos a hacer para el periódico ahora que todo esto ha pasado.

Hay años que están repletos de noticias, y éste lo está siendo. Desde las elecciones con su campaña previa a este movimiento ciudadano que nos ha dejado portadas y más portadas de todos los rinconces de España, pasando por la crisis y la polémica del diccionario biográfico de la Academia de Historia. Además, se nos han ido Elisabeth Taylor, Ernesto Sábato y Jorge Semprún, se nos ha casado el próximo heredero británico y hemos vivido las revueltas árabes y la captura de Bin Laden. A esto hay que sumar las noticias que vendrán, como la visita del Papa a Madrid. Un año perfecto para hacer una beca, pero tremendamente agotador.

Las noticias son inesperadas y aparecen en segundos. Te implicas y las vives como si tú estuvieras dentro de ellas, porque la mayoría de las veces lo estás, entre la gente, camuflado, con el cuaderno y la grabadora en las manos, sudando a chorros y quemándote la piel con el sol. Tirado en la calle, sentado en el suelo sucio de las plazas y encaramado a las farolas y poyetes para poder ver mejor lo que luego tendrás que contar. Cuando tengas que ser los ojos de cientos de personas que no pudieron estar allí.

Y ese es el peso de nuestra responsabilidad, esa tremenda responsabilidad de que lo que la gente lea será, a veces, la única versión que tengan de un hecho concreto. Llegas a casa, llegan los días de descanso y el cuerpo se relaja, pero la mente sigue dando vueltas. Pensando en lo que contarás mañana, en lo que te hará salir a la carrera de la redacción, en lo que no puedes planear porque solo el destino y el tiempo lo saben. La cabeza sigue dándole vueltas, porque en esta carrera no se trabaja, se vive cada día como periodista y cuando llegas a casa, sabes que el teléfono puede sonar en cualquier momento para decirte que dentro de cinco minutos tienes que estar en la otra punta de la ciudad.

Ser periodista es eso: ser. Nunca te quitas la chaqueta ni dejas el bolígrafo en casa, porque no se puede luchar contra el azar. El horario es una utopía que solo algunos días puede llegar a cumplirse con un poco de suerte y una alineación de planetas. Compañeros periodistas, sabíamos a lo que veníamos, y quizá por eso lo nuestro tiene más delito.

Hay días desesperanzadores de temas que se caen del planillo, de reportajes que no salen, de jornadas maratonianas de 16 horas, de comentarios de los lectores que directamente te insultan, de cartas al director de gente que cree que cada página se hace en cinco minutos, y de amenazas de denuncia que te ponen a mil el corazón. Hay días que piensas en tirar la toalla y te preguntas si todo esto merece la pena. Pero entonces solo nos queda la vocación y pensamos que no seríamos felices haciendo otra cosa que no fuera esta. Ser periodista es ser, y serlo a pesar de las tempestades, de tener que correr ante la policía y saltarnos carteles de "No pasar", de meternos en edificios en ruinas y adentrarnos en los barrios peligrosos. Un sabio decía que el periodista es aquel que corre hacia el lugar de donde la gente huye. Somos unos inconscientes, pero no nos sale ser de otra manera. Por eso cuando el momento de la desilusión llega, solo nos queda agarrar con fuerza la libreta, la agenda, la grabadora y el móvil y salir corriendo a las calles. Somos hijos de la inexactitud y el imprevisto, herederos del hoy y el ahora. No sabemos vivir sin ello. Y tampoco queremos.

martes, 31 de mayo de 2011

La mañana que en Barcelona se oscureció Sol


Ocurrió la mañana del viernes. La inminente final de la Champions que podía llenar de barcelonistas la cercana Fuente de Canaletas y la necesidad de sanear el centro de la plaza fueron las razones que bastaron al Conseller de Seguridad para mandar desalojar la plaza de Cataluña. Aquí podéis ver a los que llaman "Los invencibles de Plaza Cataluña".

Aquella mañana las acampadas de toda España se levantaron con un pálpito, y se hizo el silencio mientras intentaban enterarse de lo que sucedía en Barcelona. Esa ciudad vanguardista, respetuosa, abierta... esa ciudad que no reconozco en este vídeo.

¿A qué hemos llegado para disolver una concentración pacífica con brutalidad? ¿En qué momento los Mossos dejaron de pensar que lo que tenían delante eran personas? ¿Cómo podían competir las porras y las pistolas de bolas de espuma con las manos blancas en alto? ¿Qué nos está pasando? ¿A dónde vamos, Dios mío, a dónde?

En esa plaza estábamos todos en el sentido en el que en el vídeo aparecen señoras que vienen de la compra, jóvenes, estudiantes, licenciados, parados, señores mayores, ancianos tranquilos y abuelas reaccionarias... Toda España estaba representada en esa plaza, cauta, con las manos en alto, recibiendo las embestidas de las bestias, a las que podríamos llamar paro, hambre, injusticia, desesperanza, corrupción... Todas las bestias atizando a una masa que siempre ha dicho que sí con la cabeza ante la galería para, cuando se cierre la puerta de casa, desquitarse a gritos, porque eso de quejarse está mal visto.

Esa mañana Sol se apagó, porque sentían que esto se acababa, y que en cualquier momento bajarían los furgones policiales por Arenal y Carretas. Nunca sucedió. Pero en Barcelona quedaron los rostros heridos, las espaldas amoratadas con la sangre saltada, en unas imágenes en las que la gente vuela por los aires, son empujadas brutalmente por simplemente no moverse, son apaleadas mientras miran a los ojos a los que las apalean. Es el rostro de una España que no entiende por qué llevan tanto tiempo haciéndole esto, y clama al cielo.

En la Puerta del Sol y en todas las plazas de España, aquella noche de viernes, con las discotecas y el botellón como contrincantes, ganó el grito unánime de Justicia. Un grito de verdad, no mudo. Por un día, España fue de verdad España, y nos olvidamos de los trasvases de los ríos, de las políticas autonómicas, de los referéndums de independencia y de los discursos de meter el dedo en la llaga como modelo de calentar el Parlamento. Aquella noche, volvieron a dar las doce en las brújulas de los relojes de los Ayuntamientos, y en Sol volvieron a cantar 8.000 voces al unísono: "¡Barcelona no está sola! ¡Barcelona no está sola!". Y no lo estaba.